Disciplina partidaria

Así pues, los americanos viven como niños, que se limitan a existir, lejos de todo lo que signifique pensamientos y fines elevados.

Georg Wilhelm Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.

Cuando la discusión sobre el mantenimiento de las tropas uruguayas en Haití se auguraba monótona y acaso interminable, un parlamentario oficialista, cuyo nombre y señas particulares ahorraremos al lector, tomó un curso tan imprevisto como el de la Tercera Internacional después de Lenin, citando la imprescindible obra de su adlátere Bronstein.

Como recordará el lector, ya que de otro modo no estaría interrogando esta nota, a menos que sufra de alguna distorsión cognitiva que le impida la correcta intelección del enunciado, entregándolo a la confusión y el azar, el tema a tratar era la permanencia del contingente militar instalado en la nefanda isla con vaya a saber uno qué propósito. Esto último, se supone, era lo que el debate se proponía dilucidar.

Recordemos que las posiciones en disputa se dividían entre aquellos canallas, serviles, impúdicos instrumentos del imperialismo y el militarismo para quienes la ocupación es necesaria por razones de seguridad y dignidad y la puta que lo parió, y aquellos otros, representantes de la virtud y los principios democráticos que respetan la autodeterminación de los pueblos, incluso tratándose de negros o indios, que consideran ilegítima en toda circunstancia la presencia del efectivo militar en tierras extranjeras.

Luego de algunos cachetazos e insultos propios del viciado clima del régimen parlamentario, donde es inevitable la ocurrencia de estas escaramuzas (pero en defensa del mismo puede argumentarse que, bajo el régimen de partido único, la formación de facciones acaba necesariamente con una de ellas en la cárcel, tal como profetizó Nicolai Bujarin a Vladimir Ilich en plena controversia sobre la paz de Brest) el exaltado a que hicimos mención tomó la palabra (y tomó el cielo por asalto, digamos sin por esto sancionar su conducta) no para escarnecer, aunque también fuera esta su intención, a sus oponentes sino para proponer una innovación tan original como ajena al marco ético que delimitaba la discusión hasta ese instante.

Sin ánimo de elucidar los motivos que se alojaban en alma tan abyecta al momento de la oratoria, que quizá incluyeran la especulación con una cuantiosa oferta por parte de Novick para integrar su partido, o la cándida, mas humana, pretensión de perpetuarse en la memoria sin reparar en los medios, el senadordiputado, merecedor a lo sumo de una nota a pie de página en una eventual memoria de las actuaciones parlamentarias menos atinadas, sugirió no sólo permanecer en Haití sino aumentar el número de efectivos y dotarlos de armas más poderosas a fin de contener el avance de la degeneración racial de forma más efectiva.

No siendo, como es evidente, de recibo su argumento, ensayó la maniobra que sí, en este caso, le asegura la posteridad deseada: se quitó el traje, extrajo de un maletín estratégicamente ubicado un uniforme de fajina y un fusil M4 y se postuló como voluntario para encabezar la segunda cruzada que, esta vez sí, dará la victoria a las fuerzas del orden sobre las oscuras huestes bárbaras. No hace falta agregar que la moción fue aprobada por unanimidad.

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M’ijo el zombie

Cuando nos graduamos de la secundaria, mis amigos Peter, Gabriel (ambos se fusionarían más tarde para formar un único músico pop) y yo, nos mudamos a Wisconsin para asistir a la Universidad Estatal de Maine.
La fortuna quiso que los tres obtuviéramos sendas becas para estudiar medicina, nuestro sueño, y más aún el de nuestros padres, los tres respetados profesionales del dolor en nuestra ciudad natal, que sin embargo eran lo suficientemente pobres como para no poder costear los gastos de nuestra educación superior. Puse en mi mochila los escasos cincuenta dólares ahorrados gracias a la penuria familiar, me despedí de mis paisanos deseando no volver a verlos jamás, y subí junto a mis compañeros al autobús destartalado que esperaba impaciente por nosotros.
Ninguno de los tres tenía noción alguna sobre medicina, a pesar de los antecedentes familiares, de modo que teníamos que prepararnos para el estricto examen de ingreso al que iban a someternos. Comenzamos por olvidar todo lo que sabíamos acerca de asuntos no pertinentes bebiendo tequila, como forma de hacer más lugar para el conocimiento que debíamos adquirir; formateamos el disco, por decirlo de alguna manera.
El primer día de clases fue algo intenso para unos muchachos como nosotros, campesinos semi analfabetos que apenas dominábamos los rudimentos de la escritura y otros sistemas simbólicos simples. No obstante su evidente esfuerzo por transmitir cuanto sabía con precisión, el profesor Mike iba algo rápido para nuestro gusto, arrojándonos datos en el menor tiempo posible para alejarse cuanto antes de aquella, citándolo textualmente, “piara de cerdos inmundos, incapaces de aprehender la idea más elemental”.
Luego de cuatro horas de pacientes explicaciones, que involucraban diagramas, extraños dibujos anatómicos, cruces esvásticas y signos lógico matemáticos, desistió y nos sugirió hacer lo mismo, convencido de que no teníamos futuro en el ejercicio de la medicina o de cualquier otra ocupación que requiriera el empleo de herramientas conceptuales. Si bien nosotros podíamos estar de acuerdo con esta apreciación, nuestros padres no lo aceptarían jamás, por lo que debíamos buscar otra solución. Por fin, abatido, el doctor Mike accedió a eximirnos de los cursos teóricos en tanto nos aplicáramos con ahínco a las cuestiones prácticas, que son en definitiva la prueba decisiva del saber médico. El último texto que nos suministró fue una figura bidimensional del cuerpo humano con sus correspondientes órganos destacados en colores, a fin de que, de esta forma al menos, pudiéramos establecer ciertas relaciones entre los componentes del homo patologicus corriente.

Como ya no teníamos actividades curriculares que atender su consejo fue muy sencillo: desentierren unos cadáveres del cementerio de acá al lado y vichen adentro, a ver si reconocen los objetos de colores señalados en el esquema. Procuren que sean frescos, fue otro de sus consejos, ya que luego de necrosado el organismo las partes se vuelven bastante distintas a los dibujitos. Esto sí era una tarea para nosotros, de hecho, teníamos experiencia previa en la materia, pero preferimos no mencionar el detalle al Dr. Mike para no predisponerlo a favor o en contra.

Obtuvimos una pala en la rectoría a nombre de nuestro profesor. El porqué de mantener una pala en dicha oficina fue algo que no nos preguntamos en esa oportunidad, supongo que asumiendo que el rumbo pedagógico que se nos había marcado no era ajeno a la metodología de la institución. Señalamos el día siguiente para realizar la extracción; por la mañana leeríamos los obituarios a fin obtener los nombres de los habitantes más recientes de Hades, y por la noche procederíamos a desalojarlos cual policía estadual a los ocupas del Movimiento Sin Tierra. Debo aclarar que si bien Peter creía en la reforma agraria, no extendía sus convicciones a la tierra de las ánimas, en tanto Gabriel y yo éramos simplemente unos oligarcas putos a los que nos importaba un comino la suerte de los desposeídos. No sé a qué viene esta digresión pero de todos modos creí necesario hacerla.

Luego de comunicar nuestro plan al Dr. Mike y conseguir su aprobación nos dirigimos al campo esclavista donde nos alojábamos (la beca incluía alojamiento en ese lugar) y descansamos plácidamente hasta el amanecer. El canillita arrojó furiosamente el diario contra la barraca en la que dormíamos y logró depositarlo en mi lecho, previa destrucción de la ventana por la que yo tendría que pagar con mi esfuerzo, acaso fabricando cajas de cartón o calcetines de lana para los malditos desamparados. Leí rápidamente los titulares y recibí la dolorosa noticia de la muerte de nuestro tutor, el Dr. Mike, que lamenté por un breve instante antes de concebir la brillante idea de recuperarlo para que, de alguna manera, continuara el proceso de aprendizaje a nuestro lado.

Notifiqué esto a mis amigos y ellos estuvieron de acuerdo. El Dr. Mike fue enterrado esa misma tarde; no asistimos a su funeral puesto que pensábamos reunirnos más tarde con él. Al caer la noche nos dirigimos al cementerio munidos de la pala, un farol y una bolsa plástica; trasladar al Dr. en la misma no nos ocasionaba ninguna incomodidad ya que recordábamos su encendido discurso acerca de la prioridad de la ciencia sobre las consideraciones morales. Uno de nosotros se quedó conversando con el sepulturero como Maldoror en el Canto Segundo, mientras los otros dos profanaban con celeridad la tumba de nuestro amigo fallecido. Cuando la pala golpeó el ataúd (bastante ordinario, por cierto) el Dr., indignado, pidió no ser molestado en su descanso. Demonios, algo había salido mal. Rápidamente tratamos de tapar la sepultura, pero era demasiado tarde; habíamos caído en su trampa. Corrimos dejándolo atrás; su movilidad era similar a la que tenía en vida, aunque ahora dudábamos de que alguna vez lo hubiera estado.

Llegamos al pueblo y buscamos de inmediato a algún policía o autoridad a quien informar; todos se reían en nuestra cara. Peter golpeó al oficial con la pala pero, para nuestra sorpresa, aunque a esa altura difícilmente pudiera hablarse de tal, resultó ser un zombie como nuestro profesor. Más gente se acercaba hacia nosotros por las calles; no podíamos oponernos a ellos ya que su número era considerable y apenas pudimos atacar a otro con la pala para asegurarnos que se trataba de un pueblo de zombies, hipótesis que desde luego quedó verificada. Gabriel sugirió huir hacia el campo esclavista antes de que nos rodearan, pero yo me opuse al recordar que debía pagar la ventana rota; no estaba de ánimo para fabricar cajas, a pesar de que era la única salida. Tuve que admitir que era así, que no había a dónde escapar.

Llegamos a la barraca y trabamos la puerta, sin embargo, la maldita ventana seguía allí ofreciéndose sin escrúpulos a cualquiera que quisiera vulnerarla. La tapié con una tabla y me aseguré de que este pequeño trabajo de carpintería contara como pago por el descuido, anotando en la tabla el tiempo que me había insumido la reparación junto con mi nombre y la fecha, fecha que para la historia constaría como la de mi gran arreglo en madera y el apocalipsis zombie . Afuera, los muertos vivos se agrupaban en las entradas, puertas y ventanas, pero sus fuerzas eran insuficientes para penetrarlas. Las horas se convirtieron en días mientras ellos sostenían la vigilia; los escasos alimentos comenzaron a escasear y esto nos obligó a pensar en salir de allí cuanto antes, aunque no tuviéramos idea de cómo hacerlo. Nos sentábamos durante horas mirándonos fijamente mientras los zombies se desplazaban en el exterior, aumentando la desconfianza mutua en relación inversa a nuestras posibilidades de sobrevvir.

El tercer día de encierro estallé, no soporté más la situación y decidí irme a como diera lugar. Mis amigos se oponían. Tuvimos una larga disputa y, como no nos poníamos de acuerdo, tomé la pala y amenacé con golpearlos si no me dejaban salir. Gabriel no se atrevió a enfrentarme, pero Peter se puso firme y me desafió, con lo que no me dejó otra opción que descargar la herramienta sobre él. El golpe fue brutal, justo en el centro del cráneo, y la sangre salpicó, copiosa, las paredes. Giré con el impulso y levanté la pala hacia el otro, que se echó hacia atrás hasta quedar con la espalda contra la pared. No tenía intención de agredirlo; su expresión horrorizada me indicaba que ya no era un obstáculo para mí, pero a mis espaldas se estaba gestando algo terrible; Peter, cuyos sesos decoraban los muros, estaba de pie y sonreía, provocando el terror, según creí, de nuestro otro amigo. Entonces le asesté un palazo a éste también, con el mismo resultado resurrectorio que en el caso anterior. Por fin comprendí nuestro destino común y, sin hacer preguntas, dirigí la pala en dirección al último habitante de aquel inmundo lugar.

¡Zombies!

Por fin llega a El Pozo Escéptico un cuento realmente bueno, que desde luego no escribí yo y por eso mismo es un orgullo someterlo a nuestro a-Patty-co público (no sé cómo acentuar el neologismo) Por ello, es un honor para mí presentar y recomendar este Zombies, por Patty de La Guadaña.
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Los tres estábamos mirando televisión: mi madre, mi padre y yo. Mi madre le cosía los botones a un viejo saco, mi padre leía el diario y yo estaba tomando café. El informativo se dedicaba a pasar una noticia terrible tras otra. Siempre me pregunto por qué no pasan igual cantidad de noticias buenas que malas, así al menos uno tiene la sensación de que existe cierto tipo de justicia en el mundo. Viendo sólo lo negativo, no dan ganas de salir y ser buen ciudadano. En realidad no te dan ganas de nada, ya que de todas formas te van a terminar robando, violando y/o matando.
El celular vibró en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Verónica estaba aburrida  y quería saber si yo iba a hacer algo. No hay mucho que hacer un domingo de tarde.
– Es Vero. Me pregunta si hago algo hoy – dije releyendo el mensaje.- No vamos a hacer nada, ¿no? – Les pregunté a mis padres. Cada tanto me toca hacer domingo familiar y debo ir a la casa de mis abuelos o tíos. Me puedo zafar de alguna de esas visitas, pero si lo hago muy seguido terminan mirándome con mala cara y después de un rezongo tengo que ir igual.
– No, hoy no hacemos nada – respondió mi madre.- Podés hacer lo que quieras.
Tenía la tarde libre para hacer lo que se me antojara. Junio no se presta para muchas cosas. Mis padres no me iban a dar más plata porque ya había salido el día anterior y el shopping nos había aburrido.
Pensé en ir al casino. Habíamos ido una vez, en verano, cuando recién habíamos cumplido dieciocho años. Con mi grupo de amigas nos habíamos propuesto hacer aquello que se nos había prohibido durante tanto tiempo. Comenzamos a ir a bailes para gente mayor de edad, fuimos a un bar a beber legalmente y entramos a un casino.
Lo del casino fue un embole. Era totalmente diferente a como lo imaginábamos. No había un tipo con ropa formal haciendo girar una ruleta ni había mesas de blackjack. Uruguay no es Las Vegas.
Dentro sólo había máquinas tragamonedas. La mayoría ni siquiera tenía una palanca como las de las películas. Si alguien ganaba, la máquina te devolvía una especie de ticket para cobrar en la caja. Hubiese preferido ver una lluvia de moneditas siendo expulsadas de los slots.
 Ese día recorrimos el salón como si fuese un zoológico. Estaba lleno de gente sentada que apenas movía la mano para realizar otra jugada. Con mis amigas empezamos a bromear con que estábamos rodeados de zombies. La gente ahí estaba muerta en vida. Nosotras nos paseábamos cerca de ellos y no se inmutaban. Seguían con la vista fija en la pantalla, como si estuvieran siendo hipnotizados. Los tipos ni se fijaban en nosotras. Nunca nos había pasado algo así. Yo hasta me ilusioné con la idea de que alguno nos agarrara desprevenida y nos comiera el cerebro. No pasó nada de eso.
Caro y Xime querían apostar. Le preguntamos al de la caja cuanto era el mínimo y entre ellas, Vero y yo juntamos 50 pesos. Los cambiamos por un ticket que metimos en la máquina. Deberíamos haber preguntado también como se jugaba. Fue la plata peor gastada de toda mi vida. Aún sigo sin saber qué se suponía que teníamos que hacer. Nosotras apretamos el botón que decía start y algún otro hasta que finalmente no nos dejó hacer nada más. Perdimos, obviamente.
Fuimos al baño, nos sacamos un par de fotos con la cámara del celular frente al espejo y decidimos irnos. Yo no podía creer que a las personas les gustara estar allí sentadas tirando la plata. Di una última mirada a modo de despedida. El show era desolador. Sentía que algo me oprimía el corazón estando allí dentro. Cuando nos fuimos, esa sensación de angustia desapareció.
– Le voy a decir de ir al casino. – Dije en voz alta mientras escribía en mi celular. De seguro me iba a decir que no. Con una vez había sido suficiente.- Así nos reímos un rato viendo como la gente pierde plata.
Mi padre se movió detrás de la sección de deportes. Con voz calmada pero firme, utilizando un tono que nunca le había escuchado, comenzó a hablar.
– No es un espectáculo ir a ver como la gente que no tiene ni para comer se envicia y pierde todo el sueldo. No es para nada gracioso. Vos no deberías reírte de eso. No está bien.- Siguió mirando el diario, como si estuviera muy concentrado y ese hubiese un comentario cualquiera. Noté que no estaba leyendo, y que tenía los ojos raros. Dio media vuelta y se quedó mirando al reportero que hablaba sobre la política en EEUU. No volvió a mirarme.
La forma en que mi padre me había hablado me dejó sin palabras. La situación era rara y yo no entendía por qué.
– Capaz que pasamos por lo de Caro, así nos muestra lo que se compró ayer en la feria.- Hablé rápidamente y con vergüenza, como si hubiese dicho algo horrible y necesitara que me perdonaran. No sabía cómo comportarme. Lo que dije del casino había sido tan solo una broma.
Siguió sin mirarme y yo me fui a mi cuarto a cambiarme.
– Me fui, cualquier cosa me mandan un mensaje. – grité desde la puerta y salí.
Mientras iba en el ómnibus rumbo a lo de mi amiga seguí dándole vueltas al tema hasta que me di cuenta. A mi padre no le gustaba apostar. No jugaba a las cartas por plata cuando se juntaba toda la familia, no le gustaba ver el juego de la mosqueta, nunca compraba el cinco de oro. Yo nunca lo había visto actuar de la forma en que se había puesto al nombrar lo de ir al casino. Mi abuelo paterno, el que había muerto cuando mi padre era joven, el mismo del cual nunca se hablaba, era el culpable. El mismo que mi madre rumoreaba que era un borracho, que se llevaba mal con su familia y que no tenía un trabajo fijo. Por eso mi padre odiaba los juegos de azar. Me sentí mal por haber tocado una vieja herida. Al menos, ahora sabía por qué a mi tampoco me gustaba ir al casino.

Patricia Santos Alvez

Tune 4 for zombies

Soy un zombie nena, un zombie por vos/ Soy un zombie pero voy a hablar con George Romero (The Supersónicos)

“¡Por fin dan algo bueno en los canales abiertos!”, pensé mientras veía la promoción de Day of the Dead en canal 4. Martes, después de Telenoche; tenía que acordarme para no dejarlo pasar, tal la magnitud que asigné al acontecimiento, quizás exagerando un poco la pobre opinión que la sucursal berreta de Crónica me merece.

Tomé el recaudo de pegar una nota en la puerta de la heladera, pero no conforme con esto, pedí a mi buen amigo F., gran erudito en cine zombie, un afiche de la película para poner en lugar de la nota. “Martes a las 21”, escribí sobre el mismo, resaltando la leyenda con marcador amarillo para mejorar su visualización.

Quienes pasaron por casa esa semana no dejaron de preguntar por el desmesurado recordatorio; alguno gritó y se desmayó al encontrarse con los zombies cuando iba a buscar la Coca Cola a la heladera, pero para mí cualquier medida que me permitiera tener presente el hecho tenía sentido, y al que no le gustara que se fuera a su tumba y resucitara después del martes a las 21, qué mierda.

Llegué al viernes como zombie, con la idea fija de la película en mi mente, de modo que decicí quedarme en casa todo el fin de semana para evitar accidentes; sería una tregedia perderme una película que ya había visto un par de veces en cable, una ironía, un absurdo, algo que no podía suceder. Iba y venía de la heladera a cada instante, sólo para estar seguro de que la información era correcta, que no la daban ni sábado ni domingo ni lunes.

Mi amiga C. cayó el sábado con unas cervezas y quiso quedarse a comer unas pizzas; de ninguna manera, no la recibí; en la heladera, que visitaba a cada rato como dije, había cerveza y pizza congelada, buena excusa para ir un par de veces más hasta allí. No tenía con qué coger, es cierto, pero tampoco cogía mucho cuando no había cine de zombies, y no pensaba arruinar mi concentración con una histérica que con seguridad iba a querer quedarse después del sexo. Mejor aguantarse hasta después del martes, si dios y C. quieren (no es que pensara garcharme a dios, malditos insensatos)

El lunes no fui a trabajar; había resignado demasiadas cosas para llegar hasta ahí como para arriesgar una recaída, o que me pidieran hacer horas extras el martes, o que me suspendieran por andar haciéndome el zombie; no, eso ni pensarlo. Tampoco fui el martes, desde luego. Me quedé en casa calentito (calentito porque hacía días que no cogía, según recordé) yendo a la heladera cada vez con más frecuencia, pero ¡me había desabastecido! ¡Faltando tan pocas horas para la emisión! ¡Qué imprudencia! No podía salir pero tampoco permanecer casi un día sin comer. Ni coger. Llamé al super del chino y pedí algunas cosas; por las dudas, como al pasar, pregunté si no tenían una china para mandarme, pero al rato, cuando golpearon la puerta, descubrí decepcionado que sólo venían un oriental enorme y algunas bolsas con víveres. Nada más. No lo inivité a pasar; pasé un billete por debajo de la puerta y él pasó las cosas de la misma forma, valiéndose de algún tipo de técnica oriental desconocida para mí, y se fue.

Me preparé un almuerzo liviano con algunas de esas cosas repugnantes traídas por el chino desde su país de origen, seguramente bajo dudosas condiciones de preservación; la cadena de frío no se había mantenido, a juzgar por la semivida que presentaban mis calamares en salsa de soja. Podía llamar al chino para reclamarle, pero eso con seguridad alteraría las disposiciones de cara a la película y mis relaciones con la comunidad asiática, por lo que desistí. Sentado frente al refrigerador, comí algunas galletas de salvado con humedad y hongos, con la mirada fija en el afiche; producto de los hongos (o la falta de sexo) caí en un estado catatónico que me privó por largo rato de la motricidad en todos los miembros, hasta minutos antes del comienzo del film.

Conseguí recuperarme justo a tiempo para llegar, arrastrándome con dificultad, al sillón del living (dead) ubicado frente al televisor. Lo encendí y una ola de sangre me arrebató de mi estado anterior; la cinta ya estaba en marcha. ¡Qué felicidad! El esfuerzo de los días pasados sin duda había valido la pena. Los zombies, en harapos, tomaban a los incautos a su paso y los vejaban de formas inconcebibles; los humanos, impotentes, disparaban contra ellos pero no lograban hacerles daño. ¡Era la gloria! No me arrepentí de renunciar a todo (al sexo, más que nada) a cambio de esa maravilla sangrienta que ahora ocupaba la pantalla.

Así, pasé horas estupefacto, inmóvil en el asiento; no sé cuántas, a decir verdad, ya que estaba fascinado por las brutales imágenes del holocausto caníbal. De pronto, apareció Georges A. Lmendras para sacarme del embeleso en que me encontraba, y sufrí un colapso cognitivo tratando de explicarme lo inconcebible: ¿Almendras en Day of the Dead? ¿No era George A. Romero? No: todavía no había terminado Telenoche.

444: The number of the beast

Almendras, informado de que por fin había ocurrido, no pudo ocultar la enorme sonrisa mientras corría al móvil para hacerse a la calle cuanto antes. Dada la situación, o al menos la presunción de estar frente a lo que por tanto tiempo habían esperado, el canal no escatimó la cantidad de cámaras y equipos puestos a disposición del operativo.
Según el anónimo, buena parte del centro ya había sido tomado y estaba bajo control del sujeto social posmoderno más apreciado por canal 4: menores marginales drogados, delincuentes de nuevo tipo, deshecho humano, en resumen. El bigote de Almendras, como el perro de Pavlov, se humedeció producto de la baba que escurría por la comisura de sus labios; sus ojos, funcionando a modo de cámaras, escrutaban el horizonte en busca de una señal de la masa lumpen derramándose por las calles de Montevideo.
La camioneta se desplazaba a toda velocidad hacia el punto indicado, girando velozmente en las esquinas sin tomar ninguna precaución. Vilar, desde estudios, semi desvanecido, apenas era capaz de presentar los crímenes insignificantes que, comparados con la primicia que su imaginación acogía, eran lo que un choque de bicicletas a un desastre múltiple carretero.
Por fin Almendras hizo contacto ocular. La baba rabiosa surgió de la boca contra su voluntad como un volcán en erupción; aquello era mejor de lo que cualquier testimonio podía haber adelantado. El recuerdo fugaz de 2002 lo asaltó como un pichi lleno de pasta base a un autoservicio sin 222: miles de planchas avanzando a los tumbos debido a las drogas destruían y vandalizaban todo a su paso, ¡sobre todo a los transeúntes! El espectáculo de mutilación y sangre era ciertamente lo que canal 4 había estado esperando en vano por años, llenando horas y horas de programación con pequeños robos y arrebatos con la esperanza de que un día sucediera. Ahora estaba sucediendo y era como si la mente creativa de un guionista del canal lo hubiera escrito, pero los detalles superaban cualquier cosa que las noches solitarias de un jefe de informativos salvaje pudiera concebir. Indigentes, miles de ellos, sin ningún motivo (nada que explicar, pues), ejercían la violencia a discreción y ni siquiera se apoderaban de los objetos que en otro momento habrían justificado semejante conducta. Esta era una manifestación de irracionalidad perfecta, síntesis de la belleza aristotélica en la sociedad posindustrial, hecha a la medida de un noticiero neutral cuyo propósito es oficiar de medio entre las imágenes sin editar y el espectador ávido de ellas.
Almendras los contempló desde el móvil pero no pudo resistir el impulso primitivo que anima al periodista a confundirse con la masa bárbara y se entregó a ellos, micrófono en mano, para absorber de primera mano las declaraciones espontáneas de los protagonistas. Ya en la calle, la orgía de sangre nubló su razón dotándola de una felicidad que un triste cronista no suele experimentar; planchas, planchas por todas partes, peinados exóticos de colores brillantes, championes marca Nike y gorras por doquier cubiertas con la sangre de inocentes comerciantes de clase media ofreciéndose en cuadros capturados, como los adolescentes imputables, en alta definición.
Vilar extasiado pedía más planos de niños desmembrados, que por suerte Almendras recogía a cada paso sin olvidar los suvenirs para los compañeros. Mientras tanto, un sociólogo convocado de emergencia encontraba difícil aclarar lo que estaban viendo; su conjetura se basaba en una nueva droga experimental obtendia por accidente, como hiciera Dee Dee Ramone en Rock ‘n roll Highschool; sin embargo, el Ministro del Interior no tenía mayor dificultad para hacerlo, enviando a todos los efectivos bajo su mando a reprimir la revuelta.
Se levantaron barricadas que pronto se descubrieron inútiles para contener la situación. Los policías, héroes del canal, también se convirtieron en víctimas de los desclasados. Un comisario cuya cabeza reposaba gentilmente al final de su macana traducía el estado de emergencia desbordante mejor que ninguna otra cosa (salvo quizá alguno de sus subordinados ajusticiado con igual exceso para satisfacción del embelesado Almendras, quien ya no distinguía entre amigos y enemigos del orden, atrapado como estaba en un sueño largo tiempo acariciado, como el niño que por fin consigue ser escupido por Cacho Bochinche y vuelve a casa con una sonrisa junto al gargajo que se descuelga, cual Tarzán, por su cara)
Los árboles lucían cuerpos destrozados como adornos de una Navidad temprana; los bebés eran los caramelos que servían de postre al festín bestial que se estaba desarrollando; las viejas se disipaban como papel arrugado en el viento; los jóvenes de bien eran el plato más suculento de la bacanal lumpen.
Vilar insistía en categorías que se estaban desplazando tan rápido como la masa por la cuidad, el fracaso del INAU, la falta de valores, la DROGA, así, destacando en el collage pero poco eficaz para abarcar los fenómenos que se posaban ante sus ojos. Como un brote imprevisto de una planta seca en otoño, la explosión del reactor apagado de Fukushima, un Tsunami surgiendo de una bañera sin agua, eso era lo que estaba ocurriendo, algo que ni la ciencia ni el sentido común tenían herramientas para interpretar. Peor aún, o mejor según se lo mirara, este desborde conceptual que había capturado a la audiencia como un secuestrador armado se dirigía hacia Paraguay y Tajes.
Se montó un dispositivo especial de transmisión en medio del holocausto; el satélite se destinó a este solo efecto, se canceló toda la programación (si es que algo quedaba para entonces fuera de los informativos casi permanentes) y cada cámara y micrófono fue asignada a este hecho definitivo. “¿Por qué no escucharon a Pedro cuando se los advirtió, insensatos?”, clamaba Vilar, reportero del apocalipsis, increpando a una audiencia nunca lo suficientemente comprometida con la baja de la edad de imputabilidad y la mano dura. Ahora la mano dura la aplicaban los pichis en represalia por la laxitud de un pueblo de guampudos cuya irresponsabilidad frente al delito los había colocado al borde del abismo, corriendo y con las suelas gastadas.
Todo esfuerzo fue estéril. Ya no quedaban fuerzas leales de ningún tipo en ninguna parte, y tal vez solo Vilar, quien durante años había sido el último baluarte del uruguayo honesto, resistía pese a la adversidad incontenible. Por fin llegaron al canal. Almendras se abrió paso hacia el Centro Montecarlo de Noticias, convertido en refugio de Fernando y su escopeta de caño recortado, parapetado detrás de su escritorio y relatando en vivo la entrada de su colega.
Lamentablemente, aquella muchedumbre informe no procedía de donde siempre la había esperado canal 4, de los asentamientos, ni era un populacho miserable buscando revancha, sino que provenía del cementerio Central y estaba encabezada por el mismísimo Jean Georges Almendras, muerto hacía años en un procedimiento policial en el barrio Borro.

Necroturismo

Personalmente no tengo nada contra los cementerios, me paseo por ellos muy a gusto, más a gusto que en otros sitios, creo, cuando me veo obligado a salir (Samuel Beckett. Primer Amor)

Me levanté con un agujero en el estómago. Tenía hambre, además. Sin pensarlo mucho, salí a buscar algo para comer; hacía bastante calor como para suponer que más tarde el bochorno sería insoportable.

Bajé por una calle desierta después de atravesar el parque y sus desagradables flores de primavera. Hice una nota mental: no volver por el parque y sus desagradables flores de primavera. La calle desembocaba en otra apenas más concurrida, pero al doblar la esquina no vi a nadie caminando por ella. Por la vereda sí transitaba una chica no muy alta, más bien altísima, con un vestido azul bastante atractivo, aunque ella no lo fuera. No se fijó en mí con la misma atención con que yo reparé en ella, hasta que estuvimos a una distancia de unos 3 metros. Dijo unas palabras; me sedujo con su cerebro. Entonces lanzó un grito de pánico y se echó a correr en la dirección contraria. Yo hice lo mismo hacia la calle de la que había venido. Al llegar a mitad de la cuadra estaba tan cansado que tuve que parar y, para reanudar el paso, debí arrastrar las piernas y empujarme con los brazos.

Di una vuelta a la manzana antes de atreverme a volver al centro. No era una manzana sino una naranja más roja que las comunes, por lo que al morderla sentí la repugnante acidez de la cáscara no comestible. Caminaba con lentitud debido al calor y al susto que me había llevado, mirando a mi alrededor para asegurarme de que no había nadie más allí. De repente sentí pasos detrás de mí; un escalofrío me corrió por la espalda y siguió corriendo para internarse en el bosque del pelo de las piernas; alguien me seguía. No quería girar la cabeza por distintas razones que prefiero no enumerar, pero asocié los pasos con la mujer que había cruzado un rato antes. Aceleré la marcha sin mirar atrás, escuchando con atención cualquier señal que me indicara la posición de mi perseguidor. El ruido se intensificó y conjeturé que era más de uno. Tenía que mirar, necesitaba averiguar a qué me enfrentaba y decidir si huía o ensayaba otra estrategia, pero no pude hacerlo y sólo apuré el paso una vez más.

Caminando perdí la noción del tiempo, hasta que el sol empezó a ocultarse tras los edificios. No podía atender más que al sonido de los pasos, que en todo momento sonaban muy próximos a mí. Las piernas me pesaban más y más y los brazos colgaban del cuerpo como ramas otoñales desprovistas de hojas, sacudidas no por la voluntad sino por el impulso mecánico. No sabía dónde me encontraba ni cuánto había caminado, el único indicio era el tremendo cansancio que apenas podía soportar y los últimos rayos de un sol que se desangraba, agonizante.

Estaba agotado y perdido. La monótona melodía de los pasos seguía allí, para recordarme el motivo por el que había llegado a este estado y por el cual no podía detenerme. Una sombra se extendió por la vereda hasta alcanzarme, derramándose como una mancha de petróleo, viscosa y penetrante. Levanté la cabeza en busca de un refugio y la imagen que se apoderó de mis ojos fue aterradora: estaban por todas partes. Corrí en dirección al parque, ya presa de la noche sin estrellas en la que sólo brillaban las antorchas moribundas, que trazaban los contornos de las desagradables flores de primavera. Miré hacia atrás por última vez; allí estaban, cientos, quizás miles, persiguiéndome en silencio con quién sabe qué propósito. No tenía interés en averiguarlo.

Entré decidido a mi tumba. Afuera, la amenaza de los humanos había tomado las calles una vez más.