La fiesta inolvidable

No sé qué decidió a mis vecinos ni cuál fue el proceso de selección, si es que lo hubo, por el cual llegaron a mí; mucho menos sé, ya que todos los elementos de juicio estaban a su alcance, por qué creyeron que sus bienes estarían seguros bajo mi custodia durante las vacaciones, dado que ellos, tanto como el resto del barrio, conocía mi conducta algo inclinada a la fiesta perpetua. Tampoco era mi responsabilidad informarles, no soy una fuente de datos confiable; he delatado, con mucho placer pero poca precisión, a mucha gente inocente, así como he salvado con mi testimonio a más de un criminal. Pero allí estaba yo, con toda la casa, equipamiento y alcohol de mis vecinos a mi disposición.

Se marcharon luego de una breve conversación, libre de amenazas, en la que señalaron el especial cuidado que debía tener con ciertos objetos, que supuse tenían propiedades rituales para ellos, puesto que su valor no parecía merecer semejantes atenciones. No hice preguntas; acepté, una vez más, su palabra como garantía de lo que a mis ojos eran nimiedades. Apenas vi alejarse la Toyota azul metalizado comencé a hacer las llamadas de rigor; invité a la fiesta a un grupo de amigos, que a su vez extendió la invitación a sus conocidos, quienes a su vez no dudaron en convocar a ciertos desconocidos más que sospechosos, los cuales, llegado su turno, publicaron en todas partes que una juerga muy intensa iba a tener lugar esa noche. Mi reputación, hipócrita lector, mi semejante, ¡mi hermano!, no se logró con globos y cotillón, precisamente.

Mientras inspeccionaba y ordenaba el lugar, requisando el alcohol en el proceso, recordé que mi DJ de confianza había sufrido un lamentable accidente (exceso de mayonesa en un estado -la mayonesa-de deterioro avanzado) en nuestra última reunión, lo que me dejaba sin el proveedor de happiness (y drogas) a pocas horas del evento. Cavilé -mediante un práctico utensilio, digamos- un instante, considerando que la ausencia del DJ supondría el fracaso de mi plan. De pronto, revolviendo unas prendas -separé algunas, como esa camisa parda que tan bien me quedaba-di con la solución: una tarjeta de diseño salvaje, creada por alguien en condiciones de abuso de todo tipo de sustancias y con seguridad privado de libertad, que  anunciaba con gran autoridad las habilidades sobrenaturales del, así presentado, amo supremo de las bandejas. ¡Mi salvador! ¡Mi redentor! Disqué el número de su parroquia; una voz de importante estatura me alcanzó desde vaya a saber dónde:

– ¿Con quién desea hablar? -preguntó.

– ¿Es ud. DJ Vinnie Low?- dije.

– Si lo fuera no se lo diría, mas, si está interesado en contratar sus servicios, quizá pueda ayudarlo-. Esto es serio, pensé. Muy serio. Vaya fiesta nos vamos a montar con este demente del plástico giratorio.

– Por supuesto, por eso llamo. ¿Estaría disponible el señor Low para amenizar una, digamos, celebración con amigos, un ágape cordial entre camaradas, en un ambiente de relajación y amabilidad ilimitados?

– No.

– ¿Cómo que no?

– No es ese el modo en que se accede al señor Low. Deme sus datos, antecedentes en cuestiones de fiesta y los detalles de su consola para que los evalúe Vinnie y, si puedo localizarlo, tal vez pueda contratar a…

– Sí, ya sé. ¿Espero su respuesta, entonces?

– Desde luego que no. El señor Low no responde. En caso de que estime adecuada su oferta, allí estará, no se preocupe.

– ¿Y en caso contrario?- Pero un ruido interrumpió la comunicación, y no logré restablecerla. Me pegué un saque y proseguí con los arreglos del lugar..

Alrededor de las diez comenzaron a llegar los invitados, sin ningún orden; algunos amigos, alguna cara entrevista, quizá (imposible de precisar) en otras ocasiones, y muchos desconocidos de los más diversos aspectos, que le otorgaban a la fiesta un carácter de imprevisibilidad interesante. A pesar de que había obtenido una cantidad de estimulantes nada despreciable, muchos de ellos ya traían los suyos incorporados, adheridos cual cinturón simbádico a sus cuerpos de musulmaniacs suicidas. Con el correr de las horas y el aumento de la concurrencia, sin embargo, comenzaron a alzarse algunas voces que reclamaban diversión, agite, alegría. Yo había confiado mi secreto a los amigos más cercanos, la presencia del DJ clandestino a quien ni siquiera estaba seguro de haber contratado. Traté de calmarme ingiriendo cosas de procedencia casi tan extraña como la de DJ Vinnie Low, pero no conseguía aquietar mis nervios. Comencé a pensar en formas de evadir la vergüenza: provocar un incendio, huir de una casa que ni siquiera era mía, pero era inútil, mi reputación se quedaría allí y se quemaría con ellos. De pronto, como emanada de la propia consola, una figura de cabello en forma de afro caucásico, bigotes que formaban un imposible a(na)rcoiris negro sobre su labio superior y patillas neoschopenhauerianas, empezó a emitir una música de ritmos tan heterodoxos como bailables. Eso sí era un DJ, no la inmundicia que solía musicalizar mis veladas, y todos parecían estar de acuerdo con este, mi veredicto XVI.

La fiesta se desarrolló, durante algún tiempo, con normalidad, la normalidad que la fauna bestial presente permitía, al menos. Pero, como tantas veces, como esos episodios que poblaban mis recuerdos más lejanos, degeneró de un modo proporcionalmente brutal al nivel de los concurrentes; a pesar de que nadie se había atrevido a dirigirle la palabra, o tan siquiera una mirada, a DJ Vinnie Low desde su llegada (o materialización, mejor dicho), un temerario, un patán cuya masculinidad recién adquirida habría demandado un uso más prudente, desafío al músico de vanguardia a poner una cumbia cheta, algo “para tirarse unos pasos, bien para arriba”. Para qué. DJ largó Devoured by vermin de Cannibal Corpse, dejó a un lado, con una solemnidad quizá impropia de la situación, los auriculares, movimiento que duplicó al instante su magnitud capilar, y la emprendió a cachetazos contra el hereje pagano. La gresca y el saqueo se generalizaron  e hicieron vanos mis esfuerzos por preservar los artículos vedados por los propietarios.

Cuando logré evacuar el lugar y disipar el humo y los vapores, comprendí que nada podía recuperarse. La tensión y el cansancio (y tal vez algo más de origen menos espiritual) me depositaron en la cama. Allí me hallaron los dueños de la casa la mañana siguiente, al regresar de sus vacaciones. Tras insultarme, y no esperaba menos, se entregaron a la tarea de cribar los escombros con una furia desmesurada, que me habría resultado casi patológica de no haber presenciado los hechos de la madrugada anterior. Por fin Alicia alzó una pieza y llamó a su marido, que estaba a punto de rajármela, con una sonrisa tan vivaz que disuadió a su esposo; mi curiosidad saltó sobre mis escrúpulos y se posó junto a ellos de un modo que nada en la situación hacía aconsejable, pero no fui rechazado. Alicia sostenía un portaretratos algo chamuscado; “nuestro hijo muerto”, dijo. Miré: el abundante afro caucásico, el bigote, las patillas neoschopenhauerianas estaban allí.

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