Cosas do futebol

Cuando Joao alcanzó la cúspide del balompié carioca creyó que se instalaría allí para siempre cual cangaceiro en el sertao, pero no fue así; el médico del equipo lo convocó a su consultorio para revelarle los resultados de un examen de rutina nada alentador. – Joao, voy a ser sincero y breve: no puedes continuar jogando futebol carioca- Joao no pareció comprender lo que el facultativo decía; se desvaneció un instante y, al recobrarse, volvió a oír las palabras del profesional del sufrimiento: – Tu rodilla ha sufrido mucho, Joao, demasiado; tu afamada chalaca, tus portentosos regates, tus inigualables remates rectos con cinco dedos, todo eso ha afectado irremediablemente los ligamentos de tu articulación derecha. Lo siento, no puedes seguir practicando este deporte. El moreno, alto, bien formado, apuesto como pocos futbolistas del interior profundo, meció su abundante cabello peinado al modo afro e hizo un mudo gesto de aprobación, seguido de una formidable trompada directo al rostro del médico. Cuando éste recuperó la consciencia, Joao habló: – Discúlpeme por eso, doctor, ud. comprende… mi carrera lo es todo para mí; desde mi humilde aldea donde la lluvia jamás se presentaba, desde que las tormentas de polvo desatadas por mi pie descalzo llegaron para reemplazarlas y llamaron la atención de nuestros miserables vecinos, la única esperanza de mi gente ha sido verme triunfar, y ahora que lo he conseguido es como si uno de esos diluvios desconocidos se hubiera precipitado sobre mí. – También sobre mí -dijo el médico-… la trompada, Joao, estuvo de más- y procedió a devolver la afrenta al deportista, que no hizo nada por impedir la agresión. – Ahora que estamos a mano, doctor, dígame cómo prosigue esto. – Bien. Tu rodilla no soporta el rigor del torneo estadual, pero no todo está perdido para ti. Aún eres joven y fuerte (excepto por tu rodilla, pensó) y tienes un gran potencial por desarrollar. Puedes destacar en cualquier deporte que no involucre chalacas y amagues enloquecidos, sobre todo tu acrobática chalaca, que bien sabemos son la base de tu talento, pero sólo porque lo aplicas en esta área. No serás el amo del futebol, pero puedes ser el ayatola del hurling. – ¿Me está jodiendo? – Únicamente con lo del hurling. – Está bien, doctor, gracias por su honestidad. Dos a uno. – ¿Dos a uno?- preguntó el médico, pero como respuesta a su duda solamente recibió un potente golpe en la mandíbula. Joao se alejó cavilando acerca del poder indómito de su puño como posible instrumento sustituto de su reconocido empeine, pero cualquier decisión resultaba demasiado prematura y difusa frente a la inmensidad de la gloria futbolística. Joao comunicó a sus compañeros la novedad; no formaría parte del equipo de allí en adelante. Tras la conmoción inicial, ellos propusieron realizar un partido de despedida para celebrar la descomunal aunque algo sucinta carrera de Joao, pero él se negó, alegando que ese mismo día comenzaba su ascenso al trono de una nueva disciplina. – ¿Se puede saber cuál es?- preguntó el centre-half Antonio Conseleiro. – Aún no lo sé- dijo Joao antes de alejarse, luego de mirar melancólicamente a un balón que le hacía gestos invitándolo a patearlo. Al otro día, temprano en la madrugada, Joao salió a hacer una fuerte caminata, similar a la requerida en la maratón. En la maratón para parapléjicos, pensó; no, esto no es para ti, campeao, debes tener alguna virtud oculta que aún no logras descifrar. Caminó abstraído, sin rumbo, hasta llegar a la puerta de una panadería que recién comenzaba a iluminarse; mientras pedía una docena de pan con grasa, viendo al maestro de la pala (y él lo había sido) retirarlos del fuego incandescente, consideró que un trabajo humilde y honesto, eso que no había conocido en su vida, quizá fuera lo que necesitaba en ese momento. Salió del comercio y se dirigió a la rambla comiendo aquellas masas que la dieta del club prohibía. Llegó hasta el parapeto y, con un movimiento casi automático, se arrojó a las aguas. Nadó con furia algunos metros pero de inmediato vio con toda claridad que ese no era el deporte que buscaba desesperado. Desesperada era ahora su situación, puesto que no había ningún guardavidas en las inmediaciones, pero por fin, gracias al valor de uno de aquellos transeúntes que tanto despreciaba cuando se apiñaban en las tribunas del Morumbí gritando como animales, logró salir de la prisión azul sin muros en la que estaba encerrado. ¿Qué lo condujo a creer que él, un hombre del sertao que apenas conocía la humedad por la nariz de Epaminodas, el camaleón mascota de su hermano Abade, podía triunfar en la natación? Regresó cabizbajo a su casa, retomando la idea de un trabajo sencillo que lo asimilara a esos desafortunados que lo alentaban desde las gradas, estirándolo como las arrugas de una prenda para disolverlo en una mediocridad mayor. ¿Podía contrariar su destino de figura inmortal y entregarse a los placeres minúsculos que conformaban a los millones de hombres tan pequeños como sus metas? ¿Era justo eso? ¿No eran él y los otros como él quienes tenían el deber de realizar esa justicia tan elusiva, por otra parte? Se durmió contemplando todos estos dilemas. Un par de días más tarde era jugador del Atlético Fezendeiro, clube do volleyball; una semana más tarde era el ídolo de sus torcedores; pocos meses después estaba disputando la final del campeonato con el Rurais Sem Terra, su rival inveterado. El marcador era criminalmente cerrado, cambiante; ambos equipos desplegaban un poder de anotación y defensa similar; como si se tratara de un espejo con una disfunción cromática, solamente el color de las camisetas permitía distinguirlos. Y el juego desbordante y técnicamente perfecto de Joao, que descentraba, con sutileza casi imperceptible, las esferas siempre inquietas del movimiento perpetuo. Arribaron al tercer set en un empate cuya perfección sólo se conocía, hasta entonces, en el abstracto plano de las matemáticas. Era un empate esférico, rotundo, un equilibrio apoyado en la irregularidad; los torcedores alentaban indistintamente a unos y a otros, a excepción de Joao, que recibía una cuota extra de gritos y aplausos por su condición de motor inmóvil del universo deportivo. El último punto se extendió como la tela de una araña cósmica, interminable. Los dos bandos sostuvieron el balón como si el suelo hubiese sido suprimido, hasta que bigotes Manoel, único contricante digno de Joao, amagó un tiro furibundo pero, en su lugar, jugó una pelota suave por sobre el bloqueo de la línea adversaria. El balón se elevó muy alto por encima de las manos que, desesperadas, intentaban sin éxito crecer unos centímtros más. Todas las piezas del Fezendeiro quedaron desahuciadas, salvo Joao, que se encontraba unos metros más atrás, en la línea del esférico. Joao sintió cómo, dentro de su cabeza, las ideas se desplazaban sin orden, como el polvo arrastrado por los vientos del sertao. El entrenador cerró los ojos; los hinchas quedaron anulados; la prensa no transmitió el instante; compañeros y contrarios no vieron, no pudieron ver, con el ojo de la intelección al menos, cómo Joao rotaba y, con todo el impulso de sus poderosos miembros inferiores, se elevaba para realizar la más perfecta, y póstuma, de sus célebres chalacas.

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