The Muffs, or how I learned to love the bomb

No se deshace el muro ni cuando están unidos unos a los otros y ajustados, ni cuando ya están separados; entonces, no es posible deshacer un muro

Sexto Empírico, Adversus mathematicos

Cuando los griegos comenzaron a razonar sobre lo Uno y lo Múltiple, el Ser y el Devenir, lo Necesario y lo Contingente, se hallaron frente a paradojas como la que ilustra el epígrafe, que, invertida, también permite demostrar la imposibilidad del muro: si este aún no es cuando sus partes están separadas, tampoco puede llegar a ser; en conclusión, no hay muro y Trump no tiene a quién pasarle la factura, o hay muro y Europa del Este aún pertenece a nuestro bando.

No pretendo desentrañar en estas breves líneas la corrección o incorrección del argumento, que hasta donde llega mi examen bibliográfico mantiene toda su vigencia y cuya resolución sólo ha sido aplazada por la utilización de la Madre de Todas las Bombas (tema que merecería un tratamiento apropiado, ya que si Trotsky se jugó sus últimos boletos a una revolución como consecuencia de la Segunda Guerra mundial, que no se produjo, nuestra generación tiene todo el derecho de hacer su propia apuesta entre socialismo o barbarie y abandonar cobardemente el primero cuando lo considere irrealizable -larga digresión que, lamento decirlo y defraudar sus esperanzas, no tiene más objeto que este alegato a favor de la indeterminación y, por qué no, la imprudencia en el manejo de la política exterior de las potencias nucleares -)

(Paréntesis al paréntesis anterior: recordemos que Bertrand Russell observó justamente que, tras un conflicto nuclear, el único socialismo posible sería uno basado en la remolacha azucarera; algo no previsto por el filósofo-matemático es que ALUR sería el partido único en esta distopía cañera, y Raúl Sendic su dictador perpetuo, dando así la razón a las denuncias de la oposición, que tampoco preveían, sin embargo, este escenario de tiranía preparado por el vicepresidente Lysenko para su beneficio personal).

Pero un argumento tan sutil y poderoso (como la bomba y su promesa de barbarie, de la que quisiera abstraerme por un instante si su presencia no fuera tan ubicua como la banalidad de quienes pretenden ignorarla) puede operar en terrenos menos abstrusos y  usarse, por qué no, para vindicar en forma retroactiva el honor de alguna persona, mancillado décadas atrás. El mío más precisamente.

Si la tesis, el ser, es una banda de pop punk californiano, careta, cuya propiedad de tal se transfiere sin mediaciones al poseedor de uno de sus discos (adquirido por el réprobo a mediados de los ’90 y repudiado desde entonces por dicho acto), la antítesis es lo que sonó el pasado 20 de abril en Bluzz Live, que no fue otra cosa que el más auténtico  panroc escuchado en estas tierras desde que Darby Crash se dejó crecer el bigote y la melena y cambió su nombre a Jaime Roos allá por 1981, para desertar de ese modo del estilo que cultivara hasta entonces (sólo para convertirse en el emperador de todos los estilos, tranquilos, insensatos).

Si en cada uno de esos pequeños, y perfectos a su modo, artefactos de la industria cultural había más actitud que en la horda de punkies parmenídeos que aún se empeña en continuar su batalla y tacharlos de caretas, ¿dónde está el error? ¿En qué punto fallaron sus categorías interpretativas? ¿Cómo es posible que esas lindas melodías vayan acompañadas de una total indiferencia hacia los sellos, los medios y el mainstream, de presentaciones caóticas que incluyen peleas y violencia frecuentes, como las de Jaime y el Canario Luna? ¿Cuándo se deshizo el muro? ¿Será casual que Oh, Nina, del imprescindible Blonder and Blonder, su album más redondo (tanto que cabe perfectamente en cualquier reproductor de CD) rime con Colombina?

Quizá sea una capitulación frente a la barbarie, lado de la balanza en el que al parecer ha caído nuestra elección, pero al menos me queda el consuelo de que Rosa Luxemburgo (y Bertrand Russell con sus remolachas posnucleares) podría corear con aprobación estos versos: “So maybe if I fade away/ There’ll be no sad tomorrow.”

Deepest web

Cruzar la última frontera, llegar al extremo, empujar los límites: lugares comunes que podrían explicar la tentación a la que sucumbí y que, incluso, me empujó al delito.

Como suele suceder, al menos cuando uno no está reflexionando sobre abstracciones como los límites de la ética y sus fundamentos, comenzó con un problema práctico que demandaba una respuesta categórica: cómo renovar un teléfono celular de última generación sin erogar el precio que el mercado exige. Luego de considerar distintas alternativas legales o casi legales (contrabando, importación libre de impuestos y algunas no tan aceptadas ni difundidas), llegó a mis oídos una opción que ofrecía todas las garantías que pueden esperarse de un trato de este tipo: anonimato, ausencia de intermediarios y penas poco severas en el peor de las casos. Me pareció un riesgo aceptable y decidí explorar el asunto.

Instalé, tal como me fue indicado, un motor de búsqueda que no deja rastros binarios, esas migajas digitales utilizadas por las autoridades para reconstruir los pasos del infractor electrónico. El objetivo, desde luego, era acceder a la deep web, lugar no menos célebre que el Hades en cuanto a propiedades misteriosas y truculencia inframundana. No resultó difícil, y pronto me encontré navegando en las aguas del Aqueronte informático.

Me sentía inquieto, necesitaba algo de música para amenizar el viaje; busqué en la discoteca algo que me resultara apropiado para la ocasión; Possessed, no; Morbid Angel, quizá; Kreator, muy blandito, hasta que extraje Last of the Independents de los Pretenders y me pareció adecuado. Mientras cantaba I’ll Stand by You con furia alienígena llegué a mi primer destino, el sitio de compraventa Merca Libre, donde inmediatamente entré en tratos con un vendedor que tenía el producto que yo buscaba. Oferté una cantidad de dinero razonable, él contraofertó uno de mis riñones y el negocio se frustró; mala suerte, nada que no me haya ocurrido en tratos comerciales pretendidamente lícitos.

Cantando mi cancioncita llegué a la red social Fasobook, donde avisos espurios de mercaderes inescrupulosos conviven con naturalidad con pederastas, femicidas, nigromantes, sarracenos, traficantes de armas y fanáticos de la cumbia cheta. Hice algunos amigos pero ninguno de ellos pudo suministrarme el bendito teléfono y, entre promesas de mantenernos en contacto y deseos de prosperidad, dicha duradera y regenaración celular, nos despedimos.

Agotadas las oportunidades de negocios (introduje una nota mental: El Observador, las charlas TED y el emprendedurismo no tienen aplicación en el Hades. Curioso. Contrario a la evidencia. Investigar más tarde) me dediqué a vagar sin propósito por distintas páginas en las que vi cosas que preferiría no haber visto, aprendí cosas que mejor sería ignorar, conocí personas cuya indecencia sólo creí admisible en el Partido de la Gente; en fin, toqué con mis manos la vileza y pronuncié con mi boca palabras de deshonra y degradación. Pero como seguía cantando The Pretenders nada de esto me importó.

Mi atención se dirigió entonces a un portal de información alternativa donde, de acuerdo con la presentación, se alojaban los secretos mejor protegidos de gobiernos y corporaciones, Whisky Licks, gestionado por Julian Ass-Ange. Hace un momento hablé de abyecciones y vileza a propósito de ciertos individuos; pues bien, eso era la familia del taxi al lado de Al Capone; esto era serio.

Recorriendo sus directorios descubrí quién tenía la bomba, quién había vendido la bomba, a cambió de qué favores carnales se había negociado la bomba y cómo planeaba su actual propietario utilizar la bomba; y eso solamente en un pequeño capítulo dedicado, justamente, a la bomba. Entré en conocimiento del chanchullo electoral, la campaña de difamación, la desestabilización de la democracia a través de ONG’s protectoras de animales, la mafia gay, la verdad acerca del calentamiento global (es real, sí, pero por razones que ud., querido lector, jamás imaginaría) la auténtica amenaza que supone el koala, lo que esconde el TPP (no es para tanto, se lo aseguro), lo que motiva a Netanyahu (no es la expansión territorial ni el sionismo radical), y el origen del poder del Pato Celeste (nada que ver con el triángulo Venezuela-MPP-Tenfield).

De pronto, la pantalla se puso negra y la transferencia de datos se interrumpió. Una figura amenazante, con capucha, me dijo que había hecho algo muy malo. Su voz nasal me sonaba familiar, pero el miedo me impedía proseguir la asociación de datos sensoriales. ¿Acaso importaba su identidad?

Seguidamente me interrogó acerca de lo que había visto y leído, y empezó a extorsionarme; por primera vez en mi vida sentí que enfrentaba al poder descarnado, la arbitrariedad y la opresión supremas. Dijo que tenían material que me incriminaba, que me harían pedazos, y, en un rápido repaso de mi vida, tuve que admitir, sin saber exactamente a qué se refería, que era cierto, que mi conducta en ocasiones había sido condenable; alguna vez impuse la muerte, pecado banal comparado con el de imponer la vida*. En lugar de someterme a sus demandas, apagué la computadora y traté de olvidar todo aquello.

La noche de insomnio se disolvió en una mañana que no mostraba huellas de aquel experimento demencial; nada a mi alrededor, nada al encender la computadora, me hacía sospechar que mis perseguidores habían ejecutado su venganza. Ya tranquilo, procedí a ir hasta el kiozcar a comprar cigarros.

El titular del principal diario de la capital me azotó con el poder de la impunidad criminal: “Metalero careta fanático de The Pretenders expuesto. Toda la información en página 2.”

* Aforismo que habría engrosado la fama de Sófocles** mas no parece obrar efecto análogo sobre la mía. Explorar si la autoría de Antígona o Electra tiene alguna relación con eso.

** Al igual que al Forro Batllista, el concepto de pecado es ajeno a Sófocles, sin embargo***.

*** Si no me cree (porque ya veo que va a saltar como pelota de goma) consulte, por ejemplo, Werner Jaeger, Paideia, o Bruno Snell, El descubrimiento del espíritu**** o alguna cosa de esas.

**** Luego de descubierto el espíritu occidental, de todos modos, puede hallarse la misma idea gnóstica en diversos lugares, tales como Borges*****: “… los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.” (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius), o como dice Lear a Gloucester: “When we are born, we cry that we are come/ To this great stage of fools.” (El ReyLear, acto 4, escena 6).

***** O en esta sentencia digna quizá de una posteridad similar: “…alguna vez impuse la muerte, pecado banal comparado con el de imponer la vida.”

La oferta irresistible

El dato, y la fuente de la que provenía, no me despertó ninguna duda, ni siquiera esa íntima sensación que se experimenta incluso cuando la certeza es completa; esto estaba por encima de la certeza subjetiva y objetiva, más allá del grado de verificación razonable; la información estaba fuera del espacio del argumento racional y más cerca de la verdad apodíctica de la fe.

Mi amigo, docente él, me aseguró que podía obtener un descuento en esa librería alegando dicha condición, ya que no solicitaban comprobante alguno. Yo, que tengo en gran estima su inteligencia, tanto como su sagacidad en los menesteres prácticos y sobre todo su avaricia ilimitada, acepté la sugerencia, como dije antes, sin cuestionar su autoridad en ningún instante. Además, debo agregar, éramos colegas en un área de interés no muy alejada aunque decididamente del otro lado de la legalidad: el robo de libros, práctica en la que, hasta donde llega mi experiencia, están implicados todos quienes sienten auténtica pasión por la letra impresa.

No tracé plan alguno; necesitaba, por imperativos ajenos a los del conocimiento desinteresado, un libro de elevado valor, de manera que el descuento también prometía ser generoso. Simplemente me presentaría ante el mostrador, solicitaría un ejemplar de la obra, invocaría mis inexistentes credenciales y pagaría un monto considerablemente inferior al requerido por los mercaderes del saber, antes de retirarme satisfecho. ¿Qué podía salir mal?

Procedí del modo que acabo de detallar: llegué al comercio, atravesé las largas filas de suculentas estanterías (no me detuve, sin embargo, como en otras ocasiones, a sopesar el valor -científico, artístico, incluso plástico- de los volúmenes exhibidos), me aproximé a un dependiente no especialmente solícito, de rasgos que sugerían un posible estudiante de letras contratado a tiempo parcial (víctima propicia del engaño; su sueldo y condiciones de trabajo, supuse, no lo predisponían a obrar con particular celo en su tarea) y le ordené, sin que mediara otra forma de trato que la estrictamente comercial, el libro que buscaba. “Aguarde un momento, enseguida se lo traigo, señor”- respondió con un tono de desgano profesional que no auguraba ningún contratiempo.

Volvió al cabo de unos minutos, en los que repasé mis líneas como un mal actor a punto de entrar en escena. “Aquí tiene, señor. ¿Se le ofrece algo más?”. “Sí, un descuento fabuloso basado en mi pretendida, mas ficticia, posición como profesional de la enseñanza”, pensé, pero a continuación articulé un escueto: “Nada más, gracias. Ah, y soy profesor, eh”, dije casi como si no fuera necesario remarcarlo. “¿Ah, sí? Qué interesante. ¿Profesor de qué, si me permite la indiscreción?”. “Esteee… de filo..”, la duda, lo advertí al instante, puso al truhán sobre aviso. “¿De filología hispánica, en la que me especializo, o de filosofía grecolatina, tal vez?”. Debía responder de inmediato, sin dudar y sin darle oportunidad a que continuara indagando (la filología hispánica quedaba descartada): “Sí, filosofía grecolatina y medieval, eso mismo.” No lo desalentó. Era un perfecto cretino. “¿Puedo preguntarle, si no es molestia, para qué demonios (todas las alarmas se encendieron con este término) necesita un docente de filosofía medieval este libro de Etienne Gilson?”. Me atrapó. “Debo pedirle un comprobante: recibo de sueldo, título habilitante, el testimonio de un alumno matriculado en su clase y con autoridad intelectual suficiente para acreditar los conocimientos referidos, algo así”. Debía salir de allí cuanto antes, pero el minúsculo ser, cuyas capacidades yo había desdeñado, me tenía cautivo en su red. “No traje nada, no pensé que me lo fueran a pedir”. Pésima respuesta. Llamó a un superior. “El señor aquí presente, quien se dice profesor de filosofía grecolatina y medieval (noté en su tono el énfasis con que dijo estas palabras, que le produjeron gran gozo), quiere que le hagamos un descuento pero carece de todo documento pertinente. Encargate vos”.

El extraño, según supe de inmediato, era el doctor Juan Escoto Avicena Averroes de Ockham, PhD en diversas ramas de la filosofía, en especial, como habrá adivinado, grecolatina y medieval. “Acompáñeme por aquí, si es tan amable”, invitó y exhortó a la vez. Comprendí que mis aprietos no eran menores que los de Pedro Abelardo, por lo menos; quizá la policía ya estuviera en camino, o quizá me torturarían sin dar intervención a los profesionales de dicho ámbito (¡como si pudiera protestar por eso!).

Me condujeron a una sala mal iluminada, sin ventanas, húmeda; reconocí la silueta de una silla con una especie de apéndice que sobresalía hacia el frente: un banco de liceo. Frente a él, un pequeño escritorio, detrás del cual se situó el doctor Escoto Avicena Averroes de Ockham. “Así que profesor de filosofía grecolatina y medieval, nada menos, mire qué coincidencia, ¿no le parece?”, dijo, no sin cierta ironía. “Procedamos”. Extrajo una hoja de un cajón y me la extendió junto con una lapicera. “Tiene veinte minutos, son preguntas de rigor, no se preocupe. Nada que alguien de su nivel no pueda responder con solvencia.” “Me duele la barriga”, me excusé como un escolar incauto. “Error”. “Me duele en serio”, insistí, pero apenas pude terminar la frase cuando recibí un severo correctivo con una regla Mr.T de madera terciada. “¡Esto es ilegal!”, grité desesperado. “Tanto como alegar títulos falsos.” Atrapado de nuevo.

Hice el examen, que incluía preguntas sobre Anaximadro, Parménides (“el ser es el pensamiento del ser”, escribí con torpeza soberana), Aristóteles desde luego (ni hablar de la areté, pero “el ser es lo que se dice de muchas maneras”, ¿o no?), y sí, claro, toda la línea sucesoria de Plotino, las Enéadas y cosas escritas en caracteres que sólo había visto en Alienígenas Ancestrales. Me di por vencido, ni siquiera pasé al oral.

Volví al salón principal a esperar mis resultados. “Sus notas le permiten adquirir esto”, dijo el doctor Juan Escoto Avicena Averroes de Ockham sosteniendo un ejemplar de Cincuenta sombras de grey.

La fiesta inolvidable

No sé qué decidió a mis vecinos ni cuál fue el proceso de selección, si es que lo hubo, por el cual llegaron a mí; mucho menos sé, ya que todos los elementos de juicio estaban a su alcance, por qué creyeron que sus bienes estarían seguros bajo mi custodia durante las vacaciones, dado que ellos, tanto como el resto del barrio, conocía mi conducta algo inclinada a la fiesta perpetua. Tampoco era mi responsabilidad informarles, no soy una fuente de datos confiable; he delatado, con mucho placer pero poca precisión, a mucha gente inocente, así como he salvado con mi testimonio a más de un criminal. Pero allí estaba yo, con toda la casa, equipamiento y alcohol de mis vecinos a mi disposición.

Se marcharon luego de una breve conversación, libre de amenazas, en la que señalaron el especial cuidado que debía tener con ciertos objetos, que supuse tenían propiedades rituales para ellos, puesto que su valor no parecía merecer semejantes atenciones. No hice preguntas; acepté, una vez más, su palabra como garantía de lo que a mis ojos eran nimiedades. Apenas vi alejarse la Toyota azul metalizado comencé a hacer las llamadas de rigor; invité a la fiesta a un grupo de amigos, que a su vez extendió la invitación a sus conocidos, quienes a su vez no dudaron en convocar a ciertos desconocidos más que sospechosos, los cuales, llegado su turno, publicaron en todas partes que una juerga muy intensa iba a tener lugar esa noche. Mi reputación, hipócrita lector, mi semejante, ¡mi hermano!, no se logró con globos y cotillón, precisamente.

Mientras inspeccionaba y ordenaba el lugar, requisando el alcohol en el proceso, recordé que mi DJ de confianza había sufrido un lamentable accidente (exceso de mayonesa en un estado -la mayonesa-de deterioro avanzado) en nuestra última reunión, lo que me dejaba sin el proveedor de happiness (y drogas) a pocas horas del evento. Cavilé -mediante un práctico utensilio, digamos- un instante, considerando que la ausencia del DJ supondría el fracaso de mi plan. De pronto, revolviendo unas prendas -separé algunas, como esa camisa parda que tan bien me quedaba-di con la solución: una tarjeta de diseño salvaje, creada por alguien en condiciones de abuso de todo tipo de sustancias y con seguridad privado de libertad, que  anunciaba con gran autoridad las habilidades sobrenaturales del, así presentado, amo supremo de las bandejas. ¡Mi salvador! ¡Mi redentor! Disqué el número de su parroquia; una voz de importante estatura me alcanzó desde vaya a saber dónde:

– ¿Con quién desea hablar? -preguntó.

– ¿Es ud. DJ Vinnie Low?- dije.

– Si lo fuera no se lo diría, mas, si está interesado en contratar sus servicios, quizá pueda ayudarlo-. Esto es serio, pensé. Muy serio. Vaya fiesta nos vamos a montar con este demente del plástico giratorio.

– Por supuesto, por eso llamo. ¿Estaría disponible el señor Low para amenizar una, digamos, celebración con amigos, un ágape cordial entre camaradas, en un ambiente de relajación y amabilidad ilimitados?

– No.

– ¿Cómo que no?

– No es ese el modo en que se accede al señor Low. Deme sus datos, antecedentes en cuestiones de fiesta y los detalles de su consola para que los evalúe Vinnie y, si puedo localizarlo, tal vez pueda contratar a…

– Sí, ya sé. ¿Espero su respuesta, entonces?

– Desde luego que no. El señor Low no responde. En caso de que estime adecuada su oferta, allí estará, no se preocupe.

– ¿Y en caso contrario?- Pero un ruido interrumpió la comunicación, y no logré restablecerla. Me pegué un saque y proseguí con los arreglos del lugar..

Alrededor de las diez comenzaron a llegar los invitados, sin ningún orden; algunos amigos, alguna cara entrevista, quizá (imposible de precisar) en otras ocasiones, y muchos desconocidos de los más diversos aspectos, que le otorgaban a la fiesta un carácter de imprevisibilidad interesante. A pesar de que había obtenido una cantidad de estimulantes nada despreciable, muchos de ellos ya traían los suyos incorporados, adheridos cual cinturón simbádico a sus cuerpos de musulmaniacs suicidas. Con el correr de las horas y el aumento de la concurrencia, sin embargo, comenzaron a alzarse algunas voces que reclamaban diversión, agite, alegría. Yo había confiado mi secreto a los amigos más cercanos, la presencia del DJ clandestino a quien ni siquiera estaba seguro de haber contratado. Traté de calmarme ingiriendo cosas de procedencia casi tan extraña como la de DJ Vinnie Low, pero no conseguía aquietar mis nervios. Comencé a pensar en formas de evadir la vergüenza: provocar un incendio, huir de una casa que ni siquiera era mía, pero era inútil, mi reputación se quedaría allí y se quemaría con ellos. De pronto, como emanada de la propia consola, una figura de cabello en forma de afro caucásico, bigotes que formaban un imposible a(na)rcoiris negro sobre su labio superior y patillas neoschopenhauerianas, empezó a emitir una música de ritmos tan heterodoxos como bailables. Eso sí era un DJ, no la inmundicia que solía musicalizar mis veladas, y todos parecían estar de acuerdo con este, mi veredicto XVI.

La fiesta se desarrolló, durante algún tiempo, con normalidad, la normalidad que la fauna bestial presente permitía, al menos. Pero, como tantas veces, como esos episodios que poblaban mis recuerdos más lejanos, degeneró de un modo proporcionalmente brutal al nivel de los concurrentes; a pesar de que nadie se había atrevido a dirigirle la palabra, o tan siquiera una mirada, a DJ Vinnie Low desde su llegada (o materialización, mejor dicho), un temerario, un patán cuya masculinidad recién adquirida habría demandado un uso más prudente, desafío al músico de vanguardia a poner una cumbia cheta, algo “para tirarse unos pasos, bien para arriba”. Para qué. DJ largó Devoured by vermin de Cannibal Corpse, dejó a un lado, con una solemnidad quizá impropia de la situación, los auriculares, movimiento que duplicó al instante su magnitud capilar, y la emprendió a cachetazos contra el hereje pagano. La gresca y el saqueo se generalizaron  e hicieron vanos mis esfuerzos por preservar los artículos vedados por los propietarios.

Cuando logré evacuar el lugar y disipar el humo y los vapores, comprendí que nada podía recuperarse. La tensión y el cansancio (y tal vez algo más de origen menos espiritual) me depositaron en la cama. Allí me hallaron los dueños de la casa la mañana siguiente, al regresar de sus vacaciones. Tras insultarme, y no esperaba menos, se entregaron a la tarea de cribar los escombros con una furia desmesurada, que me habría resultado casi patológica de no haber presenciado los hechos de la madrugada anterior. Por fin Alicia alzó una pieza y llamó a su marido, que estaba a punto de rajármela, con una sonrisa tan vivaz que disuadió a su esposo; mi curiosidad saltó sobre mis escrúpulos y se posó junto a ellos de un modo que nada en la situación hacía aconsejable, pero no fui rechazado. Alicia sostenía un portaretratos algo chamuscado; “nuestro hijo muerto”, dijo. Miré: el abundante afro caucásico, el bigote, las patillas neoschopenhauerianas estaban allí.

A propósito del determinismo

Determinismo: ese es el término. O terminismo. En fin, lo importante es la concepción que adjudica a un factor la responsabilidad por toda la naturaleza humana. Los hay de varios tipos: biológico, histórico, económico, ambiental, social, cultural, multicultural, paracultural, estructural, extraterritorial, etc. También hay determinismos más amplios que incluyen un grupo de características para explicar el comportamiento antropoide, pero estos me parecen espurios ya que la multicausalidad es una forma de interacción, y la interacción, como sabemos por la dialéctica, implica un elemento de azar.

Sirva esta pseudo introducción simplemente a modo de marco para la hipótesis que voy a proponer. No me considero determinista puesto que no adhiero a ninguna de las doctrinas antes mencionadas, o no me consideraba, hasta que descubrí, evidencia de por medio, la auténtica razón detrás del fortuito y loco actuar del Humano: su cabello. No el suyo, amigo lector, sino el cabello abstracto, universal, que cubre, y también descubre, el capot de la especie.

El bicho nace sin pelo, señal de una carencia, de la necesidad de un par que cuide de él hasta… ¿cuándo? Pues hasta que obtenga una cabellera adecuada, que le permita desempeñarse por sí mismo sin contar con la ayuda de sus padres, o mejor dicho, peluqueros de primera línea. Ese es el motivo por el cual estos lo “pelan” cada vez que su aditamento capilar adquiere cierta magnitud, para cercenar su independencia y mantener el control sobre el infante.

Pero el infante crece y junto con él crece el adorno que porta cual toldería sobre el campamento y, llegada la edad debida, el guacho opta por un estilo propio, estilo que va a decidir por él, inconscientemente, el rumbo que su vida va a tomar de allí en más.

Supongamos que se poda medio a las apuradas, al tuntún, sin un patrón socialmente aceptable: esto va a crear, quiéralo el sujeto o no, una personalidad disruptiva, alborotadora, un espíritu poseído por los eternos principios del panroc. O consideremos lo contrario, que el as de las tijeras, el barbero-cirujano medieval, produce un tazado de líneas bien definidas, cuasi matemático: la estructura asentada encima del procesador creará automáticamente, sin intervención alguna del interesado, repitamos, un individuo sumiso a la autoridad y a la imposición de una voluntad externa: hablamos del conocido “peinado de milico”.

El degenerado quizá sea negligente respecto del asunto capilar, y este tal vez se salga de control, tanto que, cuando se lo quiera encausar, sea demasiado tarde; esto tendrá como resultado un jipi, un mugriento, un ser que abandonará al mismo tiempo toda otra forma de cuidado estético para finalmente hacerlo con sus inhibiciones morales e intereses materiales. Sin embargo, si a este caos se aplica un orden, se lo moldea, arroja algo muy diferente aunque en apariencia indistinguible: un jipi careta, alguien que sólo luce el estilo pero no lo practica; esta situación se reproduce en todos los niveles del determinismo capilar, creando personalidades duales, que portan los signos exteriores de una forma pero pertenecen a un género disímil.

El estudio de casos resulta de particular interés y deberá, una vez aceptada la doctrina, extenderse, profundizarse, llevarse a sus últimas consecuencias. Para ello será necesaria la participación continua y exhaustiva de incontables profesionales durante generaciones enteras, que además deberán incorporar el saber, léase nuevas modas peluqueriles, que vaya surgiendo con el transcurso del tiempo. El tiempo, qué gran problema ese; recuerdo párrafos enteros de San Agustín asombrándose por su inaprensividad, de Wittgenstein rindiéndose a su verdad inexorable, y me pregunto, ¿cómo se peinarían? Y ¿cómo influyó ese aspecto en su sistema? Todo esto deberá ser puesto en evidencia por nuestro propio sistema, y también la paradoja inescapable que contiene el hecho de que ésta misma deriva de nuestra experiencia capilar. Pero sigamos adelante y dejemos a futuros expertos la resolución de estos peliagudos temas.

La edad trae cambios que se reflejan, desde luego, en la cabeza. En la parte de afuera, claro, ya que ahora sabemos que los de adentro responden a los exteriores, como en el caso Pluna, esa joda tan grande que involucra a comerciantes inescrupulosos del transporte y autoridades progresistas que, según parece, entienden el progreso como una carrera personal por la adquisición de bienes materiales a través de los instrumentos que el Estado (que somos todos: vos, yo, el facho de Canal 4 -¡todos ellos!- el trosko que junta cinco votos y grita “¡Esto es la dictadura del proletariado!”, en fin, todos) pone a su disposición. Un hijodeputa sin consciencia cívica, si me lo preguntan; a mí que me disculpen pero eso es peor que robarle la jubilación a una abuela, o las pastillas a un diabético o los anticonceptivos a una monja, porque socava las bases de la democracia, la creencia en la representación y el principio de igualdad, a ver si hacen algo, señores de la Suprema Corte, entran-por-una-puerta y-salen-por-la-otra-y-piensan-en-los-derechos-humanos-de-los-chorros-pero-no-en-los-de-nosotros-los-honestos.

Y para no hacerla más larga porque ya me extendí demasiado aunque eran temas tremendamente importantes, lo que quería decir es que cuando te hacés viejo y se te cae el pelo te volvés neonazi y votás a Pedro LacallePou chaumuchasgraciasporsuamableatención.

Dead pixels

En mi vida hubo dos grandes amores: la fotografía y el fútbol. Debo precisar, sin embargo, que cuando digo “fútbol” no me refiero a esa especie de deporte en que veintidós salvajes se disputan con ferocidad animal la supremacía dentro de un campo; no, eso no me interesaba en lo más mínimo. Fútbol, para mí, era lo que practicaba Miguel Ángel Prieto, a quien idolatraba desde que lo viera desplegar sus inmensas e inagotables facultades rodeado de la barbarie más primitiva, y salir de allí cual Indiana Jones de la cueva, con todo y el Santo Grial, sin inmutarse.

La fotografía, por su parte, me había sido impartida por mi viejo, aficionado… al robo, quien en una de sus incursiones furtivas y nocturnas se alzara con una Nikon F5 de la que apenas sabía que “costaba un huevo”. Lo único que le faltaba era un objetivo. A mi viejo, que pronto descubrió su vocación en la sustracción y el comercio de equipos fotográficos, empeño en que persistió hasta que, paradójicamente, fue puesto en evidencia por una cámara de seguridad de un local del rubro, lo que condujo a su detención y encarcelamiento algo prematuros para mi desarrollo.

Quizá debido a esta circunstancia, o quizá por un sentimiento innato de libertad, no adquirí sus hábitos, por el contrario, me propuse adquirir por medios lícitos un equipo digital de última generación, con el fin de dedicarme a este arte de forma profesional.

Trabajé como asistente del renombrado crápula de la imagen don Jacinto O.B.Turador, quien obturaba una moderna y eficaz D3x con la que, de cualquier forma, era incapaz de conseguir una fotografía de mérito. La única que hizo en su carrera no se originó en su creativo visor sino que la tomé yo, mientras perseguíamos al corrupto Ministro Alcázar, quien mantenía reuniones clandestinas con el también corrupto empresario del transporte B. López Menace. Resulta que los sorprendimos en uno de estos cónclaves celebrados en un restaurante local, pero mi compañero y maestro quedó paralizado cuando el Ministro desenfundó una Canon 5D Mark III y lo retrató junto a un mozo del establecimiento, conocido por su hábito de subfacturar las consumiciones de O.B.Turador para embolsarse la diferencia. Yo no dudé, le quité la cámara a mi maestro y disparé, en ráfaga, una gran cantidad de fotogramas en los que registraba cómo López Menace se metía el dedo reiteradamente entre los dientes tratando de quitarse un trozo de lechuga en estado de descomposición. Descomposición, y también sobreexposición, eran defectos que padecían mis fotos, pero como documento resultaban reveladoras de la controvertida relación que sostenían L. Menace y Alcázar. Con ellas O.B.Turator ganó el premio de fotoperiodismo de aquel año, que aceptó sin mencionar mi participación, a pesar de que fue objeto de burlas por las deficiencias técnicas antes citadas. Así nos separamos.

Aquí es donde mis dos pasiones comienzan a aproximarse. Con esta experiencia y con el dinero recolectado en la misma, en parte gracias al duro trabajo de cargar los equipos de O.B.Turador, en parte gracias a la comisión que cobré del cajón de su mesita de luz como recompensa por mis servios, compré un equipo propio de características similares al de mi mentor. Con él cubrí, de manera free lance y arriesgando su integridad, los furibundos partidos de la divisional E, disputados en escenarios tan propicios a la recreación como la plaza de deportes de la favela Praça Seca. Allí debía amarrarme literalmente a la cámara para conservarla, arriesgando en esta operación un secuestro exprés o full time para despojarme de mi tan preciado apéndice.

Poco a poco fui escalando con estos trabajos de mercenario, en periódicos igual de respetables que la divisional sobre la que informaban, hacia mi meta tan ansiada: capturar en mi sensor la consagración definitiva del maestro de la pala, Miguel Ángel Prieto. No hubo penal mal cobrado que dejara de registrar, rencilla con saldo de muerte que no vendiera al alto precio del sensacionalismo, pánico en las tribunas que no colara a través de mis múltiples lentes de extraordinaria nitidez. Cada semana, así en la lluvia más extrema como bajo el sol más radiante (y sin protector UV, salvo en el objetivo) guardaba a aquellas bestias del balón para una posteridad con seguridad más humana, que vería en ellas las marcas de una civilización para la que no tendría herramientas conceptuales capaces de interpretarla. Llenaba cada sábado los discos duros de matutinos como “La garrapata de Capurro”, “Cantos del cante”, “Voces ásperas del arrabal” y tantos otros, que apenas cubrían mis gastos, por demás modestos, de transporte, alimento y protección.

Hasta que llegó la oportunidad que buscaba. El canilla que repartía todas aquellas publicaciones me informó que el fotógrafo de deportes de “El derechón” había sido batuqueado por los parciales nacionalsocialistas de un equipo de básquetbol que a su vez estaban vinculados a la barra brava de un equipo de fútbol financiada por la empresa que ostentaba los derechos de televisión de ambas actividades, del carnaval y de varios quilombos del centro. Al parecer, lo habían confundido con el cronista de “El Izquierdón”, a quien pretendían intimidar para que cesara su hostilidad contra la institución del baloncesto, del balompié, del operador de cable y de los quilombos, pero la golpiza se les fue de las manos y el infortunado se les fue para el túmulo.

El primer encuentro al que asistí fue la recordada final del Metropolitano dirimida a cuetazos en la calle, donde me dispararon tanto como yo a ellos, claro que yo resulté herido y ellos solamente escrachados. Pero mi valor tuvo su recompensa: me enviaron a la final del Clausura entre el equipo del mafioso televisivo y el del mafioso bancario, donde las hinchadas, y los protagonistas, hicieron uso abundante de armas blancas, negras, rojas y de tantos otros colores que ya ni recuerdo. Sobreviví pese a que me dispararon en ambas piernas, y con esto me gané el pase al torneo internacional que celebraba la fiesta multicultural del deporte, la juventud, las drogas sintéticas y el lavado de dinero.

Prieto clasificó a nuestra selección a la final, hecho que nadie, excepto yo, había previsto. Por este motivo, no se encontraba presente ningún otro fotoperiodista de nuestro país, ya que sus empleadores habían optado por enviarlos a cubrir el campeonato estadual e intercontinental de fútbol barro auspiciado por Unicanal (la empresa poseedora de los derechos de televisión y suministro de estupefacientes de la que les hablé). Esta iba a ser la consagración de Prieto y mía, juntos, en el mismo terreno, bajo el mismo cielo y para toda la eternidad. Yo haría de Prieto una celebridad universal con mi fotografía, y él me permitiría mostrar, por fin, mis habilidades técnicas a una audiencia de dimensiones globales.

El partido fue muy disputado, cruel, guerrero. Mi Nikon D4 y su séquito de lentes, filtros, trípodes, etc. se estaban luciendo tanto como Prieto, quien, como no podía ser de otra forma, generaba un fútbol exquisito que opacaba las escasas capacidades de los otros jugadores. Pero el empate se mantenía, como una exposición prolongada realizada con el temporizador averiado. Yo tiraba miles de fotos extraordinarias y me complacía al contemplarlas en el luminoso LCD del coso.

Y sucedió. Como el cliché más elemental de la narrativa, el lugar común más recurrido del género, pasó: Prieto eludió, se escabulló como un drone entre los defensores rivales, llegó hasta la proximidad del arco y fue derribado con violencia desmedida por uno de ellos. Justo en el arco detrás del que me encontraba, desde luego. Vi pasar toda mi vida como un álbum fotográfico en sepia delante de mis ojos, desde el momento de mi nacimiento hasta el presente, a través de una adolescencia carente de la figura paterna, reemplazada por la persona que ahora colocaba la pelota con sutileza en el punto penal.

Medí obsesivamente la exposición, encuadré la que iba a convertirse en mi mejor foto, imaginé cómo el ídolo correría a abrazar al único compatriota que se hallaba en el estadio, ofreciéndome infinitas posibilidades fotográficas para ilustrar las primeras planas de todos los matutinos de la capital del día siguiente. Y luego del partido, en el vestíbulo del hotel, Prieto y yo reviviríamos el momento entre risas y copas interminables, repasando en mi cámara, ese artilugio que tanto sudor, dinero, intentos de rapiñas y sacrificios me había costado, los instantes culminantes de esta consagración colectiva. Nuestra, suya y mía, sólo nuestra, la del mago del esférico y el alquimista de la imagen.

Prieto tomó carrrera. Yo presioné levemente el disparador. Dio un paso corto, luego otro, aceleró la carrera, apoyó el pie izquierdo en el lado exterior del balón y echó hacia atrás esa pierna derecha dispensadora de los tiros más precisos de la historia. Como yo y mi cámara, como Prieto y la pelota, un cuadrilátero cuyas líneas se cruzaban sin cesar en ese momento que la historia retendría en páginas indelebles, por siempre. El botín de Prieto se sumergió en el césped como un U-boat alemán y emergió justo en el lugar indicado, para disprar un torpedo imparable contra las redes del enemigo y hundirlas en las profundidades del olvido. Yo cerré el cuadro sobre el arquero y dejé a Prieto en la zona de los héroes, el infinito.

El balón salió impulsado con fuerza alienígena, viajó a enorme velocidad por el espacio que separa al punto penal de los tres palos, esquivó el poste derecho, tomó curso de impacto hacia mi cámara (yo no pude verlo) y la destrozó, la deconstruyó en cientos, miles de diminutos pedazos, la borró como si hubiera formateado la tarjeta de memoria de la historia, de mis sueños, de los de Prieto y de los chiquilines que nunca verían la foto de un triunfo épico que jamás ocurrió.

Pablito

Pablo está angustiado porque siente que nadie lo respeta ni lo quiere. Nadie, incluyendo a sus padres, hermana, abuelos, vecinos, compañeros de clase; todos lo desprecian. No sabe cuándo ni cómo ni por qué comenzó, si es que tuvo un comienzo y no surgió cuando él ingresó a la vida. Siente que llegó tarde a algo, que los lugares ya están ocupados, que la conferencia ya está en curso y nadie desea que participe. Su opinión no importa, y por eso no tiene ninguna opinión. Pero sabe que algo está mal, porque no puede creer que justo a él le haya tocado esta galletita de caca en el paquete de chocolate. Es algo falso, algo que está ligeramente corrido de su posición normal, pero no puede explicarlo porque él es parte del fenómeno. Él es el fenómeno, mejor dicho. Y no es un “fenómeno” como Suárez, ese al que no le gustan los negros ni los judíos ni los pichis ni los comunistas pero igual lo quieren todos; o ese otro, Pedro, al que no le agradan los negros ni los judíos ni los pichis ni los comunistas ni la democracia parlamentaria ni los maricas pero igual tiene un veinte por ciento de intención de voto en las encuestas; o el Pepe, al que no le gustan ni los negros judíos pichis peruanas que trabajan en Carrasco bizcos etc. pero le cae simpático a todos;  no, no es un fenómeno de ese tipo, él no le cae simpático a nadie y eso que ni es negro judío pichi bizco comunista demócrata formal o peruano sin educación ni papeles. Pablo es un muchacho normal, y quizá esa sea su maldición, una normalidad que no representa nada, que no dice nada, que no inquieta a nadie ni ofrece ninguna variante interesante a los tantos Pablos, mejores en otras tantas cosas, que andan por ahí. No es un facho amable ni un tupa tolerante, no es nada, no gravita, no pesa, no fuma faso ni pelea en la cancha ni aguanta el trapo frente a la caterva que pretende arrebatárselo. A Pablo le roban la merienda, y la plata del ómnibus, y con seguridad también el trapo si tratara de aguantarlo frente al ataque despiadado de la caterva. Pero Pablo no recibe un cuetazo por las acciones que hacen héroes a los demás, ni una vulgar paliza atrás de un contenedor de basura en el callejón de Ejido y Mao Tse Tung; Pablo es pasivo, paciente, anodino, apático, débil, lento, sin personalidad. No le gusta el rock porque en el rock también hay que aguantar los trapos, vaya si hay que aguantarlos, y él no tiene aguante. No le interesa, pero aunque le interesara no aguantaría nada, la verdad. Le sustraerían la bengala y le incendiarían los calzones con la pirotecnia festiva sin que ofreciera resistencia. Sería un bonzo por omisión, Pablito, el guampudo que se prende fuego sin atinar a extinguirse la flama del cuerpo. Es que no lo posee ninguna clase de llama, esa metáfora del espíritu, a su vez otra metáfora del hombre de acción, decidido y valiente, que obtiene lo que desea sin preguntar a quién pertenece, y que cuando aparece el dueño legítimo le da unos toques y le roba los championes. A Pablo le roban el calzado, las llantas, lo dejan a pata y camina sin chistar.

Un día Pablo pasa frente al Necrociclo, la cadena comercial de importación de artículos espurios más importante, y ve algo que le llama la atención. Espera, mientras observa a través del vidrio, que la navaja amiga, que conoce su cuerpo mejor que nadie, se pose cual mariposa sobre sus costillas y alguien le susurre en el oído “dame el celular y los championes y no digas nada o sos boleta”, pero no ocurre nada. U ocurre algo maravilloso: Pablo se siente atraído por las imágenes que brotan, como desechos cloacales, de la pantalla atrapada en el Hades de la circulación mercantil, y no puede quitar sus ojos del intenso radiador de esperanzas. Se va pero sus ojos permanecen junto al dador del honor, el Tácito del capitalismo tardío, al que decide regresar cada día hasta que sea suyo por el mecanismo del intercambio monetario o por cualquier otro menos noble. Esa noche habla con sus padres y, por primera vez en su vida, les pide un regalo, pero su progenitor, que ha estado leyendo libros raros, desconfía de la economía política del signo, y no cede tan rápidamente. Explora el interior de Pablo para observar si su deseo se ha introducido, ha sido inducido, por el estímulo hedonista, por la insatisfacción premeditada que se constata en la cultura dominante, pero desecha la hipótesis y, como diría su madre, le compra el jueguito.

Y Pablo ama y es amado por el jueguito, en el que encuentra, podría decirse, un sustituto virtual de sus ansiedades reales. Se transfiere en el jueguito, se proyecta en él, se traslada a las fauces fagocitadoras del devorador de inseguridades, es capturado por la ingeniería digital del microchip, por la química del silicio. Olvida el carbono, ya no se relaciona con criaturas que sintetizan proteínas del modo en que él lo hace, quiere despojarse de la doble hélice y adquirir una nueva estructura celular más adecuada a sus intereses presentes. Su padre y su madre lo permiten por dos razones, básicamente: a) que uno maneja un taxi y el otro permanece en casa atendiendo las tareas cotidianas; y b) porque Pablo está contento. O eso al menos es lo que parece, ya que ni siquiera ha insertado el mecanismo en que se aloja la actividad lúdica. Pablo recupera con su mente imágenes en las que un zoquete como él, manipulando hábilmente un artilugio como el que ahora yace en sus manos, se convierte en un descerebrado vandálico que somete a quien se oponga a su dominio. Y eso es lo que quiere hacer, claro, es el motivo por el que erogó una cuantiosa suma de dinero al cajero del Necrociclo, que no preguntó si las fibras C de su cerebro se habían estimulado a la vista del Nintendo Weak del que ahora es un feliz poseedor. También podría haber comprado un violonchelo y obtenido el mismo resultado, o una patineta, quién sabe.

Pablito empuja el disco de plástico dentro de la bandeja receptora y espera que cargue, puesto que, cuando esto suceda, él será un vándalo descontrolado que empezará a patear tachos de basura y rostros judeocristianos sin misericordia. El disco gira a velocidad alienígena dentro del aparato, y de pronto aparece una violenta interface que lo invita, o lo obliga más bien, a optar entre varios brutos primitivos que replicarán los movimientos que efectúe sobre el joystick, distribuyendo dolor entre los oponentes según los impulsos emitidos por la palanca de mandos. Elige uno, el más rudo en apariencia, y espera nuevamente a que cargue. Pablito está a punto de convertirse en una bestia carente de las coordenadas axiológicas kantianas, el sistema deontológico adoptado por la modernidad para regular la interacción entre los sujetos. El criminal premoderno por fin se materializa en la pantalla y aguarda órdenes de destruirlo todo, para lo cual ha sido meticulosamente programado por los más talentosos científicos de la barbarie electrónica. Otro personaje se suma al escenario; Pablo ejecuta una serie de movimientos con sus dedos, pero su delincuente invencible es rodeado con astucia por otros de su clase; ve el brillo de una navaja emerger de la campera de uno de ellos y oye cómo éste le susurra a su personaje, ahora indefenso, “dame el celular y los championes y no digas nada o sos boleta”.