Chocolate por fuera, meren… heavy metal de corazón

Como Dios no me dejó ser puto y chupar la pija todos los días con una bombacha calzada en el ojete, soy un duro entonces odio a los putos. Pero no se olvide de esto, amigo: no soy un mataputos, sino un cogeputos (Ricardo Iorio)

Ricardito. Ricardito era metalero desde la cuna, aunque su madre no estaba de acuerdo y le dio un so-Pappo para corregirlo. No sirvió de nada y trató de sobornarlo con un al-Halford y un Ozzy-to (remítase a un post anterior), pero todo fue inútil.
Desde edad temprana manejaba una moto Chopper V8 Metallica que, aunque Hermética, tenía Herrumbre. Con sus amigos no andaba en grupo sino en Malón.
De todas formas, también disfrutaba de otras expresiones artísticas, como el teatro, siendo su obra favorita La Casa de Bernarda Alvacast, o el circo, al que solo asistía para ver la Pantera. También visitaba la rural del prado, para ver al Rey Toro. Celebraba Helloween en lugar de Halloween, y en fin de año no pedía una moneda para el judas sino una moneda para el Judas Priest.
Con todo, no era un Sátrapa ni un Criminal, y jamás envió a alguien a la Sepultura. Pero eso sí, cuando, faltando 2 minutes to midnight, la madre lo llamaba a tomar la leche, se ponía furioso y respondía: “¡¿Qué te pensás, que soy un puto tragaleche!?”