Manual de autoayuda

Ud. sufre. Se siente angustiado. Está de permanente mal humor, pero no sabe por qué. Nosotros sí lo sabemos, y sabemos cómo superarlo, e incluso si le interesa podemos decírselo, pero para eso debe estar dispuesto a someterse a un cruel examen de sus miserias más íntimas y exponerlas ante todo el mundo, pero sobre todo ante ud. mismo. Veamos.
Ud. se levanta, va al baño, escucha el canto de los pájaros en la ventana y a partir de allí todo se desmorona y se convierte en un calvario insoportable; abre el diario, enciende el televisor o escucha la radio y se siente agredido por la manipulación obscena, el sensacionalismo burdo, el amarillismo descarado; apaga todo y sale a la calle, donde se encuentra con su vecino Cacho, que le espeta: “¡¿Viste lo de Big Pancho!? ¡14 cuetazos le pegaron! No, al tipo, no al pancho… bah, creo, algo así sentí. Ya no se puede más, hay que matarlos a todos hay, tienen que volver los milicos, ¿no? ¿Eh? ¿Qué me decís?” “Yo qué sé, para mí no es tan así, los estudios dicen que los delitos no han aumentado mientras que la cobertura de la prensa…” Su amigo lo interrumpe: “¿Estudios? ¿Lo qué? ¿Vos les creés a esos atorrantes que nunca salieron de la oficinita y te dicen que está todo bien? Andá! Leíste dos libros y ya te hacés el coso… ¿por qué no vas con tu librito al Cerro Norte a las 2 de la mañana?” Y así todo el día; en el ómnibus, en el trabajo, en el kiosco, todo el día en la máquina lo tienen, y ¿sabe qué? Su amigo tiene razón. Bah, ya no es su amigo, y es su culpa, ahora está más solo y alienado que antes, y sigue igual de caliente. El diagnóstico de su amigo es básicamente correcto: leyó un par de libros (El Principito no tiene nada que ver, pero Das Kapital es sospechoso) y se hace el coso. Las construcciones teóricas se refutan con otras construcciones teóricas; a menos que lea todos los libros del mundo, no habrá aprendido nada. Sin embargo, la vida misma no admite los matices del nivel discursivo; si va al Cerro Norte a las 2 de la mañana y la meten tres cuetazos, se acabó la discusión.
¿Acaso puede estar equivocado el mundo y ud., justo ud., ser el único exento del error? Eso suena raro. La evolución no funciona así; si todo el maldito planeta estuviera equivocado, ya se habría ido todo al carajo, en cambio, el único infeliz acá es ud., que apostó al número perdedor. Quiso militar en el partido pero estaba lleno de mencheviques; quiso organizar un sindicato pero estaba lleno de carneros; su autoestima es más baja que el PBI de Myanmar en un año especialmente malo para la cosecha de cacahuete.
Repasemos algunos conceptos elementales de la autoayuda:
a) Ud. es un individuo especial, único, entonces ¿por qué quiere identificarse con los pichis? ¿Es negro? “No”. Porque si es negro no podemos ayudarlo. “Ya le dije que no”. No se retobe, estaba enfatizando la idea. Tampoco es pobre, ¿verdad? “No lo soy; soy un pequeñoburgués que experimenta las inseguridades correspondientes a su clase”. Bien, así está mejor. Debería aspirar a ser mejor, no peor: si mira hacia abajo, es obvio que se va a ir por el caño, es una ley natural. Fíjese un poco más en las clases superiores. Son blancos como ud., tiene más en común con ellos que con el pichaje;
b) Le falta el dinero que ellos tienen, dice ud. Tome la iniciativa, sea emprendedor; ellos se lo ganaron con el sudor de su frente, haga lo mismo. “Jaja.. ¿me estás jodiendo? ¡Lo ganaron explotando trabajado asalariado, extrayendo plusvalía, oligarcas putos!” Ufa, ya hablamos de eso. Encima cree en teorías económicas perimidas; el trabajo es sólo uno de los factores de producción, el capital es otro y recibe su justa recompensa. Además, yo soy un gurú espiritual, no un economista neoclásico. Se la encajé para que no me meta el gaucho. Ud. no sólo es negativo, es anacronista. “Será ‘anacrónico’, en todo caso”. Ahí tiene, ud. mismo lo dijo: es anacrónico. Sea positivo. “Pero gano 6.000 pesos, maestro”. No me diga “maestro” con ese tonito irónico, para empezar. ¿Ve que tiene menos iniciativa que diputado del Partido Independiente? Con esos 6 palos tercerice su trabajo: páguele 3.000 a alguien más desdichado que ud. “¿Y? Me quedan 3.000 pesos para vivir, máquina”. Ay, dios, esto es más difícil de lo que creí. Ya veo por qué le va como le va. Mire, ahora tiene 3 palos y ya no trabaja. Busque otro trabajo de $ 6.000 y tercerícelo también. Repita la operación hasta alcanzar el nivel de ingresos que considere adecuado. Viva de rentas. “Soy un explotador; no quería convertirme en eso”. Error: es un rico. Ahora está del lado de los ganadores;
c) “Pero si ahora estoy en el lugar correcto para apreciar mi antigua inconsistencia moral y cognitiva (nota: su idiotez, digámoslo claro) y dispongo de los medios de que antes carecía, ¿no debo protegerlos del mismo modo que mi amigo Cacho?” Primero: el Cacho ya no es su amigo; nunca lo fue. Es un pichi resentido. Segundo: ¿qué parte de “es un individuo valioso y especial” no entendió?  Ud. es especial, ellos no, por eso lo envidian. Ud. tiene riqueza espiritual (además de material) que antes no poseía, porque se creía equivocadamente parte de la masa cochina, en palabras del estadista Edmund Burke. Se creía parte de un colectivo despreciable, pero ahora se ha refinado, ha aprendido a reconocer su verdadero mérito y ha descartado el conflicto como actitud vital, por lo que ya no siente aquella inquietud que le impedía crecer. El malestar se ha disipado. Bien, debe cuidar este patrimonio que tanto esfuerzo le ha demandado: cómprese un arma. Ya. “Pero mi vecino también tiene una, ¿de qué manera eso me individualiza?”. Él tiene una .9 mm., cómprese una Luger, un M4 o similar;
d) “Ahora tengo demasiado tiempo libre y como que me chupan un huevo las cuestiones que interesan a la gente de mi condición recién adquirida”. Haga este ejercicio: luego de oír el chasquido de mis dedos, olvide la posición económica a que había accedido e imagine que nunca sucedió. Ahora tiene que volver a trabajar a cambio de un sueldo de 6.000 pesos, pero conserva los valores que este breve pero suculento curso de autoayuda le han proporcionado, que son eternos. “¡Trabajar por 6.000 pesos! ¿Está loco?” Pero ya no está alienado y conoce el camino a la cima; esta vez no va a desviarse por senderos luminosos ni tomar atajos que conducen a callejones sin salida. ¿Cómo se siente ahora, una vez concluido nuestro seminario? “Creo que ya no me gustan los negros pichis envidiosos”. Pues ahora es rico. Deposite exactamente $ 6.000 cuando se retire, por favor.

Anexo: diálogo socrático sobre la virtud, extraído de otro de nuestros trabajos teóricos.

Como dijimos, la virtud obrera difiere con mucho de la virtud suprema, y aquélla se puede considerar subsidiaria directa de ésta. Por tanto, no es imperioso que adopte sus mismas formas, sino más bien que sea una correcta traslación de sus aspectos principales. Una versión abreviada, que se remitirá siempre, a efectos de contralor, al tribunal regulador.
Entonces, llegamos finalmente a la esencia misma de la virtud proletaria. El cuerpo de doctrinas se describe a continuación:
– Aceptar la autoridad de quienes le suministran tan valioso instrumento.
– No renegar de éste.
– No pugnar por freedom bajo ninguna circunstancia, dado que se ha admitido la pertinencia de las disposiciones.
– Tomar la vida tal como le vino, puesto que está bajo la égida de la virtud.
– Aceptar el mazazo correctivo si se desvía de las ordenanzas.
– Laburar de buen talante y someterse a los rigores del trabajo, aceptando que su constitución moral es francamente reprobable, pero que puede ser corregida.
– ¿Corregida por quién? Por los representantes de la virtud.
– ¿Corregida de qué modo? Por los canales usuales en este tipo de casos: la enseñanza firme y quizá algo propensa al castigo físico, trato necesario ante la presencia de marranos cochinos.
– “Pero si yo soy un marrano cochino proletario”, dirá ud., “¿qué preserva su integridad, oh lord de la virtud?” Yo soy garantía de mi virtud. No respondo a fundamento alguno. “¿Qué sostiene al elefante, que a su vez sostiene a la tortuga, que es apoyo del mundo?” Nada. Es su propio sustento.
– “¿Y no puedo disentir, en vista de que su virtud es inobjetable?” Precisamente, mi virtud es inobjetable; se asiente a ella o se resigna su valía. Nada le impide ser un marrano cochino proletario, es su decisión.
– “¿Y si decido ser un marrano?” Elige mal.
– “¿Por qué motivo?” Porque yo lo digo.
– “¿No es eso un círculo vicioso, una regresión al infinitum, una petición de principio?” En efecto. Reconozca mi altura y sitúese donde le corresponde.
– “¿Y si su virtud presenta alguna grieta?” Eso no puede ocurrir. Encomiéndese de una vez.
– “Aún soy capaz de dudar”. Yo no, por eso soy virtuoso.
– “No me agrada su manera de razonar”. A mí no me agrada su vida, y sin embargo le ofrezco una salida. No es una cuestión de preferencias, sino de deber. Yo acepté el mío, ud. acepte el suyo.
– “Pero Ud. dijo que todo hombre es un cretino”. Sí. Pero yo superé esa etapa; en cambio, ud. sigue navegando en la ignominia, en la procacidad, resuelto a no reformarse.
– “Pero siempre seré pobre, débil, socialmente excluido…” No es mi problema. Fue su elección. Al menos sea lo suficientemente hombre como para recibirlo con la debida dignidad.
– “Pobre pero honrado”. No. Pobre pero cochino, en tanto no agache la cabeza.
– “¿La virtud radica en la resignación?” No. La virtud radica en la indiferencia hacia su desgracia. Cuando sea incapaz de luchar, será virtuoso.
– “Pero, ¿no es cierto que todo hombre forja su destino, que su capacidad de oponerse a la desdicha es su más preciado bien?” Si eso fuera cierto, ud. se forjaría un destino cochino. No, sepa contentarse con practicar la virtud. Allí está todo el bien que necesita.
– “Pero Ud. tiene todo lo que yo jamás tendré: es rico, dispone de tiempo ocioso, tiene una buena casa, ¡come todos los días…!” Por algo será. Además, mi ocio se consume en la reflexión, y las riquezas son un accesorio del que puedo prescindir, mas ud. no puede prescindir de su suciedad espiritual. La virtud está en la renuncia.
– “Por último: ¿qué sucedería en caso de que yo impugnara todas sus enseñanzas? ¿me daría un ‘tate quieto, verdad?” Ciertamente, pero la cuestión no se agota allí. Ud. habría fracasado en su aprendizaje, yo habría fracasado como maestro, y reinaría la execración.
– “Una cosa más: la virtud da sentido a la vida, de lo que infiero que sin la virtud…” Sí, nada hay fuera de la virtud. La virtud es el límite de su mundo. Por eso es importante que la acepte. Todo es absurdo al margen de la virtud.
– “Su argumento es sólido”
– Correcto.

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¡Zombies!

Por fin llega a El Pozo Escéptico un cuento realmente bueno, que desde luego no escribí yo y por eso mismo es un orgullo someterlo a nuestro a-Patty-co público (no sé cómo acentuar el neologismo) Por ello, es un honor para mí presentar y recomendar este Zombies, por Patty de La Guadaña.
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Los tres estábamos mirando televisión: mi madre, mi padre y yo. Mi madre le cosía los botones a un viejo saco, mi padre leía el diario y yo estaba tomando café. El informativo se dedicaba a pasar una noticia terrible tras otra. Siempre me pregunto por qué no pasan igual cantidad de noticias buenas que malas, así al menos uno tiene la sensación de que existe cierto tipo de justicia en el mundo. Viendo sólo lo negativo, no dan ganas de salir y ser buen ciudadano. En realidad no te dan ganas de nada, ya que de todas formas te van a terminar robando, violando y/o matando.
El celular vibró en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Verónica estaba aburrida  y quería saber si yo iba a hacer algo. No hay mucho que hacer un domingo de tarde.
– Es Vero. Me pregunta si hago algo hoy – dije releyendo el mensaje.- No vamos a hacer nada, ¿no? – Les pregunté a mis padres. Cada tanto me toca hacer domingo familiar y debo ir a la casa de mis abuelos o tíos. Me puedo zafar de alguna de esas visitas, pero si lo hago muy seguido terminan mirándome con mala cara y después de un rezongo tengo que ir igual.
– No, hoy no hacemos nada – respondió mi madre.- Podés hacer lo que quieras.
Tenía la tarde libre para hacer lo que se me antojara. Junio no se presta para muchas cosas. Mis padres no me iban a dar más plata porque ya había salido el día anterior y el shopping nos había aburrido.
Pensé en ir al casino. Habíamos ido una vez, en verano, cuando recién habíamos cumplido dieciocho años. Con mi grupo de amigas nos habíamos propuesto hacer aquello que se nos había prohibido durante tanto tiempo. Comenzamos a ir a bailes para gente mayor de edad, fuimos a un bar a beber legalmente y entramos a un casino.
Lo del casino fue un embole. Era totalmente diferente a como lo imaginábamos. No había un tipo con ropa formal haciendo girar una ruleta ni había mesas de blackjack. Uruguay no es Las Vegas.
Dentro sólo había máquinas tragamonedas. La mayoría ni siquiera tenía una palanca como las de las películas. Si alguien ganaba, la máquina te devolvía una especie de ticket para cobrar en la caja. Hubiese preferido ver una lluvia de moneditas siendo expulsadas de los slots.
 Ese día recorrimos el salón como si fuese un zoológico. Estaba lleno de gente sentada que apenas movía la mano para realizar otra jugada. Con mis amigas empezamos a bromear con que estábamos rodeados de zombies. La gente ahí estaba muerta en vida. Nosotras nos paseábamos cerca de ellos y no se inmutaban. Seguían con la vista fija en la pantalla, como si estuvieran siendo hipnotizados. Los tipos ni se fijaban en nosotras. Nunca nos había pasado algo así. Yo hasta me ilusioné con la idea de que alguno nos agarrara desprevenida y nos comiera el cerebro. No pasó nada de eso.
Caro y Xime querían apostar. Le preguntamos al de la caja cuanto era el mínimo y entre ellas, Vero y yo juntamos 50 pesos. Los cambiamos por un ticket que metimos en la máquina. Deberíamos haber preguntado también como se jugaba. Fue la plata peor gastada de toda mi vida. Aún sigo sin saber qué se suponía que teníamos que hacer. Nosotras apretamos el botón que decía start y algún otro hasta que finalmente no nos dejó hacer nada más. Perdimos, obviamente.
Fuimos al baño, nos sacamos un par de fotos con la cámara del celular frente al espejo y decidimos irnos. Yo no podía creer que a las personas les gustara estar allí sentadas tirando la plata. Di una última mirada a modo de despedida. El show era desolador. Sentía que algo me oprimía el corazón estando allí dentro. Cuando nos fuimos, esa sensación de angustia desapareció.
– Le voy a decir de ir al casino. – Dije en voz alta mientras escribía en mi celular. De seguro me iba a decir que no. Con una vez había sido suficiente.- Así nos reímos un rato viendo como la gente pierde plata.
Mi padre se movió detrás de la sección de deportes. Con voz calmada pero firme, utilizando un tono que nunca le había escuchado, comenzó a hablar.
– No es un espectáculo ir a ver como la gente que no tiene ni para comer se envicia y pierde todo el sueldo. No es para nada gracioso. Vos no deberías reírte de eso. No está bien.- Siguió mirando el diario, como si estuviera muy concentrado y ese hubiese un comentario cualquiera. Noté que no estaba leyendo, y que tenía los ojos raros. Dio media vuelta y se quedó mirando al reportero que hablaba sobre la política en EEUU. No volvió a mirarme.
La forma en que mi padre me había hablado me dejó sin palabras. La situación era rara y yo no entendía por qué.
– Capaz que pasamos por lo de Caro, así nos muestra lo que se compró ayer en la feria.- Hablé rápidamente y con vergüenza, como si hubiese dicho algo horrible y necesitara que me perdonaran. No sabía cómo comportarme. Lo que dije del casino había sido tan solo una broma.
Siguió sin mirarme y yo me fui a mi cuarto a cambiarme.
– Me fui, cualquier cosa me mandan un mensaje. – grité desde la puerta y salí.
Mientras iba en el ómnibus rumbo a lo de mi amiga seguí dándole vueltas al tema hasta que me di cuenta. A mi padre no le gustaba apostar. No jugaba a las cartas por plata cuando se juntaba toda la familia, no le gustaba ver el juego de la mosqueta, nunca compraba el cinco de oro. Yo nunca lo había visto actuar de la forma en que se había puesto al nombrar lo de ir al casino. Mi abuelo paterno, el que había muerto cuando mi padre era joven, el mismo del cual nunca se hablaba, era el culpable. El mismo que mi madre rumoreaba que era un borracho, que se llevaba mal con su familia y que no tenía un trabajo fijo. Por eso mi padre odiaba los juegos de azar. Me sentí mal por haber tocado una vieja herida. Al menos, ahora sabía por qué a mi tampoco me gustaba ir al casino.

Patricia Santos Alvez