La última vuelta

Tumbadigger llega  hasta la barra del bar, arrima una silla, pide un whisky sin hielo, lo toma sin mirar el vaso y pide otro. En eso se acerca, sin que él lo note, un muchacho medio desprolijo, no muy limpio, con los pantalones caídos que permiten ver los calzoncillos blancos; también desplaza una silla y se sienta junto a Tumbadigger. El mozo no lo mira ya que está ocupado limpiando la tanda de vasos que acaban de traerle, por eso el joven tiene que llamarlo. Chista; también llama la atención de Tumbadigger, que gira la cabeza para mirarlo, pero vuelve enseguida a su copa y a sus pensamientos.

El recién llegado pide lo mismo que está tomando Tumbadigger, e invita a este otro trago. Tumba, como le dicen en el boliche, vuelve a mirarlo y acepta con un gesto de la cabeza, sin pronunciar palabra. El mozo desaparece detrás del mostrador cuando se agacha para alcanzar la botella, momento que el muchacho aprovecha para mirar con cuidado lo que hay a sus espaldas. Se detiene en la caja, la estudia, trata, a pesar de la poca luz, de adivinar cómo funciona, cómo se abre y dónde se aloja el dinero, pero no dice nada y desvía la mirada hacia el final de la barra.

El mozo deja los dos vasos frente a los clientes y sigue refregando el trapo contra el vidrio sucio de alcohol, aunque no parece importarle el resultado de la operación, puesto que los pone nuevamente en circulación con evidentes restos de los líquidos anteriores.

Tumbadigger, al descubrir esto, mira su vaso con una mueca de asco e intriga, y extiende la curiosidad al recipiente de su compañero, que no parece haber notado el hecho. No tiene ganas de hablar, no las tenía antes de que llegara el extraño y tampoco se le despertaron con la amabilidad de éste, de modo que no dice nada y toma un trago largo, que le hace picar la garganta. El otro lo mira como si se hubiera saltado algún procedimiento, parte del protocolo; dice “salú” y también bebe, sin esperar la respuesta de Tumba. Pide otra ronda para los dos y se levanta para dirigirse al baño.

Tumba no quiere aceptar más cortesías, pero no dice nada, mira al mozo y abre las manos como dando a entender que no conoce al tipo ni le importa. Quiere pagar e irse, ya no siente placer con el alcohol, ya tuvo suficiente por hoy, pero se queda en el mismo lugar, golpeando con los dedos la madera húmeda, tocando una melodía que lleva en la cabeza hace días y le hace olvidar otros pensamientos cuando se presenta. Así, no tiene que tomar ninguna decisión inmediata, puede esperar un poco más, aguantar un trago más sin preocuparse por la forma de sacarse de encima a aquel tipo. Que se vaya solo como llegó, piensa.

El otro vuelve del baño y se acomoda donde estaba, pero no parece estar conforme con la ubicación y corre un poco la silla hacia Tumba. Esto lo molesta, lo pone incómodo, pero ya es demasiado tarde, lo dejó ir y volver, lo esperó, ya no hay manera de retirarse sin ofrecer una excusa, que no tiene ni quiere buscar, y se queda adosado al asiento como si forma parte del mismo.

El otro mira a su alrededor y deja los ojos un instante en algún lugar lejano, hacia el final de la barra. Tumba no lo ve, sigue distraído tamborileando y está a punto de acompañar la percusión con la boca cuando se da cuenta del error, y para. El otro gira hacia él, agarra el vaso y repite “salú” antes de lanzarlo en picada por su garganta; Tumba dice “salú” como preludio de la retirada, y también se inunda las entrañas con el líquido furioso. Ahora sí está decidido a irse, y se pone de pie, pero el muchacho le indica que se siente y Tumbadigger no lo contradice. No es que quiera desentrañar los motivos de su conducta, más bien no tiene nada mejor que hacer ni ganas de entrar a discutir.

– ¿Ves a aquel tipo de allá?- le susurra el otro.

– ¿Cuál?- pregunta Tumba sin ninguna curiosidad.

– Aquél, el de camisa azul, ¿lo ves?

– Sí, ¿y?

– Lo vi sacar un montón de plata del cajero, en la esquina.

– Ah, mirá- dice Tumbadigger, cada vez más aburrido.

– Tengo un fierro… pero preciso que me ayudes, que lo saques del boliche, porque a mí ya me vio antes de entrar. Vamos a medias.

Tumbadigger no se sorprende, aunque tampoco muestra interés. No necesita la plata, no quiere la plata, pero, por otra parte, ¿qué le importa? Es una oferta, algo que hacer, no está mal. El otro espera, no está impaciente, parece que estuviera acostumbrado y que estuviera seguro de lo que va a responder Tumbadigger.

El tipo de la camisa azul se para, deja un billete sobre la barra y se pone la campera. Tumbadigger se acerca a él y le pide un cigarro; el otro le extiende la caja y Tumba lo invita a fumar afuera. Salen juntos y, un par de minutos después, el muchacho va tras ellos. Los ve contra la pared, conversando, iluminándose alternativamente con cada pitada; toca el revolver, lo saca del cinto y lo coloca junto al cuerpo, escondido.

Entonces avanza con decisión, saca el revólver cuando está muy cerca para no darles tiempo a nada, pasa frente al tipo de la camisa azul, empuja a Tumba contra la pared y aprieta el gatillo.

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El fin del mundo no huele bien

Acaba de tener lugar, sin ninguna consecuencia como era previsible, una nueva interpelación al ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Otra oportunidad perdida para averiguar la verdad, otra oportunidad que pasa de largo sin que nadie haga las preguntas pertinentes, las que nadie quiere responder.

Por mi parte, mientras veo ass-ombrado cómo desfilan por todos los medios los propagandistas del fenómeno Maya, como hoy mismo volvió a ocurrir, no puedo dejar de interrogarme sobre la financiación de estas organizaciones, quién tiene un interés tan persistente en la difusión de pseudo explicaciones de este tipo. Seguramente, no son los propios May-ass, cuya capacidad de hacer lobby es similar a la de mi vecino Carlos, contrabandista de gas oil paraguayo, en la OPEP.

¿Acaso no es oportuno preguntarse de qué manera desembarca, de buenas a primeras, un desconocido de dudosa reputación, graduado en ciencias nigromantes, afroumbandas, alquila un centro de conferencias, coloca publicidad en todos los canales disponibles y consigue minutos y espacios en los principales medios sin ninguna dificultad? Intente hacer lo mismo para dar una charla acerca de la crisis del capitalismo, de la lucha de clases como motor de la historia, patrocinada por la IV Internacional,  y vea qué sucede. ¿O será que, de hecho, la explicación de los May-ass es más plausible que la otra?

Yo no tengo respuestas a estas preguntas, quizá alguna conjetura no mucho mejor que la de la vida en Ganímedes, sólo siento el olor y no veo la meada, ni el gato, pero sospecho que ambos deben existir. ¿O hay alguna hipótesis maya para el hedor inmotivado, también? Lo ignoro.

Sin embargo, creo que el Ministro Bonomi no lo ignora. Sus manos están manchadas, meadas por el gato de la falsa consciencia; puede percibirse en sus propias palabras el mismo mecanismo que opera en el caso indígena. Yo veo una analogía aquí: sus explicaciones recurren a agentes externos, al narcotráfico, a la “favelización”, a la cultura carcelaria, etc.; no me sorprendería que, de repente, sin cambiar el registro de su discurso, argumentara que la inseguridad procede del cementerio charrúa ubicado debajo del Comcar, y que la solución consiste en contactar a Rivera a través del juego de la copa, previa junta de firmas y plebiscito convocado por Vamos Uruguay.

Pero también pienso que estas pueden ser especulaciones infundadas, y que la cosa puede ser más sencilla: en ambos casos se ofrecen respuestas fáciles a problemas complejos, y ese es el motivo por el que reciben más atención. ¿O es que no se aplican a esta misma duda de segundo grado los razonamientos anteriores?

Si es así, si este planteo también está sujeto a suspicacias, quedo a las órdenes de quienes lo promuevan y escucho ofertas para propagar su punto de vista. Gracias.