Felisberto, ese hijo de Proust

Hoy estoy en una cárcel que no puedo identificar, pero permítanme, ya que no sé si saldré de aquí alguna vez, referirles las circunstancias que me trajeron a ella; quizá así sirva a alguien que se encuentre en situación análoga y mi posteridad cobre de esa manera alguna importancia para esa persona.
Todo empezó la última vez que pasé por la localidad de Mansavillagra en tren, viniendo del exótico pueblo de Nico Pérez, o Batlle y Ordóñez, o como sea que se llame. Llegando a Mansavillagra, la mitad del convoy aproximadamente decidió no seguir, acostándose como un animal cansado sobre su abdomen, o sea que descarrilamos. Yo quedé a cargo de la locomotora mientras el personal iba a verificar los daños, pero me aburrí, agarré una yarará, amarré un extremo a un tala cercano y el otro a la malla de enganche, y me senté a leer debajo de un árbol. De él se descolgó el profesor Francisco “Paquete” Espínola, bajando con una crucera como liana, y sin siquiera presentarese, dijo:
-Me gusta cómo ató a su potro, m’hijo.
-No es potro, es un tren- respondí.
-Con razón relinchaba tan fuerte. ¿Qué está leyendo?
-A Felisberto
-Perfecto. El próximo 29 de febrero a las 3 a.m. celebramos el congreso anual de literatura y misa gaucha en nuestra Universidad; este año está dedicado a Felisberto. Nos honraría contar con su presencia. Hasta el momento está confirmada la asistencia del doctor Armando Las Heras, más la mía, por su puesto. Yo dirijo el departamento de lenguas eslavas y literatura centroeuropea, pero voy a leer una monografía sobre nuestro autor. El doctor Las Heras, por su parte, prepara una sorpresa íntimamente ligada a la obra de Hernández, aunque no dio más detalles. ¿Qué le parece?
Curiosamente no evaluó mi competencia o estudios, simplemente me invitó a participar a partir de un muy superficial contacto establecido gracias a dos ofidios locales. Después de consultarlo acerca de las comodidades, paga y publicaciones que surgirían del simposio, acepté. Antes de que se retirara, pregunté si era necesario que asistiera también a la misa gaucha. Dijo que no, pero que no respondía por las consecuencias que pudiera traerme, y de inmediato trepó por su culebra y se perdió en el monte criollo. Gracias a los buenos oficios (que no ofidios) de mis anfitriones, el inconveniente quedó subsanado y seguimos viaje, previa liberación de la yarará que había cumplido su función de forma admirable. Fue así como tuve tiempo de ponerme a trabajar de inmediato en lo que sería mi ponencia.
Elegí como tema las novelas cortas, o cuentos largos, de la etapa intermedia de Felisberto: Por los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Tierras de la memoria (como los estudiosos suelen agrupar estas tres obras en un mismo conjunto, no comprendo cómo a nadie se le ocurrió llamarlas “Por los tiempos del caballo perdido de Clemente Colling en las tierras de la memoria”, cerrando así la pretendida unidad de las mismas; disculpen la digresión)

Avancé lentamente al principio, pero pronto encontré las claves de mi búsqueda e hice importantes progresos, que se tradujeron en dos párrafos y unas trescientas palabras; suficiente como comienzo, a mi juicio. Para el 28 de febrero a las 2 a.m. tenía los mismos dos párrafos y me faltaba lo más importante, el título. El título del ensayo y el título habilitante que me permitiera ofrecer una conferencia apoyándome en los conocimientos necesarios. Cuando salí de Nico Pérez en un salvador 632 a las 22 horas, sólo había agregado el título del estudio: Felisberto, ese hijo de Proust.
La única comodidad que puedo reconocer al tren, en esa zona, sobre una larga marcha como la de Mao, es la de la escalera mecánica: te transporta a paso de hombre pero sin mover las piernas. Llegué sobre la hora de comienzo, siendo yo el primer orador, además. Entré corriendo con la hoja arrugada en la mano, sin reparar en la asistencia, la sala o los demás disertantes. El paraninfo estaba a oscuras. Grité desde el atrio para verificar si los demás estaban en sus lugares, y al recibir como respuesta una especie de gruñido telúrico primordial, di comienzo a la lectura de mi tesis. Era sumamente breve, por lo cual duró lo que la vida de un picado por una yarará. Se encendió una luz tenue, y recordé paradójicamente el cuento Nadie encendía las lámparas. Hice mención de esta coincidencia pero nadie rió. Frente a mí vi recortarse la figura de “Paquete” Espínola en la oscuridad, terminando apresuradamente su trabajo cual torpe estudiante de secundaria retrasado por la adicción a los juegos de video. A su lado se hallaba el doctor Armando Las Heras, armando, pleonasmo material, un cuete sin prestarme la menor atención. Sólo procedió a desplazar el gerundio a otro verbo, dado que ahora lo estaba fumando. Sin embargo, debo destacar que un treinta por ciento de la concurrencia recibió mi lectura con gran entusiasmo, aplaudiendo con arrebato a su término. Puesto que éramos tres los presentes, queda claro que el que aplaudió fui yo, claro. Seguidamente, el profesor Espínola, tras una introducción en moldavo antiguo que habría dejado al conde Drácula como estaqueado, pronunció su triste e incoherente conferencia, terminada apenas unos minutos antes. Nadie aplaudió, nadie encendió las lámparas; yo tosí y miré hacia el vasto cielo de la campaña que se abría iluminado por las estrellas como los ojos del acomodador. El Dr. Las Heras no estaba. La misa gaucha se preparaba afuera, aunque las ideas de fuera y dentro resultaban bastante peregrinas en aquella totalidad indistinta que comunicaba un lugar con otro sin límites distinguibles. Yo tenía que partir antes de que los gauchos veneraran, como lo había acordado; las tradiciones criollas me causan profunda aversión. Más aún, pensé que me iban a ofrecer en sacrificio a Horacio Guraní, hacer morcilla con mi sangre y cocinarlas junto a los huevos de toro en la parrilla. Se me ocurrió que los toros no ponen huevos y eso me tranquilizó por un instante. Pero también tenía que cobrar, y esta es una deidad que yo no postergo bajo ninguna circunstancia, por infortunada que sea. Eran las 3:15; a las 3:20 tenía un 634 que, de perderlo, me dejaría varado en aquellas tierras baldías por siempre (los gauchos planeaban volar las vías tras su paso, de modo que pudieran establecer una sociedad primitiva entregada al culto paisano sin intromisiones externas; yo conocí estos planes al llegar, lo que me impidió adoptar una postura menos obediente a tiempo)
Pero antes de que todas estas intrigas accidentales se aclararan, se aclaró la estratagema felisbertiana del Dr. Las Heras; tan transparente resultó ser que su nombre, para un experto, habría sido indicio suficiente para conocer sus intenciones desde el principio. Junto al espía de la KGB entraron los agentes de la policía política rusa; Felisberto era un auténtico hijo de Proust y esto fue lo último que entendí con claridad antes de ser conducido a la prisión donde hoy escribo estas palabras.

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