A propósito del determinismo

Determinismo: ese es el término. O terminismo. En fin, lo importante es la concepción que adjudica a un factor la responsabilidad por toda la naturaleza humana. Los hay de varios tipos: biológico, histórico, económico, ambiental, social, cultural, multicultural, paracultural, estructural, extraterritorial, etc. También hay determinismos más amplios que incluyen un grupo de características para explicar el comportamiento antropoide, pero estos me parecen espurios ya que la multicausalidad es una forma de interacción, y la interacción, como sabemos por la dialéctica, implica un elemento de azar.

Sirva esta pseudo introducción simplemente a modo de marco para la hipótesis que voy a proponer. No me considero determinista puesto que no adhiero a ninguna de las doctrinas antes mencionadas, o no me consideraba, hasta que descubrí, evidencia de por medio, la auténtica razón detrás del fortuito y loco actuar del Humano: su cabello. No el suyo, amigo lector, sino el cabello abstracto, universal, que cubre, y también descubre, el capot de la especie.

El bicho nace sin pelo, señal de una carencia, de la necesidad de un par que cuide de él hasta… ¿cuándo? Pues hasta que obtenga una cabellera adecuada, que le permita desempeñarse por sí mismo sin contar con la ayuda de sus padres, o mejor dicho, peluqueros de primera línea. Ese es el motivo por el cual estos lo “pelan” cada vez que su aditamento capilar adquiere cierta magnitud, para cercenar su independencia y mantener el control sobre el infante.

Pero el infante crece y junto con él crece el adorno que porta cual toldería sobre el campamento y, llegada la edad debida, el guacho opta por un estilo propio, estilo que va a decidir por él, inconscientemente, el rumbo que su vida va a tomar de allí en más.

Supongamos que se poda medio a las apuradas, al tuntún, sin un patrón socialmente aceptable: esto va a crear, quiéralo el sujeto o no, una personalidad disruptiva, alborotadora, un espíritu poseído por los eternos principios del panroc. O consideremos lo contrario, que el as de las tijeras, el barbero-cirujano medieval, produce un tazado de líneas bien definidas, cuasi matemático: la estructura asentada encima del procesador creará automáticamente, sin intervención alguna del interesado, repitamos, un individuo sumiso a la autoridad y a la imposición de una voluntad externa: hablamos del conocido “peinado de milico”.

El degenerado quizá sea negligente respecto del asunto capilar, y este tal vez se salga de control, tanto que, cuando se lo quiera encausar, sea demasiado tarde; esto tendrá como resultado un jipi, un mugriento, un ser que abandonará al mismo tiempo toda otra forma de cuidado estético para finalmente hacerlo con sus inhibiciones morales e intereses materiales. Sin embargo, si a este caos se aplica un orden, se lo moldea, arroja algo muy diferente aunque en apariencia indistinguible: un jipi careta, alguien que sólo luce el estilo pero no lo practica; esta situación se reproduce en todos los niveles del determinismo capilar, creando personalidades duales, que portan los signos exteriores de una forma pero pertenecen a un género disímil.

El estudio de casos resulta de particular interés y deberá, una vez aceptada la doctrina, extenderse, profundizarse, llevarse a sus últimas consecuencias. Para ello será necesaria la participación continua y exhaustiva de incontables profesionales durante generaciones enteras, que además deberán incorporar el saber, léase nuevas modas peluqueriles, que vaya surgiendo con el transcurso del tiempo. El tiempo, qué gran problema ese; recuerdo párrafos enteros de San Agustín asombrándose por su inaprensividad, de Wittgenstein rindiéndose a su verdad inexorable, y me pregunto, ¿cómo se peinarían? Y ¿cómo influyó ese aspecto en su sistema? Todo esto deberá ser puesto en evidencia por nuestro propio sistema, y también la paradoja inescapable que contiene el hecho de que ésta misma deriva de nuestra experiencia capilar. Pero sigamos adelante y dejemos a futuros expertos la resolución de estos peliagudos temas.

La edad trae cambios que se reflejan, desde luego, en la cabeza. En la parte de afuera, claro, ya que ahora sabemos que los de adentro responden a los exteriores, como en el caso Pluna, esa joda tan grande que involucra a comerciantes inescrupulosos del transporte y autoridades progresistas que, según parece, entienden el progreso como una carrera personal por la adquisición de bienes materiales a través de los instrumentos que el Estado (que somos todos: vos, yo, el facho de Canal 4 -¡todos ellos!- el trosko que junta cinco votos y grita “¡Esto es la dictadura del proletariado!”, en fin, todos) pone a su disposición. Un hijodeputa sin consciencia cívica, si me lo preguntan; a mí que me disculpen pero eso es peor que robarle la jubilación a una abuela, o las pastillas a un diabético o los anticonceptivos a una monja, porque socava las bases de la democracia, la creencia en la representación y el principio de igualdad, a ver si hacen algo, señores de la Suprema Corte, entran-por-una-puerta y-salen-por-la-otra-y-piensan-en-los-derechos-humanos-de-los-chorros-pero-no-en-los-de-nosotros-los-honestos.

Y para no hacerla más larga porque ya me extendí demasiado aunque eran temas tremendamente importantes, lo que quería decir es que cuando te hacés viejo y se te cae el pelo te volvés neonazi y votás a Pedro LacallePou chaumuchasgraciasporsuamableatención.

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Pablito

Pablo está angustiado porque siente que nadie lo respeta ni lo quiere. Nadie, incluyendo a sus padres, hermana, abuelos, vecinos, compañeros de clase; todos lo desprecian. No sabe cuándo ni cómo ni por qué comenzó, si es que tuvo un comienzo y no surgió cuando él ingresó a la vida. Siente que llegó tarde a algo, que los lugares ya están ocupados, que la conferencia ya está en curso y nadie desea que participe. Su opinión no importa, y por eso no tiene ninguna opinión. Pero sabe que algo está mal, porque no puede creer que justo a él le haya tocado esta galletita de caca en el paquete de chocolate. Es algo falso, algo que está ligeramente corrido de su posición normal, pero no puede explicarlo porque él es parte del fenómeno. Él es el fenómeno, mejor dicho. Y no es un “fenómeno” como Suárez, ese al que no le gustan los negros ni los judíos ni los pichis ni los comunistas pero igual lo quieren todos; o ese otro, Pedro, al que no le agradan los negros ni los judíos ni los pichis ni los comunistas ni la democracia parlamentaria ni los maricas pero igual tiene un veinte por ciento de intención de voto en las encuestas; o el Pepe, al que no le gustan ni los negros judíos pichis peruanas que trabajan en Carrasco bizcos etc. pero le cae simpático a todos;  no, no es un fenómeno de ese tipo, él no le cae simpático a nadie y eso que ni es negro judío pichi bizco comunista demócrata formal o peruano sin educación ni papeles. Pablo es un muchacho normal, y quizá esa sea su maldición, una normalidad que no representa nada, que no dice nada, que no inquieta a nadie ni ofrece ninguna variante interesante a los tantos Pablos, mejores en otras tantas cosas, que andan por ahí. No es un facho amable ni un tupa tolerante, no es nada, no gravita, no pesa, no fuma faso ni pelea en la cancha ni aguanta el trapo frente a la caterva que pretende arrebatárselo. A Pablo le roban la merienda, y la plata del ómnibus, y con seguridad también el trapo si tratara de aguantarlo frente al ataque despiadado de la caterva. Pero Pablo no recibe un cuetazo por las acciones que hacen héroes a los demás, ni una vulgar paliza atrás de un contenedor de basura en el callejón de Ejido y Mao Tse Tung; Pablo es pasivo, paciente, anodino, apático, débil, lento, sin personalidad. No le gusta el rock porque en el rock también hay que aguantar los trapos, vaya si hay que aguantarlos, y él no tiene aguante. No le interesa, pero aunque le interesara no aguantaría nada, la verdad. Le sustraerían la bengala y le incendiarían los calzones con la pirotecnia festiva sin que ofreciera resistencia. Sería un bonzo por omisión, Pablito, el guampudo que se prende fuego sin atinar a extinguirse la flama del cuerpo. Es que no lo posee ninguna clase de llama, esa metáfora del espíritu, a su vez otra metáfora del hombre de acción, decidido y valiente, que obtiene lo que desea sin preguntar a quién pertenece, y que cuando aparece el dueño legítimo le da unos toques y le roba los championes. A Pablo le roban el calzado, las llantas, lo dejan a pata y camina sin chistar.

Un día Pablo pasa frente al Necrociclo, la cadena comercial de importación de artículos espurios más importante, y ve algo que le llama la atención. Espera, mientras observa a través del vidrio, que la navaja amiga, que conoce su cuerpo mejor que nadie, se pose cual mariposa sobre sus costillas y alguien le susurre en el oído “dame el celular y los championes y no digas nada o sos boleta”, pero no ocurre nada. U ocurre algo maravilloso: Pablo se siente atraído por las imágenes que brotan, como desechos cloacales, de la pantalla atrapada en el Hades de la circulación mercantil, y no puede quitar sus ojos del intenso radiador de esperanzas. Se va pero sus ojos permanecen junto al dador del honor, el Tácito del capitalismo tardío, al que decide regresar cada día hasta que sea suyo por el mecanismo del intercambio monetario o por cualquier otro menos noble. Esa noche habla con sus padres y, por primera vez en su vida, les pide un regalo, pero su progenitor, que ha estado leyendo libros raros, desconfía de la economía política del signo, y no cede tan rápidamente. Explora el interior de Pablo para observar si su deseo se ha introducido, ha sido inducido, por el estímulo hedonista, por la insatisfacción premeditada que se constata en la cultura dominante, pero desecha la hipótesis y, como diría su madre, le compra el jueguito.

Y Pablo ama y es amado por el jueguito, en el que encuentra, podría decirse, un sustituto virtual de sus ansiedades reales. Se transfiere en el jueguito, se proyecta en él, se traslada a las fauces fagocitadoras del devorador de inseguridades, es capturado por la ingeniería digital del microchip, por la química del silicio. Olvida el carbono, ya no se relaciona con criaturas que sintetizan proteínas del modo en que él lo hace, quiere despojarse de la doble hélice y adquirir una nueva estructura celular más adecuada a sus intereses presentes. Su padre y su madre lo permiten por dos razones, básicamente: a) que uno maneja un taxi y el otro permanece en casa atendiendo las tareas cotidianas; y b) porque Pablo está contento. O eso al menos es lo que parece, ya que ni siquiera ha insertado el mecanismo en que se aloja la actividad lúdica. Pablo recupera con su mente imágenes en las que un zoquete como él, manipulando hábilmente un artilugio como el que ahora yace en sus manos, se convierte en un descerebrado vandálico que somete a quien se oponga a su dominio. Y eso es lo que quiere hacer, claro, es el motivo por el que erogó una cuantiosa suma de dinero al cajero del Necrociclo, que no preguntó si las fibras C de su cerebro se habían estimulado a la vista del Nintendo Weak del que ahora es un feliz poseedor. También podría haber comprado un violonchelo y obtenido el mismo resultado, o una patineta, quién sabe.

Pablito empuja el disco de plástico dentro de la bandeja receptora y espera que cargue, puesto que, cuando esto suceda, él será un vándalo descontrolado que empezará a patear tachos de basura y rostros judeocristianos sin misericordia. El disco gira a velocidad alienígena dentro del aparato, y de pronto aparece una violenta interface que lo invita, o lo obliga más bien, a optar entre varios brutos primitivos que replicarán los movimientos que efectúe sobre el joystick, distribuyendo dolor entre los oponentes según los impulsos emitidos por la palanca de mandos. Elige uno, el más rudo en apariencia, y espera nuevamente a que cargue. Pablito está a punto de convertirse en una bestia carente de las coordenadas axiológicas kantianas, el sistema deontológico adoptado por la modernidad para regular la interacción entre los sujetos. El criminal premoderno por fin se materializa en la pantalla y aguarda órdenes de destruirlo todo, para lo cual ha sido meticulosamente programado por los más talentosos científicos de la barbarie electrónica. Otro personaje se suma al escenario; Pablo ejecuta una serie de movimientos con sus dedos, pero su delincuente invencible es rodeado con astucia por otros de su clase; ve el brillo de una navaja emerger de la campera de uno de ellos y oye cómo éste le susurra a su personaje, ahora indefenso, “dame el celular y los championes y no digas nada o sos boleta”.

El fin del mundo no huele bien

Acaba de tener lugar, sin ninguna consecuencia como era previsible, una nueva interpelación al ministro del Interior, Eduardo Bonomi. Otra oportunidad perdida para averiguar la verdad, otra oportunidad que pasa de largo sin que nadie haga las preguntas pertinentes, las que nadie quiere responder.

Por mi parte, mientras veo ass-ombrado cómo desfilan por todos los medios los propagandistas del fenómeno Maya, como hoy mismo volvió a ocurrir, no puedo dejar de interrogarme sobre la financiación de estas organizaciones, quién tiene un interés tan persistente en la difusión de pseudo explicaciones de este tipo. Seguramente, no son los propios May-ass, cuya capacidad de hacer lobby es similar a la de mi vecino Carlos, contrabandista de gas oil paraguayo, en la OPEP.

¿Acaso no es oportuno preguntarse de qué manera desembarca, de buenas a primeras, un desconocido de dudosa reputación, graduado en ciencias nigromantes, afroumbandas, alquila un centro de conferencias, coloca publicidad en todos los canales disponibles y consigue minutos y espacios en los principales medios sin ninguna dificultad? Intente hacer lo mismo para dar una charla acerca de la crisis del capitalismo, de la lucha de clases como motor de la historia, patrocinada por la IV Internacional,  y vea qué sucede. ¿O será que, de hecho, la explicación de los May-ass es más plausible que la otra?

Yo no tengo respuestas a estas preguntas, quizá alguna conjetura no mucho mejor que la de la vida en Ganímedes, sólo siento el olor y no veo la meada, ni el gato, pero sospecho que ambos deben existir. ¿O hay alguna hipótesis maya para el hedor inmotivado, también? Lo ignoro.

Sin embargo, creo que el Ministro Bonomi no lo ignora. Sus manos están manchadas, meadas por el gato de la falsa consciencia; puede percibirse en sus propias palabras el mismo mecanismo que opera en el caso indígena. Yo veo una analogía aquí: sus explicaciones recurren a agentes externos, al narcotráfico, a la “favelización”, a la cultura carcelaria, etc.; no me sorprendería que, de repente, sin cambiar el registro de su discurso, argumentara que la inseguridad procede del cementerio charrúa ubicado debajo del Comcar, y que la solución consiste en contactar a Rivera a través del juego de la copa, previa junta de firmas y plebiscito convocado por Vamos Uruguay.

Pero también pienso que estas pueden ser especulaciones infundadas, y que la cosa puede ser más sencilla: en ambos casos se ofrecen respuestas fáciles a problemas complejos, y ese es el motivo por el que reciben más atención. ¿O es que no se aplican a esta misma duda de segundo grado los razonamientos anteriores?

Si es así, si este planteo también está sujeto a suspicacias, quedo a las órdenes de quienes lo promuevan y escucho ofertas para propagar su punto de vista. Gracias.

Herr Santiago

Santiago se levantó antes de que sus párpados despertaran, se dirigió al baño ayudado por las primeras luces de la mañana y se paró frente al espejo. Se disponía a afeitarse y para ello sacó del estuche la máquina eléctrica, buscó con los ojos de los dedos la crema en el pequeño armario debajo del lavatorio, la extrajo, quitó la tapa con un movimiento automático y colocó una capa de espuma blanca sobre el blanco de su cara poblada de brotes oscuros. Recién entonces abrió los ojos para comenzar la operación, pero la mirada se desvió un momento de la superficie nevada hacia un sendero que conducía desde el inicio de la frente hacia el interior de la cabeza, entre curvas y contracurvas de territorio desolado. Fijó la atención en el detalle, olvidando la tarea anterior; examinó el hallazgo con cuidado de antropólogo en la garganta Olduvai, y pronto descubrió que la calvicie, que no se había anunciado, ocupaba la zona como un invasor silencioso.
Se rascó la cabeza y su mano trajo de regreso un atado de cabello abatido por el agresor; monteador experto, aquél había procedido con rapidez, trabajando quizá por la noche para derribar los saludables ejemplares que ya no volverían a crecer.
Santiago pensó en la madurez y sus manifestaciones físicas, que reclamaban la compañía de una correspondiente organización emocional para la que no se había preparado. Era viejo; no, no viejo, maduro, esa palabra que la hipocresía ofrecía a cambio a los sorprendidos recién llegados que no terminaban de comprender la situación. “Santiago, sos un hombre maduro”, pensó. ¿Maduro para qué? ¿Para que se alimente la muerte? Yo estaba verde hasta ayer nomás, hasta hace un rato, cuando dormía despreocupado sin pensar en estas cosas. Y ahora, así, de repente, y no producto del pensamiento sino de un manojo de pelos, soy un hombre maduro. No era justo, y decidió ganar tiempo para asimilar el cambio, atrasar el reloj contando con la ventaja de conocer el futuro.
Apretó con ganas el dispensador de crema de afeitar, llenó la palma de la mano derecha con el vómito del recipiente y lo distribuyó en la superficie de la cabeza. Ningún rincón escapó a la erupción del espeso Vesubio, desparramado ahora por los cuatro puntos cardinales del cráneo atacado por la alopecia. Santiago recobró la juventud, o un sustituto plausible para eventuales observadores, con los ágiles movimientos de la máquina en un terreno sobre el que jamás había avanzado. Dilató la consideración del conjunto de inquietudes recién surgidas para el momento en que otras expresiones trajeran una vez más el fenómeno a la superficie; ya se había hecho la hora de ir a trabajar.
Guardó la pelada debajo de un gorro de lana favorecido por el clima; nadie entre los pasajeros habituales del ómnibus advirtió la presencia de un nuevo Santiago en gestación. Él, por su parte, que aún no había atravesado la frontera, consiguió mantener el secreto, que incluso no acababa de afirmarse en su interior. Ya en el trabajo descubrió la obra de aquella mañana, el indicador de la bifurcación en el camino, que algunos compañeros se detuvieron a contemplar, ignorantes de que sólo apreciaban el cofre y no el contenido. Hubo risas y bromas y luego todos volvieron a sus ocupaciones; Santiago había establecido el primer tramo de la ruta que se aprestaba a seguir construyendo, aún cuando desconocía el modo en que lo haría.
Cerca del mediodía, cuando estaba por salir a almorzar, lo llamaron del Departamento de Importaciones. No sólo no frecuentaba la oficina sino que conocía apenas de vista a quienes la gestionaban; no tenía idea de para qué podían necesitarlo. Golpeó y, sin esperar la respuesta, abrió la puerta de vidrio corrugado que ocultaba una figura voluminosa de la que sólo vio el contorno:
– Santiago, amigazo, adelante, pase.
– ¿Me necesitaban? Estaba por salir a comer- Santiago sintió el impacto de la luz brillante y desvió la mirada; la pelada de su anfitrión era la responsable de la molestia.
– Es una pena que en una empresa tan grande uno no tenga la oportunidad de conocer, conocer de verdad, a todos sus empleados. Claro que sé quién es ud. y estoy al tanto de su desempeño, pero me refiero a otra cosa, cosas como las ideas que sustenta, los valores que practica, esas cosas, ¿entiende, amigo? -Santiago miró desconcertado; los ruidos del estómago se imponían y sólo le permitían pensar en una conversación rápida y formal para retirarse cuanto antes.
– Tiene razón, es una lástima, pero ¿le parece que el mejor momento para discutirlo es la hora del almuerzo? Si me permite…
– Sí, sí, es verdad, lo estoy demorando. Hagamos una cosa: mis amigos y yo nos juntamos todas las semanas en un saloncito que tengo en casa. ¿Qué le parece si el jueves se da una vuelta y hablamos más distendidos? Acá tiene mi dirección – le extendió una tarjeta personal de la pequeña montaña ordenada que había sobre el escritorio.
– De acuerdo, nos vemos el jueves entonces- dijo Santiago mientras guardaba la tarjeta en la billetera y giraba para retirarse.
– Ah, si le parece bien vaya vestido de negro. No es obligación pero preferimos cierta uniformidad. El espíritu de comunidad y todo eso- agregó el otro.
– Bien, no hay problema.
No volvió a cruzarse con el encargado de Importaciones durante la semana, y tampoco volvió a pensar en la invitación del jueves hasta que llegó el día. Esa mañana dejaron en su escritorio una nota autorizándolo a retirarse más temprano. No tenía ganas de asistir al compromiso pero le gustó el gesto de su jefe y decidió aprovechar la oferta y salir más temprano. Caminó un rato distraído, mirando vidrieras rumbo a su casa; en una de ellas vio una camisa negra muy elegante que compró en honor al tiempo libre que estaba usufructuando. Descansó alrededor de una hora y luego se dirigió a la dirección señalada en la tarjeta. Desde la vereda podía escucharse la música, pero no del tipo que suele animar las fiestas de amigos o compañeros de trabajo, sino una especie de himno épico con palabras en un idioma que no lograba reconocer. Tocó el timbre y casi de inmediato, un pelado vestido de negro se presentó como la imagen en un espejo. Le entregó la tarjeta y éste lo hizo pasar. Lo primero que convocó su atención fue el águila imperial ubicada al fondo, sobre un estrado; detrás de la misma, una bandera roja con un círculo blanco en el centro exhibía la cruz inconfundible que le produjo tantas sensaciones confusas. No se alarmó, no era eso lo que sentía, pero de algún modo tenía que incorporar aquellos datos que no formaban parte de su visión habitual.
– ¡Santiago, está acá! ¡Y se acordó de la ropa!- dijo el gordo de Importaciones- Venga, le voy a presentar a algunos amigos, sírvase lo que guste. ¿Te puedo tutear?- “Sí”, pensó Santiago, “y espero que también tutees al jefe de Inteligencia cuando te denuncie mañana, facho de mierda”.
– Sí, tuteame. Y a propósito, ¿cómo te llamás?- no se le había ocurrido leer el nombre en la tarjeta.
– Pedro. Espero que te sientas cómodo, andá a juntarte con la gente que vas a ver que te caen bien. Acá somos todos iguales, el que se destaca es porque se gana el respeto de los demás, por ninguna otra razón. Y otra cosa: nosotros no estamos en contra de nadie, estamos a favor; a favor de lo que es mejor, de la jerarquía natural, que es la más sabia, y de los valores auténticos, que son eternos y no dependen de las opiniones ni de las decisiones de iluminados bienintencionados. Pero vos eso lo sabés tan bien como yo, por eso estás acá. Andá a divertirte.
Santiago no dejó que el rechazo que sentía le impidiera participar; habló, rió, bebió, invitó a una chica a salir, cantó en alemán por fonética y escuchó el discurso del líder que cerraba la conferencia.
Al otro día, como para cerciorarse de que en realidad había visto y oído lo que recordaba con vaguedad, llamó a su amigo Ricardo para contarle la historia y de esa forma volverla objetiva al sacarla de sí mismo.
– ¡No sabés lo que me pasó anoche! No sé ni por dónde empezar a contarte. Resulta que el otro día me voy a afeitar y cuando me miro en el espejo, veo que tengo una entrada en el pelo… no, pará, dejame contarte. Ni la pensé; antes de quedarme pelado me rapo yo, dije, y en lugar de afeitarme la barba me afeité la cabeza. Entonces en el trabajo me llaman de una oficina con la que no tengo nada que ver, voy, el loco me invita a una fiesta, agarro y voy, y ahí viene lo interesante: ¡son neonazis! ¡Skinhead! ¡Me habían confundido con uno de ellos! No sabés, todos de negro, rapados, y ‘ta, qué iba a hacer, seguí pa’delante. No, no los denuncié todavía… ¡claro que no soy facho, la puta que te parió! Nos conocemos de toda la vida, bo’. Pero ya que estoy adentro y creen que soy uno de ellos, les voy a seguir la corriente hasta que pueda. Voy a tener cuidado, sí. Cualquier cosa te aviso. Sí, no te preocupes, yo te llamo.
Se sintió aliviado, respaldado, luego de transferir el tema a un amigo de confianza. Estaba determinado a continuar la farsa hasta donde pudiera, de todas formas, nadie sospechaba nada y cuanto más lejos llegara más información podría reunir. Comenzó a notar ciertos cambios en el trabajo, ciertas concesiones, privilegios que, aunque no eran otorgados explícitamente, tenían un origen evidente. Santiago se sabía inmune a estas formas de corrupción, y por eso mismo disfrutaba de ellas sin la culpa de aceptarlas junto a lo otro, aquello, que estaban separados por un muro formidable en su interior. Siguieron también las fiestas de los jueves, y las charlas sobre temas que desconocía, en las que asentía casi sin decir palabra, y otras invitaciones que declinaba y aceptaba alternativamente para no parecer complaciente en extremo ni antipático a los ojos ajenos. Y por último vino Frieda, Frrieda, con la “r” acentuada, la muchacha tan simpática a pesar de su nacionalsocialismo, tan inteligente, tan vital, tan inmundamente fascista, la que siempre tenía un chiste sobre judíos y Zyklon B en la punta de la lengua y que cada vez estaba más cerca de él, cosa que a Santiago no le importaba demasiado. Ella podía cambiar y él podía ayudarla a hacerlo, y esa le pareció una causa más noble que abandonar a la chica a las necedades de la supremacía aria y ocuparse solamente de él.
En los encuentros en casa de Pedro, Santiago fue volviéndose más popular con el transcurso de las semanas, en parte gracias a su vínculo con Frieda, pero en buena medida gracias a sus condiciones personales, que se habían relajado lo suficiente como para que pudiera cantar con convicción y deslizar de cuando en cuando un chascarrillo racista de los que antes lo ponían en guardia. De cualquier modo sólo había adoptado las disposiciones de la farsa, y sin ellas no había farsa convincente, pensaba Santiago cuando se planteaba la cuestión. Un paso fuera de la senda no significaba que se desviase del camino, y él no tenía intenciones de hacerlo, nunca las había tenido. Mientras el perro supiera quién era el amo, podía dejársele morder el hueso un poco más.
Santiago se sentía dichoso, satisfecho; toda su vida estaba en orden, un orden nazi-fascista pero orden al fin. Había encontrado el amor en Frieda, la camaradería en los muchachos del sótano y el reconocimiento en su empleo, pero sobre todo, estaba convencido de que podía prescindir de todo ello cuando lo dispusiera, y en esto consistía la prueba definitiva de una personalidad íntegra.
Una nota, procedimiento que se había vuelto habitual, llegó a su despacho el miércoles: “Querido Santiago: esta semana tenemos una sorpresa muy especial para ti, que esperamos aprecies y honres tanto como a nosotros nos honra otorgártela. Esta comunicación responde a nuestro deseo de que afrontes el momento como un deber y una responsabilidad. Conocemos tu capacidad, por tanto, no dudamos que mañana nos harás sentir orgullosos de la decisión que tomamos en común. ¡Y no olvides vestir el uniforme! Tómate el día libre para meditar”. Sí, para meditar, pensó Santiago; para denunciarlos por fin, para caer con una unidad especial de la policía y disfrutar viendo cómo los meten en cana y recrean Auschwitz con ustedes, para verlos derrumbarse como la montaña de basura que son, para eso no necesito tiempo, necesito hacer un par de llamadas y nada más. O para llevar a mis amigos y hacer justicia de la forma que les gusta a ustedes, por fuera de las instituciones, al margen de la legalidad, con palos y cadenas.
Se fue a su casa a esperar el jueves. Resolvió no avisar a nadie, de pronto impulsado por una curiosidad que no se atrevía a confesarse, cubriéndola con la persuasión de que se trataba del último episodio y que entonces sí, todo acabaría. La noche del jueves se presentó vestido con el uniforme gris que le habían regalado en algún momento y nunca había usado, las botas de cuero impecablemente lustradas, la gorra rematando el conjunto, el sudor intransigente que presagiaba lo que Santiago se negaba a admitir.
La fiesta transcurrió como cada semana, nada en el ambiente anunciaba un desvío en los patrones que obedecían desde el principio, hasta que se apagaron las luces y sólo quedó iluminado el estrado con su águila y la bandera. Pedro llegó a él desde algún lugar protegido por las sombras; su calva se instaló bajo el reflector e imitó la facultad de emitir luz de aquél; todos se quedaron en silencio. Dirigió un breve discurso a sus correligionarios, en germano antiguo, exaltando las virtudes del nuevo compañero, enfatizando su lealtad a Frieda y a las ideas que los impulsaban, su devoción a la cruz y al águila, a la tradición y al pueblo, el volk, la nación unida por la sangre pura. Entonces invitó a Santiago a subir a la tarima y, cuando lo tuvo a su lado, con los primeros acordes de Deutschland über alles sonando, saludando con el brazo en alto, llamó a vitorear al nuevo Führer.
Santiago quedó paralizado un instante. Luego, alzó su mano y pronunció las palabras que serían seguidas por una ovación interminable: ¡Sieg Heil!

Reflexiones sobre la publicidad estatal, la inseguridad y los medios de comunicación

Siendo esta una preocupación legítima del presidente, a la que me adhiero como abrojo a la lana, me permito discrepar en todo lo demás con el abuelo pitufo que dirige esta Pitufolandia creada por Gran Bretaña. O sea, en mi opinión, le volvió a errar al bizcochazo.
El anciano razonó de la siguiente manera: la publicidad de las empresas públicas se dirige a los medios de mayor audiencia; los medios de mayor audiencia promueven la teletubización del público a través de una presentación sesgada de la información policial, volviéndolos votantes de Pedro; la publicidad estatal tiene el paradójico resultado de atentar contra el Gobierno. Es un razonamiento lineal, cuya consecuencia sería el recorte de la publicidad estatal en esos medios. Muy simple.
Pero los medios de comunicación de mayor audiencia también venden celulares gracias a la teletubización del público, un resultado muy deseable ya que la empresa telefónica pública compite con los operadores privados en esa área. ¿Entonces? Si cedemos el espacio a los operadores privados, piratas transnacionales, sus celulares terminarán por desplazar a los nuestros, patrióticos y orientales instrumentos de comunicación y liberación nacional. El chancho o los 5 riales. ¿”Riales” dijo? ¡Allí está la solución!
El problema radica en que la publicidad oficial no sigue la ley fundamental del marketing: orientarse hacia sus potenciales consumidores. Un celular de Ancel junto al rapiñero del Abitab suena tan mal como un ringtone de Napalm Death, de modo que el cliente potencial es indiferente al mensaje. Mi propuesta es tan simple como la del abuelo pitufo, pero apuntada, cual escopeta de caño recortado de un menor fugado del INAU, al lugar adecuado: la seguridad.
La idea es diametralmente opuesta a la del presidente: en lugar de retirar la publicidad oficial, dirigirla en el sentido de la corriente; en lugar de promocionar el telefonito, la pavadita, vender servicios necrológicos, con los que el Estado ya cuenta: lugares privilegiados en cementerios municipales para víctimas de la inseguridad, coches fúnebres especiales (¿por qué no una carroza fúnebre azul y blanca con sirena, para reclamar justicia junto con la procesión?), etc. (descarto la venta del gas militar que revive a los muertos en Return of the living dead, ya que incluso si el ejército dispusiera de él, no creo prudente su uso por razones de holocausto zombie, entre otras)
Pero alguno objetará: “sí, eso está muy bien, el Estado tiene servicios de seguridad que vender, pero ¿y los celulares? ¿Quedan a cargo de los piratas transnacionales?” No, en absoluto; por ejemplo, podría privilegiarse a sus usuarios ofreciendo un número especial para emergencias: a diferencia del poco práctico 999 (“London is burning, dial 999!” cantaban proféticamente los Clash… nada, una digresión) los clientes de Ancel podrían acceder a la cana con sólo discar el 9. ¿Quién se opondría? Al pirata transnacional lo asaltarían ferozmente mientras disca todos esos números, sin embargo, ud., cliente preferencial, con sólo digitar un número, tendría al Ministro Bonomi, una cámara de Telenoche, dos helicópteros y un pterodáctilo (o peterodáctilo) policiales, además de 27 efectivos del grupo GEO al instante.
¿Y los canales privados, por fin? ¿Recuerda cuando hablé de Rial más arriba? Bien, los informativos terminarían el proceso que ya han comenzado, fusionándose con los programas de chimentos; en este nuevo formato, las estrellas de la inseguridad serían las figuras mediáticas.
Telenoche, siempre pionero en estos temas, ya ha aplicado con éxito la nueva modalidad en sus últimas ediciones, donde se pudo ver a Cris Namús, la senadora Alonso y García Pintos (este en realidad agredió a un menor, a la inversa de los otros; no sé si cuenta o más bien se trata de un caso de “hombre muerde perro”) exhibiendo los resultados de la política tupamara de amparo al pichaje.
Un juego en el que todos ganan.
Los interesados, contactar con el Departamento de Relaciones Públicas del Pozo Escéptico, sito en Pasaje 22 metros 15 centímetros, barrio Forty weeks, de 2 a 5 A.M.

Curso elemental de lógica para medios de comunicación

Ocurre un atentado en Oslo, con alrededor de 100 muertos; los medios informan que un grupo islámico se atribuye la autoría; poco después, los autores son “terroristas antisistema”; por último, un poco más tarde, se conoce la versión definitiva: un untraderechista local indignado por la política de boicot a Israel del gobierno socialdemócrata. ¿Cómo es posible? ¿Qué les están enseñando a nuestros niños en esas escuelas de Comunicación Social que ni siquiera son capaces de sostener la versión islámica hasta el día siguiente? Su paradigma posmoderno no les permite vincular hechos entre sí, esa es mi opinión. Es hora de terminar con esta situación.

Hagamos lo siguiente: tomemos algunos elementos al azar, por ejemplo: el neonazi de Oslo; la muerte de Amy Winehouse; Pedro B; el robo de un Abitab cometido por un menor. Ahora sumemos: armas; droga; fascismo. Nombramos las variables: NO (Nacionalsocialista de Oslo); AW (Amy Winehouse); P (Pedro); MRA (Menor Roba Abitab); (x) armas; (y) droga; (z) fascismo. ¿Entendido? Bien. Con seguridad, en la escuela le enseñaron a definir todos los operadores lógicos partiendo de dos de ellos, ¿verdad? Entonces, partamos de las operaciones identidad y transitividad para demostrar, por ejemplo, que Pedro es Amy Winehouse, entre otras cosas. Veamos:

Nacionalsocialista de Oslo (NO) = fascismo (z), que escribimos NO (z). Una tautología. Pero tenemos que Pedro (P) = fascismo (z), que escribiremos, obviamente, P (z). Y (z) = (z) desde luego. Operando P (z) ==> NO (z). Pedro y el Nacionalsocialista de Oslo son fascistas. Nada nuevo.

Prosigamos. Si NO (z) y (z).(x) entonces NO (x) (El Nacionalsocialista de Oslo posee armas ya que las armas son consustanciales al fascismo, según el teorema) Pero MRA (x). De modo que: NO (x) . MRA (x) ==> NO (x) = MRA (x). El Nacionalsocialista y El Menor que Roba Abitad son lo mismo.

Ahora tenemos: AW (y) . MRA (y), o sea, Amy Winehouse usaba muchas drogas y el Menor Roba Abitab también.

Por último, repasando el camino que nos trajo hasta aquí: (P (z) ==> NO (z)) . NO (x) . MRA (x) ==> NO (x) = MRA (x) . (AW (y) . MRA (y)) lo que evidentemente quiere decir que Pedro es Amy Winehouse o que Amy Winehouse podría robar un Abitab. Ahora cambie al menor, a Amy y a Pedro por Al Qaeda y demuestre que el atentado fue obra del Islam.