Laica, gratuita y obligatoria

Lucas es un nene bastante callado, siempre lo ha sido, desde el jardín. Su pelo rubio, sus ojos celestes y sus rasgos atractivos no funcionan como elementos para favorecer la comunicación, algo que intriga a los padres y al propio psicólogo de Lucas. Cursa tercer año de escuela con un grupo que no ha cambiado desde primero, y, sin embargo, continúa tan silencioso como si acabara de incorporarse a la clase. No parece más inclinado a tratar con unos niños que con otros, lo que sugiere que el fenómeno no tiene origen en los individuos concretos que lo rodean. Lucas, sencillamente, no habla.

La maestra, aconsejada por los expertos en pedagogía, no insiste en dirigirle la palabra, esa peligrosa navaja con que podría cortar la participación de Lucas en las actividades regulares. Porque, a pesar de su condición, es un buen estudiante, un muy buen estudiante, que se destaca en las áreas cognitivas que no requieren de trato verbal. Parece disfrutar con las matemáticas y las ciencias empíricas, y parece disgustarse con los ejercicios de idiomas, redacción y cosas por el estilo.

Los otros niños, al principio, le tiraban chumbitos, lo molestaban, lo trataban como a un igual algo apagado e intentaban encenderlo, pero cuando vieron que no sucedía, desistieron y dejaron a Lucas apartado, en su espacio libre de intrusiones verbales. Lucas no sintió la ausencia, así como antes no había sentido la presencia de un entorno construido con enunciados y oraciones.

A mediados de julio, en clase de historia, llega el momento de tratar la baja Edad Media, los siglos oscuros. Nadie presta atención a la maestra mientras expone las ideas tempranas del paganismo, hasta que, sorpresivamente, Lucas se para de su asiento y suelta un discurso inesperado sobre las raíces arias, la pureza racial y el pangermanismo prontos a realizarse sobre las tierras infieles. Luquitas es un criptonazi.

El escándalo se desata en la escuela; Lucas es expulsado hasta que se presenten sus padres, quienes con seguridad tendrán mucho que decir sobre el episodio nacionalsocialista de su hijo; convocan al psicólogo que lo atiende habitualmente para que explique qué síntomas había dado el niño antes del día fatal, y alguien llama al consejo de educación primaria, que envía un especialista en conflictos raciales para observar lo que ocurre. La maestra es separada del cargo e investigada por presunta instigación al odio, pero no se prueba ninguna vinculación y la vieja, tan desconcertada como los demás, vuelve a enseñar el paganismo primitivo.

Lucas, por lo visto, ha forjado sus ideas supremacistas durante todo ese tiempo de enigmático silencio, y no debe nada a nadie en cuanto a sus preocupaciones por la infiltración comunista y el avance del sionismo, destructores de los valores occidentales. Entonces lo llama el director de la ANEP, interesado por el caso del “niño nazi espontáneo de Montevideo”, como se conoce la historia de Lucas en la prensa internacional.

El director empieza a interrogarlo calmado, con el tono profesional de quien digiere situaciones de ese tipo con el café con leche y los bizcochos de todos los días:

– Lucas, a ver, ¿vos creés de verdad que hay una conspiración judeo-comunista para dominar el mundo?- El niño asiente con la cabeza.

– ¿Estás convencido de que las finanzas están controladas por judíos que corrompen las creencias tradicionales en el trabajo y la familia de nuestros pueblos?- Lucas vuelve a asentir en silencio.

– ¿Y creés también que si el espíritu blanco no se levanta para enfrentar esta amenaza bolche-afro-judía, todos las conquistas de la Europa blanca están en riesgo de desaparecer?- El niño aprueba con el mismo gesto de siempre.

– Bien, entonces -dice el director- llevate estos folletos y libros, leelos tranquilo y vení la semana que viene, que tenemos mucho que conversar. No le digas a nadie que tuvimos esta charla, que quede entre nosotros, Luquitas, amigo. Y si alguien te encuentra los libritos, le decís que te los dio un hombre raro en la calle, ¿de acuerdo?- Lucas vuelve a responder con la cabeza y se retira con la mochila llena de material didáctico.

Pasa una semana exacta antes de que el consejero vuelva a ver a Lucas y su cabeza rapada, una semana en la que el alumno destacado lee con gran interés un montón de páginas maravillosas sobre las que está listo para responder minuciosamente si es consultado.

– Luquitas, qué alegría volver a verte. Qué orgullo para nuestra raza que, en estos tiempos de relatividad y mentira, un párvulo, una criatura inocente, sea capaz de captar el significado de esas grandes tradiciones que son la familia, la patria, la sangre, qué carajo… – pero, cuando el consejero se dispone a revolear el poncho herrerista que disemina los altos valores del cristianismo telúrico al viento, el niño extrae de su mochila un fusil AK-47 y, sin articular ningún sonido, descarga toda la munición que aloja y vuelve a sentarse en silencio, como todos aquellos años.

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