Noche de paz, noche de revolución

-… y este cable de acá no sé de qué es.

– Ese cable era de un timbre que estaba en la portera, colocado en la época en que los tupamaros tomaban las radios. Es más, recuerdo una historia que lo involucra…

***

El timbre de los tupas no había había sonado ni una vez desde que se instaló. Los gurises del barrio no se atrevían a tocar el timbre de los tupas, ya que, aunque no comprendían su significado, sabían que se trataba de algo serio. Ningún adulto, en ninguna circunstancia, habría tocado el timbre de los tupas, por supuesto. Los tupas no parecían muy inclinados a tocar un timbre destinado a anunciar su presencia, de modo que, aunque hubieran estado relevando la zona para una operación en algún momento, habían evitado presionar el botón. Por todo eso, los días en la casa trascurrían sin sobresaltos, y ya nadie en la familia prestaba atención a la campana ubicada al costado de la puerta.

Esa noche el viejo estaba tomando un plato de sopa desprendido del puchero del mediodía; el televisor obturaba imágenes de los asaltos cometidos, precisamente, por los tupas; los más chicos, yo entre ellos, ya se habían acostado, y los demás se preparaban para hacer lo mismo, cuando la campana comenzó a sacudirse con fuerza, reclamando atención como un bebé hambriento en la madrugada. Los tupas habían llegado.

El viejo se mantuvo calmado, pero caminó hacia el teléfono pensando en llamar a la policía, quien a su vez daría cuenta a las fuerzas armadas (como si ellos no lo estuvieran) y estos procederían a emboscar a los tupas en la calle sin salida. Los abatirían sin hacer preguntas ni tomar rehenes, puesto que se trataba de un grupo marginal, a juzgar por la torpeza con que procedían. Pero el viejo no hizo nada de esto; la curiosidad pudo más y salió a abrirles la portera.

– Yo ser encargado de este lugar, tú… tupa. No poder traspasar esta puerta- dijo el viejo.

– Primero, hable bien; segundo, no somos tupas, somos chinos. Pensamos que este timbre era para alertar de la presencia de tupas, justamente.

– Ud. no parece chino, tiene rasgos occidentales, le diré. Debe ser un tupa encubierto.

– No sea bruto, hombre: somos chinos, maoístas, guerrilleros campesino-proletarios que nos oponemos a la concepción foquista tupamara pero mantenemos la organización partidista leninista.

– Ah, mirá… ¿quieren pasar?

– Como querer… pero nos siguen unos tupas, por eso tocamos el timbre. ¿Llamó a los milicos?

– No, no. ¿Uds. quieren usar el teléfono? Vengan, pasen.

– De acuerdo.

El líder de los chinos era un tipo de aspecto muy burgués para ser integrante de una facción subversiva, y eso inspiró confianza al viejo. No tenía barba, no usaba boina, no hablaba de liberación nacional a menos que se le preguntara al respecto y, por lo demás, resultaba de lo más educado. Hasta podía entregarles el control de la radio si se lo pedían. Los invitó con un plato de sopa, que aceptaron, mientras discutían con el viejo sobre la revolución china, el presidente Mao, la Larga Marcha, el Kuomintang, el conflicto sino-soviético y tantas otras cosas. Después de cenar sirvieron el café, pero cuando estaban por sentarse de nuevo, sonó el timbre de la portera. Los chinos agarraron con rapidez sus fusiles y adoptaron posición de combate, pero el viejo los tranquilizó; ya había salido una vez a dialogar con ellos, haría lo mismo con los tupas y los disuadiría de tomar la radio. Caminó los cien metros hasta la entrada y se encontró con un muchacho joven, este sí barbado (y bárbaro) que no le dio oportunidad de explicarle la situación; lo empujó con su arma y detrás de él pasaron unos ocho o diez tupas más. El viejo entró primero en la casa, por lo que los chinos pensaron que todo estaba en orden, y cuando ingresaron el resto de los terroristas, los orientales ya habían bajado sus armas.

Sin embargo, los tupas se revelaron en realidad como bolches, bolches que agitaban su propaganda en los lugares de trabajo y no se proponían tomar la radio o instar a la sublevación armada. Vieron el café sobre la mesa y pidieron permiso para tomar una taza (había varias servidas para los chinos, que no habían tenido tiempo de beberlas) desplazando al grupo anterior de su lugar. Pronto estuvieron todos discutiendo las condiciones de la liberación y los méritos y errores de las distintas estrategias; las armas quedaron a un lado, descuidadas. El discurso de un bolche sobre la necesidad de priorizar la consciencia del proletariado urbano fue interrumpido por el timbre, más activo esta noche que en toda su vida al servicio de la patria.

– Vamos, son los tupas- dijo un chino.

– No, uds. quédense quietos, hay que aplicar una táctica de masas, compañeros- dijo el bolche que no había terminado su exposición.

Pero el viejo los puso a todos en su lugar invocando su condición de anfitrión, que le valió la designación, previa asamblea popular (1), de mediador con los tupas. Una vez más, salió a atender el timbre.

– Somos tupas, parece que pusieron un timbre para nosotros- dijo su cheguevárico representante.

– Así es, pero, por desgracia, ese instrumento ha sido objeto de abuso por parte de maoístas y bolches; lamentablemente, ya no puedo ocuparme de uds.

– Ud. no comprende lo delicado de su situación, compañero. Venimos a liberar la radio, no lo vamos a lastimar, ud. y su familia pueden irse.

– ¿Y qué va a pasar con mis amigos, los chinos y los bolches? Al diablo mi familia- respondió el viejo.

– Ambos practican el centralismo burocrático, no confíe en ellos. Tarde o temprano van a recibir órdenes de liquidar al otro grupo, a ud., y tomar la radio, y no van a poder rechazarlas. Ud. es boleta, hágame caso.

– Está bien, pero primero venga conmigo y tómese un café con nosotros, que estamos pasando muy bien.

Allá arrancaron, y, como quien no quiere la cosa, los tupas entablaron relación con los chinos y los bolches, y la reunión se extendió hasta la madrugada en un clima de camaradería revolucionaria ejemplar. Mas esta imprevista tregua en la lucha no duró demasiado, dado que los milicos, advertidos por algún vecino indiscreto y sin siquiera tocar timbre como los demás, cayeron para liberar a mi familia, pero descubrieron una conspiración subversiva de dimensiones inimaginables: ¡todas las facciones colaboraban!

Esa noche, cuando se lo llevaron, fue la última vez que vi a mi viejo, aquel que tanto me había enseñado sobre la libertad y la necesidad de defenderla del ataque rojo.

(1) Primera aparición, espontánea, en la historia nacional, de este colectivo ultraizquierdista.

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