1500 años de soledad

Cuando nos mudamos yo estaba triste porque no tenía amigos; bueno, tampoco los tenía en el otro barrio, pero al menos conocía a los que me rechazaban. Mis padres estaban preocupados por verme tantas horas solo, abstraído, soñando con esos malditos trenes como los llamaba mamá. Malditos ellos que ni siquiera me permitían  tener una mascota como cualquier niño de mi edad; según decían, no teníamos lugar, pero bien que teníamos lugar para esa vieja asquerosa que me babeaba como si quisiera disolverme con sus jugos antes de comerme; ya sé que el perro se caga y se mea adentro, pero la abuela también lo hacía y nadie decía nada.
Hasta que un día papá apareció con una cajita muy delicada donde venía ella, descansando sobre una especie de colchón, dormida. Salté y me colgué de su cuello, besándolo casi como cuando la abuela me besaba a mí, con una alegría sincera que no recordaba haber experimentado antes hacia ellos. Papá me dijo que la abriera con cuidado, que le había costado mucho trabajo (aunque esto quería decir plata) conseguirla, y que esperaba que me gustara, y me devolvió el beso con un cariño bastante convincente. Retiré despacio el envoltorio y vi asomar algo verde con una franja amarilla, que no me atreví a tocar. “Dale, abrilo a ver si te gusta”, dijo mamá animándome. No me gustó, me encantó, me enamoré de inmediato de ella; no era un animal sino una 1500 flamante; le di otro beso a cada uno y salí corriendo con la locomotora a remolque hacia mi cuarto.
A partir de ese momento empecé a dedicarle todo el tiempo a mi máquina, que, dicho sea de paso, requería más atenciones que una vulgar mascota con sus limitadas demandas de alimento y aire fresco. Una locomotora necesita un ambiente adecuado, que le construí, reproduciendo la remesa Peñarol a escala además de una pequeña playa de maniobras para que pudiera pasearse libremente y tener contacto con otras criaturas de su especie.
Si mis padres pretendían que la responsabilidad de tener algo de que ocuparme me hiciera más sociable e inculcara ciertos hábitos y rutinas, el experimento resultó un fracaso absoluto; no es que descuidara a la locomotora sino todo lo contrario, que no podía hacer más que eso. Las cosas en la escuela comenzaron a ir mal, sobre todo porque a la maestra se le ocurrió la ridícula disposición de no permitir la entrada de locomotoras al salón, equiparándola con cualquier bicho ordinario. Mis compañeros no eran particularmente simpáticos con ella, como tampoco lo eran conmigo, y eso contribuía a mi creciente indiferencia hacia ellos. Si antes nadie me comprendía, ahora habían abandonado todo intento de hacerlo.
Yo pasaba las tardes mostrándole a mi 1500 sus ancestros, explicándole cómo, cuando creciera, ella sería como aquellas bestias majestuosas y se deslizaría con elegancia sobre las vías de la misma forma que ellas. Un día la llevé a Carnelli para que viera a otras GE hacer maniobras; la puse frente a una y ella la miró asombrada desde su corta estatura, encendiendo las luces de posición como un perrito cuyos ojos se iluminaran a la vista de otro cachorro. Pero la grande, rugiendo enojada, salió a toda velocidad dejando tras de sí una oscura pluma de humo negro similar al aliento alcohólico de un mayor malhumorado. Yo la tomé en brazos, consolándola, y nos fuimos a casa. Creo que me sentí maravillado por nuestro parecido.
Sin embargo, mis padres veían cada vez con mayor inquietud esta relación, para ellos incomprensible. Se hartaron de mi insistencia en que la locomotora iba a crecer e incorporarse al parque de AFE. Esto los decidió a llevarme con un profesional (“¿un mecánico?” pregunté, ingenuo); si ellos no lograban convencerme de que esa máquina era sólo eso, un artefacto inerte, que jamás iba a crecer, pues un psicólogo tendría que hacerlo. Yo accedí con la única condición de que la locomotora estuviera presente en la sesiones; mis padres se negaron, pero parece que, luego de consultarlo con el doctor, éste estuvo de acuerdo.
– ¿Te gusta mucho esa máquina, no?- preguntó.
– Claro, ¿a ud. no?
– Sí, es muy linda. Pero tenés otros amigos además de ella, ¿verdad?
– Sí, por supuesto- mentí.
– ¡Mentiroso! ¡No tenés ningún amigo, por eso estás acá! ¡Encima de loco sos bruto embustero!- gritó enfurecido. Me puse a llorar. Creo que la máquina también, o tenía una pérdida de agua, como la 1519- No llores- continuó- Cuando yo tenía tu edad también tenía un muñeco con el que conversaba y pasaba muchas horas. Es normal, no tiene nada de malo. Pero tenés que entender que un muñeco de Louis-Ferdinand Céline  o un ciempiés asqueroso de dos metros o una locomotora diesel eléctrica Alco de 1500 caballos, fabricada en Schenectady, Nueva York, en 1952, no son verdaderos amigos aunque les hables, y que tarde o temprano, cuando crezcas, vas a tener que aceptarlo, porque ella no va a crecer como vos. Y cuanto antes lo hagas, mejor. Por eso estás acá- dijo.
– ¡Ella sí va a crecer, ud. no entiende! ¡Es como todos los demás, como mis padres! ¡Déjeme en paz!
– Tenemos que trabajar sobre esa ira también. Pero para el primer día es suficiente, veo que estás muy tenso- y me pegó un sopapo antes de echarme del consultorio.
Me fui muy triste, en el auto no quise hablar (salvo con la 1500, claro) y me encerré en el cuarto al llegar a casa. Pasé muchos días así, en la escuela mis compañeros me ignoraban porque era el loco que hablaba con el juguete, la maestra no me dirigía la palabra, el psicólogo me gritaba por cada respuesta que le daba y mis padres estaban sumamente decepcionados porque yo seguía creyendo que la máquina iba a crecer un día y siempre íbamos a ser amigos. Desearon no habérmela comprado jamás, lo que me resultó muy cruel, porque al fin y al cabo ellos habían pensado que esa era la solución. Era como esos que tienen un hijo enfermo y lo culpan de la situación en lugar de culparse ellos por haberlo tenido. La abuela, a todo esto, seguía haciéndose caca y pichi.
Tuve algunas sesiones de terapia más, que no produjeron resultados. El doctor no era malo, pero se estaba dando por vencido y aconsejó internarme una temporada lejos de los trenes y en especial de mi locomotora. Tuvimos una reunión familiar esa noche; todos lloramos mucho, menos la abuela que se hizo caca. Estaba decidido que, si no había ningún cambio en las próximas semanas, iban a seguir la recomendación del psicólogo. Me fui a dormir muy deprimido; dejé a la locomotora en la remesa, después de darle arena, agua y combustible, y le di las buenas noches pidiéndole que no se preocupara.
De madrugada, mientras todos dormíamos (excepto la abuela, que estaba en el baño) escuchamos un estruendo terrible, como si la casa estuviera derrumbándose. Papá y mamá se encontraron conmigo en el comedor, con el susto en el lugar de la cara que debía ocupar el sueño. Se miraron sorprendidos porque yo tenía una enorme sonrisa y observaba el lugar por el que la locomotora, de casi diecisiete metros de largo, tres y medio de ancho y ciento dos toneladas, acababa de salir. Me sentí triste al pensar en cuánto iba a extrañarla, pero, al menos, estaba seguro de que no iba a ver más al psicólogo.

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The house by the quilombo

Estábamos en la sociedad de 25 de agosto. Conocía las historias sobre los fenómenos paranormales que alberga, pero al verga que esto escribe jamás le parecieron más que mentiras burdas. Aquella noche también escuché incrédulo varios de esos relatos antes de irme a acostar.
Jorge fue el primero en retirarse ya que era el primero en tomar servicio la madrugada siguiente. Los demás nos quedamos charlando un rato más, pero la conversación se fue extinguiendo casi sin advertirlo, como el vino de la caja y las luces de las pocas casas cercanas. En el silencio que se apoderó de la habitación, sólo las tenebrosas sombras de los árboles que rodean la casa nos sacaron del estado de perplejidad en que habíamos caído. Sin decir una palabra, todos nos levantamos y nos dirigimos a nuestros cuartos.
Me metí en la cama mientras escuchaba los pasos firmes en el piso de madera, procedentes de las otras piezas. Luego, otra vez el silencio; no quedaba nadie despierto excepto yo. No quería comportarme de forma sospechosa, sobre todo porque hacerlo me habría delatado ante mí mismo y me habría encontrado aceptando algunas de aquellas fantásticas historias. Sin embargo, estaba atento y no quería ceder al sueño, a pesar de haber cedido (y mucho) a sus cómplices más cercanos: el alcohol y la apatía. Mantuve la vigilancia gracias a una voluntad que ni el vino más picado podría quebrar. Las horas brotaban del reloj con lentitud y saltaban al vacío de la noche sin titubeos. Podía escucharlas ejecutar su acto con la regularidad con que un plancha acude a su proveedor de drogas. A las 3:30 a.m. Jorge se fue a trabajar, alterando apenas la profunda quietud, que regresó tan pronto como él se hubo marchado.
De pronto, alguien se despertó, se levantó de la cama y salió fuera de la casa sin motivo alguno. Antes de que pudiera ensayar una explicación, otro lo siguió con la misma inquietante determinación; y así, uno a uno, los demás hicieron lo mismo con la exactitud con que Gardel revive en las horas pares en radio Clarín, para volver a morir durante la hora siguiente, como un zombie con temporizador incorporado. ¡Todo era verdad!
Tenía que investigar. Primero investigué, cual gourmet preparando tortilla española, si tenía huevos suficientes para investigar. Pero no había tiempo para sutilezas; si me quedaba esperando, era probable que terminara lanzándome afuera como el resto. Escuché una música lejana y decidí averiguar de dónde venía y si tenía algo que ver con los extraños acontecimientos que acababa de presenciar. Un poco arrastrándome (no por necesidad sino por el miedo), otro poco a tientas (no por la oscuridad sino por el pedo) llegué hasta el umbral de la puerta principal. Estaba abierta, signo inequívoco de que habían salido por allí, o de que alguien había entrado y mis compañeros se habían tirado por el water, quién sabe. Estaba solo. Otro hecho paranormal considerando que ni siquiera soy ferroviario. ¿Qué hacía allí?

Vi una luz roja cruzando la calle; la música brotaba de ahí. ¿Un templo umbanda, un rito satánico, un portal al más allá? Nada de eso: un quilombo, y allí estaban todos. Misterio resuelto.
Volví a la cama, solo, tranquilo, a esperar que amaneciera. Cerré los ojos. Cuando me estaba durmiendo volví a escuchar pasos, ahora mucho más cerca y aproximándose cada vez más. Me había distendido de tal manera que ahora el terror fue mucho más intenso; estaba paralizado y era incapaz de hacer nada. La figura cobró forma ante mis ojos y no tuve duda de lo que estaba viendo: “¡Sos el fantasma de Jorge!”, grité, pero la voz contestó con tanta rapidez que no tuve tiempo ni de morir infartado: “Fantasma tu hermana. Me olvidé del termo, tragaleche”, y se alejó haciendo un ostensible fuck you.

Ferrofilia

Dos locomotoras de distinta especie apareándose de manera natural (?)

toda la gracia tardía de una lluvia que cesa

con la caída de una noche

de agosto

Samuel Beckett

Adorables. Como un koala. Sin importar cuánto le chupe un huevo el patrimonio, la nación, la herencia o la tradición a alguien, a ese alguien seguramente le gusten los trenes y no tenga razones para defender su preferencia. Sí, como Bentham con las clavijas y la poesía, no hay elección racional posible en este asunto.

Es probable que también existan aquellos que se comerían un koala en dos panes, que lo violarían sin contemplación antes de cocinarlo en una olla de aceite hirviendo, decapitamiento de por medio. Pero son enfermos, marginales, psicópatas, cincópatas por qué no (¿sexópata es un adicto al sexo o un ser de seis patas? ¿las locomotoras son sexópatas, entonces?) De igual manera, debe haber quienes detestan a los trenes de tal forma que si la química del silicio no estuviera (tan) reñida con la del carbono, harían lo propio con ellos. Pero una locomotora Alco no es un choripán, de modo que hasta acá (señalando el límite de la analogía) llega la analogía.

Sin embargo, más interesante, aunque igual de desquiciado, es el caso inverso, aquel en que el sujeto siente una atracción patológica tal hacia la criatura de sus desvelos que, con perdón de las buenas costumbres, se lo cogería. Al osito sí, u Ozzy-to (**) si es fan del heavy metal (y la afinidad parece evidente) y también a la locomotora, siempre con la reserva de que la química del carbono no se aviene con la del silicio. Es por eso quizás que estos casos son menos frecuentes entre los aficionados a los trenes que entre los adoradores del koala, ya que puede constituir una ventaja evolutiva el desarrollo de sentimientos hacia otros seres de carbono, mas no así hacia los de silicio. Menos frecuentes dijimos, pero no por ello inexistentes.

Y es así como llegamos por fin a la historia de L.H., connotado ferroaficionado local que llevó al extremo su amor por estos artefactos inanimados. L.H. aspiraba a ser el aficionado supremo, el más perfecto ejemplo de amor incondicional por los trenes, pero, al mismo tiempo, se vio involucrado en un incidente con un grupo de pares que cuestionaban su lealtad hacia el hobby (y, por qué no, hacia el hobbit, o enano)

L.H. padecía además el Síndrome de Asperger, una de cuyas características esenciales es la comprensión literal del lenguaje, y fue esto lo que finalmente condujo a su caída. En medio de la agria disputa, con (dis)puteadas en ambos sentidos, un antagonista lanzó a L.H. el insulto que cambiaría su vida: “hacete dar por una 1500 en celo, culo roto”.

(*) Apéndice: prácticas sexuales de las locomotoras.

Ménage à trois: Las máquinas de la foto más una 2000.

Voyeurismo: Idem. pero con la 2000 mirando.

Sexo adúltero: La 2000 con una de ellas. Y la otra mirando.

Pedofilia: Cualquiera de ellas con una 200 (GE)

Necrofilia: Cualquiera de ellas con la 1612

Sexo interracial (y pedófilo): Idem., pero con la 205 (sutil)

Sexo interracial, pedófilo y necrófilo: Idem. pero con las 411-18

Sexo anónimo: Cualquiera de ellas con la Alco S-1 (!!??)

Gerontofilia: Idem., con una vaporera

Masoquismo: Cualquiera de ellas en 4 (o en 6) con la otra dándole topes.

(**) Ilustración del Ozzy-to



Berchesi, la ira de Dios

Yo, la cólera de Dios, me casaré con mi propia hija, y con ella fundaré la dinastía más pura. Juntos… reinaremos todo este continente. Resistiremos… Yo soy la cólera de Dios… ¿Quién está conmigo? (Aguirre, la ira de Dios. 1972)


Cuando Werner Herzog pergeñó este magnífico film, donde la ambición ilimitada y la determinación para alcanzar una meta irrazonable dan paso a la locura, con seguridad no imaginó que el realizador de culto Daniel Lucas iba a encontrar un paralelo más pertinente que el suyo. Y en definitiva, eso es lo que convierte a este plagio descarado, que en otro contexto sería pasible de acciones legales, en un auténtico clásico del consagrado director independiente.

Con unos planos aéreos inmoralmente reminiscentes de la cinta mencionada, que muestran la devastación y la soledad del patio de los talleres Peñarol, Lucas establece la premisa que servirá de fundamento a todo lo que sigue. Berchesi se erige, al igual que el conquistador Lope de Aguirre, en la voz de la civilización sobre la barbarie, de la Historia con mayúscula sobre el mero acontecer, a fin de justificar su obra ante sus semejantes y ante sí mismo.

De forma casi metanarrativa y decididamente anacrónica, Daniel Lucas inserta aquí una reflexión sobre su propia tarea como creador, de una pretensión tan inusitada que ni siquiera Godard se atrevería a ensayar. Tras esta patética digresión continuá el asalto a la historia del Cine (también con mayúsculas): Lucas se apropia a diestra y siniestra elementos formales y técnicos para conseguir su grandilocuente propósito, de la misma manera que Aguirre y Berchesi, como vimos.

Sólo Klaus Kinski podría interpretar este papel… si estuviera vivo, claro. Pero el director no se amilana y convoca ¡al mismísimo amo de las tinieblas, Juan Berchesi!

Con este recurso Lucas revierte todo lo que señalamos antes; la degradación, la angustia tangible, la depravación más palpable se vuelven tan naturales que sólo un bebedor de naftalina contumaz podría negar el talento desplegado.

Berchesi logra su propósito hundiéndose a sí mismo en la tragedia, testimonio de una voluntad ciega equiparable a la del bicho canasto en sus mejores momentos. Desde luego que, a diferencia del héroe de Herzog, este vendió hasta el barco, los marinos y la corona en el proceso.

Imprescindible.

Deconstruyendo Falsche Bewegung

 

No hablemos, pues, mal de nuestros tiempos; no son peores que los pasados. (Silencio.) Claro que tampoco debemos hablar bien. (Silencio.) No hablemos (Samuel Beckett, Esperando a Godot)

Hasta el minuto 12 la película transcurre exactamente igual que Falso Movimiento de Wim Wenders. En ese momento ocurre una bifurcación, tanto metafórica como real, donde Wilheim se apea del expreso de larga distancia a Bonn en que viaja y aborda el Schienenbus Uerdingen de cercanías detenido en la estación.

A partir de ese instante el aspirante a escritor ya no buscará las palabras que expresen sus conflictos espirituales y los de una Alemania de posguerra desgarrada por la apatía y el desconsuelo, simplemente buscará la paz que el ferrobús no puede proporcionarle.

Sus intentos de comunicarse se ven frustrados uno tras otro; cuando a su lado se sienta el filósofo posmarxista Jürgen Habermas y Wilheim pretende apelar al autor de Erkenntnis und Interesse para obtener algunas pistas vitales, la deplorable suspensión del coche malogra el diálogo.

Poco después suben el escritor irlandés Samuel Beckett y el Canciller de Alemania del Este Wilhelm Pieck, pero la situación se resuelve, o no, del mismo modo que antes; Beckett vería en esto una analogía del absurdo de la vida y Pieck la bancarrota del transporte capitalista, pero ambos son incapaces de comunicar sus opiniones al protagonista. Éste trata de leer a Heidegger; el libro cae de sus manos. Pretende escribir prosa proletaria tardía alemana; solo consigue hacer garabatos sobre el papel.

La desesperación de Wilheim es ahora palpable, material, ya no metafísica e inexpresable. Uno a uno sus esclarecidos acompañantes descienden del tren, dejándolo en la más opresiva soledad que la cámara haya retratado desde Tystnaden de Bergman. De todas maneras nuestro héroe ya se ha resignado a la imposibilidad de la palabra en cualquier plano y de este modo, acepta la indeterminación ontológica fundamental que rige a todo ser, lo que no evita que se precipite en la profunda medianoche de la razón.

Una única oportunidad resta entonces para la redención. El silencio de Dios y del mundo lo atormentan a tal grado que aparta su precaria convicción existencial y ruega al Creador por una señal. Dios responde con la presteza y la imprudencia propias de un coso omnisciente que se regodea en la inacción constante: cuando intenta poner a peligro la señal de entrada de Sudriers (*), desconociendo el mecanismo, es arrollado por el ferrobús (**) y muere in situ.

Wilhelm impreca a Dios por su indiferencia sin siquiera sospechar que éste estaba más cerca de lo jamás creyó: bajo las ruedas del infame vehículo.

(*) Sudriers, Bonn. Como París, Texas. Un guiño hipertextual a otra de sus obras.

(**) Basado en un relato que me fue transmitido vía tradición oral ferroviaria: el médico de Empalme Olmos fue atropellado por un tren mientras el guarda clamaba por la presencia del galeno.

(**) Hanna Schygulla en un papel olvidable. Sobre todo porque no aparece en el film.