Ferrofilia

Dos locomotoras de distinta especie apareándose de manera natural (?)

toda la gracia tardía de una lluvia que cesa

con la caída de una noche

de agosto

Samuel Beckett

Adorables. Como un koala. Sin importar cuánto le chupe un huevo el patrimonio, la nación, la herencia o la tradición a alguien, a ese alguien seguramente le gusten los trenes y no tenga razones para defender su preferencia. Sí, como Bentham con las clavijas y la poesía, no hay elección racional posible en este asunto.

Es probable que también existan aquellos que se comerían un koala en dos panes, que lo violarían sin contemplación antes de cocinarlo en una olla de aceite hirviendo, decapitamiento de por medio. Pero son enfermos, marginales, psicópatas, cincópatas por qué no (¿sexópata es un adicto al sexo o un ser de seis patas? ¿las locomotoras son sexópatas, entonces?) De igual manera, debe haber quienes detestan a los trenes de tal forma que si la química del silicio no estuviera (tan) reñida con la del carbono, harían lo propio con ellos. Pero una locomotora Alco no es un choripán, de modo que hasta acá (señalando el límite de la analogía) llega la analogía.

Sin embargo, más interesante, aunque igual de desquiciado, es el caso inverso, aquel en que el sujeto siente una atracción patológica tal hacia la criatura de sus desvelos que, con perdón de las buenas costumbres, se lo cogería. Al osito sí, u Ozzy-to (**) si es fan del heavy metal (y la afinidad parece evidente) y también a la locomotora, siempre con la reserva de que la química del carbono no se aviene con la del silicio. Es por eso quizás que estos casos son menos frecuentes entre los aficionados a los trenes que entre los adoradores del koala, ya que puede constituir una ventaja evolutiva el desarrollo de sentimientos hacia otros seres de carbono, mas no así hacia los de silicio. Menos frecuentes dijimos, pero no por ello inexistentes.

Y es así como llegamos por fin a la historia de L.H., connotado ferroaficionado local que llevó al extremo su amor por estos artefactos inanimados. L.H. aspiraba a ser el aficionado supremo, el más perfecto ejemplo de amor incondicional por los trenes, pero, al mismo tiempo, se vio involucrado en un incidente con un grupo de pares que cuestionaban su lealtad hacia el hobby (y, por qué no, hacia el hobbit, o enano)

L.H. padecía además el Síndrome de Asperger, una de cuyas características esenciales es la comprensión literal del lenguaje, y fue esto lo que finalmente condujo a su caída. En medio de la agria disputa, con (dis)puteadas en ambos sentidos, un antagonista lanzó a L.H. el insulto que cambiaría su vida: “hacete dar por una 1500 en celo, culo roto”.

(*) Apéndice: prácticas sexuales de las locomotoras.

Ménage à trois: Las máquinas de la foto más una 2000.

Voyeurismo: Idem. pero con la 2000 mirando.

Sexo adúltero: La 2000 con una de ellas. Y la otra mirando.

Pedofilia: Cualquiera de ellas con una 200 (GE)

Necrofilia: Cualquiera de ellas con la 1612

Sexo interracial (y pedófilo): Idem., pero con la 205 (sutil)

Sexo interracial, pedófilo y necrófilo: Idem. pero con las 411-18

Sexo anónimo: Cualquiera de ellas con la Alco S-1 (!!??)

Gerontofilia: Idem., con una vaporera

Masoquismo: Cualquiera de ellas en 4 (o en 6) con la otra dándole topes.

(**) Ilustración del Ozzy-to



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