La democracia en tiempos de Riogas*

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Decía Quintiliano que la mano tiene su propia velocidad, menor que la del pensamiento, y por esta razón aconsejaba escribir y no dictar, ya que esto permite una reflexión más aguda antes de pasar al acto. Recomendación prudente si lo que se pretende es alcanzar un resultado empleando los medios más eficaces que conduzcan a él, pero arrojar una garrafa al prójimo difícilmente derive de un proceso de deliberación sobre medios y fines, y esté más próximo al acto puro del que habla ese otro libro que dice, justamente, “en el principio era la Acción.” Principio y fin se unen de esta manera para lograr un resultado en el que la razón no interviene para nada, ni siquiera para alertar al perpetrador que su conducta podría acarrearle consecuencias fatales, desencadenar una serie de hechos (¿pero cómo un neo-humeano como el energúmeno en cuestión podría tener en cuenta la ley de causalidad al momento de actuar?) que, sin ánimo de ser alarmista, pero como señalaba T.S.Eliot en “The idea of a christian society”, podrían conducir al totalitarismo, resultado natural de una democracia que sólo contempla las demandas individuales en detrimento del bienestar común.

Y es aquí donde radica el dilema que se mastica a la democracia desde dentro, que la fagocita desde las entrañas y la inmoviliza tal como el cuestionamiento del inconsciente paraliza al sujeto: el permanente desequilibrio entre libertad y orden.

Con los milicos estas cosas no pasaban, dirá alguno; en la Grecia clásica tampoco, respondo, más allá de que podían comerse a sus hijos o disputar por el cadáver insepulto de un hermano que arremetía contra su ciudad en calidad de enemigo. O tirarle una garrafa a Sócrates por desobedecer el mandato de la colectividad, y ese es precisamente el asunto que debería ser central en la discusión: Sócrates antepone el bien de la ciudad, la justicia, a su suerte personal, sin renunciar a la espisteme que, considera, no debe someterse a la mera doxa de la mayoría.

Lo público y lo privado en la democracia mediática son indistinguibles y, por eso mismo, las conductas individuales no se inscriben en una gramática universal que apela a una justicia superior; espisteme y doxa no entran en conflicto porque, sencillamente, ya no hay una instancia en que dicho conflicto pueda dirimirse.

Invertida esta relación, es triste y sintomático pensar que, en nuestro tiempo, Sócrates se haría acreedor al ataque del garraficida neonietzscheano (neologismo intenso) no por cuestionar las creencias mayoritarias sino, más prosaicamente, por portar las marcas distintivas del Club Nacional de Atenas (el decano ático, a decir de Jenofonte).

Apéndice A

Transcripción del audio de los barras de Peñarol planeando el ataque a la comisión de seguridad:  The fall (bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonner-ronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthur — nuk!) of a once wallstrait oldparr is retaled early in bed and later on life down through all christian minstrelsy. The great fall of the offwall entailed at such short notice the pftjschute of Finnegan, erse solid man.

Apéndice B

Transcripción del tercer párrafo del Finnegans Wake de James Joyce: lo que pasa es que hay que ir ahora a la puerta de cada uno, ¿sacás ñeri? Bueno, Comisión de Seguridad, fulano, mengano y zutano. Ta. Vamo hasta la casita ahí, dirección, pim, pum, pam y sin decirle nada. ¿Sacás? Pasás y rrrrr

*Publicado originalmente en La Oclusión de la razón y la Razón de la Oclusión: Ensayos de Marxismo Aristotélico. Editorial El Gaucho Rojo, Nico Pérez, circa 1987.

El C.H.E., sucesor de Fidel*

Si el enunciado dejó al lector perplejo como la momia de Lenin, lo invitamos a que permanezca un momento con nosotros antes de entregarse al pánico e internarse en la sierra, maestro.

Muerto Fidel, hecho que supimos predecir basándonos en el materialismo dialéctico y sus leyes inexorables, así como en su condición de ser de carbono y no de silicio (lo que se seguiría de la teoría de los Alienígenas Ancestrales, en todo caso), la pregunta por su sucesión y por el futuro de la isla resulta pertinente.

El procedimiento científico indica una consideración de los factores históricos, políticos, económicos, tanto como de los elementos subjetivos y todas esas cosas. Es cierto y necesario; del mismo modo que en la entrada a la revolución se discutió profusamente el rumbo  y los medios a utilizar, en debates tales como el que involucró a Guevara, Charles Bettelheim y al sumo pontífice de la IV Internacional, Ernest Mandel, sobre la economía de transición, o la polémica acerca del método de la guerrilla y su extensión a países más proletarios y con menor vegetación, actualizando muchas de las controversias fundamentales del marxismo (a propósito de la selva, los distintos tipos de arbusto y la clásica disputa en filosofía del lenguaje sobre el olmo, el haya y el correcto alojamiento del significado, o externalismo semántico), es oportuno, decíamos, tal como se hace en la cárcel, la escuela o cualquier reunión social, cachear a esta pseudo revolución para saber de qué manera sale del quilombo en que se metió. Seguramente la inspección arroje que su honor ha sido mancillado (nada que no ocurra también en la cárcel o en el casamiento de Puglia, por ejemplo).

Ya llegará el momento para que apologistas y detractores se lancen a su trivial danza de diatribas y hagiografías igualmente acríticas y burdas; quizá también para la momificación del difunto y la inevitable recaída en el culto a la persona, que ya está reclamando, dicho sea de paso, la constitución de un monte Rushmore compañero; ya habrá tiempo e interesados en ello, pero nosotros afirmamos que el C.H.E. es el sucesor de Fidel y no escamoteamos nuestro juicio: el futuro de la isla depende de que se produzca ese fenómeno conocido por sus siglas de C.H.E., o Comunismo Humano Espontáneo, de manera que la aparente paradoja que le puso las cejas de punta a más de uno no era tal, y repetimos con total convicción: el legítimo heredero de Fidel no es otro que el C.H.E. La historia nos absorberá.

* Publicado en “La muerte de Fidel y otros ensayos”, Editorial la (H)Oz y el Martillo, San Petersburgo, 1993.

La oferta irresistible

El dato, y la fuente de la que provenía, no me despertó ninguna duda, ni siquiera esa íntima sensación que se experimenta incluso cuando la certeza es completa; esto estaba por encima de la certeza subjetiva y objetiva, más allá del grado de verificación razonable; la información estaba fuera del espacio del argumento racional y más cerca de la verdad apodíctica de la fe.

Mi amigo, docente él, me aseguró que podía obtener un descuento en esa librería alegando dicha condición, ya que no solicitaban comprobante alguno. Yo, que tengo en gran estima su inteligencia, tanto como su sagacidad en los menesteres prácticos y sobre todo su avaricia ilimitada, acepté la sugerencia, como dije antes, sin cuestionar su autoridad en ningún instante. Además, debo agregar, éramos colegas en un área de interés no muy alejada aunque decididamente del otro lado de la legalidad: el robo de libros, práctica en la que, hasta donde llega mi experiencia, están implicados todos quienes sienten auténtica pasión por la letra impresa.

No tracé plan alguno; necesitaba, por imperativos ajenos a los del conocimiento desinteresado, un libro de elevado valor, de manera que el descuento también prometía ser generoso. Simplemente me presentaría ante el mostrador, solicitaría un ejemplar de la obra, invocaría mis inexistentes credenciales y pagaría un monto considerablemente inferior al requerido por los mercaderes del saber, antes de retirarme satisfecho. ¿Qué podía salir mal?

Procedí del modo que acabo de detallar: llegué al comercio, atravesé las largas filas de suculentas estanterías (no me detuve, sin embargo, como en otras ocasiones, a sopesar el valor -científico, artístico, incluso plástico- de los volúmenes exhibidos), me aproximé a un dependiente no especialmente solícito, de rasgos que sugerían un posible estudiante de letras contratado a tiempo parcial (víctima propicia del engaño; su sueldo y condiciones de trabajo, supuse, no lo predisponían a obrar con particular celo en su tarea) y le ordené, sin que mediara otra forma de trato que la estrictamente comercial, el libro que buscaba. “Aguarde un momento, enseguida se lo traigo, señor”- respondió con un tono de desgano profesional que no auguraba ningún contratiempo.

Volvió al cabo de unos minutos, en los que repasé mis líneas como un mal actor a punto de entrar en escena. “Aquí tiene, señor. ¿Se le ofrece algo más?”. “Sí, un descuento fabuloso basado en mi pretendida, mas ficticia, posición como profesional de la enseñanza”, pensé, pero a continuación articulé un escueto: “Nada más, gracias. Ah, y soy profesor, eh”, dije casi como si no fuera necesario remarcarlo. “¿Ah, sí? Qué interesante. ¿Profesor de qué, si me permite la indiscreción?”. “Esteee… de filo..”, la duda, lo advertí al instante, puso al truhán sobre aviso. “¿De filología hispánica, en la que me especializo, o de filosofía grecolatina, tal vez?”. Debía responder de inmediato, sin dudar y sin darle oportunidad a que continuara indagando (la filología hispánica quedaba descartada): “Sí, filosofía grecolatina y medieval, eso mismo.” No lo desalentó. Era un perfecto cretino. “¿Puedo preguntarle, si no es molestia, para qué demonios (todas las alarmas se encendieron con este término) necesita un docente de filosofía medieval este libro de Etienne Gilson?”. Me atrapó. “Debo pedirle un comprobante: recibo de sueldo, título habilitante, el testimonio de un alumno matriculado en su clase y con autoridad intelectual suficiente para acreditar los conocimientos referidos, algo así”. Debía salir de allí cuanto antes, pero el minúsculo ser, cuyas capacidades yo había desdeñado, me tenía cautivo en su red. “No traje nada, no pensé que me lo fueran a pedir”. Pésima respuesta. Llamó a un superior. “El señor aquí presente, quien se dice profesor de filosofía grecolatina y medieval (noté en su tono el énfasis con que dijo estas palabras, que le produjeron gran gozo), quiere que le hagamos un descuento pero carece de todo documento pertinente. Encargate vos”.

El extraño, según supe de inmediato, era el doctor Juan Escoto Avicena Averroes de Ockham, PhD en diversas ramas de la filosofía, en especial, como habrá adivinado, grecolatina y medieval. “Acompáñeme por aquí, si es tan amable”, invitó y exhortó a la vez. Comprendí que mis aprietos no eran menores que los de Pedro Abelardo, por lo menos; quizá la policía ya estuviera en camino, o quizá me torturarían sin dar intervención a los profesionales de dicho ámbito (¡como si pudiera protestar por eso!).

Me condujeron a una sala mal iluminada, sin ventanas, húmeda; reconocí la silueta de una silla con una especie de apéndice que sobresalía hacia el frente: un banco de liceo. Frente a él, un pequeño escritorio, detrás del cual se situó el doctor Escoto Avicena Averroes de Ockham. “Así que profesor de filosofía grecolatina y medieval, nada menos, mire qué coincidencia, ¿no le parece?”, dijo, no sin cierta ironía. “Procedamos”. Extrajo una hoja de un cajón y me la extendió junto con una lapicera. “Tiene veinte minutos, son preguntas de rigor, no se preocupe. Nada que alguien de su nivel no pueda responder con solvencia.” “Me duele la barriga”, me excusé como un escolar incauto. “Error”. “Me duele en serio”, insistí, pero apenas pude terminar la frase cuando recibí un severo correctivo con una regla Mr.T de madera terciada. “¡Esto es ilegal!”, grité desesperado. “Tanto como alegar títulos falsos.” Atrapado de nuevo.

Hice el examen, que incluía preguntas sobre Anaximadro, Parménides (“el ser es el pensamiento del ser”, escribí con torpeza soberana), Aristóteles desde luego (ni hablar de la areté, pero “el ser es lo que se dice de muchas maneras”, ¿o no?), y sí, claro, toda la línea sucesoria de Plotino, las Enéadas y cosas escritas en caracteres que sólo había visto en Alienígenas Ancestrales. Me di por vencido, ni siquiera pasé al oral.

Volví al salón principal a esperar mis resultados. “Sus notas le permiten adquirir esto”, dijo el doctor Juan Escoto Avicena Averroes de Ockham sosteniendo un ejemplar de Cincuenta sombras de grey.

Héroes del socialismo real. Hoy: Marito Wittfogel.

Aquellos que no estén al corriente de las controversias que ha suscitado el marxismo desde su nacimiento, como cuando, por ejemplo, Engels objetó el fundamento antropológico de la crítica de Marx a la filosofía del derecho de Hegel y, de paso, señaló la improcedencia del amuleto que emergía bajo la barba de su amigo, quizá harían bien en interrumpir la lectura en este punto. Es más, a pesar de la aparente paradoja, habría resultado más conveniente que lo hicieran al advertir que se trataba de un tema completamente ajeno a sus intereses y preocupaciones intelectuales. Quizá ya sea algo tarde, y mi consejo, si llegó hasta aquí ignorando su natural recelo y mi explícita exhortación, es que continúe e ignore, a su vez, todos los avisos que intentaron disuadirlo de obtener el disfrute que el texto con seguridad va a procurarle. Espero, por otra parte, que esta digresión no del todo coherente lo prevenga contra los prologuistas que hacen vanos esfuerzos por ganarse al lector en las formas más abyectas, invitándolo a gozar de ciertos placeres al tiempo que le niega la posesión de las facultades requeridas, en un cándido reto a que acometa el ejercicio de las mismas.
Sí, además, empieza a sospechar que el prefacio es una exhibición impúdica de ciertas habilidades de prologuismo, si ha alcanzado la conclusión de que se halla ante a un prolegomaníaco, alguien incapaz de iniciar la obra anunciada por mantenerse en el nivel introductorio, regocijándose con ello, paso a demostrarle su error.

Marito Wittfogel, hijo de Mario Wittfogel y nieto del célebre Karl August, nació en una impronunciable ciudad prusiana allá por 1945. De débil constitución comunista, como su abuelo, pero de firmes convicciones filiales, se adentró muy temprano en los debates que habían ocupado a sus eminentes antecesores, estudiando la bibliografía relevante con un profundo compromiso hacia la verdad. Es necesario, pues, hacer un breve resumen de estas ideas, y de una de ellas en particular, antes de exponer los aportes de Marito, el último y más brillante de los Wittfogel.

La categoría de modo de producción es fundamental para la historiografía marxista; de acuerdo con el fundador de esta corriente, un modo de producción está determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, o sea, los componentes técnico y social que deciden la forma en que las clases se apropian su parte del trabajo colectivo. Por supuesto que hablamos de apropiación en un sentido muy general, ya que las pequeñas “apropiaciones” en que incurren los individuos aislados son más bien producto de su destreza para el rastrillaje que del lugar que ocupan en la división social del trabajo.
Marx sostenía que hasta el advenimiento del capitalismo se habían sucedido tres modos de producción: el primitivo, el esclavista y el feudal. Y el otro. El otro estaba encanutado en un manuscrito que no se conoció hasta la década del treinta del siglo pasado, hecho que obligó a revisar las anteriores concepciones, no sin un debate en que las acusaciones de revisionismo, menchevismo, carencia de caramelos y tantas otras afloraron cual espora en primavera. Allí aparece nuestro personaje, o su antepasado mejor dicho, quien defendió la pertinencia de dicho concepto para la explicación científica del coso.

Este polémico modo de producción consistiría en un estado despótico que financia las obras necesarias (principalmente de riego) para llevar a cabo la producción y, de este modo, limita la acción de las clases al colocarse por encima de ellas y captar el excedente. ¿Le suena familiar, querido lector? Sí, es lo que piensa la oposición del gobierno chavista tardío del Frente Amplio, con la salvedad de que la OSE sería el agente opresor en este caso, pero eso no es lo que nos ocupa en este momento. ¡Renunciá si tenés dignidad, Bonomi, nos gobiernan los tupas y los pichis, nos gobiernan! ¡En el modo de producción asiático se podía salir a la calle tranquilo! ¡Que vuelva el despotismo hidráulico! Perdón, me excedí.

Lo que ocurrió entonces fue que los stalinistas, afiliados a un materialismo mecánico y su consecuente sucesión rígida de las etapas que conducen al socialismo, cuestionaron la operatividad de dicho concepto y desacreditaron a sus partidarios; Karl August se retractó y no paró de retractarse hasta hacerlo del materialismo histórico, del comunismo y de la competencia de Bonomi para detener la devastadora ola de inseguridad que arrasa con toda idea de justicia y derechos humanos, excepto los de los delincuentes.

Allí es donde aparece (por fin, dirán algunos impacientes) nuestro héroe del socialismo real, Marito W. Marito, completamente negado para el rigor que demanda la labor intelectual, se propuso probar la corrección de la tesis (ex)marxista de su abuelo por medios prácticos: cazó a un montón de chinos parcialmente esclavizados, terminó de esclavizarlos, hizo una zanja machaza en el fondo de la casa, cortó el caño del agua del vecino y los puso a plantar papas, papas que luego, al momento de la cosecha, les arrebató (¡mirá bien, Bonomi, mucho viru viru pero te roban las papas en la cara, papá!) y vendió en el mercado a precios de usura, sellando así el histórico debate y reivindicando la memoria de sus antepasados, además de desenmascarar al inepto Ministro del Interior.

La fiesta inolvidable

No sé qué decidió a mis vecinos ni cuál fue el proceso de selección, si es que lo hubo, por el cual llegaron a mí; mucho menos sé, ya que todos los elementos de juicio estaban a su alcance, por qué creyeron que sus bienes estarían seguros bajo mi custodia durante las vacaciones, dado que ellos, tanto como el resto del barrio, conocía mi conducta algo inclinada a la fiesta perpetua. Tampoco era mi responsabilidad informarles, no soy una fuente de datos confiable; he delatado, con mucho placer pero poca precisión, a mucha gente inocente, así como he salvado con mi testimonio a más de un criminal. Pero allí estaba yo, con toda la casa, equipamiento y alcohol de mis vecinos a mi disposición.

Se marcharon luego de una breve conversación, libre de amenazas, en la que señalaron el especial cuidado que debía tener con ciertos objetos, que supuse tenían propiedades rituales para ellos, puesto que su valor no parecía merecer semejantes atenciones. No hice preguntas; acepté, una vez más, su palabra como garantía de lo que a mis ojos eran nimiedades. Apenas vi alejarse la Toyota azul metalizado comencé a hacer las llamadas de rigor; invité a la fiesta a un grupo de amigos, que a su vez extendió la invitación a sus conocidos, quienes a su vez no dudaron en convocar a ciertos desconocidos más que sospechosos, los cuales, llegado su turno, publicaron en todas partes que una juerga muy intensa iba a tener lugar esa noche. Mi reputación, hipócrita lector, mi semejante, ¡mi hermano!, no se logró con globos y cotillón, precisamente.

Mientras inspeccionaba y ordenaba el lugar, requisando el alcohol en el proceso, recordé que mi DJ de confianza había sufrido un lamentable accidente (exceso de mayonesa en un estado -la mayonesa-de deterioro avanzado) en nuestra última reunión, lo que me dejaba sin el proveedor de happiness (y drogas) a pocas horas del evento. Cavilé -mediante un práctico utensilio, digamos- un instante, considerando que la ausencia del DJ supondría el fracaso de mi plan. De pronto, revolviendo unas prendas -separé algunas, como esa camisa parda que tan bien me quedaba-di con la solución: una tarjeta de diseño salvaje, creada por alguien en condiciones de abuso de todo tipo de sustancias y con seguridad privado de libertad, que  anunciaba con gran autoridad las habilidades sobrenaturales del, así presentado, amo supremo de las bandejas. ¡Mi salvador! ¡Mi redentor! Disqué el número de su parroquia; una voz de importante estatura me alcanzó desde vaya a saber dónde:

– ¿Con quién desea hablar? -preguntó.

– ¿Es ud. DJ Vinnie Low?- dije.

– Si lo fuera no se lo diría, mas, si está interesado en contratar sus servicios, quizá pueda ayudarlo-. Esto es serio, pensé. Muy serio. Vaya fiesta nos vamos a montar con este demente del plástico giratorio.

– Por supuesto, por eso llamo. ¿Estaría disponible el señor Low para amenizar una, digamos, celebración con amigos, un ágape cordial entre camaradas, en un ambiente de relajación y amabilidad ilimitados?

– No.

– ¿Cómo que no?

– No es ese el modo en que se accede al señor Low. Deme sus datos, antecedentes en cuestiones de fiesta y los detalles de su consola para que los evalúe Vinnie y, si puedo localizarlo, tal vez pueda contratar a…

– Sí, ya sé. ¿Espero su respuesta, entonces?

– Desde luego que no. El señor Low no responde. En caso de que estime adecuada su oferta, allí estará, no se preocupe.

– ¿Y en caso contrario?- Pero un ruido interrumpió la comunicación, y no logré restablecerla. Me pegué un saque y proseguí con los arreglos del lugar..

Alrededor de las diez comenzaron a llegar los invitados, sin ningún orden; algunos amigos, alguna cara entrevista, quizá (imposible de precisar) en otras ocasiones, y muchos desconocidos de los más diversos aspectos, que le otorgaban a la fiesta un carácter de imprevisibilidad interesante. A pesar de que había obtenido una cantidad de estimulantes nada despreciable, muchos de ellos ya traían los suyos incorporados, adheridos cual cinturón simbádico a sus cuerpos de musulmaniacs suicidas. Con el correr de las horas y el aumento de la concurrencia, sin embargo, comenzaron a alzarse algunas voces que reclamaban diversión, agite, alegría. Yo había confiado mi secreto a los amigos más cercanos, la presencia del DJ clandestino a quien ni siquiera estaba seguro de haber contratado. Traté de calmarme ingiriendo cosas de procedencia casi tan extraña como la de DJ Vinnie Low, pero no conseguía aquietar mis nervios. Comencé a pensar en formas de evadir la vergüenza: provocar un incendio, huir de una casa que ni siquiera era mía, pero era inútil, mi reputación se quedaría allí y se quemaría con ellos. De pronto, como emanada de la propia consola, una figura de cabello en forma de afro caucásico, bigotes que formaban un imposible a(na)rcoiris negro sobre su labio superior y patillas neoschopenhauerianas, empezó a emitir una música de ritmos tan heterodoxos como bailables. Eso sí era un DJ, no la inmundicia que solía musicalizar mis veladas, y todos parecían estar de acuerdo con este, mi veredicto XVI.

La fiesta se desarrolló, durante algún tiempo, con normalidad, la normalidad que la fauna bestial presente permitía, al menos. Pero, como tantas veces, como esos episodios que poblaban mis recuerdos más lejanos, degeneró de un modo proporcionalmente brutal al nivel de los concurrentes; a pesar de que nadie se había atrevido a dirigirle la palabra, o tan siquiera una mirada, a DJ Vinnie Low desde su llegada (o materialización, mejor dicho), un temerario, un patán cuya masculinidad recién adquirida habría demandado un uso más prudente, desafío al músico de vanguardia a poner una cumbia cheta, algo “para tirarse unos pasos, bien para arriba”. Para qué. DJ largó Devoured by vermin de Cannibal Corpse, dejó a un lado, con una solemnidad quizá impropia de la situación, los auriculares, movimiento que duplicó al instante su magnitud capilar, y la emprendió a cachetazos contra el hereje pagano. La gresca y el saqueo se generalizaron  e hicieron vanos mis esfuerzos por preservar los artículos vedados por los propietarios.

Cuando logré evacuar el lugar y disipar el humo y los vapores, comprendí que nada podía recuperarse. La tensión y el cansancio (y tal vez algo más de origen menos espiritual) me depositaron en la cama. Allí me hallaron los dueños de la casa la mañana siguiente, al regresar de sus vacaciones. Tras insultarme, y no esperaba menos, se entregaron a la tarea de cribar los escombros con una furia desmesurada, que me habría resultado casi patológica de no haber presenciado los hechos de la madrugada anterior. Por fin Alicia alzó una pieza y llamó a su marido, que estaba a punto de rajármela, con una sonrisa tan vivaz que disuadió a su esposo; mi curiosidad saltó sobre mis escrúpulos y se posó junto a ellos de un modo que nada en la situación hacía aconsejable, pero no fui rechazado. Alicia sostenía un portaretratos algo chamuscado; “nuestro hijo muerto”, dijo. Miré: el abundante afro caucásico, el bigote, las patillas neoschopenhauerianas estaban allí.

Entrega de los premios Oz(car) 2016

Poco difundidos, en parte amañados, en ocasiones desdeñados y siempre aliterativos, los premios Oz(car), reconocimiento al desempeño estalinista ejemplar, han tenido lugar en la clandestinidad, y aquí les presentamos a los notables ganadores de la edición 2016.

Premio Piatakov a la administración industrial: Carlos Texeira logró, a partir de una remolacha azucarera como capital fijo, una bolsa de estiércol como capital circulante y él mismo como capital variable, superar la productividad de la estatal ALUR, cuyas asombrosas pérdidas no quitan ningún mérito a nuestro héroe estalinista.

Premio Lysenko al logro científico estalinista: El Dr. en bioquímica Andrés Rikov decodificó el genoma de Eduardo Lorier y halló vestigios del padre Stalin en su ADN, demostrando de este modo la ventaja de que se perpetúe como Secretario General del partido, como único y auténtico estalinista vernáculo inoculado por el constructor del socialismo real.

Premio Tomsky a las destrezas sindicales: Julio “Llamarada” Bermúdez, autoproclamado vástago ilegítimo y custodio del legado del célebre “Fogata” Bermúdez, arrancó a la patronal represora un aumento de 0.50 $U la hora en los consejos de salarios. Los empresarios fascistas, lamentablemente, lo despojaron de su conquista a través de una detracción compulsiva de 1 $U en concepto de gastos de administración del aumento otorgado, reduciendo al mítico “Llamarada” a la triste condición de ceniza inactiva.

Premio Zinoviev a la capacidad táctica electoral: Ernesto Thälmann (vaya nombre se procuró) llamó a votar a un candidato de derecha en contra de los “socialfascistas”, en una aplicación estricta de la política estalinista del Tercer Período. Desde luego, confirmando la previsión de Thälmann, una vez el verdadero fascista asumió su cargo, eliminó a los “socialfascistas”… y al propio Ernesto..

Premio San Patricio Rojo a la excelencia en la conversión: Este me lo adjudico yo, ya que durante el 2015, si bien no convertí una isla esmeralda en roja, tuve varios logros, entre ellos, convertir a un testigo de Jehová en bolchevique (invirtiendo el proceso que él pretendía efectuar), un skinhead en anarcopunk (convengamos que ninguno tiene suficientes caramelos en la lata como para obtener algo más) y a un kadete (demócrata constitucional) en votante de Mujica (el dial no tiene tanto margen de derecha a izquierda).

Y el Rodney de Oro es para… Néstor Galíndez, egresado del instituto de bibliotecología del partido y guardián de sus archivos. Néstor acopió minuciosamente todos los datos relevantes de cada militante local, sus actividades, contactos y trayectoria. Una vez acabada esta ingente tarea, entregó la carpeta, prolijamente encuadernada, al Ministerio del Interior. ¡Maestro!

Cine de culto

El aclamado director de culto Daniel Lucas, por el que tanta estima sentimos en este espacio, regresa a los 16 mm. con su producción más ambiciosa hasta el momento, luego de un prolongado receso al que fue empujado, según su testimonio, por la búsqueda de un nuevo lenguaje que expresara sus más profundas inquietudes artísticas.

La experimentación formal y técnica referida demandó, además de un copioso suministro de sustancias lícitas e ilícitas, damas de costumbres discutibles, un futbolito de última generación y el único ejemplar conocido del esquivo koala de la cuenca del Donetsk, el desembolso de una suma tan considerable de dinero que los propios productores encargados de gestionarla se suicidaron antes de revelar el monto que alcanzaba. Pero valió la pena.

El director, acusado en varias oportunidades, con fundamento, de plagio, licencias estéticas imperdonables, tibieza política y moral, robo de materiales de los estudios con fines poco éticos, logra en este film tal peso cinematográfico que sólo un detractor acérrimo y sin un gramo de humanidad en su abyecto ser podría cuestionarlo.

El proyecto que se planteó Lucas consistió en relatar los últimos doce minutos del Imperio Romano de Occidente con el mayor rigor histórico posible, pero sin renunciar, al mismo tiempo, a la exploración del drama humano que subyace a las grandes conmociones sociales, todo ello patrocinado por un refresco de etiqueta roja que demandaba la inclusión de su logotipo a como diera lugar.

El director lo resolvió de manera brillante, rodando una película que, contrastada con los productos a que nos tiene acostumbrados la cultura de masas, ofrece múltiples lecturas, ambigüedad narrativa, subtexto, reflexión metalingüística, resignificaciones, operaciones semióticas refinadísimas y  una “apertura a la verdad que emana del Ser”, en palabras del propio director, influido quizá por una lectura algo apresurada de vaya a saber uno qué cosa. Allá él.

Lo cierto es que la película, que involucró la convocatoria de nada menos que doscientos millones de extras, un casting de aproximadamente quince millones de criaturas de los más diversos órdenes del Ser (aquí vamos de nuevo) y el gasto íntegro del dinero puesto a disposición de Lucas, cuenta, en exactamente doce minutos, cronometrados por un reloj diseñado y adquirido expresamente para la ocasión, la debacle de Rómulo Augusto y el ascenso de Odoarco de manera memorable.

Amo de la elipsis, dios del celuloide, Lucas presenta una imagen total del Imperio y su derrota por medio de una única toma completamente negra, que pone en debate todos los supuestos acerca de los hechos relatados y los traspasa al intérprete con su cuestionamiento acerca de la posibilidad misma de la representación.

Metáfora sutil sobre la banalidad de todo lo humano, el poder, la corrupción, las consecuencias de la acción del Hombre sobre la Historia o, para sus críticos, inescrupuloso desvío de fondos y enriquecimiento ilícito, la gran obra de Daniel Lucas retoma, sin dar respuestas concluyentes, las grandes cuestiones de la tradición occidental, abandonadas por un arte atrapado entre la Escila de la falta de propósito y la Caribdis del éxito comercial como único fin. Extraordinaria.