1500 años de soledad

Cuando nos mudamos yo estaba triste porque no tenía amigos; bueno, tampoco los tenía en el otro barrio, pero al menos conocía a los que me rechazaban. Mis padres estaban preocupados por verme tantas horas solo, abstraído, soñando con esos malditos trenes como los llamaba mamá. Malditos ellos que ni siquiera me permitían  tener una mascota como cualquier niño de mi edad; según decían, no teníamos lugar, pero bien que teníamos lugar para esa vieja asquerosa que me babeaba como si quisiera disolverme con sus jugos antes de comerme; ya sé que el perro se caga y se mea adentro, pero la abuela también lo hacía y nadie decía nada.
Hasta que un día papá apareció con una cajita muy delicada donde venía ella, descansando sobre una especie de colchón, dormida. Salté y me colgué de su cuello, besándolo casi como cuando la abuela me besaba a mí, con una alegría sincera que no recordaba haber experimentado antes hacia ellos. Papá me dijo que la abriera con cuidado, que le había costado mucho trabajo (aunque esto quería decir plata) conseguirla, y que esperaba que me gustara, y me devolvió el beso con un cariño bastante convincente. Retiré despacio el envoltorio y vi asomar algo verde con una franja amarilla, que no me atreví a tocar. “Dale, abrilo a ver si te gusta”, dijo mamá animándome. No me gustó, me encantó, me enamoré de inmediato de ella; no era un animal sino una 1500 flamante; le di otro beso a cada uno y salí corriendo con la locomotora a remolque hacia mi cuarto.
A partir de ese momento empecé a dedicarle todo el tiempo a mi máquina, que, dicho sea de paso, requería más atenciones que una vulgar mascota con sus limitadas demandas de alimento y aire fresco. Una locomotora necesita un ambiente adecuado, que le construí, reproduciendo la remesa Peñarol a escala además de una pequeña playa de maniobras para que pudiera pasearse libremente y tener contacto con otras criaturas de su especie.
Si mis padres pretendían que la responsabilidad de tener algo de que ocuparme me hiciera más sociable e inculcara ciertos hábitos y rutinas, el experimento resultó un fracaso absoluto; no es que descuidara a la locomotora sino todo lo contrario, que no podía hacer más que eso. Las cosas en la escuela comenzaron a ir mal, sobre todo porque a la maestra se le ocurrió la ridícula disposición de no permitir la entrada de locomotoras al salón, equiparándola con cualquier bicho ordinario. Mis compañeros no eran particularmente simpáticos con ella, como tampoco lo eran conmigo, y eso contribuía a mi creciente indiferencia hacia ellos. Si antes nadie me comprendía, ahora habían abandonado todo intento de hacerlo.
Yo pasaba las tardes mostrándole a mi 1500 sus ancestros, explicándole cómo, cuando creciera, ella sería como aquellas bestias majestuosas y se deslizaría con elegancia sobre las vías de la misma forma que ellas. Un día la llevé a Carnelli para que viera a otras GE hacer maniobras; la puse frente a una y ella la miró asombrada desde su corta estatura, encendiendo las luces de posición como un perrito cuyos ojos se iluminaran a la vista de otro cachorro. Pero la grande, rugiendo enojada, salió a toda velocidad dejando tras de sí una oscura pluma de humo negro similar al aliento alcohólico de un mayor malhumorado. Yo la tomé en brazos, consolándola, y nos fuimos a casa. Creo que me sentí maravillado por nuestro parecido.
Sin embargo, mis padres veían cada vez con mayor inquietud esta relación, para ellos incomprensible. Se hartaron de mi insistencia en que la locomotora iba a crecer e incorporarse al parque de AFE. Esto los decidió a llevarme con un profesional (“¿un mecánico?” pregunté, ingenuo); si ellos no lograban convencerme de que esa máquina era sólo eso, un artefacto inerte, que jamás iba a crecer, pues un psicólogo tendría que hacerlo. Yo accedí con la única condición de que la locomotora estuviera presente en la sesiones; mis padres se negaron, pero parece que, luego de consultarlo con el doctor, éste estuvo de acuerdo.
– ¿Te gusta mucho esa máquina, no?- preguntó.
– Claro, ¿a ud. no?
– Sí, es muy linda. Pero tenés otros amigos además de ella, ¿verdad?
– Sí, por supuesto- mentí.
– ¡Mentiroso! ¡No tenés ningún amigo, por eso estás acá! ¡Encima de loco sos bruto embustero!- gritó enfurecido. Me puse a llorar. Creo que la máquina también, o tenía una pérdida de agua, como la 1519- No llores- continuó- Cuando yo tenía tu edad también tenía un muñeco con el que conversaba y pasaba muchas horas. Es normal, no tiene nada de malo. Pero tenés que entender que un muñeco de Louis-Ferdinand Céline  o un ciempiés asqueroso de dos metros o una locomotora diesel eléctrica Alco de 1500 caballos, fabricada en Schenectady, Nueva York, en 1952, no son verdaderos amigos aunque les hables, y que tarde o temprano, cuando crezcas, vas a tener que aceptarlo, porque ella no va a crecer como vos. Y cuanto antes lo hagas, mejor. Por eso estás acá- dijo.
– ¡Ella sí va a crecer, ud. no entiende! ¡Es como todos los demás, como mis padres! ¡Déjeme en paz!
– Tenemos que trabajar sobre esa ira también. Pero para el primer día es suficiente, veo que estás muy tenso- y me pegó un sopapo antes de echarme del consultorio.
Me fui muy triste, en el auto no quise hablar (salvo con la 1500, claro) y me encerré en el cuarto al llegar a casa. Pasé muchos días así, en la escuela mis compañeros me ignoraban porque era el loco que hablaba con el juguete, la maestra no me dirigía la palabra, el psicólogo me gritaba por cada respuesta que le daba y mis padres estaban sumamente decepcionados porque yo seguía creyendo que la máquina iba a crecer un día y siempre íbamos a ser amigos. Desearon no habérmela comprado jamás, lo que me resultó muy cruel, porque al fin y al cabo ellos habían pensado que esa era la solución. Era como esos que tienen un hijo enfermo y lo culpan de la situación en lugar de culparse ellos por haberlo tenido. La abuela, a todo esto, seguía haciéndose caca y pichi.
Tuve algunas sesiones de terapia más, que no produjeron resultados. El doctor no era malo, pero se estaba dando por vencido y aconsejó internarme una temporada lejos de los trenes y en especial de mi locomotora. Tuvimos una reunión familiar esa noche; todos lloramos mucho, menos la abuela que se hizo caca. Estaba decidido que, si no había ningún cambio en las próximas semanas, iban a seguir la recomendación del psicólogo. Me fui a dormir muy deprimido; dejé a la locomotora en la remesa, después de darle arena, agua y combustible, y le di las buenas noches pidiéndole que no se preocupara.
De madrugada, mientras todos dormíamos (excepto la abuela, que estaba en el baño) escuchamos un estruendo terrible, como si la casa estuviera derrumbándose. Papá y mamá se encontraron conmigo en el comedor, con el susto en el lugar de la cara que debía ocupar el sueño. Se miraron sorprendidos porque yo tenía una enorme sonrisa y observaba el lugar por el que la locomotora, de casi diecisiete metros de largo, tres y medio de ancho y ciento dos toneladas, acababa de salir. Me sentí triste al pensar en cuánto iba a extrañarla, pero, al menos, estaba seguro de que no iba a ver más al psicólogo.

Felisberto, ese hijo de Proust

Hoy estoy en una cárcel que no puedo identificar, pero permítanme, ya que no sé si saldré de aquí alguna vez, referirles las circunstancias que me trajeron a ella; quizá así sirva a alguien que se encuentre en situación análoga y mi posteridad cobre de esa manera alguna importancia para esa persona.
Todo empezó la última vez que pasé por la localidad de Mansavillagra en tren, viniendo del exótico pueblo de Nico Pérez, o Batlle y Ordóñez, o como sea que se llame. Llegando a Mansavillagra, la mitad del convoy aproximadamente decidió no seguir, acostándose como un animal cansado sobre su abdomen, o sea que descarrilamos. Yo quedé a cargo de la locomotora mientras el personal iba a verificar los daños, pero me aburrí, agarré una yarará, amarré un extremo a un tala cercano y el otro a la malla de enganche, y me senté a leer debajo de un árbol. De él se descolgó el profesor Francisco “Paquete” Espínola, bajando con una crucera como liana, y sin siquiera presentarese, dijo:
-Me gusta cómo ató a su potro, m’hijo.
-No es potro, es un tren- respondí.
-Con razón relinchaba tan fuerte. ¿Qué está leyendo?
-A Felisberto
-Perfecto. El próximo 29 de febrero a las 3 a.m. celebramos el congreso anual de literatura y misa gaucha en nuestra Universidad; este año está dedicado a Felisberto. Nos honraría contar con su presencia. Hasta el momento está confirmada la asistencia del doctor Armando Las Heras, más la mía, por su puesto. Yo dirijo el departamento de lenguas eslavas y literatura centroeuropea, pero voy a leer una monografía sobre nuestro autor. El doctor Las Heras, por su parte, prepara una sorpresa íntimamente ligada a la obra de Hernández, aunque no dio más detalles. ¿Qué le parece?
Curiosamente no evaluó mi competencia o estudios, simplemente me invitó a participar a partir de un muy superficial contacto establecido gracias a dos ofidios locales. Después de consultarlo acerca de las comodidades, paga y publicaciones que surgirían del simposio, acepté. Antes de que se retirara, pregunté si era necesario que asistiera también a la misa gaucha. Dijo que no, pero que no respondía por las consecuencias que pudiera traerme, y de inmediato trepó por su culebra y se perdió en el monte criollo. Gracias a los buenos oficios (que no ofidios) de mis anfitriones, el inconveniente quedó subsanado y seguimos viaje, previa liberación de la yarará que había cumplido su función de forma admirable. Fue así como tuve tiempo de ponerme a trabajar de inmediato en lo que sería mi ponencia.
Elegí como tema las novelas cortas, o cuentos largos, de la etapa intermedia de Felisberto: Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Tierras de la memoria (como los estudiosos suelen agrupar estas tres obras en un mismo conjunto, no comprendo cómo a nadie se le ocurrió llamarlas “Por los tiempos del caballo perdido de Clemente Colling en las tierras de la memoria”, cerrando así la pretendida unidad de las mismas; disculpen la digresión)

Avancé lentamente al principio, pero pronto encontré las claves de mi búsqueda e hice importantes progresos, que se tradujeron en dos párrafos y unas trescientas palabras; suficiente como comienzo, a mi juicio. Para el 28 de febrero a las 2 a.m. tenía los mismos dos párrafos y me faltaba lo más importante, el título. El título del ensayo y el título habilitante que me permitiera ofrecer una conferencia apoyándome en los conocimientos necesarios. Cuando salí de Nico Pérez en un salvador 632 a las 22 horas, sólo había agregado el título del estudio: Felisberto, ese hijo de Proust.
La única comodidad que puedo reconocer al tren, en esa zona, sobre una larga marcha como la de Mao, es la de la escalera mecánica: te transporta a paso de hombre pero sin mover las piernas. Llegué sobre la hora de comienzo, siendo yo el primer orador, además. Entré corriendo con la hoja arrugada en la mano, sin reparar en la asistencia, la sala o los demás disertantes. El paraninfo estaba a oscuras. Grité desde el atrio para verificar si los demás estaban en sus lugares, y al recibir como respuesta una especie de gruñido telúrico primordial, di comienzo a la lectura de mi tesis. Era sumamente breve, por lo cual duró lo que la vida de un picado por una yarará. Se encendió una luz tenue, y recordé paradójicamente el cuento Nadie encendía las lámparas. Hice mención de esta coincidencia pero nadie rió. Frente a mí vi recortarse la figura de “Paquete” Espínola en la oscuridad, terminando apresuradamente su trabajo cual torpe estudiante de secundaria retrasado por la adicción a los juegos de video. A su lado se hallaba el doctor Armando Las Heras, armando, pleonasmo material, un cuete sin prestarme la menor atención. Sólo procedió a desplazar el gerundio a otro verbo, dado que ahora lo estaba fumando. Sin embargo, debo destacar que un treinta por ciento de la concurrencia recibió mi lectura con gran entusiasmo, aplaudiendo con arrebato a su término. Puesto que éramos tres los presentes, queda claro que el que aplaudió fui yo, claro. Seguidamente, el profesor Espínola, tras una introducción en moldavo antiguo que habría dejado al conde Drácula como estaqueado, pronunció su triste e incoherente conferencia, terminada apenas unos minutos antes. Nadie aplaudió, nadie encendió las lámparas; yo tosí y miré hacia el vasto cielo de la campaña que se abría iluminado por las estrellas como los ojos del acomodador. El Dr. Las Heras no estaba. La misa gaucha se preparaba afuera, aunque las ideas de fuera y dentro resultaban bastante peregrinas en aquella totalidad indistinta que comunicaba un lugar con otro sin límites distinguibles. Yo tenía que partir antes de que los gauchos veneraran, como lo había acordado; las tradiciones criollas me causan profunda aversión. Más aún, pensé que me iban a ofrecer en sacrificio a Horacio Guraní, hacer morcilla con mi sangre y cocinarlas junto a los huevos de toro en la parrilla. Se me ocurrió que los toros no ponen huevos y eso me tranquilizó por un instante. Pero también tenía que cobrar, y esta es una deidad que yo no postergo bajo ninguna circunstancia, por infortunada que sea. Eran las 3:15; a las 3:20 tenía un 634 que, de perderlo, me dejaría varado en aquellas tierras baldías por siempre (los gauchos planeaban volar las vías tras su paso, de modo que pudieran establecer una sociedad primitiva entregada al culto paisano sin intromisiones externas; yo conocí estos planes al llegar, lo que me impidió adoptar una postura menos obediente a tiempo)
Pero antes de que todas estas intrigas accidentales se aclararan, se aclaró la estratagema felisbertiana del Dr. Las Heras; tan transparente resultó ser que su nombre, para un experto, habría sido indicio suficiente para conocer sus intenciones desde el principio. Junto al espía de la KGB entraron los agentes de la policía política rusa; Felisberto era un auténtico hijo de Proust y esto fue lo último que entendí con claridad antes de ser conducido a la prisión donde hoy escribo estas palabras.

Apocalípticos y desintegrados

Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido. (Paul Valéry)

La biblioteca era para él la rampa más amplia de la ciudad, nada más. La visitaba para practicar maniobras como el Cervantes slide (aunque, desde luego, no sabía quién era el rostro de half pipe) para las que se prestaba naturalmente, pero jamás había entrado, no por razones ideológicas o creencias de algún tipo sino porque no lo dejaban entrar con la tabla. Esto le valía las burlas de sus amigos, quienes no se cansaban de fustigarlo con el lugar común de que los libros no muerden. Los muertos tampoco y sin embargo no entraba al cementerio sin motivo.

Mientras tanto, sus compañeros se tragaban los libros, negando la propiedad (eran anarcos matemáticos, como Sexto Empírico) conmutativa y demostrando de este modo que los humanos sí constituyen una amenaza para estas criaturas de papel. Así fue como se convirtió en el paria del grupo, todos brillantes alumnos. No por sus destacados logros académicos sino por asistir al liceo Ilmarinen de Fray Bentos, próximo a la planta de Botnia. Además de esto, eran alumnos brillantes en el sentido académico.
Pero a él no le preocupaba para nada esta circunstancia, ya que su opacidad quedaba ampliamente compensada por las habilidades patineriles de que ningún nerd podía presumir. Tenía onda. Y también chumbera, y gomitas, y cerbatanas de canuto de birome (de canuto para que no se las descubrieran) y no le importaba la dieta celulósica del resto de la clase. Los clásicos, según lo entendía, eran los equipos rivales de la papelera y Gualeguaychú.
Hasta el momento su desempeño estudiantil se había basado, como el acopio de granos de Saman, en los trenes. Los formaba de cualquier largo y características requeridos, ganándose el apodo de Lorenzo Carnelli. Los exámenes finales se acercaban y él mantenía un régimen de skate en el desayuno, almuerzo y cena, en contraste con la degustación de libros de los demás. Su padre, como casi cada persona que veía cómo patinaba hacia el infierno (recordando aquel gran disco de los Satanic Surfers, una de sus fuentes de inspiración, no así de agua -?-) lo instaba a que, bueno, agarrara los libros, porque no muerden, como todos saben. Pero él solo calculaba el largo del tren que necesitaba para la ocasión, como haría un buen ayudante externo en Bella Vista, por otra parte.
Cuanto más cerca de los exámenes estaba más crecían las exigencias del convoy, al punto de sobrepasar su reconocida capacidad para ensamblarlos. En este caso demandaba medidas que empujaban los límites, las que sólo el auténtico skater, o el más imprudente controlero de AFE, puede aplicar. Había más precauciones que en la línea a Río Branco. Entró en pánico. Debía cambiar la estrategia, pero tenía menos decisión que el delegado de Burkina Faso en la ONU. Faso, faso; sí, eso podía ayudar. Armó uno para ponderar con más calma las opciones. No ayudó demasiado, al menos en cuanto al problema que lo ocupaba antes. “Los libros no muerden”; la frase seguía rondando su cabeza como Tony Hawk el Vans Warped Tour, no obstante su inveterada enemistad con los seres hojaldrados aparecía como un obstáculo mayor que el nose slide logrado en 1999 tras años de ensayo.
Al otra día se dirigió a la biblioteca, pero en esta oportunidad no iba acompañado de su tabla, lo que causó una conmoción mayor que la caída del muro (de facebook) entre sus colegas. Entró rodeado de un silencio tan profundo que Nessi podría haberlo habitado sin ser descubierto, como de hecho sabemos lo hace en el lago Mike Ness. Atravesó las salas como si se tratara de la tumba del Faraón, fijándose en los detalles para arrancarles el secreto que guardaban, explorando por primera vez las frondosas paredes cubiertas de objetos prohibidos de tierras lejanas. Nadie se interpuso ni preguntó los motivos. Nadie solicitó una tarjeta o registro. Aquello era tan insólito, estaba tan fuera de lugar como Bordaberry en un parlamento democrático. Avanzó hasta el mostrador, se acercó a la sorprendida bibliotecaria, para quien un intento de violación habría tenido más sentido que las palabras que iban a brotar de su boca, y dijo: “dame los libros de texto de estas materias” extendiéndole un papel que, de acuerdo a los antecedentes, debía decir algo como “dame toda la plata y no hagas nada o sos boleta”. La chica se paró y lo acompañó, abriéndose paso entre los incrédulos, que no atinaban a ingresar este dato incoherente en su sistema de creencias hasta recabar más información.
Llegaron a una sala acondicionada, según parecía, para esta eventualidad, ya que no se veía a nadie cerca. La chica subió una escalera con la agilidad de una cucaracha o una bibliotecaria, que no suelen ser muy distintas ni es posible distinguirlas la mayoría del tiempo. Reptó, crepitó, chilló y se escabulló entre los estantes con la familiaridad del hábitat natural, recolectando los volúmenes descritos en la esquela. Luego hiló una fina cuerda de seda arácnida y bajó con toda la bibliografía solicitada. Muy útil invento evolutivo las bibliotecarias. Él la miró con una mezcla de incredulidad y ternura, seducido por la demostración. Miró los recipientes del saber con la misma extrañeza pero mucho menos cariño. La joven desplegaba sobre su materia el mismo virtuosismo que él sobre la patineta, y eso los emparejaba en cierta forma. Sin embargo, desde otro punto de vista, ella seguía siendo un insecto, un habitante del polvo y la sombra, y él un bicho que rodaba por el asfalto en un mundo iluminado por el cosmos. Ambos comprendieron con amargura que lo que sugería ese fugaz contacto era imposible.
Ella se inclinó para decirle algo al oído, abrazando los textos como la madreselva al árbol que la sostiene y del cual se vuelve una parte inseparable. Él le sonrió con la simpatía de la maestra preescolar al tomar a su cargo a un niño, sabiendo lo que le espera (al niño, claro) La muchacha se corrió un mechón de pelo o un ala hacia atrás, fijando sus dos grandes (o quién sabe cuántos, en realidad) ojos inquisitivos en el chico, ojos que alojaban una pregunta compartida por todos los que lo conocían y quizás una advertencia que no se atrevía a pronunciar. Pasaba los dedos o patas por la cubierta de los tomos como si leyera en ellos el secreto en braile que las bibliotecarias custodian. Él seguía el ritual con la distancia que impone lo desconocido, suponiendo que esa era la manera habitual de entregar aquellos objetos en el templo que los protegía. Imaginó razones de toda índole para este procedimiento, sin olvidar que trataba con una criatura cuya esencia le era completamente ajena. Estaba a las puertas de unos dominios que sus pies no habían pisado ni sus ojos visto antes. Estiró una mano hacia la chica como muestra de confianza, y la apoyó en su brazo, dándole a entender que era el momento apropiado, que estaba listo para ingresar en aquella hermandad exclusiva a la que no pertenecía. Ella parecía abrigar una duda que se refugiaba detrás de estos gestos, escondiéndose cada vez más atrás ante cada avance, como una cucaracha en una biblioteca, pensó. Pero parecía inútil toda resistencia ulterior. Algo se estaba quebrando, deshaciéndose sutilmente como una bola de algodón, apenas perceptible. Había llegado a la frontera de su territorio y debía dejar que el extraño se adentrara más allá, no tenía ninguna potestad que alegar, aún si la duda se obstinaba en quedarse junto a ellos, mojón y aviso al mismo tiempo. Le indicó con la mano libre un escritorio coronado por una lámpara cenital donde podía ubicarse, sosteniendo todavía con fuerza los libros con la otra. Se resignó a verlos partir desde aquel muelle sin río, y sintió como una lágrima pugnaba por abrirse paso desde algún lugar no identificado de su interior. Hizo un esfuerzo por asumir lo inevitable y contener la inundación incipiente, luchando en dos frentes como el régimen nazi. Tal como este, se derrumbó sin ofrecer batalla. Alargó la mano escolta con los valores indefensos, susurrando con una sonrisa de aprobación: “¿viste que no mordían?” El chico los tomó con la ceremonia correspondiente, sin eludir la generosidad de la alimaña, y se alejó hacia el sitio asignado por ella. Cuando por fin quedó a solas con los libros, éstos lo devoraron con el deleite de una venganza largo tiempo esperada.

The house by the quilombo

Estábamos en la sociedad de 25 de agosto. Conocía las historias sobre los fenómenos paranormales que alberga, pero al verga que esto escribe jamás le parecieron más que mentiras burdas. Aquella noche también escuché incrédulo varios de esos relatos antes de irme a acostar.
Jorge fue el primero en retirarse ya que era el primero en tomar servicio la madrugada siguiente. Los demás nos quedamos charlando un rato más, pero la conversación se fue extinguiendo casi sin advertirlo, como el vino de la caja y las luces de las pocas casas cercanas. En el silencio que se apoderó de la habitación, sólo las tenebrosas sombras de los árboles que rodean la casa nos sacaron del estado de perplejidad en que habíamos caído. Sin decir una palabra, todos nos levantamos y nos dirigimos a nuestros cuartos.
Me metí en la cama mientras escuchaba los pasos firmes en el piso de madera, procedentes de las otras piezas. Luego, otra vez el silencio; no quedaba nadie despierto excepto yo. No quería comportarme de forma sospechosa, sobre todo porque hacerlo me habría delatado ante mí mismo y me habría encontrado aceptando algunas de aquellas fantásticas historias. Sin embargo, estaba atento y no quería ceder al sueño, a pesar de haber cedido (y mucho) a sus cómplices más cercanos: el alcohol y la apatía. Mantuve la vigilancia gracias a una voluntad que ni el vino más picado podría quebrar. Las horas brotaban del reloj con lentitud y saltaban al vacío de la noche sin titubeos. Podía escucharlas ejecutar su acto con la regularidad con que un plancha acude a su proveedor de drogas. A las 3:30 a.m. Jorge se fue a trabajar, alterando apenas la profunda quietud, que regresó tan pronto como él se hubo marchado.
De pronto, alguien se despertó, se levantó de la cama y salió fuera de la casa sin motivo alguno. Antes de que pudiera ensayar una explicación, otro lo siguió con la misma inquietante determinación; y así, uno a uno, los demás hicieron lo mismo con la exactitud con que Gardel revive en las horas pares en radio Clarín, para volver a morir durante la hora siguiente, como un zombie con temporizador incorporado. ¡Todo era verdad!
Tenía que investigar. Primero investigué, cual gourmet preparando tortilla española, si tenía huevos suficientes para investigar. Pero no había tiempo para sutilezas; si me quedaba esperando, era probable que terminara lanzándome afuera como el resto. Escuché una música lejana y decidí averiguar de dónde venía y si tenía algo que ver con los extraños acontecimientos que acababa de presenciar. Un poco arrastrándome (no por necesidad sino por el miedo), otro poco a tientas (no por la oscuridad sino por el pedo) llegué hasta el umbral de la puerta principal. Estaba abierta, signo inequívoco de que habían salido por allí, o de que alguien había entrado y mis compañeros se habían tirado por el water, quién sabe. Estaba solo. Otro hecho paranormal considerando que ni siquiera soy ferroviario. ¿Qué hacía allí?

Vi una luz roja cruzando la calle; la música brotaba de ahí. ¿Un templo umbanda, un rito satánico, un portal al más allá? Nada de eso: un quilombo, y allí estaban todos. Misterio resuelto.
Volví a la cama, solo, tranquilo, a esperar que amaneciera. Cerré los ojos. Cuando me estaba durmiendo volví a escuchar pasos, ahora mucho más cerca y aproximándose cada vez más. Me había distendido de tal manera que ahora el terror fue mucho más intenso; estaba paralizado y era incapaz de hacer nada. La figura cobró forma ante mis ojos y no tuve duda de lo que estaba viendo: “¡Sos el fantasma de Jorge!”, grité, pero la voz contestó con tanta rapidez que no tuve tiempo ni de morir infartado: “Fantasma tu hermana. Me olvidé del termo, tragaleche”, y se alejó haciendo un ostensible fuck you.

Ferrofilia

Dos locomotoras de distinta especie apareándose de manera natural (?)

toda la gracia tardía de una lluvia que cesa

con la caída de una noche

de agosto

Samuel Beckett

Adorables. Como un koala. Sin importar cuánto le chupe un huevo el patrimonio, la nación, la herencia o la tradición a alguien, a ese alguien seguramente le gusten los trenes y no tenga razones para defender su preferencia. Sí, como Bentham con las clavijas y la poesía, no hay elección racional posible en este asunto.

Es probable que también existan aquellos que se comerían un koala en dos panes, que lo violarían sin contemplación antes de cocinarlo en una olla de aceite hirviendo, decapitamiento de por medio. Pero son enfermos, marginales, psicópatas, cincópatas por qué no (¿sexópata es un adicto al sexo o un ser de seis patas? ¿las locomotoras son sexópatas, entonces?) De igual manera, debe haber quienes detestan a los trenes de tal forma que si la química del silicio no estuviera (tan) reñida con la del carbono, harían lo propio con ellos. Pero una locomotora Alco no es un choripán, de modo que hasta acá (señalando el límite de la analogía) llega la analogía.

Sin embargo, más interesante, aunque igual de desquiciado, es el caso inverso, aquel en que el sujeto siente una atracción patológica tal hacia la criatura de sus desvelos que, con perdón de las buenas costumbres, se lo cogería. Al osito sí, u Ozzy-to (**) si es fan del heavy metal (y la afinidad parece evidente) y también a la locomotora, siempre con la reserva de que la química del carbono no se aviene con la del silicio. Es por eso quizás que estos casos son menos frecuentes entre los aficionados a los trenes que entre los adoradores del koala, ya que puede constituir una ventaja evolutiva el desarrollo de sentimientos hacia otros seres de carbono, mas no así hacia los de silicio. Menos frecuentes dijimos, pero no por ello inexistentes.

Y es así como llegamos por fin a la historia de L.H., connotado ferroaficionado local que llevó al extremo su amor por estos artefactos inanimados. L.H. aspiraba a ser el aficionado supremo, el más perfecto ejemplo de amor incondicional por los trenes, pero, al mismo tiempo, se vio involucrado en un incidente con un grupo de pares que cuestionaban su lealtad hacia el hobby (y, por qué no, hacia el hobbit, o enano)

L.H. padecía además el Síndrome de Asperger, una de cuyas características esenciales es la comprensión literal del lenguaje, y fue esto lo que finalmente condujo a su caída. En medio de la agria disputa, con (dis)puteadas en ambos sentidos, un antagonista lanzó a L.H. el insulto que cambiaría su vida: “hacete dar por una 1500 en celo, culo roto”.

(*) Apéndice: prácticas sexuales de las locomotoras.

Ménage à trois: Las máquinas de la foto más una 2000.

Voyeurismo: Idem. pero con la 2000 mirando.

Sexo adúltero: La 2000 con una de ellas. Y la otra mirando.

Pedofilia: Cualquiera de ellas con una 200 (GE)

Necrofilia: Cualquiera de ellas con la 1612

Sexo interracial (y pedófilo): Idem., pero con la 205 (sutil)

Sexo interracial, pedófilo y necrófilo: Idem. pero con las 411-18

Sexo anónimo: Cualquiera de ellas con la Alco S-1 (!!??)

Gerontofilia: Idem., con una vaporera

Masoquismo: Cualquiera de ellas en 4 (o en 6) con la otra dándole topes.

(**) Ilustración del Ozzy-to



Berchesi, la ira de Dios

Yo, la cólera de Dios, me casaré con mi propia hija, y con ella fundaré la dinastía más pura. Juntos… reinaremos todo este continente. Resistiremos… Yo soy la cólera de Dios… ¿Quién está conmigo? (Aguirre, la ira de Dios. 1972)


Cuando Werner Herzog pergeñó este magnífico film, donde la ambición ilimitada y la determinación para alcanzar una meta irrazonable dan paso a la locura, con seguridad no imaginó que el realizador de culto Daniel Lucas iba a encontrar un paralelo más pertinente que el suyo. Y en definitiva, eso es lo que convierte a este plagio descarado, que en otro contexto sería pasible de acciones legales, en un auténtico clásico del consagrado director independiente.

Con unos planos aéreos inmoralmente reminiscentes de la cinta mencionada, que muestran la devastación y la soledad del patio de los talleres Peñarol, Lucas establece la premisa que servirá de fundamento a todo lo que sigue. Berchesi se erige, al igual que el conquistador Lope de Aguirre, en la voz de la civilización sobre la barbarie, de la Historia con mayúscula sobre el mero acontecer, a fin de justificar su obra ante sus semejantes y ante sí mismo.

De forma casi metanarrativa y decididamente anacrónica, Daniel Lucas inserta aquí una reflexión sobre su propia tarea como creador, de una pretensión tan inusitada que ni siquiera Godard se atrevería a ensayar. Tras esta patética digresión continuá el asalto a la historia del Cine (también con mayúsculas): Lucas se apropia a diestra y siniestra elementos formales y técnicos para conseguir su grandilocuente propósito, de la misma manera que Aguirre y Berchesi, como vimos.

Sólo Klaus Kinski podría interpretar este papel… si estuviera vivo, claro. Pero el director no se amilana y convoca ¡al mismísimo amo de las tinieblas, Juan Berchesi!

Con este recurso Lucas revierte todo lo que señalamos antes; la degradación, la angustia tangible, la depravación más palpable se vuelven tan naturales que sólo un bebedor de naftalina contumaz podría negar el talento desplegado.

Berchesi logra su propósito hundiéndose a sí mismo en la tragedia, testimonio de una voluntad ciega equiparable a la del bicho canasto en sus mejores momentos. Desde luego que, a diferencia del héroe de Herzog, este vendió hasta el barco, los marinos y la corona en el proceso.

Imprescindible.

Deconstruyendo Falsche Bewegung

 

No hablemos, pues, mal de nuestros tiempos; no son peores que los pasados. (Silencio.) Claro que tampoco debemos hablar bien. (Silencio.) No hablemos (Samuel Beckett, Esperando a Godot)

Hasta el minuto 12 la película transcurre exactamente igual que Falso Movimiento de Wim Wenders. En ese momento ocurre una bifurcación, tanto metafórica como real, donde Wilheim se apea del expreso de larga distancia a Bonn en que viaja y aborda el Schienenbus Uerdingen de cercanías detenido en la estación.

A partir de ese instante el aspirante a escritor ya no buscará las palabras que expresen sus conflictos espirituales y los de una Alemania de posguerra desgarrada por la apatía y el desconsuelo, simplemente buscará la paz que el ferrobús no puede proporcionarle.

Sus intentos de comunicarse se ven frustrados uno tras otro; cuando a su lado se sienta el filósofo posmarxista Jürgen Habermas y Wilheim pretende apelar al autor de Erkenntnis und Interesse para obtener algunas pistas vitales, la deplorable suspensión del coche malogra el diálogo.

Poco después suben el escritor irlandés Samuel Beckett y el Canciller de Alemania del Este Wilhelm Pieck, pero la situación se resuelve, o no, del mismo modo que antes; Beckett vería en esto una analogía del absurdo de la vida y Pieck la bancarrota del transporte capitalista, pero ambos son incapaces de comunicar sus opiniones al protagonista. Éste trata de leer a Heidegger; el libro cae de sus manos. Pretende escribir prosa proletaria tardía alemana; solo consigue hacer garabatos sobre el papel.

La desesperación de Wilheim es ahora palpable, material, ya no metafísica e inexpresable. Uno a uno sus esclarecidos acompañantes descienden del tren, dejándolo en la más opresiva soledad que la cámara haya retratado desde Tystnaden de Bergman. De todas maneras nuestro héroe ya se ha resignado a la imposibilidad de la palabra en cualquier plano y de este modo, acepta la indeterminación ontológica fundamental que rige a todo ser, lo que no evita que se precipite en la profunda medianoche de la razón.

Una única oportunidad resta entonces para la redención. El silencio de Dios y del mundo lo atormentan a tal grado que aparta su precaria convicción existencial y ruega al Creador por una señal. Dios responde con la presteza y la imprudencia propias de un coso omnisciente que se regodea en la inacción constante: cuando intenta poner a peligro la señal de entrada de Sudriers (*), desconociendo el mecanismo, es arrollado por el ferrobús (**) y muere in situ.

Wilhelm impreca a Dios por su indiferencia sin siquiera sospechar que éste estaba más cerca de lo jamás creyó: bajo las ruedas del infame vehículo.

(*) Sudriers, Bonn. Como París, Texas. Un guiño hipertextual a otra de sus obras.

(**) Basado en un relato que me fue transmitido vía tradición oral ferroviaria: el médico de Empalme Olmos fue atropellado por un tren mientras el guarda clamaba por la presencia del galeno.

(**) Hanna Schygulla en un papel olvidable. Sobre todo porque no aparece en el film.