Artigrass y el proyecto de legalización del año XIII

Hoy, en este año, cuando se cumplen como doscientos de las instrucciones del año XIII, queremos recordar al otro Artigrass, no al oligarca puto, latifundista, soldado realista, que procuraba consolidar su poder bárbaro desconociendo al gobierno legítimo de Buenos Aires, sino al otro, al que huyó al Paraguay con toda la furia tras descubrir las virtudes de una planta a la que debe su nombre.

El Artigrass de las clases dominantes era un caudillo prepotente que sólo conocía su autoridad y la que emanaba de sus iguales terratenientes, el Artigrass que sirvió para integrar en una nacionalidad común al disperso grupo que quedó en este territorio tras su disolución. Este es un Artigrass controvertido, ya que el federalismo, como ideología de la parte más reaccionaria de la aristocracia, sólo puede reivindicarse gracias a los excesos unitarios.

Sin embargo, el Artigrass que yo propongo es el que, sobreponiéndose a estas ideas de bárbaro feudal, largó todo a la mierda por alguna razón que la historia no ha conseguido establecer con claridad. La interminable serie de derrotas a que condujo su torpeza no es convincente, y no es convincente por una hipótesis que considero válida: la psicología del personaje, que no le permitía aflojar ni abajo del agua. Claro, no aflojaba abajo del agua, pero sí lo hizo debajo de un árbol, un árbol que alojaba una sustancia que cambió la naturaleza de este hombre.

No es fácil especular sobre lo que sucedió en el Ayuí cuando, ya bastante baqueteado pero aún funcionando, comenzó su declive, que terminaría en el desastre de Tacuarembó. Yo creo, y en esto me apoya la evidencia circunstancial, que lo que encontró en el Ayuí debilitó sus fuerzas morales e intelectuales al punto de dejarlo en la más completa sumisión. No sumisión a sus enemigos políticos, sino a un enemigo mucho más poderoso: el mismo Artigrass. ¿Y qué producto, a juicio incluso de quienes sostienen el legado de Artigrass, tiene estos efectos sobre la hombría de un auténtico valiente? Exacto.

En ese campamento precursor del hippismo de Valizas ocurrieron episodios oscuros. Artigrass sale de allí con hijos indígenas, ilegítimos, hay un adulterio desenfrenado, pero, además, sale de allí con un negro que le ceba mate. O sea que surge de un ambiente orgiástico, con amplia disponibilidad de hembras, con un morocho primitivo, y, pregunto una vez más: ¿Qué sustancia favorece el homosexualismo? Así es.

A partir de allí, Artigrass se desinteresa de su patrimonio y del de quienes lo financian, tira algún cuetazo en retirada pero abandona su proyecto original, la construcción del poder personal, y huye, o a mi juicio va en busca de algo, que sólo encuentra en Paraguay. De lo contrario, ¿por qué exiliarse en un país que estaba bajo la dictadura de Gaspar de Francia? ¿Por afinidad ideológica? ¿O por haber hallado en abundancia aquello que conoció en el Ayuí y lo desvió de sus destinos? Ahi va.

La historia de este personaje quizá no llegue nunca a ser descifrada enteramente, sin embargo, en ese mar de delirios que va desde Blanco Acevedo a Carlos Maggi, mi conjetura cobra fuerza. Qué irónico, ya que se propone explicar justamente por qué el caudillo perdió su energía vital.

Y, aunque no surja como consecuencia de las premisas invocadas, creo que también hay que considerar el hecho de que se pretenda legalizarla este año, en el aniversario de sus instrucciones, como un dato más a favor de esta tesis. ¿Será este, acaso, el auténtico legado de Artigrass?

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El revés de la trama

El ordenanza se acercó al Gral. Medina y dijo:
– General, tenemos problemas: el Wilson viene hacia acá.
Todos los oficiales se reunieron en la sala mayor para sesionar; alguien tenía que detener al Wilson. No habían previsto esta circunstancia cuando decidieron encanutar las citaciones de la justicia, y ahora, enfrentados a ella, tenían que decidir un curso de acción. Curso de acción era lo que, al parecer, había tomado el Wilson en su exilio, puesto que se venía con una fuerza bárbara, como bárbaros habían sido ellos mientras gozaron de la impunidad que emana del poder supremo. El Wilson se proponía acabar con aquel orden, fundado en la arbitrariedad judicial, por medio de la violencia guerrillera que había practicado durante esos años. Nadie lo esperaba del Wilson, ni sus correligionarios, ni sus rivales (hasta entonces “rivales” entre comillas, como Sanguinetti, pero ahora rivales a secas, ya que el Wilson poseía las armas y estaba dispuesto a hacer cumplir la sentencia, que Julio pretendía ignorar a cualquier precio) El país no había dado una batalla dolorosa ni había cedido la democracia a los milicos para que le fuera arrebatada de buenas a primeras por los mismos milicos y sus cómplices; no importaba si los cómplices eran afines al Wilson o tenían colores diferentes; ninguno de esos colores, en todo caso, representaba las aspiraciones democráticas del Wilson, así tuviera que imponerlas por la fuerza extrema. Los generales entraron en pánico, no estaban preparados para que su monopolio de las armas fuera impugnado; ellos habían amenazado a la naciente democracia convencidos de que aún empuñaban su control remoto, pero el Wilson iba a tocarles los botones del televisor; no iba a tolerar un insulto más, demasiados había soportado en aquellos años, como su pueblo y toda la comunidad nacionalista. Acá no había voto ni elecciones que se colocaran sobre las convicciones más profundas, las mismas por las que había jurado venganza en el parlamento cuando se lo apagó con el referido control remoto. Los generales corrían por los pasillos como abejas en una colmena en llamas; el Comando Superior del Ejército era una colmena en llamas que el Wilson no tenía intención de sofocar; es más, traía un bidón de nafta nacionalista para intensificar el incendio, y que se fuera todo a la puta que lo parió: Sanguinetti, Medina, Tarigo y el plebiscito del ’80. Por algo a él no lo habían convocado; él no pactaba, era el exiliado, el renegado, la ficha que ni la izquierda tenía en sus filas, y ahora el dado de la libertad lo impulsaba con furia por el Ludo de las instituciones hacia la puerta del Comando, que si no se abría, y él no consideraba esta opción como más probable que cualquier otra, tendría que ser socavada por su arsenal-político ideológico o por su arsenal de guerra (no menor que el primero) a como diera lugar. Araújo podía arengar desde el micrófono todo lo que quisiera, bocinar, instigar a quemarlo todo, pero no era él quien asolaba el refugio de los milicos y los ponía entre la espada y la pared. Los generales montaron las metralletas, que sólo habían retirado para las inspecciones de la nueva jerarquía, las baterías anti-Wilson y los miguelitos (ignoraban si se trasladaba en alguna clase de vehículo, como Mad Max) y se atrincheraron debajo de las mesas. Jamás habían tenido que recurrir a este mecanismo extremo, ni siquiera aquella vez que los tupas quisieron tomar el cuartel con una garrafa de trece kilos y un yesquero Bic descompuesto que falló a último momento y fue desactivado por el mismísimo Coronel (R) Yací Rovira. Esto era peor, mucho peor, porque acá no había ley de excepción ni tu tía que valga; Sanguinetti no iba a interceder, la tropa no iba a acompañar, y al Wilson no se le metía el gaucho con otras armas que las M4 y el fusil del recluta Pyle. Esto era real, el Wilson era lo más real que hubiera acometido jamás contra las FF.AA. desde que la farsa comunista les sirviera de excusa para someter a la población civil a su dictadura. Qué dictadura ni dictadura, dejate de joder, acá nos borran a todos, dijo Medina mientras contemplaba sacar las citaciones del canuto o suicidarse como Hitler, pero él no era Hitler y el Wilson no era Churchill, sobre todo esto último, dado que Churchill jamás había empuñado el arma liberadora para correr al Führer a los cuetazos. A él sí lo iban a correr a patadas en el culo, o a plomo mejor dicho, y con seguridad no sólo en el culo, más que puntería tenía que tener el Wilson para asestarle una sucesión de disparos exactamente en el trasero; seguramente lo iba a picar como un queso. ¿Vendría cantando Los Olimareños? ¿Vendría haciendo la “V” de la victoria, o vendría con el dedo del medio erguido, haciéndoles un ostensible “fuck you”? ¿Acaso importaba? ¿Alguien se sabe la de Don José? Quizá así nos perdone la vida. ¿O le damos las citaciones? ¿Querrá llevarnos a la justicia ahora, después que lo engañamos, obligándolo a entrar en acción? No; es seguro que nos caga a balazos a todos y nos saca de las bolas a la calle. ¡Llamen al Goyo de urgencia! ¡Despiértenlo si es necesario! “Sí, diga… ok… entiendo… sí, sí; siempre lo supe, por eso elaboré una estrategia para esta contingencia. Ud. es un improvisado, Medina; le creyó a Sanguinetti, les creyó a los políticos, pero yo, camarada, me estoy preparando para esto desde el día que asumimos el control de nuestro país, Medina. Cada día, cada hora, cada segundo, mientras enviaba a mis soldados a torturar y obtener testimonios, mientras departía con el U.S.A., en mi mente sólo albergaba la idea recurrente del Wilson y su venganza, y para eso entrené noche y día, día y noche, acuartelándome en ocasiones, internándome en el monte en otras. Y ese día por fin llegó, Medina, y ud. se mete abajo de la mesa, cobarde, deshonra al uniforme, asco me da oír su voz. No haga nada, no asuma posición de combate ni disuasiva ni nada; quédese quietito debajo de la mesa y espere órdenes que yo voy para ahí. Y no llore”. Sí, pero, ¿qué hacer mientras llegaba Álvarez? ¿Y si el Wilson llegaba antes? Ánimo, compostura, actitud castrense; el Wilson no puede acceder a nuestra fortaleza, pero en cualquier caso, si la cosa se pone muy fea, le grito por la ventana que espere un cacho que viene Álvarez. Se escuchó un estruendo: la puerta se estremecía. “¡Soy el Wilson, abranmén o tiro la puerta abajo hijosdeunagranputa!” A la pucha, llegó el Wilson primero nomás. “¿Qué pasa ahí adentro? Sé que estás ahí, Medina. ¿Estás abajo de la mesa, viviendo en el miedo? jaja ¿Por qué no llamás a tu amigo Julito ahora, a ver si te ayuda? Abrí, maula, carajo”. Medina esperó un momento y, cuando cesaron los ruidos, imaginando que el Wilson se había alejado, salió despacito de abajo de la mesa y, con mucho cuidado, se arrimó a una ventana. Descorrió la cortina con cautela, espiando poco a poco a medida que se ampliaba el campo visual, y de repente, la cara del Wilson, portando una enorme sonrisa, se desplegó ante su vista. Las patas no le dieron para correr y meterse debajo de la mesa, pero por el camino recordó la cava de vinos, que disponía de un acceso ubicado bajo la alfombra. Allí se escondió para rezarle a Julio que lo sacara de ésta, ahora sí era la última, juró que si salía de la cava nunca más volvería a encanutar nada ni a indisponerse con la sociedad civil y hasta prometía darle al Wilson lo que es del Wilson, o sea la habilitación electoral y el cetro de Aparicio, otra de las cosas que había encanutado en el cofre fort… ¡ahí te agarré, hijo de una gran puta! Se le iluminaron los ojos cuando recordó que habían guardado en la caja fuerte, junto a las citaciones y la Constitución apócrifa que no se había logrado aprobar en el plebiscito, una máscara de Carlos Julio, el poder de Grey Skull, la fuente del poder nacionalista. Corrió a la habitación superior, desplazó el retrato de Artigas con mostacho militarizado y giró el dial de la caja quince grados a derecha, clic, veintitrés más a ultraderecha, clac, y otros números más, siempre a la derecha, hasta que oyó el clic final. La puerta se abrió. Allí estaban la Constitución (y con el viento en la camiseta que traía capaz hasta la promulgaba y todo) las citaciones (fuego) y la careta (pobre Wilson) Volvió a la ventana pero esta vez lleno de confianza, con la máscara oculta detrás de su cuerpo, que lentamente fue colocando sobre su cara cívico-militar, y corrió la cortina con toda la furia, esta vez con la sonrisa en su rostro (el auténtico y el falso) y no en el del contrincante. El Wilson surgió en el mismo lugar que la vez anterior, con la gabardina caqui de siempre, con el populismo en el rostro asqueroso, y entonces el General ejecutó su maniobra de inteligencia militar saboreando cada segundo: golpeó el vidrio justo frente a la despreciable cara del Wilson que, y esto la historia no lo registra, haya reconocido la estafa o no, oyó cómo su compadre le informaba que habían firmado el pacto y que él estaba proscrito una vez más, y se desvaneció súbitamente, dejando como único vestigio una mancha en la vereda, sobre la que se paró Julio María cuando venía a enterarse de la crisis institucional en curso.

Uruguayos campeones, de América, del mundo, del universo, de…

Uruguay, tal como acertadamente lo consignan periódicos serios como El País o La República, tiene un patrimonio político del cual enorgullecerse: el respeto a los tratados, la defensa de la legalidad y del derecho internacional, de los cuales es el primer y más firme garante. Este patrimonio se ha construido a lo largo de la historia con el esfuerzo de estadistas, diplomáticos y juristas de primera línea, que han colocado al país en un sitio envidiado incluso por las naciones más ricas y poderosas. Ellos imponen la fuerza de los recursos; nosotros imponemos la de nuestra ética.
No hay acuerdo bi, tri, multi o polilateral que Uruguay no ratifique, desde la declaración de guerra simultánea a Alemania y el Eje hasta la creación del estado judío, pero también, por qué no, la solución final y el genocidio armenio. Nada escapa al garantismo jurídico uruguayo, que está atento permanentemente a la aparición de nuevas normas a las que adherirse cual garrapata al lanar. Derechos humanos e inhumanos; comunismo y anticomunismo; castrocomunismo y liberalismo austriaco; proliferación nuclear y guerra química; mundo afro y violación de haitianos; vudú y racionalismo crítico; estas son sólo algunas de las convenciones aprobadas por nuestro país, que se apresura a poner su firma al pie de cualquier documento y luego destaca a un grupo de sus más prestigiosos juristas para que lo incorpore al resto del cuerpo de leyes, con algunas de las cuales, como es evidente, se encontrará en abierta contradicción. No importa, siempre habrá tiempo y recursos para resolver estos tecnicismos que emergen de la plenitud democrática a que aspira nuestro país.
Sin embargo, por mayor que sea el empeño de un estado, la amenaza de verse avasallado por la superioridad material de otros, más fuertes y menos atentos al cumplimiento de esa vasta red legal, siempre estará presente. Un paraguas es impotente frente al granizo; un libraco judicial lo es ante los cañones. Uruguay, entonces, a pesar de su apego irrestricto a los tratados, debe considerar la eventual violación que otros países pueden perpetrar, y prepararse para esta contingencia. Y ya lo ha hecho, desde luego, ya que no puede sostenerse con sensatez que un pueblo tan responsable sea negligente a este respecto. No lo es, claro que no, pero tampoco es osado al extremo de renunciar al corpus reglamentario que lo respalda y disponerse a guerrear, una imprudencia que los pequeños no pueden permitirse.
Las guerras del futuro, como sabemos por nuestro Ministro de Defensa, serán por los recursos: el agua, la tierra, los minerales, los jóvenes educados capaces de manejar una Ceibalita; las almas, por fin, en que descansa la democracia ejemplar en que vivimos. De modo que sus estrategas han desarrollado una táctica correspondientemente equilibrada, cuyo cimiento reside en atender esta circunstancia sin involucrarnos en el conflicto armado.
Y es así cómo, luego de deliberaciones del más alto nivel, nuestro gobierno tomó la inteligente determinación de entregar por las buenas los recursos, antes de que le sean arrebatados: la tierra a los sojeros argentinos, el agua a las transnacionales del papel, los minerales a los inversores indios, los frigoríficos y el arroz a los brasileños, y si la prepotencia imperialista de todas maneras decide venir por ellos, nuestro gobierno tranquilamente lo invitará a dialogar con sus legítimos propietarios.
Seguimos a la vanguardia del mundo, ‘bo, arriba la celeste.

Vayan pelando las chauchas

Vayan pelando las chauchas
Donde juega la celeste
Todo el mundo boca abajo

Nos podrán tachar de troskos, anarcos, traidores, cipayos, vendepatria, nigromantes, sarracenos, comunistas trasnochados y telenochizados, tirabombas, teletubbies políticos, etc., pero si de algo no se puede acusar a los redactores de El Pozo Escéptico (léase yo) es de indiferencia hacia los problemas de la seguridad y los intereses de la patria. O sea, seremos lo que quieran, pero siempre aportamos argumentos sólidamente fundamentados para contribuir al debate de estos temas.
Y todo esto que parece, y lo es, una apertura de paraguas prematura, viene a propósito del asunto que vamos a discutir a continuación: el delicado caso del joven haitiano violado por las Fuerzas de Paz Gay de la ONU, o los efectivos destinados por nuestro país a la misma.
“Vergüenza”, “mala imagen”, “indignante”, son algunas de las previsibles reacciones de los orgullosos ciudadanos uruguayos ante el escándalo. Hasta ayer nomás éramos los campeones de América; hoy somos los violadores de negros. Obama de inmediato rechaza recibir a Mujica tras haber confirmado la reunión días atrás: teme ser vejado por la delegación oriental. Los indios de Aratirí huyen por la misma razón y nos privan de 3.000 millones de dólares y otros tantos dioses que prometían traer; en Europa comienzan a mirar distinto a los futbolistas uruguayos de color, cuya entrega parece ahora encontrar su explicación.
El Ministro de Defensa y los mandos del ejército aseguran que se trató de una broma; si es así, en este país somos Buster Keaton, porque entre 1973 y 1984 (por no remontarnos más atrás) esto era un parque de diversiones. Somos las más locas de América. En los asentamientos, por otra parte, gracias a una policía entrenada en los mismos principios lúdicos, las fuerzas del orden confraternizan en rondas de juego con sus paisanos menos favorecidos, y en virtud de esta teoría, podemos decir que Bordaberry es Piñón Fijo y Telenoche Cacho Bochinche.
De modo que nuestros artistas camuflados estarían haciendo en Haití lo que los integrantes de Decalegrón hicieran en Argentina treinta años antes: exportar nuestro uruguayísimo sentido humor para regocijo de otros pueblos menos ocurrentes.
No niego que esta explicación sea satisfactoria, no tengo ningún problema en abrazarla como Fernández Huidobro a sus torturadores (o compañeros de juego, en su opinión) pero me preocupa esa masa escéptica de inconformistas que continúa rechazando lo sucedido por empañar la imagen intachable de la nación. ¿Qué les pasa?
Yo pregunto, desde mi sarracena y cipaya ignorancia: ¿Qué clase de patriotas son esos que toman a discreción lo que consideran virtudes para exaltarlas y excluyen otras características no menos relevantes del carácter nacional? ¡Así no vale! El mate es Uruguay; la tortura no. La tolerancia es Uruguay; el racismo no (esto lo suelen decir señoras mayores, blancas y de clase media-alta con un cono en la cabeza, no los negros, ciertamente). El fútbol es Uruguay; el tiro al blanco (o más bien negro) con civiles indefensos, no. Así es muy fácil, hasta un anarco es patriota si puede elegir lo que le gusta y negar todo lo demás.
Pero recordemos que por cada Felisberto que dio Uruguay, dio diez Benedettis; por cada Fernando Cabrera, veinte “Fatas” Delgado; por cada Eleuterio bien macho, varios miles de Dany Umpis, que prefieren lustrar el sable en lugar de blandirlo contra el pueblo invadido, como en Haití.
Entonces te digo, a ti, querido hermano oriental y artiguista, que tu patriotismo hipócrita, amanerado, de salón de té, es la única vergüenza que destila todo este episodio; a ti que te sonrojas con el video de nuestros nobles defensores de la soberanía cumpliendo su deber, eres tú, lacra inmunda, quien pone, con sus delicados prejuicios, palos en la rueda del progreso nacional.
Tú no amas a tu patria, ni a tu bandera, ni a Artigas, ni a tus Fuerzas Armadas; amas tus escrúpulos más que ninguna otra cosa. Tú no eres uruguayo porque eres incapaz de gritar con auténtico orgullo: “¡Sí, esos son MIS cascos rosados, esa que le están metiendo en el culo es MI bandera, y ese que los defiende es MI Ministro de Defensa!”
Ni fachos como la gente se consigue en este país, carajo.

Cual retazo de los cielos, de los cielos

El enemigo principal está en casa. Karl Liebknecht El teniente, sujetándole la cabeza por la nuca, se la introdujo con violencia en la pileta y la mantuvo bajo el agua más tiempo del que puede considerarse prudente. Cuando la levantó estaba casi desmayado, apenas lograba respirar y no tenía caso prolongar el interrogatorio más allá de ese punto. Todavía esperaban poder sacarle alguna información valiosa, ya que de acuerdo a otras confesiones que habían obtenido era uno de los organizadores de la célula clandestina del oeste, sobre la que tan poco sabían y que tantos problemas les había traído. Dos soldados lo arrojaron de nuevo a la celda, el espacio de uno por dos metros que, cercado por la humedad, la mugre y las ratas, replicaba a escala en sus exiguas medidas la prisión que los contenía a ambos. Con sangre seca de sesiones anteriores todavía adherida al cuerpo, los dolores casi insoportables de huesos seguramente rotos, se sentó como pudo en el catre sucio, cubierto con sábanas que nunca se cambiaban, en las que la enfermedad esperaba su turno para relevar a los torturadores y continuar sometiendo al preso por otros medios. Un poco más tarde, a juzgar por la declinación de la luz, que entraba como gotas diminutas por la única abertura al exterior, un guardia golpeó la puerta con el garrote y pasó por debajo de ésta un plato de comida inmunda o, mejor dicho, algún tipo de sobras nadando resignadas en un agua de un color asqueroso. Nunca podía comer después de los interrogatorios; la única vez que intentó hacerlo, luego de tres días sin probar bocado, vomitó el guiso nauseabundo y tuvo que convivir con él hasta que se disolvió en las grietas del piso sin que nadie lo limpiara. Desde ese momento había evitado repetir la experiencia, aunque esto supusiera una infracción que se pagaba con distintos castigos según el ánimo de los carceleros; los detenidos no tenían derecho a elegir el modo de acabar con su vida. Los que temen a la muerte como acontecimiento  único, compacto, desconocen la agonía de las muertes multiplicadas en infinitos días y formas, las sucesivas muertes cotidianas que padece el torturado hasta volverse incapaz de reconocerla cuando llega. A pesar de las presunciones de los militares, él no era ni había sido el jefe de ninguna célula; su actividad como militante se había reducido a algunas reuniones y trabajos de propaganda, y los contactos que mantuvo en ese breve tiempo no incluyeron a ningún dirigente, ni siquiera local. De hecho, tampoco tenía muy claro cuáles eran los objetivos que se proponía el movimiento ni los medios por los que pretendía alcanzarlos, simplemente, decidió involucrarse de alguna forma a partir de lo que había visto y sufrido en la fábrica desde que se implantaron las medidas prontas de seguridad. Su amigo Néstor hacía tiempo que estaba afiliado y más de una vez habían discutido los temas de la fábrica y del país, pero él no tenía las cosas muy claras y, aunque muchas veces estaban de acuerdo, tenía la sensación de que todo aquello era bastante confuso o que al menos él no era capaz de entenderlo; como un botánico tratando de identificar flores en un campo de primavera, las posiciones fluctuaban rápido, algunos enemigos defendían ideas que podían ser las suyas y los amigos tenían posturas que le parecían ajenas; era como si los bandos se cambiaran de uniformes en medio de la batalla y nadie supiera hacia dónde disparar, ¿no eran todos uruguayos, acaso? Entendía las disputas, la necesidad de la liberación nacional, pero ¿eso podía llevar al extremo de enfrentarse unos con otros? Ni las explicaciones de Néstor ni las de nadie le aclaraban esto. No era tan ingenuo como para ignorar lo que hacían los patrones, pero tampoco creía que hubiera santos en ningún lado ni dueños de la verdad; podía ser útil presionar para conseguir algo o defenderse, e incluso usar la violencia, pero en algún punto había que sentarse y negociar para seguir adelante. En esas cosas pensaba ahora, en la cárcel. Pocas noches podía dormir; pasaba las horas recordando a su familia: su padre a quien no le interesaba la política, que consiguió un puesto público en la época del viejo Batlle; a la madre casi analfabeta venida del campo para trabajar de cocinera en una casa; a su hermano, estudiante y también preso, del que no había vuelto a saber desde que se separaron, y sobre todo a su esposa, con la que se había casado poco antes de que lo detuvieran. Una foto suya era el único vínculo que le quedaba con los de afuera, un hilo muy fino que se extendía desde la celda hasta alcanzar la casita humilde levantada por ellos mismos, el retrato que duplicaba y mantenía a su manera un instante que, en ese lugar sin tiempo, bien podía ser presente y constituía la negación de este horror interminable cuya realidad no se atrevía a afirmar. En la foto, tomada por un compañero en una reunión, ella y él, con amplias sonrisas, sostenían una bandera donde brillaba espléndido ese sol que ya no llegaba hasta allí, quizá capturado también y lanzado a un calabozo oscuro y húmedo como el suyo. Lo interrumpieron los dos soldados de siempre, que venían a llevarlo para otro interrogatorio. Lo sacaron arrastrando puesto no podía levantarse, sin hablarle, sólo dándole algún empujón cuando no conseguían moverlo. Lo tiraron en el cuarto donde estaban la pileta y la picana que su cuerpo conocía tan bien, manos que lo habían explorado con descuido, que lo habían recorrido como un caminante sin rumbo, en direcciones inciertas. Sintió el azote que lo cubría, cayendo, pesado, como la niebla espesa en la noche, y se dejó llevar hacia ella, introduciéndose lentamente en esa zona indefinida y cálida de la que ya no volvería a salir. El teniente siguió golpeándolo con obstinación rutinaria, sin considerar la respuesta, ejecutando la tarea con la precisión mecánica de un artefacto cualquiera. Él se aferró a la foto mientras perdía el conocimiento; se vio por última vez con su esposa, orgullosos junto a la bandera, la misma bandera que, saludada por los soldados, miraba con indiferencia ondeando fuera de su celda.

El niño y la tumba

Sus mandantes amenazaban con la muerte a los que eran morosos y no fueron pocos los que sufrieron la crueldad de los satélites de Artigas (Vedia (?) citado por Carlos Machado en Historia de los Orientales)

Maté a la maestra y me la comí, lo reconozco señor juez, pero creo que hay atenuantes; me dieron tanta manija que no podía hacer otra cosa. Ella misma me incitó, como espero demostrar al jurado si se me permite explicarme.
Yo era un pibe normal cuando llegué a la escuela (la evaluación psiquiátrica lo confirma): me gustaba jugar al fútbol, a la escondida, andar en bicicleta; me gustaban menos la computadora y jugar a la guerra, como también quedó probado en la pericia citada. O sea, no manifestaba comportamientos violentos diferentes a los de cualquier botija de mi edad; peleaba lo estrictamente necesario para defender lo mío si se presentaba la ocasión, pero no era en absoluto aficionado a la riña porque sí, quizá producto de mi debilidad física y moral o vaya a saber uno por qué. Eso también quedó establecido.
En mi casa no experimenté maltratos de ninguna clase, ni mi padre alentó conductas agresivas; de hecho, insistieron desde edad temprana en que resolviera los conflictos por medio de la palabra y la razón, y así lo hice hasta el momento que me condujo ante ustedes. Tampoco escuchaba música extrema, a menos que pueda considerarse como tal a Barney y las pelotudeces (perdón) del negro Rada (es probable que este personaje aparezca nuevamente a lo largo del relato) que mis padres me llevaban religiosamente a ver en las vacaciones. De Cacho ni hablemos.
Todo esto, por supuesto, ocurrió antes de que empezara la escuela. Como dije y creo haber demostrado, yo era un chiquilín común y corriente hasta entonces, sin inclinaciones patológicas que no estén presentes en cualquier otro niño.
Eso cambió cuando entré a ese cuartel siniestro que ustedes llaman “centro educativo”. “Centro educativo” las pelotas; centro formador de psicópatas te lo llevo, pero lo de “educativo” podés guardártelo. No nos tomen el pelo. Dejando de lado la disciplina militar, la rutina que arrasó con mi imaginación y la competencia grotesca estimulada por las maestras, lo que comúnmente se llama “proceso de socialización”, del que nadie suele escapar y que se acepta como inevitable a esa edad, razón por la cual no se lo asocia, equivocadamente a mi juicio, a los trastornos adultos, incluso sin mencionar estas características más evidentes, como decía, todo lo demás estaba dispuesto para obtener el resultado que ustedes conocen.
Empecemos por el principio: las canciones. Nos enseñaban canciones que exaltan la muerte (palabra con la que, dicho sea de paso, no estaba familiarizado hasta entonces; según mi padre, Boby, mi perro, se había ido al cielo): “…es su sombra la que buscan los valientes al morir”; “orientales la patria o la tumba” (otra palabra que desconocía); “libertad o con gloria morir”; “morir por mi bandera” y un largo, larguísimo etcétera. Como es obvio, esto despertó mi curiosidad: ¿qué era la Muerte, así con mayúscula, eso que parecía más importante que ninguna otra cosa en la vida de acuerdo a las cancioncitas? ¿Por qué repetían tanto esa idea? Debía estar buenísimo si un niño de seis años tiene que aclamarla de esa forma. Comencé a investigar: ¡era atroz! O sea, no más juegos, no más amigos, no más mamá y papá, no más mascota: la muerte (fue así como me enteré también que el Boby no estaba en el cielo, precisamente). ¡Y encima culpan a las bandas de death metal! Al lado de esto, Necropedophile es Pajarito Amarillo.
Yo pensé que iba a aprender matemática, biología, literatura, esas cosas, pero no, tenía que aprender sobre LA MUERTE y adorarla sobre todas las cosas. Un día llegué a casa y le dije a mamá: “Mamá: poneme la canción de LA MUERTE”. Se desmayó. No era para menos, después me di cuenta. Pero bueno, le dije que me gustaba esa que cantábamos en la escuela, no la de Barney que resulta que es medio pajera porque no habla de cosas importantes como las fieras batallas y la tumba, y entonces entendió que quería escuchar el himno. Porque también estaba LA PATRIA, a la que sólo se salva con LA MUERTE, y bue’, qué se le va a hacer, así es la vida. Igual creo que se quedó medio inquieta la vieja.
Seguí buscando más canciones sobre La Muerte y así llegué a conocer Cannibal Corpse, Misfits, etc., que si bien no eran tan explícitas como las de la escuela, me iban ilustrando sobre lo que la maestra me inculcaba. Una vez le pregunté qué era la libertad, ya que en la banderita blanca, azul y roja, aparecía como una opción junto a La Muerte: Libertad o Muerte, aunque en lógica formal no es una disyunción excluyente, de modo que bien podía ser Libertad, o Muerte, o ambas. Así que quería saber si podía tener las dos; y sí, de hecho, resultó que La Muerte es la madre de La Libertad, de manera que no sólo son compatibles como reza la banderita, sino que van juntas como mi mamá y yo al cementerio, donde se encuentra La Tumba, alojamiento de la Muerte. Mamá me llevaba a visitarla, sí, a pedido mío, porque para avanzar en clase tenía que aprender mucho sobre el tema. La maestra me enseñó que cuando alguien amenaza a La Libertad, como los tupas, viene su mamá, La Muerte, y se los lleva a todos con ella, como haría mi mamá si Paulo quisiera llenarme la cara de dedos.
¿Me siguen hasta acá, señores del jurado? Bien, gracias.
Más tarde, cuando estaba por tercero y ya sabía mucho sobre La Tumba, La Muerte, y todo eso, nos mandaron como deber escribir una redacción sobre un héroe nacional. La maestra nos sugirió algunos: Rivera, Artigas, los de los Andes… ahí me detuve. ¿Los Andes? ¿De qué habla? Fui a la biblioteca a buscar información. Para qué. Rivera homenajeó a La Muerte con lealtad indudable, como Artigas, pero estos se fueron a la mismísima mierda: unos nenes bien que van a jugar al rugby (atención: no al fóbal, ni a la guerra, ¡al rugby!) y terminan comiéndose los unos a los otros. ¿El Fantasma de la Libertad de Buñuel? Pensé que era joda, que me había puesto una trampa; ¿héroes, dijo? ¿Orgullo nacional? Se fueron al carajo, pero ta’, miré la película, leí el libro y escribí la bendita redacción, con la que me saqué un Sote. Describí con lujo de detalles, basándome en la película, la necrofagia y ¡zas! ¡Un sote! ¿Entiende, señoría? ¿Entienden, señores del jurado? Espero que ustedes sí, porque lo que es yo, a esa altura ya no entendía nada; me podía matar sin culpa por la bandera, matar indios o tupas a discreción por la libertad y comerme al prójimo para convertirme en héroe; ciertamente, esto no era He-Man.
Es probable que ahí me haya empezado a patinar la correa, puesto que, por otra parte, me decían que estaba mal matar y darle ostias a la gente. ¿Cómo? La canción no dice eso, querida, ¿se acuerda de la canción que me enseñó? Y ahora se queja porque vengo vestido de negro y estoy más pálido que Julio Ríos durante las restricciones de consumo de electricidad. No me joda.
Y entonces fue cuando a la maestra se le quemó el fusible y a mí me saltó la térmica. Otro deber; yo ya me conducía con comodidad entre La Muerte, La Necrofagia (también era algo serio, por lo visto) y La Tumba, pero si la señorita subía un poco más el listón, no sabía si podría soportarlo. Bueno, con el diario del lunes, como ahora, sabemos que no pude soportarlo. Pero en el momento no lo sabía y, como verán, no fue mi culpa.
¿Qué se le pudo haber ocurrido? Sí, que hiciéramos una composición mirando el informativo. ¿Qué informativo puso el nene? Acertaron: Telenoche. Ahí tienen el resultado. Buenas tardes.

Vicente Nario

El patriotismo es la principal parte de la ideología mediante la cual la burguesía envenena la conciencia de clase de los oprimidos y paraliza su voluntad revolucionaria, porque patriotismo significa sujeción del proletariado a la nación, tras la cual está la burguesía. (Lev Trotsky, ¿Qué es el nacionalsocialismo?)

Los extranjeros no pueden, naturalmente, entender la significación de Vicente Nario para el pueblo de Arteaga. Lo celebramos este año, vale aclarar. Lo estamos celebrando en este preciso instante; mientras ud. lee esto del otro lado de la pantalla, nuestras banderas ondean furiosas al viento, siempre presente, de la localidad más heroica que se conozca, no obstante la opinión de La República en sentido contrario.
Nuestro libertador, José Gervasio Arteaga, personaje controvertido hasta que la historiografía lo clavó… en su condición de héroe, claro, como una mariposa en exhibición, intocable, eterno, perpetuo, inmortal, valiente, etc, ha sido objeto de una polémica interminable acerca de sus propósitos y acciones. La controversia se acepta hoy en virtud de su inmediata refutación por parte de los eruditos más respetados por las autoridades, de lo contrario habríamos procedido a ocultarla diligentemente como tantas otras cosas de tenor parecido. Eso porque la cohesión social en Arteaga ha sido históricamente un asunto un tanto dificultoso. Pues bien, uds. se preguntarán: ¿cuál es esa leyenda maliciosa que invocan los adversarios de la libertad y la constitucionalidad de nuestro pueblo? En mi condición de custodio de los valores más altos de Arteaga, debería mandar al curioso, indagador, a la puta que lo parió. Sin embargo, como dije antes, nuestra política republicana de transparencia y honestidad supremas nos permiten responder al hereje con la garantía que la verdad concede a su portador.
Sucede que, de acuerdo a la tesis antiarteaguista, antipatriótica, falaz en extremo, este creador de nacionalidades no habría contemplado en su plan original la constitución de una localidad independiente de Arteaga. Siempre según esta mezquina interpretación, don José G. Arteaga habría sostenido y conjugado la necesidad de formar una alianza impura con los cerdos de Mansavillagra, ¡nuestro eterno enemigo, causa y principio de toda nuestra miseria, estandarte de la barbarie, portador de la injusticia, dador de la desdicha! ¿¡Cómo podría Arteaga haber surgido de este súcubo de la inmoralidad!? Esta opinión transgresora recuerda aquella de los gnósticos según la cual el universo habría sido engendrado por un Demiurgo, amo de la maldad. De manera que la virtud  extraordinaria que hoy nos distingue procedería del pecado original, de un error imposible de precisar que se arrastra desde el origen de nuestra raza. Una ridiculez.
Por eso mismo esta teoría es, en Arteaga y en cualquier lugar que sus leyes alcancen, la herejía final. Sus partidarios son perseguidos por nuestra incuestionable justicia con el mayor rigor. Como aquella vez que un escolar tuvo el descaro, la indignidad, de quemar el pabellón nacional (que envuelve todos nuestros chocolatines) por accidente tratando de tocarle fuego a una hormiga, mientras comía el dulce de la degeneración. La turba lo entregó, procediendo del modo más adecuado, a los depositarios de la ley, y estos, en medida igualmente admirable, lo devolvieron a la muchedumbre para que cumpliera la ejecución. Fue este uno de los pocos incidentes que requirió la aplicación de medidas extremas. Para nuestros magistrados y oficiales, las mutilaciones y torturas son más frecuentes y eficaces, como establece también la Carta Magna aprobada en tiempos de Arteaga. Esto tiene dos consecuencias positivas: el refuerzo de la doctrina y el inmediato reconocimiento de sus detractores. Es lo que prescribe la legislación liberal y humanitaria a la que nos adherimos sin reparos, excepto en situaciones de crisis política, social, racial, comunal, descomunal o criminal. Claro que a veces se producen errores como las palizas a discapacitados naturales, pero se producen por un exceso de celo patriótico perfectamente justificado, no por la perversidad de nuestros ciudadanos. Además más de uno se lo debe haber merecido. Es así como establecimos la (casi) unanimidad de la creencia ortodoxa, que hoy podemos afirmar prevalece entre la población poseedora de todos sus miembros. El auxilio judicial no es más que una herramienta para este fin conciliador.
La guerra contra los mansavillagros tuvo como hitos, entre otros, el Grito de Ausencio, que dio comienzo a las hostilidades cuando numerosos servidores de este imperio réprobo lo traicionaron y se pasaron a nuestro bando, y la Gran Huida Patria, cuando José Arteaga y sus seguidores (literalmente) huyeron despavoridos ante la posibilidad (bastante cierta a juzgar por los documentos) de ser sodomizados con cadenas de bicicleta por los mansavillagros. José Arteaga no regresó, viviendo en el pánico hasta sus últimos días, no a causa de un ataque homosexual no concretado (algunos revisionistas sostienen que sí se habría concretado, pero ya no tienen manos con que escribir la herejía) sino gracias a la asistencia de un negro que le ofreció el servicio gratuitamente y sin implicaciones políticas.
Para finalizar, resumamos las características que enorgullecen a todo arteago que las posee (junto con todos los miembros y órganos): humildad, soberbia, grandeza (de espíritu y corpulencia) desprecio por el diferente, aprecio por el igual, tomador de mate, jugador de fúbol, bebedor de caña, fumador de caño, portador de caño, recio, educado, ilustrado (por algún artista gráfico tan arteago como él), no cobarde, inclemente con el vencido, macho (incluso si es mujer) blanco, orgulloso de su raza, televidente de canal 4 de Arteaga (por ende justiciero por mano propia), lector de El País-Sano y votante de Bordaberry o su antagonista no diferenciable, o sea la izquierda arteaga.
Bajo la bandera del Bicentenario fue hallado un asentamiento habitado por negros que escuchaban cumbia mansavillera y no poseían ninguna de estas virtudes, a los que se privó de una ciudadanía que no hacían mérito alguno por merecer. Los extranjeros no pueden, naturalmente, entender la significación de Vicente Nario para el pueblo de Arteaga.