El Castillo (de la suerte)

Franz Kafka, Michael Haneke, Daniel Lucas. Como en esos ejercicios escolares básicos, señale al que no pertenece al conjunto. Por un lado, tenemos a uno de los autores fundamentales de la narrativa del siglo XX; por otro, uno de los directores que mejor ha captado la falta de sentido y el azar al que nos arroja un mundo sin metarelatos que lo expliquen; y por último, a Daniel Lucas.

Al igual que en la novela póstuma del escritor checo, O. llega a un sitio donde, al parecer, se lo ha convocado para participar en un programa de juegos. Sin embargo, el conductor (Cacho B) jamás se presenta ante O., quien a partir de ese momento comienza a buscar un significado a todo aquello. Las opciones se multiplican frente a él como puertas que no conducen a ninguna parte, todas perfectamente equivalentes, y por ello carentes de la necesidad intrínseca que acompaña a la elección racional.

O. establece relaciones con una asistente de Cacho B. como medio para acceder a éste, como lo hará con otros habitantes del castillo, sólo para descubrir que el amor, la amistad, las ocupaciones que se le ofrecen y todo lo demás no son más que excusas que sustituyen la falta de propósito subyacente. Ahora ya no sabe si es jugador o ficha de un juego mayor dirigido desde el anonimato por alguien que tal vez ni siquiera exista.

Donde Kafka y Haneke plantean la búsqueda como consecuencia inevitable de una vida que ya no puede apelar a una regla exterior para justificarse, abandonando la elección a una consciencia que también naufraga en la inexistencia de asideros sólidos, Lucas acepta la apuesta y la lleva a una conclusión que, por definitiva, resulta arbitraria: tras la última puerta no se encuentra Dios, la Nada, la Voluntad o la Razón Histórica, sino el Chancho. Soberbia.

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Deconstruyendo Falsche Bewegung

 

No hablemos, pues, mal de nuestros tiempos; no son peores que los pasados. (Silencio.) Claro que tampoco debemos hablar bien. (Silencio.) No hablemos (Samuel Beckett, Esperando a Godot)

Hasta el minuto 12 la película transcurre exactamente igual que Falso Movimiento de Wim Wenders. En ese momento ocurre una bifurcación, tanto metafórica como real, donde Wilheim se apea del expreso de larga distancia a Bonn en que viaja y aborda el Schienenbus Uerdingen de cercanías detenido en la estación.

A partir de ese instante el aspirante a escritor ya no buscará las palabras que expresen sus conflictos espirituales y los de una Alemania de posguerra desgarrada por la apatía y el desconsuelo, simplemente buscará la paz que el ferrobús no puede proporcionarle.

Sus intentos de comunicarse se ven frustrados uno tras otro; cuando a su lado se sienta el filósofo posmarxista Jürgen Habermas y Wilheim pretende apelar al autor de Erkenntnis und Interesse para obtener algunas pistas vitales, la deplorable suspensión del coche malogra el diálogo.

Poco después suben el escritor irlandés Samuel Beckett y el Canciller de Alemania del Este Wilhelm Pieck, pero la situación se resuelve, o no, del mismo modo que antes; Beckett vería en esto una analogía del absurdo de la vida y Pieck la bancarrota del transporte capitalista, pero ambos son incapaces de comunicar sus opiniones al protagonista. Éste trata de leer a Heidegger; el libro cae de sus manos. Pretende escribir prosa proletaria tardía alemana; solo consigue hacer garabatos sobre el papel.

La desesperación de Wilheim es ahora palpable, material, ya no metafísica e inexpresable. Uno a uno sus esclarecidos acompañantes descienden del tren, dejándolo en la más opresiva soledad que la cámara haya retratado desde Tystnaden de Bergman. De todas maneras nuestro héroe ya se ha resignado a la imposibilidad de la palabra en cualquier plano y de este modo, acepta la indeterminación ontológica fundamental que rige a todo ser, lo que no evita que se precipite en la profunda medianoche de la razón.

Una única oportunidad resta entonces para la redención. El silencio de Dios y del mundo lo atormentan a tal grado que aparta su precaria convicción existencial y ruega al Creador por una señal. Dios responde con la presteza y la imprudencia propias de un coso omnisciente que se regodea en la inacción constante: cuando intenta poner a peligro la señal de entrada de Sudriers (*), desconociendo el mecanismo, es arrollado por el ferrobús (**) y muere in situ.

Wilhelm impreca a Dios por su indiferencia sin siquiera sospechar que éste estaba más cerca de lo jamás creyó: bajo las ruedas del infame vehículo.

(*) Sudriers, Bonn. Como París, Texas. Un guiño hipertextual a otra de sus obras.

(**) Basado en un relato que me fue transmitido vía tradición oral ferroviaria: el médico de Empalme Olmos fue atropellado por un tren mientras el guarda clamaba por la presencia del galeno.

(**) Hanna Schygulla en un papel olvidable. Sobre todo porque no aparece en el film.