¡Zombies!

Por fin llega a El Pozo Escéptico un cuento realmente bueno, que desde luego no escribí yo y por eso mismo es un orgullo someterlo a nuestro a-Patty-co público (no sé cómo acentuar el neologismo) Por ello, es un honor para mí presentar y recomendar este Zombies, por Patty de La Guadaña.
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Los tres estábamos mirando televisión: mi madre, mi padre y yo. Mi madre le cosía los botones a un viejo saco, mi padre leía el diario y yo estaba tomando café. El informativo se dedicaba a pasar una noticia terrible tras otra. Siempre me pregunto por qué no pasan igual cantidad de noticias buenas que malas, así al menos uno tiene la sensación de que existe cierto tipo de justicia en el mundo. Viendo sólo lo negativo, no dan ganas de salir y ser buen ciudadano. En realidad no te dan ganas de nada, ya que de todas formas te van a terminar robando, violando y/o matando.
El celular vibró en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Verónica estaba aburrida  y quería saber si yo iba a hacer algo. No hay mucho que hacer un domingo de tarde.
– Es Vero. Me pregunta si hago algo hoy – dije releyendo el mensaje.- No vamos a hacer nada, ¿no? – Les pregunté a mis padres. Cada tanto me toca hacer domingo familiar y debo ir a la casa de mis abuelos o tíos. Me puedo zafar de alguna de esas visitas, pero si lo hago muy seguido terminan mirándome con mala cara y después de un rezongo tengo que ir igual.
– No, hoy no hacemos nada – respondió mi madre.- Podés hacer lo que quieras.
Tenía la tarde libre para hacer lo que se me antojara. Junio no se presta para muchas cosas. Mis padres no me iban a dar más plata porque ya había salido el día anterior y el shopping nos había aburrido.
Pensé en ir al casino. Habíamos ido una vez, en verano, cuando recién habíamos cumplido dieciocho años. Con mi grupo de amigas nos habíamos propuesto hacer aquello que se nos había prohibido durante tanto tiempo. Comenzamos a ir a bailes para gente mayor de edad, fuimos a un bar a beber legalmente y entramos a un casino.
Lo del casino fue un embole. Era totalmente diferente a como lo imaginábamos. No había un tipo con ropa formal haciendo girar una ruleta ni había mesas de blackjack. Uruguay no es Las Vegas.
Dentro sólo había máquinas tragamonedas. La mayoría ni siquiera tenía una palanca como las de las películas. Si alguien ganaba, la máquina te devolvía una especie de ticket para cobrar en la caja. Hubiese preferido ver una lluvia de moneditas siendo expulsadas de los slots.
 Ese día recorrimos el salón como si fuese un zoológico. Estaba lleno de gente sentada que apenas movía la mano para realizar otra jugada. Con mis amigas empezamos a bromear con que estábamos rodeados de zombies. La gente ahí estaba muerta en vida. Nosotras nos paseábamos cerca de ellos y no se inmutaban. Seguían con la vista fija en la pantalla, como si estuvieran siendo hipnotizados. Los tipos ni se fijaban en nosotras. Nunca nos había pasado algo así. Yo hasta me ilusioné con la idea de que alguno nos agarrara desprevenida y nos comiera el cerebro. No pasó nada de eso.
Caro y Xime querían apostar. Le preguntamos al de la caja cuanto era el mínimo y entre ellas, Vero y yo juntamos 50 pesos. Los cambiamos por un ticket que metimos en la máquina. Deberíamos haber preguntado también como se jugaba. Fue la plata peor gastada de toda mi vida. Aún sigo sin saber qué se suponía que teníamos que hacer. Nosotras apretamos el botón que decía start y algún otro hasta que finalmente no nos dejó hacer nada más. Perdimos, obviamente.
Fuimos al baño, nos sacamos un par de fotos con la cámara del celular frente al espejo y decidimos irnos. Yo no podía creer que a las personas les gustara estar allí sentadas tirando la plata. Di una última mirada a modo de despedida. El show era desolador. Sentía que algo me oprimía el corazón estando allí dentro. Cuando nos fuimos, esa sensación de angustia desapareció.
– Le voy a decir de ir al casino. – Dije en voz alta mientras escribía en mi celular. De seguro me iba a decir que no. Con una vez había sido suficiente.- Así nos reímos un rato viendo como la gente pierde plata.
Mi padre se movió detrás de la sección de deportes. Con voz calmada pero firme, utilizando un tono que nunca le había escuchado, comenzó a hablar.
– No es un espectáculo ir a ver como la gente que no tiene ni para comer se envicia y pierde todo el sueldo. No es para nada gracioso. Vos no deberías reírte de eso. No está bien.- Siguió mirando el diario, como si estuviera muy concentrado y ese hubiese un comentario cualquiera. Noté que no estaba leyendo, y que tenía los ojos raros. Dio media vuelta y se quedó mirando al reportero que hablaba sobre la política en EEUU. No volvió a mirarme.
La forma en que mi padre me había hablado me dejó sin palabras. La situación era rara y yo no entendía por qué.
– Capaz que pasamos por lo de Caro, así nos muestra lo que se compró ayer en la feria.- Hablé rápidamente y con vergüenza, como si hubiese dicho algo horrible y necesitara que me perdonaran. No sabía cómo comportarme. Lo que dije del casino había sido tan solo una broma.
Siguió sin mirarme y yo me fui a mi cuarto a cambiarme.
– Me fui, cualquier cosa me mandan un mensaje. – grité desde la puerta y salí.
Mientras iba en el ómnibus rumbo a lo de mi amiga seguí dándole vueltas al tema hasta que me di cuenta. A mi padre no le gustaba apostar. No jugaba a las cartas por plata cuando se juntaba toda la familia, no le gustaba ver el juego de la mosqueta, nunca compraba el cinco de oro. Yo nunca lo había visto actuar de la forma en que se había puesto al nombrar lo de ir al casino. Mi abuelo paterno, el que había muerto cuando mi padre era joven, el mismo del cual nunca se hablaba, era el culpable. El mismo que mi madre rumoreaba que era un borracho, que se llevaba mal con su familia y que no tenía un trabajo fijo. Por eso mi padre odiaba los juegos de azar. Me sentí mal por haber tocado una vieja herida. Al menos, ahora sabía por qué a mi tampoco me gustaba ir al casino.

Patricia Santos Alvez

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2 pensamientos en “¡Zombies!

  1. Muchísimas gracias, Oscar. Hoy voy a comentar con mi nombre verdadero. Es un honor que publiques algo que yo escribí en tu blog. Este cuento existe gracias a vos, que me desafiaste a escribir un cuento con Zombies. No son los zombies clásicos. Estos existen en la vida real. Gracias, de verdad, por recordarme lo hermoso que es escribir, y por confiar en que yo puedo hacer algo digno de ser leído.

    Te mando un beso enorme. Me falta publicar otra entrada que te debo 😉

  2. Estás invitada cuando gustes a publicar acá, sobre todo cuando yo no tenga nada que publicar.. jaja.. es un gran clásico de la literatura zombie, por lo que tiene más que merecido su lugar.
    El honor no es tal: es como pasar de publicar en Random House a Banda Oriental, un bajón.
    A seguir escribiendo, no necesitás ningún desafío para hacerlo. Quizá el del dinero, la fama, las mujeres (el objetivo siempre deberían ser las muejres, sin importar la propia condición sexual), no sé.
    Un beso.

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