Cual retazo de los cielos, de los cielos

El enemigo principal está en casa. Karl Liebknecht El teniente, sujetándole la cabeza por la nuca, se la introdujo con violencia en la pileta y la mantuvo bajo el agua más tiempo del que puede considerarse prudente. Cuando la levantó estaba casi desmayado, apenas lograba respirar y no tenía caso prolongar el interrogatorio más allá de ese punto. Todavía esperaban poder sacarle alguna información valiosa, ya que de acuerdo a otras confesiones que habían obtenido era uno de los organizadores de la célula clandestina del oeste, sobre la que tan poco sabían y que tantos problemas les había traído. Dos soldados lo arrojaron de nuevo a la celda, el espacio de uno por dos metros que, cercado por la humedad, la mugre y las ratas, replicaba a escala en sus exiguas medidas la prisión que los contenía a ambos. Con sangre seca de sesiones anteriores todavía adherida al cuerpo, los dolores casi insoportables de huesos seguramente rotos, se sentó como pudo en el catre sucio, cubierto con sábanas que nunca se cambiaban, en las que la enfermedad esperaba su turno para relevar a los torturadores y continuar sometiendo al preso por otros medios. Un poco más tarde, a juzgar por la declinación de la luz, que entraba como gotas diminutas por la única abertura al exterior, un guardia golpeó la puerta con el garrote y pasó por debajo de ésta un plato de comida inmunda o, mejor dicho, algún tipo de sobras nadando resignadas en un agua de un color asqueroso. Nunca podía comer después de los interrogatorios; la única vez que intentó hacerlo, luego de tres días sin probar bocado, vomitó el guiso nauseabundo y tuvo que convivir con él hasta que se disolvió en las grietas del piso sin que nadie lo limpiara. Desde ese momento había evitado repetir la experiencia, aunque esto supusiera una infracción que se pagaba con distintos castigos según el ánimo de los carceleros; los detenidos no tenían derecho a elegir el modo de acabar con su vida. Los que temen a la muerte como acontecimiento  único, compacto, desconocen la agonía de las muertes multiplicadas en infinitos días y formas, las sucesivas muertes cotidianas que padece el torturado hasta volverse incapaz de reconocerla cuando llega. A pesar de las presunciones de los militares, él no era ni había sido el jefe de ninguna célula; su actividad como militante se había reducido a algunas reuniones y trabajos de propaganda, y los contactos que mantuvo en ese breve tiempo no incluyeron a ningún dirigente, ni siquiera local. De hecho, tampoco tenía muy claro cuáles eran los objetivos que se proponía el movimiento ni los medios por los que pretendía alcanzarlos, simplemente, decidió involucrarse de alguna forma a partir de lo que había visto y sufrido en la fábrica desde que se implantaron las medidas prontas de seguridad. Su amigo Néstor hacía tiempo que estaba afiliado y más de una vez habían discutido los temas de la fábrica y del país, pero él no tenía las cosas muy claras y, aunque muchas veces estaban de acuerdo, tenía la sensación de que todo aquello era bastante confuso o que al menos él no era capaz de entenderlo; como un botánico tratando de identificar flores en un campo de primavera, las posiciones fluctuaban rápido, algunos enemigos defendían ideas que podían ser las suyas y los amigos tenían posturas que le parecían ajenas; era como si los bandos se cambiaran de uniformes en medio de la batalla y nadie supiera hacia dónde disparar, ¿no eran todos uruguayos, acaso? Entendía las disputas, la necesidad de la liberación nacional, pero ¿eso podía llevar al extremo de enfrentarse unos con otros? Ni las explicaciones de Néstor ni las de nadie le aclaraban esto. No era tan ingenuo como para ignorar lo que hacían los patrones, pero tampoco creía que hubiera santos en ningún lado ni dueños de la verdad; podía ser útil presionar para conseguir algo o defenderse, e incluso usar la violencia, pero en algún punto había que sentarse y negociar para seguir adelante. En esas cosas pensaba ahora, en la cárcel. Pocas noches podía dormir; pasaba las horas recordando a su familia: su padre a quien no le interesaba la política, que consiguió un puesto público en la época del viejo Batlle; a la madre casi analfabeta venida del campo para trabajar de cocinera en una casa; a su hermano, estudiante y también preso, del que no había vuelto a saber desde que se separaron, y sobre todo a su esposa, con la que se había casado poco antes de que lo detuvieran. Una foto suya era el único vínculo que le quedaba con los de afuera, un hilo muy fino que se extendía desde la celda hasta alcanzar la casita humilde levantada por ellos mismos, el retrato que duplicaba y mantenía a su manera un instante que, en ese lugar sin tiempo, bien podía ser presente y constituía la negación de este horror interminable cuya realidad no se atrevía a afirmar. En la foto, tomada por un compañero en una reunión, ella y él, con amplias sonrisas, sostenían una bandera donde brillaba espléndido ese sol que ya no llegaba hasta allí, quizá capturado también y lanzado a un calabozo oscuro y húmedo como el suyo. Lo interrumpieron los dos soldados de siempre, que venían a llevarlo para otro interrogatorio. Lo sacaron arrastrando puesto no podía levantarse, sin hablarle, sólo dándole algún empujón cuando no conseguían moverlo. Lo tiraron en el cuarto donde estaban la pileta y la picana que su cuerpo conocía tan bien, manos que lo habían explorado con descuido, que lo habían recorrido como un caminante sin rumbo, en direcciones inciertas. Sintió el azote que lo cubría, cayendo, pesado, como la niebla espesa en la noche, y se dejó llevar hacia ella, introduciéndose lentamente en esa zona indefinida y cálida de la que ya no volvería a salir. El teniente siguió golpeándolo con obstinación rutinaria, sin considerar la respuesta, ejecutando la tarea con la precisión mecánica de un artefacto cualquiera. Él se aferró a la foto mientras perdía el conocimiento; se vio por última vez con su esposa, orgullosos junto a la bandera, la misma bandera que, saludada por los soldados, miraba con indiferencia ondeando fuera de su celda.

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9 pensamientos en “Cual retazo de los cielos, de los cielos

  1. Esta frase me fascinó: “Los que temen a la muerte como acontecimiento único, compacto, desconocen la agonía de las muertes multiplicadas en infinitos días y formas, las sucesivas muertes cotidianas que padece el torturado hasta volverse incapaz de reconocerla cuando llega.”

    El relato está muy bueno. Esperaba un final humorísitico, no sé por qué. Tal vez por lo que venía leyendo acá. Me gustó mucho.

  2. Pero, muchas gracias.
    Ahora caigo en el síndrome Cortázar: creer que, porque una vez escribí un cuento más o menos decente, puedo escribir muchos más, cada vez más aburridos. No, yo cierro acá: si este está bien, no escribo más en serio.
    Ah! Ahora tengo un libro para regalarte, y no es robado.

  3. Cortázar es un capo. Vos seguí escribiendo que venís bien, je je.

    ¡Me interesó lo del libro! ¿Yo merezco que me regales un libro? Muchas gracias. La idea de que esto es así me deja contenta. Gracias.

  4. Cortázar gana mucho en una buena antología; tiene cuentos admirables. Las novelas son infumables, todas. Pero en la categoría Cuentos Completos, para mi gusto queda atrás (lejos) de Poe, Felisberto Hernández, Borges, Onetti…

    Merecés un libro por haber leído un par de mamotretos que no estaban destinados a ser leídos por nadie.. jaja.. si alguien los lee, voy a tener que empezar a cuidar la extensión.

    El otro día encontré entre mis libros uno de E.T.A. Hoffman que puede interesarte; lo que es a mí, me deja indiferente, aunque recuerdo que había un cuento que estaba bueno.

    Besos!

  5. Puede que te deje de leer… Cortázar es bueno en novelas también. ¿”62/Modelo para armar”? Dos veces intenté leerla y era infumable. Cuando dije “ta, lo leo”, me di cuenta que era tremendo libro, y eso que no leí “Rayuela”. Todavía recuerdo “bisbis bisbis” cada tanto. Ta, no sé si “tremendo” libro, pero está bueno, tiene muchas cosas nada que ver. Es un divague contínuo, como yo, jajaja.

    “Los premios” me gustó. Me entretuvo, aunque me salteaba un poco los diálogos de uno de los personajes. En lo global, está bueno.

    Si leíste “Rayuela” ahí me ganaste. Yo no la leí porque alguien me dijo que la iba a leer y en un momento de raye me dije: “ahora no la leo, leru, leru”. Es algo muy bien fundamentado, como podrás ver.

    Todo eso es para pelear nomás porque a Julio lo quiero. Es mejor cuentista que novelista, sin dudas.

    De Hoffman creo que leí un cuento una vez, no estoy segura. Me gustan leer los libros esos de antologías de muchos autores y por ahí mecharon alguno de este señor. Ni idea. Por leerte no merezco un libro. Es un placer pasar por acá.

    Besos.

  6. A ”62/Modelo para armar”, por lo menos le concedo el riesgo del experimento loco, como vos decís. Pero hay experimentos locos más interesantes, así que igual pierde.
    Cuando leí “Los Premios” era medio chico y me pareció un embole. Juré no intentarlo de nuevo, igual con “Libro de Manuel”.
    “Rayuela” no pasa el test del tiempo: si en su momento fue importante por alguna razón (que no me interesa conocer), ya no lo es, es anacrónica, no perdés nada si mantenés tu actitud “leru, leru” hacia ella.
    Supongo que un pequeñoburgués bien alimentado en el capitalismo de la posguerra, los años dorados del estado de bienestar, aburrido y apático, se hacía esas preguntas y escribía esa clase de libros. No sé, pero a la distancia, se le notan las telas de araña. Debe ser como “El guardián en el centeno” para los americanos, un libro iniciático para una generación, se me ocurre. Generación de viejos.. jaja..
    De los cuentos lo único que puedo decir es que, después de leerlos absolutamente todos (el año pasado compré los “Cuentos Completos” de Anagrama, por lo que, como verás, no tengo nada contra Julio, todo lo contrario) hay mucho relleno, muchos argumentos repetidos -¡y robados además!-, y por lo menos escribió dos versiones de cada uno.. jaja.. vamos, Julio.
    En sus buenos momentos, es uno de los mejores cuentistas del siglo pasado; en los peores, es un soberbio vendedor de humo.
    Las novelas serán eternamente infumables. Decime, ¿vos releés “62” alguna vez, después del prodigio de terminarla?
    Y si todavía no creés haber hecho méritos suficientes para el libro, pues seguí haciéndolos.. jaja..
    besos

  7. “El guardian en el centeno” me encantó. Y ta, pelearme otra vez por Cortázar… lo haría pero vos lo tomarías a mal. Me pelee con mucha gente esta semana. Creo que estoy pasando por una etapa rara de mi vida.

    Si, releí “62…”. Incluso hice eso que hacían hace muchos años con la biblia, que es pedir un consejo y leer al azar una línea. Te juro que con “62…” funciona.

    Besos.

  8. Yo ni estaba peleando.. jaja.. me pareció divertido. De cualquier manera, sería mejor pelear por Cortázar que agarrarse a cuetazos por un gorro, ¿no?
    Ah! Me hiciste acordar de Borges, que según dicen leía el Finnegans Wake de esa manera.
    En fin…
    Y “El guardián en el centeno” está muy bueno, sí.

    P.D: ¿Por lo menos ganaste alguna de esas peleas?

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