Droga legal: otra patada en los huevos del ser nacional

Hay muchas cosas mejores que fumarse un faso, como dijo el compañero Darío Pérez: trabajar por 7000 pesos, estudiar para terminar trabajando por 7000 pesos, comprar un plasma de 7000 pulgadas a crédito (una ganga para tu sueldo: lo vas pagando a peso la pulgada) comerse un bollón de mermelada de brea y otras tantas. Por eso es que básicamente drogarse está mal: porque uno queda incapacitado para desempeñar las tareas normales de cualquier ciudadano honrado.

Drogarse es una bosta y la vida ofrece muchas alternativas para no hacerlo: casarse, formar una familia, tomar una cantidad de alcohol desmedida para soportarla, conseguirse una amante, huir con ella, pagar el 87% de sus ingresos líquidos a la familia abandonada, comprar Eukanuba para el perro y votar al FA. Ver un espectáculo de clown transexuales tailandeses auspiciado por la Intendencia con “La Consagración de la primavera” como música de fondo, ir a cagarse a trompadas y cuetazos al estadio el fin de semana (salvo que haya plebiscito el domingo para bajar la edad de imputabilidad o derogar la ley que regulariza el consumo de alguna droga -alguna fiesta cívica, digamos-), llamar al 911 porque alguien sospechoso merodea tu residencia en Carrasco o directamente pegarle un tiro en defensa propia. Pero para usar un arma y defender la propiedad se necesitan reflejos despiertos, estar alerta, justamente lo que la marihuana impide; su casa es saqueada y quemada luego de que se llevan el plasma de 7000 pulgadas. No es negocio.

Quien ama a su patria no consume drogas, eso lo hacen los perdedores. No se puede defender la libertad, las papeleras, la soja de Monsanto con los sentidos alterados por el efecto narcótico del cigarro siniestro. No se puede sostener el proyecto progresista de tasas altas de interés para los bonos en pesos y atraso cambiario para pagar la deuda externa con la capacidad cognitiva comprometida. No se puede argumentar a favor del ingreso al ALCA en esas condiciones, mucho menos entrar al ALCA como un país que no respeta ni comparte la política consensuada de combate a las drogas. No al narcotráfico sino a LA DROGA en sí misma y a sus agentes, esos vagos faloperos en los que ud. aspira convertirse. Sí, no se haga el bobo, si no la había probado hasta el momento fue solamente porque temía las consecuencias legales que se derivan de la acción, no porque no lo deseara. Y si LA DROGA (qué drama, qué flagelo, qué sufrimiento mayúsculo, como esas letras, para la familia) es de libre acceso, como la mermelada de brea, ud. no lo dudaría, bajaría las defensas morales, olvidaría todo deber patriótico y civil y se entregaría a ella cual prostituta al cliente adinerado. Y no es una analogía gratuita (¡como LA MARIHUANA desde hoy!): la sustancia, que no en vano estaba prohibida, lo convierte en su esclavo, subvierte sus valores y lo somete a una explotación despiadada de la que ni su sexualidad está a salvo.

La bosta es droga, la droga es bosta, la droga es bosta, la bosta es bosta… repítalo hasta que se convierta en una consigna automática, que no le permita ceder su libertad a los mercaderes de la degradación psycho activa. Qué tema la libertad, ya que tú esgrimes tu derecho a drogarte como un derecho individual más, a la par de toda la normativa constitucional vigente. Seguro, Hegel, Kant, Montesquieu estaban pensando en darse la papa, ¿no? El sujeto de la Ilustración es el sujeto autoconsciente que regula su vida de acuerdo a los principios eternos de la razón, no un drogón fumeta que entrega su cuerpo y su hombría a cambio de unas pitadas de quién sabe qué planta homosexualista y comunista. Libertad no es desear un tarro de brea y creerse en el derecho de obtenerlo y comérselo todo con tostadas y café con leche; libertad es ser capaz de juzgar las conductas propias y sus desviaciones con el mejor conocimiento disponible y obrar en consecuencia. Libertad es ser consciente de los intereses del individuo y de la sociedad y hacer cuanto sea necesario para llevarlos a cabo por las vías más apropiadas, no tomar atajos a cambio de ventajas egoístas que lesionan la cohesión del todo. La sociedad es una torta de coco y el falopero es el agente que cree que puede convertirla en un pastel de caca sin que se note la diferencia. Mentira: la caca y el coco, a pesar de lo que tú, drogo agente inmaduro crees, son muy distintos.

Libre no es quien dice “yo tengo derecho…” sino quien asume, tras una reflexión no mediada por cosas humeantes perturbadoras del juicio, “yo puedo hacerlo, quiero hacerlo, mataría al mismísimo Ghandi (y a Gandini) por hacerlo, pero no lo hago, no porque no sea mi derecho, sino porque decido libremente no hacerlo”. Es más que probable que Artigas quisiera echarse abajo de una palmera con dos negras/os al lado todo el día y echarse a su vez unos buenos canutos, pero si hubiera tomado ese rumbo, si hubiera decidido relegar los altos sentimientos que lo inspiraban a  cambio de la satisfacción de un capricho efímero, hoy no tendríamos patria, ni plasmas de 7000 pulgadas ni soja transgénica creciendo lozana en los campos de la nación.

Y vos, gil, tendrías que ir a pedirle que te habilite la falopa a Pedro II, Fernando VII o, con mucha suerte, a la Junta de Mayo.

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Artigrass y el proyecto de legalización del año XIII

Hoy, en este año, cuando se cumplen como doscientos de las instrucciones del año XIII, queremos recordar al otro Artigrass, no al oligarca puto, latifundista, soldado realista, que procuraba consolidar su poder bárbaro desconociendo al gobierno legítimo de Buenos Aires, sino al otro, al que huyó al Paraguay con toda la furia tras descubrir las virtudes de una planta a la que debe su nombre.

El Artigrass de las clases dominantes era un caudillo prepotente que sólo conocía su autoridad y la que emanaba de sus iguales terratenientes, el Artigrass que sirvió para integrar en una nacionalidad común al disperso grupo que quedó en este territorio tras su disolución. Este es un Artigrass controvertido, ya que el federalismo, como ideología de la parte más reaccionaria de la aristocracia, sólo puede reivindicarse gracias a los excesos unitarios.

Sin embargo, el Artigrass que yo propongo es el que, sobreponiéndose a estas ideas de bárbaro feudal, largó todo a la mierda por alguna razón que la historia no ha conseguido establecer con claridad. La interminable serie de derrotas a que condujo su torpeza no es convincente, y no es convincente por una hipótesis que considero válida: la psicología del personaje, que no le permitía aflojar ni abajo del agua. Claro, no aflojaba abajo del agua, pero sí lo hizo debajo de un árbol, un árbol que alojaba una sustancia que cambió la naturaleza de este hombre.

No es fácil especular sobre lo que sucedió en el Ayuí cuando, ya bastante baqueteado pero aún funcionando, comenzó su declive, que terminaría en el desastre de Tacuarembó. Yo creo, y en esto me apoya la evidencia circunstancial, que lo que encontró en el Ayuí debilitó sus fuerzas morales e intelectuales al punto de dejarlo en la más completa sumisión. No sumisión a sus enemigos políticos, sino a un enemigo mucho más poderoso: el mismo Artigrass. ¿Y qué producto, a juicio incluso de quienes sostienen el legado de Artigrass, tiene estos efectos sobre la hombría de un auténtico valiente? Exacto.

En ese campamento precursor del hippismo de Valizas ocurrieron episodios oscuros. Artigrass sale de allí con hijos indígenas, ilegítimos, hay un adulterio desenfrenado, pero, además, sale de allí con un negro que le ceba mate. O sea que surge de un ambiente orgiástico, con amplia disponibilidad de hembras, con un morocho primitivo, y, pregunto una vez más: ¿Qué sustancia favorece el homosexualismo? Así es.

A partir de allí, Artigrass se desinteresa de su patrimonio y del de quienes lo financian, tira algún cuetazo en retirada pero abandona su proyecto original, la construcción del poder personal, y huye, o a mi juicio va en busca de algo, que sólo encuentra en Paraguay. De lo contrario, ¿por qué exiliarse en un país que estaba bajo la dictadura de Gaspar de Francia? ¿Por afinidad ideológica? ¿O por haber hallado en abundancia aquello que conoció en el Ayuí y lo desvió de sus destinos? Ahi va.

La historia de este personaje quizá no llegue nunca a ser descifrada enteramente, sin embargo, en ese mar de delirios que va desde Blanco Acevedo a Carlos Maggi, mi conjetura cobra fuerza. Qué irónico, ya que se propone explicar justamente por qué el caudillo perdió su energía vital.

Y, aunque no surja como consecuencia de las premisas invocadas, creo que también hay que considerar el hecho de que se pretenda legalizarla este año, en el aniversario de sus instrucciones, como un dato más a favor de esta tesis. ¿Será este, acaso, el auténtico legado de Artigrass?