La oferta irresistible

El dato, y la fuente de la que provenía, no me despertó ninguna duda, ni siquiera esa íntima sensación que se experimenta incluso cuando la certeza es completa; esto estaba por encima de la certeza subjetiva y objetiva, más allá del grado de verificación razonable; la información estaba fuera del espacio del argumento racional y más cerca de la verdad apodíctica de la fe.

Mi amigo, docente él, me aseguró que podía obtener un descuento en esa librería alegando dicha condición, ya que no solicitaban comprobante alguno. Yo, que tengo en gran estima su inteligencia, tanto como su sagacidad en los menesteres prácticos y sobre todo su avaricia ilimitada, acepté la sugerencia, como dije antes, sin cuestionar su autoridad en ningún instante. Además, debo agregar, éramos colegas en un área de interés no muy alejada aunque decididamente del otro lado de la legalidad: el robo de libros, práctica en la que, hasta donde llega mi experiencia, están implicados todos los que sienten auténtica pasión por la letra impresa.

No tracé plan alguno; necesitaba, por imperativos ajenos a los del conocimiento desinteresado, un libro de elevado valor, de manera que el descuento también prometía ser generoso. Simplemente me presentaría ante el mostrador, solicitaría un ejemplar de la obra, invocaría mis inexistentes credenciales y pagaría un monto considerablemente inferior al requerido por los mercaderes del saber, antes de retirarme satisfecho. ¿Qué podía salir mal?

Procedí del modo que acabo de detallar: llegué al comercio, atravesé las largas filas de suculentas estanterías (no me detuve, sin embargo, como en otras ocasiones, a sopesar el valor -científico, artístico, incluso plástico- de los volúmenes exhibidos), me aproximé a un dependiente no especialmente solícito, de rasgos que sugerían un posible estudiante de letras contratado a tiempo parcial (víctima propicia del engaño; su sueldo y condiciones de trabajo, supuse, no lo predisponían a obrar con particular celo en su tarea) y le ordené, sin que mediara otra forma de trato que la estrictamente comercial, el libro que buscaba. “Aguarde un momento, enseguida se traigo, señor”- respondió con un tono de desgano profesional que no auguraba ningún contratiempo.

Volvió al cabo de unos minutos, en los que repasé mis líneas como un mal actor a punto de entrar en escena. “Aquí tiene, señor. ¿Se le ofrece algo más?”. “Sí, un descuento fabuloso basado en mi pretendida, mas ficticia, posición como profesional de la enseñanza”, pensé, pero a continuación articulé un escueto: “Nada más, gracias. Ah, y soy profesor, eh”, dije casi como si no fuera necesario remarcarlo. “¿Ah, sí? Qué interesante. ¿Profesor de qué, si me permite la indiscreción?”. “Esteee… de filo..”, la duda, lo advertí al instante, puso al truhán sobre aviso. “¿De filología hispánica, en la que me especializo, o de filosofía grecolatina, tal vez?”. Debía responder de inmediato, sin dudar y sin darle oportunidad a que continuara indagando (la filología hispánica quedaba descartada): “Sí, filosofía grecolatina y medieval, eso mismo.” No lo desalentó. Era un perfecto cretino. “¿Puedo preguntarle, si no es molestia, para qué demonios (todas las alarmas se encendieron con este término) necesita un docente de filosofía medieval este libro de Etienne Gilson?”. Me atrapó. “Debo pedirle un comprobante: recibo de sueldo, título habilitante, el testimonio de un alumno matriculado en su clase y con autoridad intelectual suficiente para acreditar los conocimientos referidos, algo así”. Debía salir de allí cuanto antes, pero el minúsculo ser, cuyas capacidades yo había desdeñado, me tenía capturado en su red. “No traje nada, no pensé que me lo fueran a pedir”. Pésima respuesta. Llamó a un superior. “El señor aquí presente, quien se dice profesor de filosofía grecolatina y medieval (noté en su tono el énfasis con que dijo estas palabras, que le produjeron gran gozo), quiere que le hagamos un descuento pero carece de todo documento pertinente. Encargate vos”.

El extraño, según supe de inmediato, era el doctor Juan Escoto Avicena Averroes de Ockham, PhD en diversas ramas de la filosofía, en especial, como habrá adivinado, grecolatina y medieval. “Acompáñeme por aquí, si es tan amable”, invitó y exhortó a la vez. Comprendí que mis aprietos no eran menores que los de Pedro Abelardo, por lo menos; quizá la policía ya estuviera en camino, o quizá me torturarían sin dar intervención a los profesionales de dicho ámbito (¡como si pudiera protestar por eso!).

Me condujeron a una sala mal iluminada, sin ventanas, húmeda; reconocí la silueta de una silla con una especie de apéndice que sobresalía hacia el frente: un banco de liceo. Frente a él, un pequeño escritorio, detrás del cual se situó el doctor Escoto Avicena Averroes de Ockham. “Así que profesor de filosofía grecolatina y medieval, nada menos, mire qué coincidencia, ¿no le parece?”, dijo, no sin cierta ironía. “Procedamos”. Extrajo una hoja de un cajón y me la extendió junto con una lapicera. “Tiene veinte minutos, son preguntas de rigor, no se preocupe. Nada que alguien de su nivel no pueda responder con solvencia.” “Me duele la barriga”, me excusé como un escolar incauto. “Error”. “Me duele en serio”, insistí, pero apenas pude terminar la frase cuando recibí un severo correctivo con una regla Mr.T de madera terciada. “¡Esto es ilegal!”, grité desesperado. “Tanto como alegar títulos falsos.” Atrapado de nuevo.

Hice el examen, que incluía preguntas sobre Anaximadro, Parménides (“el ser es el pensamiento del ser”, escribí con torpeza soberana), Aristóteles desde luego (ni hablar de la areté, pero “el ser es lo que se dice de muchas maneras”, ¿o no?), y sí, claro, toda la línea sucesoria de Plotino, las Enéadas y cosas escritas en caracteres que sólo había visto en Alienígenas Ancestrales. Me di por vencido, ni siquiera pasé al oral.

Volví al salón principal a esperar mis resultados. “Sus notas le permiten adquirir esto”, dijo el doctor Juan Escoto Avicena Averroes de Ockham sosteniendo un ejemplar de Cincuenta sombras de grey.

Héroes del socialismo real. Hoy: Marito Wittfogel.

Aquellos que no estén al corriente de las controversias que ha suscitado el marxismo desde su nacimiento, como cuando, por ejemplo, Engels objetó el fundamento antropológico de la crítica de Marx a la filosofía del derecho de Hegel y, de paso, señaló la improcedencia del amuleto que emergía bajo la barba de su amigo, quizá harían bien en interrumpir la lectura en este punto. Es más, a pesar de la aparente paradoja, habría resultado más conveniente que lo hicieran al advertir que se trataba de un tema completamente ajeno a sus intereses y preocupaciones intelectuales. Quizá ya sea algo tarde, y mi consejo, si llegó hasta aquí ignorando su natural recelo y mi explícita exhortación, es que continúe e ignore, a su vez, todos los avisos que intentaron disuadirlo de obtener el disfrute que el texto con seguridad va a procurarle. Espero, por otra parte, que esta digresión no del todo coherente lo prevenga contra los prologuistas que hacen vanos esfuerzos por ganarse al lector en las formas más abyectas, invitándolo a gozar de ciertos placeres al tiempo que le niega la posesión de las facultades requeridas, en un cándido reto a que acometa el ejercicio de las mismas.
Sí, además, empieza a sospechar que el prefacio es una exhibición impúdica de ciertas habilidades de prologuismo, si ha alcanzado la conclusión de que se halla ante a un prolegomaníaco, alguien incapaz de iniciar la obra anunciada por mantenerse en el nivel introductorio, regocijándose con ello, paso a demostrarle su error.

Marito Wittfogel, hijo de Mario Wittfogel y nieto del célebre Karl August, nació en una impronunciable ciudad prusiana allá por 1945. De débil constitución comunista, como su abuelo, pero de firmes convicciones filiales, se adentró muy temprano en los debates que habían ocupado a sus eminentes antecesores, estudiando la bibliografía relevante con un profundo compromiso hacia la verdad. Es necesario, pues, hacer un breve resumen de estas ideas, y de una de ellas en particular, antes de exponer los aportes de Marito, el último y más brillante de los Wittfogel.

La categoría de modo de producción es fundamental para la historiografía marxista; de acuerdo con el fundador de esta corriente, un modo de producción está determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, o sea, los componentes técnico y social que deciden la forma en que las clases se apropian su parte del trabajo colectivo. Por supuesto que hablamos de apropiación en un sentido muy general, ya que las pequeñas “apropiaciones” en que incurren los individuos aislados son más bien producto de su destreza para el rastrillaje que del lugar que ocupan en la división social del trabajo.
Marx sostenía que hasta el advenimiento del capitalismo se habían sucedido tres modos de producción: el primitivo, el esclavista y el feudal. Y el otro. El otro estaba encanutado en un manuscrito que no se conoció hasta la década del treinta del siglo pasado, hecho que obligó a revisar las anteriores concepciones, no sin un debate en que las acusaciones de revisionismo, menchevismo, carencia de caramelos y tantas otras afloraron cual espora en primavera. Allí aparece nuestro personaje, o su antepasado mejor dicho, quien defendió la pertinencia de dicho concepto para la explicación científica del coso.

Este polémico modo de producción consistiría en un estado despótico que financia las obras necesarias (principalmente de riego) para llevar a cabo la producción y, de este modo, limita la acción de las clases al colocarse por encima de ellas y captar el excedente. ¿Le suena familiar, querido lector? Sí, es lo que piensa la oposición del gobierno chavista tardío del Frente Amplio, con la salvedad de que la OSE sería el agente opresor en este caso, pero eso no es lo que nos ocupa en este momento. ¡Renunciá si tenés dignidad, Bonomi, nos gobiernan los tupas y los pichis, nos gobiernan! ¡En el modo de producción asiático se podía salir a la calle tranquilo! ¡Que vuelva el despotismo hidráulico! Perdón, me excedí.

Lo que ocurrió entonces fue que los stalinistas, afiliados a un materialismo mecánico y su consecuente sucesión rígida de las etapas que conducen al socialismo, cuestionaron la operatividad de dicho concepto y desacreditaron a sus partidarios; Karl August se retractó y no paró de retractarse hasta hacerlo del materialismo histórico, del comunismo y de la competencia de Bonomi para detener la devastadora ola de inseguridad que arrasa con toda idea de justicia y derechos humanos, excepto los de los delincuentes.

Allí es donde aparece (por fin, dirán algunos impacientes) nuestro héroe del socialismo real, Marito W. Marito, completamente negado para el rigor que demanda la labor intelectual, se propuso probar la corrección de la tesis (ex)marxista de su abuelo por medios prácticos: cazó a un montón de chinos parcialmente esclavizados, terminó de esclavizarlos, hizo una zanja machaza en el fondo de la casa, cortó el caño del agua del vecino y los puso a plantar papas, papas que luego, al momento de la cosecha, les arrebató (¡mirá bien, Bonomi, mucho viru viru pero te roban las papas en la cara, papá!) y vendió en el mercado a precios de usura, sellando así el histórico debate y reivindicando la memoria de sus antepasados, además de desenmascarar al inepto Ministro del Interior.

La fiesta inolvidable

No sé qué decidió a mis vecinos ni cuál fue el proceso de selección, si es que lo hubo, por el cual llegaron a mí; mucho menos sé, ya que todos los elementos de juicio estaban a su alcance, por qué creyeron que sus bienes estarían seguros bajo mi custodia durante las vacaciones, dado que ellos, tanto como el resto del barrio, conocía mi conducta algo inclinada a la fiesta perpetua. Tampoco era mi responsabilidad informarles, no soy una fuente de datos confiable; he delatado, con mucho placer pero poca precisión, a mucha gente inocente, así como he salvado con mi testimonio a más de un criminal. Pero allí estaba yo, con toda la casa, equipamiento y alcohol de mis vecinos a mi disposición.

Se marcharon luego de una breve conversación, libre de amenazas, en la que señalaron el especial cuidado que debía tener con ciertos objetos, que supuse tenían propiedades rituales para ellos, puesto que su valor no parecía merecer semejantes atenciones. No hice preguntas; acepté, una vez más, su palabra como garantía de lo que a mis ojos eran nimiedades. Apenas vi alejarse la Toyota azul metalizado comencé a hacer las llamadas de rigor; invité a la fiesta a un grupo de amigos, que a su vez extendió la invitación a sus conocidos, quienes a su vez no dudaron en convocar a ciertos desconocidos más que sospechosos, los cuales, llegado su turno, publicaron en todas partes que una juerga muy intensa iba a tener lugar esa noche. Mi reputación, hipócrita lector, mi semejante, ¡mi hermano!, no se logró con globos y cotillón, precisamente.

Mientras inspeccionaba y ordenaba el lugar, requisando el alcohol en el proceso, recordé que mi DJ de confianza había sufrido un lamentable accidente (exceso de mayonesa en un estado -la mayonesa-de deterioro avanzado) en nuestra última reunión, lo que me dejaba sin el proveedor de happiness (y drogas) a pocas horas del evento. Cavilé -mediante un práctico utensilio, digamos- un instante, considerando que la ausencia del DJ supondría el fracaso de mi plan. De pronto, revolviendo unas prendas -separé algunas, como esa camisa parda que tan bien me quedaba-di con la solución: una tarjeta de diseño salvaje, creada por alguien en condiciones de abuso de todo tipo de sustancias y con seguridad privado de libertad, que  anunciaba con gran autoridad las habilidades sobrenaturales del, así presentado, amo supremo de las bandejas. ¡Mi salvador! ¡Mi redentor! Disqué el número de su parroquia; una voz de importante estatura me alcanzó desde vaya a saber dónde:

– ¿Con quién desea hablar? -preguntó.

– ¿Es ud. DJ Vinnie Low?- dije.

– Si lo fuera no se lo diría, mas, si está interesado en contratar sus servicios, quizá pueda ayudarlo-. Esto es serio, pensé. Muy serio. Vaya fiesta nos vamos a montar con este demente del plástico giratorio.

– Por supuesto, por eso llamo. ¿Estaría disponible el señor Low para amenizar una, digamos, celebración con amigos, un ágape cordial entre camaradas, en un ambiente de relajación y amabilidad ilimitados?

– No.

– ¿Cómo que no?

– No es ese el modo en que se accede al señor Low. Deme sus datos, antecedentes en cuestiones de fiesta y los detalles de su consola para que los evalúe Vinnie y, si puedo localizarlo, tal vez pueda contratar a…

– Sí, ya sé. ¿Espero su respuesta, entonces?

– Desde luego que no. El señor Low no responde. En caso de que estime adecuada su oferta, allí estará, no se preocupe.

– ¿Y en caso contrario?- Pero un ruido interrumpió la comunicación, y no logré restablecerla. Me pegué un saque y proseguí con los arreglos del lugar..

Alrededor de las diez comenzaron a llegar los invitados, sin ningún orden; algunos amigos, alguna cara entrevista, quizá (imposible de precisar) en otras ocasiones, y muchos desconocidos de los más diversos aspectos, que le otorgaban a la fiesta un carácter de imprevisibilidad interesante. A pesar de que había obtenido una cantidad de estimulantes nada despreciable, muchos de ellos ya traían los suyos incorporados, adheridos cual cinturón simbádico a sus cuerpos de musulmaniacs suicidas. Con el correr de las horas y el aumento de la concurrencia, sin embargo, comenzaron a alzarse algunas voces que reclamaban diversión, agite, alegría. Yo había confiado mi secreto a los amigos más cercanos, la presencia del DJ clandestino a quien ni siquiera estaba seguro de haber contratado. Traté de calmarme ingiriendo cosas de procedencia casi tan extraña como la de DJ Vinnie Low, pero no conseguía aquietar mis nervios. Comencé a pensar en formas de evadir la vergüenza: provocar un incendio, huir de una casa que ni siquiera era mía, pero era inútil, mi reputación se quedaría allí y se quemaría con ellos. De pronto, como emanada de la propia consola, una figura de cabello en forma de afro caucásico, bigotes que formaban un imposible a(na)rcoiris negro sobre su labio superior y patillas neoschopenhauerianas, empezó a emitir una música de ritmos tan heterodoxos como bailables. Eso sí era un DJ, no la inmundicia que solía musicalizar mis veladas, y todos parecían estar de acuerdo con este, mi veredicto XVI.

La fiesta se desarrolló, durante algún tiempo, con normalidad, la normalidad que la fauna bestial presente permitía, al menos. Pero, como tantas veces, como esos episodios que poblaban mis recuerdos más lejanos, degeneró de un modo proporcionalmente brutal al nivel de los concurrentes; a pesar de que nadie se había atrevido a dirigirle la palabra, o tan siquiera una mirada, a DJ Vinnie Low desde su llegada (o materialización, mejor dicho), un temerario, un patán cuya masculinidad recién adquirida habría demandado un uso más prudente, desafío al músico de vanguardia a poner una cumbia cheta, algo “para tirarse unos pasos, bien para arriba”. Para qué. DJ largó Devoured by vermin de Cannibal Corpse, dejó a un lado, con una solemnidad quizá impropia de la situación, los auriculares, movimiento que duplicó al instante su magnitud capilar, y la emprendió a cachetazos contra el hereje pagano. La gresca y el saqueo se generalizaron  e hicieron vanos mis esfuerzos por preservar los artículos vedados por los propietarios.

Cuando logré evacuar el lugar y disipar el humo y los vapores, comprendí que nada podía recuperarse. La tensión y el cansancio (y tal vez algo más de origen menos espiritual) me depositaron en la cama. Allí me hallaron los dueños de la casa la mañana siguiente, al regresar de sus vacaciones. Tras insultarme, y no esperaba menos, se entregaron a la tarea de cribar los escombros con una furia desmesurada, que me habría resultado casi patológica de no haber presenciado los hechos de la madrugada anterior. Por fin Alicia alzó una pieza y llamó a su marido, que estaba a punto de rajármela, con una sonrisa tan vivaz que disuadió a su esposo; mi curiosidad saltó sobre mis escrúpulos y se posó junto a ellos de un modo que nada en la situación hacía aconsejable, pero no fui rechazado. Alicia sostenía un portaretratos algo chamuscado; “nuestro hijo muerto”, dijo. Miré: el abundante afro caucásico, el bigote, las patillas neoschopenhauerianas estaban allí.

Entrega de los premios Oz(car) 2016

Poco difundidos, en parte amañados, en ocasiones desdeñados y siempre aliterativos, los premios Oz(car), reconocimiento al desempeño estalinista ejemplar, han tenido lugar en la clandestinidad, y aquí les presentamos a los notables ganadores de la edición 2016.

Premio Piatakov a la administración industrial: Carlos Texeira logró, a partir de una remolacha azucarera como capital fijo, una bolsa de estiércol como capital circulante y él mismo como capital variable, superar la productividad de la estatal ALUR, cuyas asombrosas pérdidas no quitan ningún mérito a nuestro héroe estalinista.

Premio Lysenko al logro científico estalinista: El Dr. en bioquímica Andrés Rikov decodificó el genoma de Eduardo Lorier y halló vestigios del padre Stalin en su ADN, demostrando de este modo la ventaja de que se perpetúe como Secretario General del partido, como único y auténtico estalinista vernáculo inoculado por el constructor del socialismo real.

Premio Tomsky a las destrezas sindicales: Julio “Llamarada” Bermúdez, autoproclamado vástago ilegítimo y custodio del legado del célebre “Fogata” Bermúdez, arrancó a la patronal represora un aumento de 0.50 $U la hora en los consejos de salarios. Los empresarios fascistas, lamentablemente, lo despojaron de su conquista a través de una detracción compulsiva de 1 $U en concepto de gastos de administración del aumento otorgado, reduciendo al mítico “Llamarada” a la triste condición de ceniza inactiva.

Premio Zinoviev a la capacidad táctica electoral: Ernesto Thälmann (vaya nombre se procuró) llamó a votar a un candidato de derecha en contra de los “socialfascistas”, en una aplicación estricta de la política estalinista del Tercer Período. Desde luego, confirmando la previsión de Thälmann, una vez el verdadero fascista asumió su cargo, eliminó a los “socialfascistas”… y al propio Ernesto..

Premio San Patricio Rojo a la excelencia en la conversión: Este me lo adjudico yo, ya que durante el 2015, si bien no convertí una isla esmeralda en roja, tuve varios logros, entre ellos, convertir a un testigo de Jehová en bolchevique (invirtiendo el proceso que él pretendía efectuar), un skinhead en anarcopunk (convengamos que ninguno tiene suficientes caramelos en la lata como para obtener algo más) y a un kadete (demócrata constitucional) en votante de Mujica (el dial no tiene tanto margen de derecha a izquierda).

Y el Rodney de Oro es para… Néstor Galíndez, egresado del instituto de bibliotecología del partido y guardián de sus archivos. Néstor acopió minuciosamente todos los datos relevantes de cada militante local, sus actividades, contactos y trayectoria. Una vez acabada esta ingente tarea, entregó la carpeta, prolijamente encuadernada, al Ministerio del Interior. ¡Maestro!

Cine de culto

El aclamado director de culto Daniel Lucas, por el que tanta estima sentimos en este espacio, regresa a los 16 mm. con su producción más ambiciosa hasta el momento, luego de un prolongado receso al que fue empujado, según su testimonio, por la búsqueda de un nuevo lenguaje que expresara sus más profundas inquietudes artísticas.

La experimentación formal y técnica referida demandó, además de un copioso suministro de sustancias lícitas e ilícitas, damas de costumbres discutibles, un futbolito de última generación y el único ejemplar conocido del esquivo koala de la cuenca del Donetsk, el desembolso de una suma tan considerable de dinero que los propios productores encargados de gestionarla se suicidaron antes de revelar el monto que alcanzaba. Pero valió la pena.

El director, acusado en varias oportunidades, con fundamento, de plagio, licencias estéticas imperdonables, tibieza política y moral, robo de materiales de los estudios con fines poco éticos, logra en este film tal peso cinematográfico que sólo un detractor acérrimo y sin un gramo de humanidad en su abyecto ser podría cuestionarlo.

El proyecto que se planteó Lucas consistió en relatar los últimos doce minutos del Imperio Romano de Occidente con el mayor rigor histórico posible, pero sin renunciar, al mismo tiempo, a la exploración del drama humano que subyace a las grandes conmociones sociales, todo ello patrocinado por un refresco de etiqueta roja que demandaba la inclusión de su logotipo a como diera lugar.

El director lo resolvió de manera brillante, rodando una película que, contrastada con los productos a que nos tiene acostumbrados la cultura de masas, ofrece múltiples lecturas, ambigüedad narrativa, subtexto, reflexión metalingüística, resignificaciones, operaciones semióticas refinadísimas y  una “apertura a la verdad que emana del Ser”, en palabras del propio director, influido quizá por una lectura algo apresurada de vaya a saber uno qué cosa. Allá él.

Lo cierto es que la película, que involucró la convocatoria de nada menos que doscientos millones de extras, un casting de aproximadamente quince millones de criaturas de los más diversos órdenes del Ser (aquí vamos de nuevo) y el gasto íntegro del dinero puesto a disposición de Lucas, cuenta, en exactamente doce minutos, cronometrados por un reloj diseñado y adquirido expresamente para la ocasión, la debacle de Rómulo Augusto y el ascenso de Odoarco de manera memorable.

Amo de la elipsis, dios del celuloide, Lucas presenta una imagen total del Imperio y su derrota por medio de una única toma completamente negra, que pone en debate todos los supuestos acerca de los hechos relatados y los traspasa al intérprete con su cuestionamiento acerca de la posibilidad misma de la representación.

Metáfora sutil sobre la banalidad de todo lo humano, el poder, la corrupción, las consecuencias de la acción del Hombre sobre la Historia o, para sus críticos, inescrupuloso desvío de fondos y enriquecimiento ilícito, la gran obra de Daniel Lucas retoma, sin dar respuestas concluyentes, las grandes cuestiones de la tradición occidental, abandonadas por un arte atrapado entre la Escila de la falta de propósito y la Caribdis del éxito comercial como único fin. Extraordinaria.

 

 

Carta abierta a Santa

Santa:

Comprenderás que esto que estoy haciendo, dirigirme a ti nuevamente por este medio luego de aquel episodio que ambos recordamos y, espero, deploramos, no es algo sencillo. Pero sí maduro, como el presidente democrático de la República Bolivariana de Venezuela, ¿verdad que sí? ¿O no estás de acuerdo con esta caracterización? ¿Acaso llamas a la democracia plena, participativa, por qué no directa, “régimen”? No, no pretendo introducir nuestras diferencias así de pronto y hacer que te la tragues… la diferencia, de manera tan poco cortés, pero ¡tampoco fue cortés tu conducta, inmunda criatura del demonio!

Yo era sólo un niño, cerdo criptoconductista, tema que prefiero evitar por el momento. Perdón por la digresión, soy algo propenso a ellas en ocasiones, supongo que lo sabés. Es una pregunta retórica, desde luego, rata vigilante; sabés todo lo que hago e hice en este tiempo, incluso durante los años que me mantuviste en tu lista negra. Ya ves, incluso cuando intento conciliar tropiezo casi en cada oración con una de tus típicas maniobras despreciables y me veo obligado a cuestionar tus procedimientos, a pesar de que el ánimo de esta misiva sea justamente el contrario. Pero lo ponés muy difícil, Santa, ¿cómo superar nuestro encono sobre bases tan precarias?

Quisiera ofrecerte una disculpa pero no soy yo quien debe hacerlo sino tú quien debe tener ese gesto. Y claro, tú no tienes gestos de ninguna clase, no al menos con niños como yo. Tu servicio es un chantaje moral con todas las letras, alentando la traición, la delación, la deslealtad; comprás almas como Chichikov, con la diferencia que vos las comprás vivas y las adaptás a tus fines espurios, ejerciendo una función tan deleznable que hasta el mismísimo torturador se avergonzaría de tus procedimientos, ya que estos están dirigidos a la corrupción de criaturas inocentes, que dejan de serlo gracias a tu intervención. Ese fue mi caso, como recordarás.

Me hiciste pagar año tras año ese supuesto error que para mí no era tal, peo incluso si aceptamos que lo era ¿no tengo derecho a mis ideas políticas, acaso? ¿Y en los años posteriores qué hice para merecer tu indiferencia? Ahora que me refiero al incidente sin rodeos, porque de eso se trata esta carta, aprovecho para mencionar otro motivo de desconcierto: jamás me permitiste defensa alguna, no preguntaste si lo había hecho por convicción, porque apoyara a las democracias populares de las que, por otra parte, sabía muy poco con tan solo cinco años. Pero por las dudas me la encajaste, ¿no? Más vale prevenir que curar, como diría tu fiel acólito Juliomaría; más vale cortarlos verdes antes de que se pongan rojos, por decirlo de alguna manera.

Pues bien, tus registros infalibles quizá no lo sean tanto, porque permitirme decirte que yo no era rojo, no era adepto a Moscú ni a sus satélites, no creía en la planificación central ni en la industrialización acelerada ni en los planes quinquenales (yo lo era en ese momento; ¡cinco años tenía, te recuerdo!) ni le llamaba Leningrado a la histórica San Petersburgo; no, nada de eso, cretino violador de los derechos humanos; festejé la medalla de oro rumana porque me gustaba Nadia Comaneci, nada más. Era así de fácil, ¿viste?

Por ese pecado tan pueril como es el idilio infantil y no la afirmación ética de una idea me quedé sin un puto regalo por treinta años, treinta años en los cuales, por si fuera poco, te comiste bien los mocos, ya que mientras yo purgaba esa condena se derrumbó el muro, China se volcó al mercado, se esfumaron la clase obrera y sus organizaciones y yo, mientras tanto, como un Carlitos esperaba que me concedieras una amnistía. Irónicamente, tu presunta crítica a un sistema donde era difícil acceder a los bienes consistió en negármelos a mí. Tu criterio incluso resultó ser pésimo como táctica; habría sido más útil para tus intereses decirme “Este año perdieron Polonia; acá tenés un cassette de Jazzy Mel, gil” o “¿A cuánto está la tonelada de azúcar cubana ahora que no existe la URSS, pancho? Tomá un VHS de Requetedivertidos”.

Eso habría quebrado la moral del bolche más fanático, pero decidiste ignorarme y dejarme languidecer leyendo “La revolución traicionada” de Trotsky (¡no era regalo tuyo, claro está!) mientras trataba de encontrarle algún sentido a todo aquello. Pudiste empujarme y sacarme de ahí por tus medios habituales: el soborno, la coacción, la manipulación; no sucedió.

En fin, Santa, esto no puede continuar así, no es de hombres sensatos y razonables como nosotros. Cuba y EE.UU. reanudaron sus relaciones diplomáticas, ¿acaso te creés por encima de la geopolítica de la mayor potencia industrial, puerco arrogante? ¿No ves que los tiempos cambiaron y tu postura de negociador recio es tan anacrónica como la patronal mafiosa del taxi del señor…? Nah, no quiero ganarme otro enemigo cuando estamos pactando el fin de nuestras hostilidades, Santa.

Esta Nochebuena te voy a dejar tu hierba (para tus “mulas”, sí, todo bien, estamos entre amigos) al pie del arbolito, ¿tendrías la amabilidad de traerme el disco de Violetta, por favor?

Muchas gracias.

Sinceramente,

Ozcar

 

Georg Lukács- In memoriam?

Recordamos hoy la singular peripecia de Georg Lukács, filósofo, crítico literario, ministro de, al menos, dos gobiernos soviéticos en su Hungría natal, padre cariñoso de una criatura particularmente despreciable y, como se revelerá a continuación, importante exponente de una corriente marxista que no había sido identificada como tal hasta el presente.

Lukács comenzó su carrera académica como crítico de arte y, para no extendernos en consideraciones ajenas al tema que nos ocupa, se hizo tupa y terminó como Ministro (o Comisario, quién sabe), de Instrucción Pública del gobierno de Bela Kun. Cuando la experiencia socialista se derrumba, Lukács emigra, escribe “Historia y conciencia de clase”, patatín y patatán, el libro acaba siendo condenado por la recientemente creada Tercera Internacional y con ello desaparece la influencia de nuestro personaje en el comunismo internacional, pero luego se retracta de sus posiciones, es readmitido por el comunismo y readmitido, a su vez, en la URSS. No sería esta, por supuesto y adelantándonos algo en la exposición, su última ni la más notable de sus reapariciones.

En 1944 retorna a Budapest, ciudad que unifica a las antiguas Buda y Pest como se sabe, ocupa diversos puestos en diversas universidades para ser, finalmente, convocado por Imre Nagy (no podría asegurar si personalmente; ignoro el hecho, como tantos otros de esta narración más que esquemática, excepto por el dato de su repugnante descendiente) para dirigir el Ministerio de Cultura (una vez más, desconozco si puede hablarse de ministerio en este caso, como desconozco la palabra húngara que lo designa).

Sus posiciones y debates intelectuales son secundarios, y si alguien siente curiosidad al respecto no voy a ser yo quien lo ilumine, lo importante es que, santa simetría en la vida de este hombre, volvió a caer en desgracia, volvió a ser arrestado y volvió… no, fue a parar al lugar menos predecible del territorio húngaro (razones históricas que no me son dadas traer a colación aquí convirtieron a éste -ojo que aún no lo mencioné- en territorio húngaro): el castillo de Drácula.

El conde Lukács, como se lo conocerá a partir de ahora, surgió de allí convertido en una suerte de vampiro del comunismo heterodoxo. Un vampiro que, en su caso, se alimentaba de textos prohibidos, textos que la ortodoxia rechazaba por su contenido y de los que él haría uso y abuso abundante a su salida (si es que alguna vez lo hizo), del castillo.

Tras su estadía allí, en condiciones no mejores que las de su predecesor siglos antes, el conde marxista produjo una serie de poderosos escritos que, como corresponde a su origen, han superado la prueba del tiempo. Es más, se puede conjeturar que su desempeño en este terreno va a resultar, para quienes tengan la fortuna de atestiguarlo, uno de sus rasgos más notables, ya que de acuerdo a los antecedentes, toda emanación del castillo tiende a la eternidad. Teniendo en cuenta que su clásico (y luego de la experiencia que estamos reseñando es difícil referirse a él de este modo) “Historia y conciencia de clase” acabó siendo uno de los libros más discutidos y polémicos del marxismo del siglo XX, el estatus de inmortal de la obra posterior augura una polémica extremadamente prolongada dentro del marxismo de los siglos por venir. Acaso los problemas planteados en estos manuscritos aún no hayan conocido a sus contemporáneos, considerando que se trata de generaciones muy, muy, pero mucho muy remotas. Así, cuando Lukács habla del “impostergable dictum que impone el carácter eminentemente teórico del poschsterrrschgel”, una interpretación sesgada y casi doctrinal del término puede considerarse anacrónica. Pero, de hecho, ¿qué no es anacrónico en referencia a estos textos? ¿Cómo actualizarlos, como traerlos a la discusión presente cuando su problemática remite a un tiempo que no conocemos? ¿Cuestiona esto la dimensión histórica del marxismo, fundamental para la teoría? Da la impresión que sí.

El interesante planteo, pues, que hace el filósofo austromarxista Karlo Floggenswager, de convocar un congreso en el propio castillo transilvano para tratar la obra póstuma (inevitable caer con frecuencia en el anacronismo) de Lúkacs (se presume que la ortografía del apellido sufrirá cambios similares con el transcurso del tiempo) no parece del todo impertinente. ¿Pueden las resoluciones de un Congreso, parciales y provisionales como son, atendiendo a esta su especificidad cronológica, trascenderla para alcanzar una universaltranstemporalidad absoluta, que dispute el terreno inexpugnable al que se elevó el pensamiento del Lucasss? Esa es quizá la pregunta sin respuesta que el marxismo revolucionario deberá afrontar con todas sus herramientas si no quiere convertirse, paradójicamente, en un ente cuya vida perpetua impugne su capacidad de acción.