Cuentos Incompletos

Caminaba distraído por la feria de Tristán Narvaja cuando divisé la tapa de un azul violento que brotaba de la mesa como una extensión del bóveda celeste, y me lancé sobre él de inmediato, antes de que alguien más lo descubriera y me despojara de la preciosa gema. Ni siquiera regateé el precio con el vendedor, es más, creo que tampoco reparé en la cantidad de dinero que ofrecí a cambio, porque eso no me importaba, como ya no importaba conseguir otro libro; no había más libros allí o en todo caso yo era incapaz de verlos, cegado por la cubierta azul luminosa que obturaba mi campo visual.
Rápidamente lo metí en la mochila y huí hacia un lugar tranquilo donde pudiera examinarlo. Lo extraje; su brillo perfecto reflejaba los rayos de sol que se colaban curiosos para admirarlo, y yo se los escamoteaba ya que era mío, sólo mío, siempre mío de aquí en más. Posé mi vista en los caracteres que se dibujaban sobre aquella superficie, olas en el océano azul profundo en que se agitaban: Cuentos Completos, Francisco Espínola, editorial Arca, eran sus señas particulares.
Deseé sumergirme en sus aguas allí mismo y dejarme arrastrar hacia la Atlántida telúrica que contenía, náufrago de páginas arcanas navegando a la deriva por las narraciones recónditas apenas sugeridas. Pero no era el lugar adecuado, y apenas si di una mirada al índice para saborear el manjar antes de probarlo.
Ya en casa, a salvo de depredadores y otras amenazas, me dispuse a leer sin aceptar interrupciones. Atravesé el corto prólogo, más bien innecesario, como un escalón ideado por dios para dar acceso al paraíso evitando el salto brusco en él. Me pareció prudente repasar el índice antes de entregarme a la lectura desbocada, puesto que así reconocería el territorio en que estaba adentrándome y podría guiarme en él armado con este mapa. Página 19, El Hombre Pálido, era la primera instrucción que ofrecía. Regresé por las páginas como si corriera sobre ellas, desplazándome raudo como yogui inexperto sobre las brasas, hasta detenerme en la página 19. Estaba en blanco. “Seguro empieza en la siguiente, es un error, sólo eso”, pensé, aunque algo me decía que eso no era cierto. La intuición se confirmó: el cuento estaba mutilado en el comienzo, como si Jason te atacara antes de llegar al lago Cristal, una aberración.
Volví a la feria pero el puesto ya no estaba. Pregunté entonces a los otros comerciantes, pero todos respondieron lo mismo: que nunca había estado allí. “¿Y ese espacio entre aquellos dos puestos?”, dije, “recuerdo claramente que estaba ahí”. “No, te equivocás; eso es lo que llamamos buffer en la jerga de la venta callejera y siempre existió en el mismo lugar. Es un área…”, pero yo ya no lo oía, habiendo comprendido que estos truhanes se protegen los unos a los otros.
Empecé a recorrer las librerías próximas pidiendo un ejemplar de los Cuentos Completos de Paco Espínola para cotejarlo con el mío, pero en todas ellas me dieron excusas e incluso negaron conocer dicha edición. Sospeché que había descubierto algo importante, aunque me resultaba difícil saber de qué se trataba; una conjura de algún tipo, una conspiración que por accidente yo había develado, algo que aún no alcanzaba a explicar. Viendo que sería imposible extraer algún dato a esos rufianes, dirigí la búsqueda en otra dirección.
La mañana siguiente llamé a la editorial Arca en procura de información; una secretaria me derivó a otra oficina, donde me derivaron al departamento de asuntos complejos (ciertamente este lo era) y en este una voz ronca y amenazante me cortó después de advertirme que no insistiera con aquello. Antes de que pudiera decir “Paco” me hallaba nuevamente en el punto cero la investigación.
Llevé el libro a distintas bibliotecas donde esperaba dar con otro ejemplar o incluso edición, a fin de asegurarme que no era el propio Espínola quien había urdido el descabellado plan. En ninguna de ellas había uno disponible, sólo los pretextos abundaban en los templos del saber, hasta que por último decidí recurrir a la Biblioteca Nacional. Esta está obligada a alojar una copia de cada libro jamás publicado por civilización alguna, de modo que no podían evitar que indagara en el suyo, a menos claro que optaran por ratificar la conjetura del complot. Previendo dificultades, me salteé a la chica del mostrador y fui en busca de la oficina del director, a donde llegué, extrañamente, sin tener que sortear ningún escollo.
– Sabe lo que quiero y sabe que sé lo que oculta, por lo que le recomiendo que no juegue a las evasivas conmigo- dije.
– Joven, no sé cómo llegó hasta aquí, pero si fuera tan amable, la agradecería me indique qué se le ofrece- respondió.
Muy bien, ese era su juego, mostrarse solícito e ignorar mis palabras. Lo seguí.
– Deme los Cuentos Completos de Paco Espínola, por favor.
– Por supuesto. Por aquí, acompáñeme- dijo él.
Me estaba llevando a su terreno en lugar de justificarse como los demás. Era una estrategia para la que no estaba preparado, de manera que lo seguí tal como dijo. Insólitamente, me entregó el ejemplar sin poner reparos, y se retiró. El libro tenía todas las páginas en blanco. Volví a su despacho.
– Está en blanco- lo increpé.
– A veces ocurre. Le pido disculpas. ¿Puedo ayudarlo de alguna otra forma?
Mi mente se despachó con una maniobra inesperada hasta para mí.
– Sí, deme cualquier antología o colección en que figure El Hombre Pálido de Espínola- dije.
Nuevamente se mostró complaciente. Trajo un volumen de Banda Oriental con los cuentos más telúricos de la literatura nacional y me lo dio. Lo abrí en la página que correspondía al cuento de Espínola, que había sido arrancada así como el resto del relato. Era inútil que persistiera, no obtendría nada allí, pero la enajenación que experimentaba hizo que empezara a tomar libros al azar e intentara hacer calzar alguna primera página en mi rompecabezas como si fuera el zapato de Cenicienta. Probé con Los Muertos de Joyce, El Escarabajo de Oro de Poe, Deutsches Requiem de Borges, El Acomodador de Felisberto, Deshoras de Cortázar (este casi anda, pero no)…
Abandoné aquella pista, que se había convertido en callejón sin salida. Hablando de eso, al salir de la biblioteca un hombre vestido completamente de negro, con gafas del mismo color, me arrinconó en la escalera principal, junto a la estatua de Cervantes. No había nadie cerca; era de noche, hacía frío y la biblioteca es de por sí un lugar solitario. El extraño me llevó contra don Miguel y dijo:
– Sé lo que está haciendo. Esta es nuestra última advertencia; la próxima vez puede salir lastimado. Déjese de joder.
– ¿De qué habla?- contesté sorprendido.
– ¿Ud. no anda tras los vínculos del Foro Batllista con la Secta Moon y el Opus Dei?- preguntó.
– No, yo ando con lo de Paco Espínola. Nada que ver.
– Perdón. Igual cuídese del cuetazo con eso- dijo el hombre pálido.
“Hombre Pálido”, pensé. “Tiene sentido. Lo voy a seguir. Nah, dejá quieto, no me voy a hacer pegar un cuetazo. Ni que fuera Gabito”, reflexioné.
Era tarde y la niebla se estaba apoderando de Montevideo, abrazándola como si quisiera custodiar sus secretos. De pronto algo me iluminó: no, no fue una idea espontánea, era un 137 Paso de la Arena que venía al palo, con el conductor escuchando Sheena is a Punk Rocker de los Ramones como en Pet Cemetery. Como no me atropelló, lo tomé, ya que parecía querer llevarme de todas maneras. Y pronto sabría por qué.
Me bajé ya de madrugada en el barrio del Oeste y caminé varios minutos sin rumbo hasta toparme con el edificio amarillo descolorido con grandes letras verdes en su frente: “Biblioteca Comunitaria Francisco Espínola”, se leía en la penumbra. Entré sin saber qué me esperaba. Al fondo, sentado en una silla tan decrépita como él, un viejo se mecía sosteniendo algo que yo no lograba distinguir. Me acerqué y vi que se trataba de un papel, una hoja suelta.
– ¿Es eso…?- comenzaba a decir cuando el viejo me interrumpió.
– En efecto- dijo él.
Tomé el papel como Indiana Jones al santo Grial, proyectando un escape con derrumbe de columnas y pesados estantes llenos de libros a mis espaldas, con el desconocido siendo enterrado bajo los mismos para terminar en un incendio que borraría los vestigios de mi aventura. Nada de eso sucedió.
Volví a casa con el papel apretado en mi mano, sin siquiera haberlo inspeccionado, y me dejé caer, agotado, frente al escritorio donde reposaba el libro lisiado. Los coloqué uno junto al otro y procedí a contrastarlos:

“Todo el día estuvo toldado el sol, y las nubes, negruzcas, inmóviles en el cielo, parecían apretar el aire, haciéndolo pesado, bochornoso, cansador.”

Allí estaba, ante mis ojos, la primera página de El Hombre Pálido. La inserté en el libro y continué leyendo, a pesar del cansancio, desde el espacio faltante. Así pasé una a una las páginas, devorando el cuento, hasta la penúltima, la número 23. La di vuelta para enfrentarme al final del cuento y del enigma, del suyo y del mío, del que nos había traído hasta aquí. Estaba en blanco.

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Llamado a la solidaridad

Estoy escribiendo nuevas historias, hojas en blanco de que te hablaba

Los TraidoresFragmentos de mí

Si alguien tiene la edición de Arca (creo que es la primera, aunque no lo dice en ninguna parte; es de 1986) de los Cuentos Completos de Paco Espínola, ¿sería tan amable de confirmarme si la grosera errrata de la página en blanco del primer cuento, El Hombre Pálido, es exclusiva de mi ejemplar o de toda la edición? Quien quedó pálido al descubrirlo fui yo.

En el primer caso, agradezco me hagan saber, a través de un comentario o mail, cómo llegó al rancho de Tiburcio. Gracias.

Se recompensará… con una hoja en blanco para corregir al talentoso Paco y crear su propio comienzo (quizá fuera esa la intención del editor, pero me niego a cometer semejante afrenta)

Felisberto, ese hijo de Proust

Hoy estoy en una cárcel que no puedo identificar, pero permítanme, ya que no sé si saldré de aquí alguna vez, referirles las circunstancias que me trajeron a ella; quizá así sirva a alguien que se encuentre en situación análoga y mi posteridad cobre de esa manera alguna importancia para esa persona.
Todo empezó la última vez que pasé por la localidad de Mansavillagra en tren, viniendo del exótico pueblo de Nico Pérez, o Batlle y Ordóñez, o como sea que se llame. Llegando a Mansavillagra, la mitad del convoy aproximadamente decidió no seguir, acostándose como un animal cansado sobre su abdomen, o sea que descarrilamos. Yo quedé a cargo de la locomotora mientras el personal iba a verificar los daños, pero me aburrí, agarré una yarará, amarré un extremo a un tala cercano y el otro a la malla de enganche, y me senté a leer debajo de un árbol. De él se descolgó el profesor Francisco “Paquete” Espínola, bajando con una crucera como liana, y sin siquiera presentarese, dijo:
-Me gusta cómo ató a su potro, m’hijo.
-No es potro, es un tren- respondí.
-Con razón relinchaba tan fuerte. ¿Qué está leyendo?
-A Felisberto
-Perfecto. El próximo 29 de febrero a las 3 a.m. celebramos el congreso anual de literatura y misa gaucha en nuestra Universidad; este año está dedicado a Felisberto. Nos honraría contar con su presencia. Hasta el momento está confirmada la asistencia del doctor Armando Las Heras, más la mía, por su puesto. Yo dirijo el departamento de lenguas eslavas y literatura centroeuropea, pero voy a leer una monografía sobre nuestro autor. El doctor Las Heras, por su parte, prepara una sorpresa íntimamente ligada a la obra de Hernández, aunque no dio más detalles. ¿Qué le parece?
Curiosamente no evaluó mi competencia o estudios, simplemente me invitó a participar a partir de un muy superficial contacto establecido gracias a dos ofidios locales. Después de consultarlo acerca de las comodidades, paga y publicaciones que surgirían del simposio, acepté. Antes de que se retirara, pregunté si era necesario que asistiera también a la misa gaucha. Dijo que no, pero que no respondía por las consecuencias que pudiera traerme, y de inmediato trepó por su culebra y se perdió en el monte criollo. Gracias a los buenos oficios (que no ofidios) de mis anfitriones, el inconveniente quedó subsanado y seguimos viaje, previa liberación de la yarará que había cumplido su función de forma admirable. Fue así como tuve tiempo de ponerme a trabajar de inmediato en lo que sería mi ponencia.
Elegí como tema las novelas cortas, o cuentos largos, de la etapa intermedia de Felisberto: Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Tierras de la memoria (como los estudiosos suelen agrupar estas tres obras en un mismo conjunto, no comprendo cómo a nadie se le ocurrió llamarlas “Por los tiempos del caballo perdido de Clemente Colling en las tierras de la memoria”, cerrando así la pretendida unidad de las mismas; disculpen la digresión)

Avancé lentamente al principio, pero pronto encontré las claves de mi búsqueda e hice importantes progresos, que se tradujeron en dos párrafos y unas trescientas palabras; suficiente como comienzo, a mi juicio. Para el 28 de febrero a las 2 a.m. tenía los mismos dos párrafos y me faltaba lo más importante, el título. El título del ensayo y el título habilitante que me permitiera ofrecer una conferencia apoyándome en los conocimientos necesarios. Cuando salí de Nico Pérez en un salvador 632 a las 22 horas, sólo había agregado el título del estudio: Felisberto, ese hijo de Proust.
La única comodidad que puedo reconocer al tren, en esa zona, sobre una larga marcha como la de Mao, es la de la escalera mecánica: te transporta a paso de hombre pero sin mover las piernas. Llegué sobre la hora de comienzo, siendo yo el primer orador, además. Entré corriendo con la hoja arrugada en la mano, sin reparar en la asistencia, la sala o los demás disertantes. El paraninfo estaba a oscuras. Grité desde el atrio para verificar si los demás estaban en sus lugares, y al recibir como respuesta una especie de gruñido telúrico primordial, di comienzo a la lectura de mi tesis. Era sumamente breve, por lo cual duró lo que la vida de un picado por una yarará. Se encendió una luz tenue, y recordé paradójicamente el cuento Nadie encendía las lámparas. Hice mención de esta coincidencia pero nadie rió. Frente a mí vi recortarse la figura de “Paquete” Espínola en la oscuridad, terminando apresuradamente su trabajo cual torpe estudiante de secundaria retrasado por la adicción a los juegos de video. A su lado se hallaba el doctor Armando Las Heras, armando, pleonasmo material, un cuete sin prestarme la menor atención. Sólo procedió a desplazar el gerundio a otro verbo, dado que ahora lo estaba fumando. Sin embargo, debo destacar que un treinta por ciento de la concurrencia recibió mi lectura con gran entusiasmo, aplaudiendo con arrebato a su término. Puesto que éramos tres los presentes, queda claro que el que aplaudió fui yo, claro. Seguidamente, el profesor Espínola, tras una introducción en moldavo antiguo que habría dejado al conde Drácula como estaqueado, pronunció su triste e incoherente conferencia, terminada apenas unos minutos antes. Nadie aplaudió, nadie encendió las lámparas; yo tosí y miré hacia el vasto cielo de la campaña que se abría iluminado por las estrellas como los ojos del acomodador. El Dr. Las Heras no estaba. La misa gaucha se preparaba afuera, aunque las ideas de fuera y dentro resultaban bastante peregrinas en aquella totalidad indistinta que comunicaba un lugar con otro sin límites distinguibles. Yo tenía que partir antes de que los gauchos veneraran, como lo había acordado; las tradiciones criollas me causan profunda aversión. Más aún, pensé que me iban a ofrecer en sacrificio a Horacio Guraní, hacer morcilla con mi sangre y cocinarlas junto a los huevos de toro en la parrilla. Se me ocurrió que los toros no ponen huevos y eso me tranquilizó por un instante. Pero también tenía que cobrar, y esta es una deidad que yo no postergo bajo ninguna circunstancia, por infortunada que sea. Eran las 3:15; a las 3:20 tenía un 634 que, de perderlo, me dejaría varado en aquellas tierras baldías por siempre (los gauchos planeaban volar las vías tras su paso, de modo que pudieran establecer una sociedad primitiva entregada al culto paisano sin intromisiones externas; yo conocí estos planes al llegar, lo que me impidió adoptar una postura menos obediente a tiempo)
Pero antes de que todas estas intrigas accidentales se aclararan, se aclaró la estratagema felisbertiana del Dr. Las Heras; tan transparente resultó ser que su nombre, para un experto, habría sido indicio suficiente para conocer sus intenciones desde el principio. Junto al espía de la KGB entraron los agentes de la policía política rusa; Felisberto era un auténtico hijo de Proust y esto fue lo último que entendí con claridad antes de ser conducido a la prisión donde hoy escribo estas palabras.