Artigrass y el proyecto de legalización del año XIII

Hoy, en este año, cuando se cumplen como doscientos de las instrucciones del año XIII, queremos recordar al otro Artigrass, no al oligarca puto, latifundista, soldado realista, que procuraba consolidar su poder bárbaro desconociendo al gobierno legítimo de Buenos Aires, sino al otro, al que huyó al Paraguay con toda la furia tras descubrir las virtudes de una planta a la que debe su nombre.

El Artigrass de las clases dominantes era un caudillo prepotente que sólo conocía su autoridad y la que emanaba de sus iguales terratenientes, el Artigrass que sirvió para integrar en una nacionalidad común al disperso grupo que quedó en este territorio tras su disolución. Este es un Artigrass controvertido, ya que el federalismo, como ideología de la parte más reaccionaria de la aristocracia, sólo puede reivindicarse gracias a los excesos unitarios.

Sin embargo, el Artigrass que yo propongo es el que, sobreponiéndose a estas ideas de bárbaro feudal, largó todo a la mierda por alguna razón que la historia no ha conseguido establecer con claridad. La interminable serie de derrotas a que condujo su torpeza no es convincente, y no es convincente por una hipótesis que considero válida: la psicología del personaje, que no le permitía aflojar ni abajo del agua. Claro, no aflojaba abajo del agua, pero sí lo hizo debajo de un árbol, un árbol que alojaba una sustancia que cambió la naturaleza de este hombre.

No es fácil especular sobre lo que sucedió en el Ayuí cuando, ya bastante baqueteado pero aún funcionando, comenzó su declive, que terminaría en el desastre de Tacuarembó. Yo creo, y en esto me apoya la evidencia circunstancial, que lo que encontró en el Ayuí debilitó sus fuerzas morales e intelectuales al punto de dejarlo en la más completa sumisión. No sumisión a sus enemigos políticos, sino a un enemigo mucho más poderoso: el mismo Artigrass. ¿Y qué producto, a juicio incluso de quienes sostienen el legado de Artigrass, tiene estos efectos sobre la hombría de un auténtico valiente? Exacto.

En ese campamento precursor del hippismo de Valizas ocurrieron episodios oscuros. Artigrass sale de allí con hijos indígenas, ilegítimos, hay un adulterio desenfrenado, pero, además, sale de allí con un negro que le ceba mate. O sea que surge de un ambiente orgiástico, con amplia disponibilidad de hembras, con un morocho primitivo, y, pregunto una vez más: ¿Qué sustancia favorece el homosexualismo? Así es.

A partir de allí, Artigrass se desinteresa de su patrimonio y del de quienes lo financian, tira algún cuetazo en retirada pero abandona su proyecto original, la construcción del poder personal, y huye, o a mi juicio va en busca de algo, que sólo encuentra en Paraguay. De lo contrario, ¿por qué exiliarse en un país que estaba bajo la dictadura de Gaspar de Francia? ¿Por afinidad ideológica? ¿O por haber hallado en abundancia aquello que conoció en el Ayuí y lo desvió de sus destinos? Ahi va.

La historia de este personaje quizá no llegue nunca a ser descifrada enteramente, sin embargo, en ese mar de delirios que va desde Blanco Acevedo a Carlos Maggi, mi conjetura cobra fuerza. Qué irónico, ya que se propone explicar justamente por qué el caudillo perdió su energía vital.

Y, aunque no surja como consecuencia de las premisas invocadas, creo que también hay que considerar el hecho de que se pretenda legalizarla este año, en el aniversario de sus instrucciones, como un dato más a favor de esta tesis. ¿Será este, acaso, el auténtico legado de Artigrass?

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