Uruguayos campeones, de América, del mundo, del universo, de…

Uruguay, tal como acertadamente lo consignan periódicos serios como El País o La República, tiene un patrimonio político del cual enorgullecerse: el respeto a los tratados, la defensa de la legalidad y del derecho internacional, de los cuales es el primer y más firme garante. Este patrimonio se ha construido a lo largo de la historia con el esfuerzo de estadistas, diplomáticos y juristas de primera línea, que han colocado al país en un sitio envidiado incluso por las naciones más ricas y poderosas. Ellos imponen la fuerza de los recursos; nosotros imponemos la de nuestra ética.
No hay acuerdo bi, tri, multi o polilateral que Uruguay no ratifique, desde la declaración de guerra simultánea a Alemania y el Eje hasta la creación del estado judío, pero también, por qué no, la solución final y el genocidio armenio. Nada escapa al garantismo jurídico uruguayo, que está atento permanentemente a la aparición de nuevas normas a las que adherirse cual garrapata al lanar. Derechos humanos e inhumanos; comunismo y anticomunismo; castrocomunismo y liberalismo austriaco; proliferación nuclear y guerra química; mundo afro y violación de haitianos; vudú y racionalismo crítico; estas son sólo algunas de las convenciones aprobadas por nuestro país, que se apresura a poner su firma al pie de cualquier documento y luego destaca a un grupo de sus más prestigiosos juristas para que lo incorpore al resto del cuerpo de leyes, con algunas de las cuales, como es evidente, se encontrará en abierta contradicción. No importa, siempre habrá tiempo y recursos para resolver estos tecnicismos que emergen de la plenitud democrática a que aspira nuestro país.
Sin embargo, por mayor que sea el empeño de un estado, la amenaza de verse avasallado por la superioridad material de otros, más fuertes y menos atentos al cumplimiento de esa vasta red legal, siempre estará presente. Un paraguas es impotente frente al granizo; un libraco judicial lo es ante los cañones. Uruguay, entonces, a pesar de su apego irrestricto a los tratados, debe considerar la eventual violación que otros países pueden perpetrar, y prepararse para esta contingencia. Y ya lo ha hecho, desde luego, ya que no puede sostenerse con sensatez que un pueblo tan responsable sea negligente a este respecto. No lo es, claro que no, pero tampoco es osado al extremo de renunciar al corpus reglamentario que lo respalda y disponerse a guerrear, una imprudencia que los pequeños no pueden permitirse.
Las guerras del futuro, como sabemos por nuestro Ministro de Defensa, serán por los recursos: el agua, la tierra, los minerales, los jóvenes educados capaces de manejar una Ceibalita; las almas, por fin, en que descansa la democracia ejemplar en que vivimos. De modo que sus estrategas han desarrollado una táctica correspondientemente equilibrada, cuyo cimiento reside en atender esta circunstancia sin involucrarnos en el conflicto armado.
Y es así cómo, luego de deliberaciones del más alto nivel, nuestro gobierno tomó la inteligente determinación de entregar por las buenas los recursos, antes de que le sean arrebatados: la tierra a los sojeros argentinos, el agua a las transnacionales del papel, los minerales a los inversores indios, los frigoríficos y el arroz a los brasileños, y si la prepotencia imperialista de todas maneras decide venir por ellos, nuestro gobierno tranquilamente lo invitará a dialogar con sus legítimos propietarios.
Seguimos a la vanguardia del mundo, ‘bo, arriba la celeste.

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