Héroes del socialismo real. Hoy: Marito Wittfogel.

Aquellos que no estén al corriente de las controversias que ha suscitado el marxismo desde su nacimiento, como cuando, por ejemplo, Engels objetó el fundamento antropológico de la crítica de Marx a la filosofía del derecho de Hegel y, de paso, señaló la improcedencia del amuleto que emergía bajo la barba de su amigo, quizá harían bien en interrumpir la lectura en este punto. Es más, a pesar de la aparente paradoja, habría resultado más conveniente que lo hicieran al advertir que se trataba de un tema completamente ajeno a sus intereses y preocupaciones intelectuales. Quizá ya sea algo tarde, y mi consejo, si llegó hasta aquí ignorando su natural recelo y mi explícita exhortación, es que continúe e ignore, a su vez, todos los avisos que intentaron disuadirlo de obtener el disfrute que el texto con seguridad va a procurarle. Espero, por otra parte, que esta digresión no del todo coherente lo prevenga contra los prologuistas que hacen vanos esfuerzos por ganarse al lector en las formas más abyectas, invitándolo a gozar de ciertos placeres al tiempo que le niega la posesión de las facultades requeridas, en un cándido reto a que acometa el ejercicio de las mismas.
Sí, además, empieza a sospechar que el prefacio es una exhibición impúdica de ciertas habilidades de prologuismo, si ha alcanzado la conclusión de que se halla ante a un prolegomaníaco, alguien incapaz de iniciar la obra anunciada por mantenerse en el nivel introductorio, regocijándose con ello, paso a demostrarle su error.

Marito Wittfogel, hijo de Mario Wittfogel y nieto del célebre Karl August, nació en una impronunciable ciudad prusiana allá por 1945. De débil constitución comunista, como su abuelo, pero de firmes convicciones filiales, se adentró muy temprano en los debates que habían ocupado a sus eminentes antecesores, estudiando la bibliografía relevante con un profundo compromiso hacia la verdad. Es necesario, pues, hacer un breve resumen de estas ideas, y de una de ellas en particular, antes de exponer los aportes de Marito, el último y más brillante de los Wittfogel.

La categoría de modo de producción es fundamental para la historiografía marxista; de acuerdo con el fundador de esta corriente, un modo de producción está determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, o sea, los componentes técnico y social que deciden la forma en que las clases se apropian su parte del trabajo colectivo. Por supuesto que hablamos de apropiación en un sentido muy general, ya que las pequeñas “apropiaciones” en que incurren los individuos aislados son más bien producto de su destreza para el rastrillaje que del lugar que ocupan en la división social del trabajo.
Marx sostenía que hasta el advenimiento del capitalismo se habían sucedido tres modos de producción: el primitivo, el esclavista y el feudal. Y el otro. El otro estaba encanutado en un manuscrito que no se conoció hasta la década del treinta del siglo pasado, hecho que obligó a revisar las anteriores concepciones, no sin un debate en que las acusaciones de revisionismo, menchevismo, carencia de caramelos y tantas otras afloraron cual espora en primavera. Allí aparece nuestro personaje, o su antepasado mejor dicho, quien defendió la pertinencia de dicho concepto para la explicación científica del coso.

Este polémico modo de producción consistiría en un estado despótico que financia las obras necesarias (principalmente de riego) para llevar a cabo la producción y, de este modo, limita la acción de las clases al colocarse por encima de ellas y captar el excedente. ¿Le suena familiar, querido lector? Sí, es lo que piensa la oposición del gobierno chavista tardío del Frente Amplio, con la salvedad de que la OSE sería el agente opresor en este caso, pero eso no es lo que nos ocupa en este momento. ¡Renunciá si tenés dignidad, Bonomi, nos gobiernan los tupas y los pichis, nos gobiernan! ¡En el modo de producción asiático se podía salir a la calle tranquilo! ¡Que vuelva el despotismo hidráulico! Perdón, me excedí.

Lo que ocurrió entonces fue que los stalinistas, afiliados a un materialismo mecánico y su consecuente sucesión rígida de las etapas que conducen al socialismo, cuestionaron la operatividad de dicho concepto y desacreditaron a sus partidarios; Karl August se retractó y no paró de retractarse hasta hacerlo del materialismo histórico, del comunismo y de la competencia de Bonomi para detener la devastadora ola de inseguridad que arrasa con toda idea de justicia y derechos humanos, excepto los de los delincuentes.

Allí es donde aparece (por fin, dirán algunos impacientes) nuestro héroe del socialismo real, Marito W. Marito, completamente negado para el rigor que demanda la labor intelectual, se propuso probar la corrección de la tesis (ex)marxista de su abuelo por medios prácticos: cazó a un montón de chinos parcialmente esclavizados, terminó de esclavizarlos, hizo una zanja machaza en el fondo de la casa, cortó el caño del agua del vecino y los puso a plantar papas, papas que luego, al momento de la cosecha, les arrebató (¡mirá bien, Bonomi, mucho viru viru pero te roban las papas en la cara, papá!) y vendió en el mercado a precios de usura, sellando así el histórico debate y reivindicando la memoria de sus antepasados, además de desenmascarar al inepto Ministro del Interior.

Anuncios

El super hombre de masas

“¡Me llevaron las chancletas, el termo, el mate, la bombilla! ¡Nadie hace nada! ¡Quesevayaelministro, que se vayan todos, todos, los tupas, los comunistas, los pichis en el gobierno…!”, gritaba la señora en la puerta de su comercio al micrófono de Channel 4.

El Ministro del Interior, consultado por la prensa, declaró que se estaba llevando a cabo una reforma en el Ministerio y que la policía, con los medios de que se la había dotado, estaba mejorando su gestión. La prensa insistió con el hecho de que la gente no lo percibía de esa manera, y que la situación era claramente catastrófica. La oposición apoyaba esta visión y llamó al Ministro al Parlamento, donde repitió los mismos argumentos y recibió la misma repulsa que se expresaba en la opinión pública.

Días más tarde, después de una rapiña de gallinas (consumada por gallinas, justamente), los cuestionamientos se hicieron más violentos. La sensación de que nadie, pero sobre todo el Ministro (ya que la policía alegaba que tenía las manos atadas por las políticas de las autoridades) hacía nada, y que esta negligencia tenía orígenes ideológicos, se incrementó hasta copar todos los titulares y generar la indignación del público y las audiencias, que pedían mano dura, acción, el cese del robo de championes y las transferencias monetarias, voluntarias e involuntarias, hacia los pichis.

El Ministro cometió la imprudencia de señalar el papel de los medios y de la oposición en la campaña que se proponía destituirlo. La señora a la que le robaron las alpargatas de la cuerda manifestó su deseo de que el “reverendo hijo de puta que se hace llamar ministro” (según sus palabras) fuera víctima de todos los delitos tipificados en el Código Penal, con énfasis en la violencia sexual reiterada. Y le sugirió que hiciera algo de inmediato.

Desde el ejecutivo se difundieron las cifras de delitos, que no mostraban el supuesto incremento escandaloso que la señora advertía; además, se comunicó la incorporación de tecnología represiva de última generación y la voluntad de destinar todo el PBI al combate del delito, la drogadicción y la degradación moral.

Las aguas se calmaron por algún tiempo, pero, como era previsible, los embates, tanto de los detractores como de los propios infractores, no tardaron en reiterarse. El Ministro puso su cargo a disposición, explicando que nada de lo que hacía, podía hacer o estaba dispuesto a hacer de acuerdo a sus convicciones podría cambiar la opinión de quienes pedían que abandonara el cargo. La prensa lo acusó de desertor y la oposición de cobarde, de manera que permaneció en su lugar.

Pocas semanas después de este incidente, los medios daban cuenta de un fenómeno alentador: en el transcurso de un robo de celular con agravantes (también se llevaron el cargador) una especie de superhéroe anónimo, vestido con un ajustado traje verde en el que lucía un escudo sumamente elaborado, cayó desde una azotea sobre el delincuente, le arrebató el celular (el del malhechor, no el de la víctima) y lo ejecutó sin piedad en el piso. Sobre el cuerpo dejó una tarjeta que lo identificaba como “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban”, un nombre que, pese a su claridad indiscutible, dejaba en claro que no se trataba de un genio de la semiótica o la elipsis.

Estalló la polémica; el público ávido de justicia celebró la aparición de un auténtico defensor de sus intereses; la prensa afín acompañó este sentimiento legítimo de la población vulnerada; la prensa crítica vio una peligrosa regresión en el discurso populista que consideraba esto una respuesta adecuada a la situación, pero el fiscal Zubía entendió que no había nada objetable jurídica o éticamente en la administración de estos castigos; el Ministro se encogió de hombros y dijo: “Eso es lo que pedían, allí lo tienen”.

Todos olvidaron la disputa entre el Ministerio del Interior y sus acusadores, obturada por las hipótesis acerca de la identidad del vengador. En los días siguientes se constató la aparición del mismo en más de treinta crímenes, crímenes que, de manera paradójica, tanto evitaba como cometía; jamás dejó indemne a un delincuente, jamás, ni siquiera en las faltas más insignificantes, bajó el listón de agresividad del límite máximo.

Las especulaciones sobre la identidad alcanzaron al senador Bordaberry, quien, preguntado sobre la coincidencia de su discurso con el del vengador, respondió coherentemente que era el mismo de todo uruguayo honesto preocupado por el tema de la seguridad. La policía, a su vez, dijo sentirse avasallada por la actividad incesante del encapuchado y, además, atada de manos por la Justicia, de modo que no podía dar respuesta a este nuevo escenario, de igual forma que en el anterior. El Ministro, una vez más, dijo no saber nada al respecto y recordó sus oportunas advertencias.

Dentro de esta normalidad surgió un elemento que alteró nuevamente el escenario: “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban” intervino en una extracción de garrafa en el patio de una casa pero, cuando se aprestaba a ejecutar al malviviente, otro enmascarado, vestido con un atuendo rojo proletario tardío, se materializó en su presencia tomándolo por sorpresa y reclamó para sí al desdichado, para luego propinarle al héroe una ejemplar golpiza y desaparecer en las sombras de Jardines del Hipódromo.

En las redes sociales (pero también en los medios tradicionales, con Channel 4 a la cabeza) se organizó una campaña en apoyo al “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban”, en la que se llamaba a boicotear al intruso y detenerlo antes de que pusiera fin a la obra del protector de los pueblos libres.

Sin embargo, el sigilo y el anonimato eran comunes a ambos, y nada podía hacerse desde el exterior para modificar la relación de fuerzas que generaba su interacción.  Las batallas arrojaban resultados estables, ninguno de los contrincantes se imponía sobre el otro, y ahora, cuando todas las corrientes sociales se habían alineado detrás de uno u otro de los super héroes, sólo se trataba se esperar el momento en que uno resultara eliminado de la contienda.

Un menor, un pichi, un latero, no tuvo mejor idea que escalar un bolck de apartamentos del complejo América para “ganarse” una camiseta del Werder Bremen que se agitaba en la noche como un Willawaw multicolor. De inmediato y desde ninguna parte surgió  “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban”, quien le dio la voz de alto. El joven, de bermudas deportivas cortadas, camiseta de los All Blacks y championes de marca le arrojó la prenda a la cara y se lanzó al vacío; antes de que impactara en el pavimento, el otro personaje fantástico lo recogió en sus brazos y le dio una moneda de dos pesos antes de despedirlo. El chiquilín, después de verse involucrado en semejante incidente, se pegó bruto latazo y prometió no volver a estar de cara en su vida.

El salvador trepó por el exterior del edificio y, una vez en el borde de la azotea, recibió una patada terrible del defensor de los honestos, pero logró rodar hacia el piso a considerable distancia de su agresor. Se insultaron brevemente y la emprendieron  a golpes de todo tipo, en una pelea que se extendió por toda la superficie del techo llevada por los ataques mutuos Nunca se habían enfrentado de ese modo, sin objeto por el que disputar, y no tuvieron más salida que combatir hasta el aniquilamiento. El hombre honesto consiguió arrinconar a su oponente contra el pretil y, sin decir palabra, se dispuso a arrojarlo como hiciera antes con el joven; sin embargo, el bolchevique anónimo se aferró con todas sus fuerzas al traje verde y no se dejó empujar. Lucharon un instante en esta posición, en un equilibrio sumamente precario que se rompió cuando ambos cayeron a la calle.

Casi instantáneamente se convocaron vecinos y medios de comunicación, policía y autoridades del gobierno, que retiraron los cuerpos manteniendo el secreto de los superhéroes.

La espera sólo incrementó los rumores. Se llamó a una conferencia de prensa para la jornada siguiente. En ella, sin embargo, el gobierno se limitó a anunciar, en un hecho que en nada respondía a los sucesos recientes, la lamentable pérdida en un trágico accidente de su Ministro del Interior, Eduardo Bonomi, y del Ministro de Desarrollo Social, Daniel Olesker.

Manual de autoayuda

Ud. sufre. Se siente angustiado. Está de permanente mal humor, pero no sabe por qué. Nosotros sí lo sabemos, y sabemos cómo superarlo, e incluso si le interesa podemos decírselo, pero para eso debe estar dispuesto a someterse a un cruel examen de sus miserias más íntimas y exponerlas ante todo el mundo, pero sobre todo ante ud. mismo. Veamos.
Ud. se levanta, va al baño, escucha el canto de los pájaros en la ventana y a partir de allí todo se desmorona y se convierte en un calvario insoportable; abre el diario, enciende el televisor o escucha la radio y se siente agredido por la manipulación obscena, el sensacionalismo burdo, el amarillismo descarado; apaga todo y sale a la calle, donde se encuentra con su vecino Cacho, que le espeta: “¡¿Viste lo de Big Pancho!? ¡14 cuetazos le pegaron! No, al tipo, no al pancho… bah, creo, algo así sentí. Ya no se puede más, hay que matarlos a todos hay, tienen que volver los milicos, ¿no? ¿Eh? ¿Qué me decís?” “Yo qué sé, para mí no es tan así, los estudios dicen que los delitos no han aumentado mientras que la cobertura de la prensa…” Su amigo lo interrumpe: “¿Estudios? ¿Lo qué? ¿Vos les creés a esos atorrantes que nunca salieron de la oficinita y te dicen que está todo bien? Andá! Leíste dos libros y ya te hacés el coso… ¿por qué no vas con tu librito al Cerro Norte a las 2 de la mañana?” Y así todo el día; en el ómnibus, en el trabajo, en el kiosco, todo el día en la máquina lo tienen, y ¿sabe qué? Su amigo tiene razón. Bah, ya no es su amigo, y es su culpa, ahora está más solo y alienado que antes, y sigue igual de caliente. El diagnóstico de su amigo es básicamente correcto: leyó un par de libros (El Principito no tiene nada que ver, pero Das Kapital es sospechoso) y se hace el coso. Las construcciones teóricas se refutan con otras construcciones teóricas; a menos que lea todos los libros del mundo, no habrá aprendido nada. Sin embargo, la vida misma no admite los matices del nivel discursivo; si va al Cerro Norte a las 2 de la mañana y la meten tres cuetazos, se acabó la discusión.
¿Acaso puede estar equivocado el mundo y ud., justo ud., ser el único exento del error? Eso suena raro. La evolución no funciona así; si todo el maldito planeta estuviera equivocado, ya se habría ido todo al carajo, en cambio, el único infeliz acá es ud., que apostó al número perdedor. Quiso militar en el partido pero estaba lleno de mencheviques; quiso organizar un sindicato pero estaba lleno de carneros; su autoestima es más baja que el PBI de Myanmar en un año especialmente malo para la cosecha de cacahuete.
Repasemos algunos conceptos elementales de la autoayuda:
a) Ud. es un individuo especial, único, entonces ¿por qué quiere identificarse con los pichis? ¿Es negro? “No”. Porque si es negro no podemos ayudarlo. “Ya le dije que no”. No se retobe, estaba enfatizando la idea. Tampoco es pobre, ¿verdad? “No lo soy; soy un pequeñoburgués que experimenta las inseguridades correspondientes a su clase”. Bien, así está mejor. Debería aspirar a ser mejor, no peor: si mira hacia abajo, es obvio que se va a ir por el caño, es una ley natural. Fíjese un poco más en las clases superiores. Son blancos como ud., tiene más en común con ellos que con el pichaje;
b) Le falta el dinero que ellos tienen, dice ud. Tome la iniciativa, sea emprendedor; ellos se lo ganaron con el sudor de su frente, haga lo mismo. “Jaja.. ¿me estás jodiendo? ¡Lo ganaron explotando trabajado asalariado, extrayendo plusvalía, oligarcas putos!” Ufa, ya hablamos de eso. Encima cree en teorías económicas perimidas; el trabajo es sólo uno de los factores de producción, el capital es otro y recibe su justa recompensa. Además, yo soy un gurú espiritual, no un economista neoclásico. Se la encajé para que no me meta el gaucho. Ud. no sólo es negativo, es anacronista. “Será ‘anacrónico’, en todo caso”. Ahí tiene, ud. mismo lo dijo: es anacrónico. Sea positivo. “Pero gano 6.000 pesos, maestro”. No me diga “maestro” con ese tonito irónico, para empezar. ¿Ve que tiene menos iniciativa que diputado del Partido Independiente? Con esos 6 palos tercerice su trabajo: páguele 3.000 a alguien más desdichado que ud. “¿Y? Me quedan 3.000 pesos para vivir, máquina”. Ay, dios, esto es más difícil de lo que creí. Ya veo por qué le va como le va. Mire, ahora tiene 3 palos y ya no trabaja. Busque otro trabajo de $ 6.000 y tercerícelo también. Repita la operación hasta alcanzar el nivel de ingresos que considere adecuado. Viva de rentas. “Soy un explotador; no quería convertirme en eso”. Error: es un rico. Ahora está del lado de los ganadores;
c) “Pero si ahora estoy en el lugar correcto para apreciar mi antigua inconsistencia moral y cognitiva (nota: su idiotez, digámoslo claro) y dispongo de los medios de que antes carecía, ¿no debo protegerlos del mismo modo que mi amigo Cacho?” Primero: el Cacho ya no es su amigo; nunca lo fue. Es un pichi resentido. Segundo: ¿qué parte de “es un individuo valioso y especial” no entendió?  Ud. es especial, ellos no, por eso lo envidian. Ud. tiene riqueza espiritual (además de material) que antes no poseía, porque se creía equivocadamente parte de la masa cochina, en palabras del estadista Edmund Burke. Se creía parte de un colectivo despreciable, pero ahora se ha refinado, ha aprendido a reconocer su verdadero mérito y ha descartado el conflicto como actitud vital, por lo que ya no siente aquella inquietud que le impedía crecer. El malestar se ha disipado. Bien, debe cuidar este patrimonio que tanto esfuerzo le ha demandado: cómprese un arma. Ya. “Pero mi vecino también tiene una, ¿de qué manera eso me individualiza?”. Él tiene una .9 mm., cómprese una Luger, un M4 o similar;
d) “Ahora tengo demasiado tiempo libre y como que me chupan un huevo las cuestiones que interesan a la gente de mi condición recién adquirida”. Haga este ejercicio: luego de oír el chasquido de mis dedos, olvide la posición económica a que había accedido e imagine que nunca sucedió. Ahora tiene que volver a trabajar a cambio de un sueldo de 6.000 pesos, pero conserva los valores que este breve pero suculento curso de autoayuda le han proporcionado, que son eternos. “¡Trabajar por 6.000 pesos! ¿Está loco?” Pero ya no está alienado y conoce el camino a la cima; esta vez no va a desviarse por senderos luminosos ni tomar atajos que conducen a callejones sin salida. ¿Cómo se siente ahora, una vez concluido nuestro seminario? “Creo que ya no me gustan los negros pichis envidiosos”. Pues ahora es rico. Deposite exactamente $ 6.000 cuando se retire, por favor.

Anexo: diálogo socrático sobre la virtud, extraído de otro de nuestros trabajos teóricos.

Como dijimos, la virtud obrera difiere con mucho de la virtud suprema, y aquélla se puede considerar subsidiaria directa de ésta. Por tanto, no es imperioso que adopte sus mismas formas, sino más bien que sea una correcta traslación de sus aspectos principales. Una versión abreviada, que se remitirá siempre, a efectos de contralor, al tribunal regulador.
Entonces, llegamos finalmente a la esencia misma de la virtud proletaria. El cuerpo de doctrinas se describe a continuación:
– Aceptar la autoridad de quienes le suministran tan valioso instrumento.
– No renegar de éste.
– No pugnar por freedom bajo ninguna circunstancia, dado que se ha admitido la pertinencia de las disposiciones.
– Tomar la vida tal como le vino, puesto que está bajo la égida de la virtud.
– Aceptar el mazazo correctivo si se desvía de las ordenanzas.
– Laburar de buen talante y someterse a los rigores del trabajo, aceptando que su constitución moral es francamente reprobable, pero que puede ser corregida.
– ¿Corregida por quién? Por los representantes de la virtud.
– ¿Corregida de qué modo? Por los canales usuales en este tipo de casos: la enseñanza firme y quizá algo propensa al castigo físico, trato necesario ante la presencia de marranos cochinos.
– “Pero si yo soy un marrano cochino proletario”, dirá ud., “¿qué preserva su integridad, oh lord de la virtud?” Yo soy garantía de mi virtud. No respondo a fundamento alguno. “¿Qué sostiene al elefante, que a su vez sostiene a la tortuga, que es apoyo del mundo?” Nada. Es su propio sustento.
– “¿Y no puedo disentir, en vista de que su virtud es inobjetable?” Precisamente, mi virtud es inobjetable; se asiente a ella o se resigna su valía. Nada le impide ser un marrano cochino proletario, es su decisión.
– “¿Y si decido ser un marrano?” Elige mal.
– “¿Por qué motivo?” Porque yo lo digo.
– “¿No es eso un círculo vicioso, una regresión al infinitum, una petición de principio?” En efecto. Reconozca mi altura y sitúese donde le corresponde.
– “¿Y si su virtud presenta alguna grieta?” Eso no puede ocurrir. Encomiéndese de una vez.
– “Aún soy capaz de dudar”. Yo no, por eso soy virtuoso.
– “No me agrada su manera de razonar”. A mí no me agrada su vida, y sin embargo le ofrezco una salida. No es una cuestión de preferencias, sino de deber. Yo acepté el mío, ud. acepte el suyo.
– “Pero Ud. dijo que todo hombre es un cretino”. Sí. Pero yo superé esa etapa; en cambio, ud. sigue navegando en la ignominia, en la procacidad, resuelto a no reformarse.
– “Pero siempre seré pobre, débil, socialmente excluido…” No es mi problema. Fue su elección. Al menos sea lo suficientemente hombre como para recibirlo con la debida dignidad.
– “Pobre pero honrado”. No. Pobre pero cochino, en tanto no agache la cabeza.
– “¿La virtud radica en la resignación?” No. La virtud radica en la indiferencia hacia su desgracia. Cuando sea incapaz de luchar, será virtuoso.
– “Pero, ¿no es cierto que todo hombre forja su destino, que su capacidad de oponerse a la desdicha es su más preciado bien?” Si eso fuera cierto, ud. se forjaría un destino cochino. No, sepa contentarse con practicar la virtud. Allí está todo el bien que necesita.
– “Pero Ud. tiene todo lo que yo jamás tendré: es rico, dispone de tiempo ocioso, tiene una buena casa, ¡come todos los días…!” Por algo será. Además, mi ocio se consume en la reflexión, y las riquezas son un accesorio del que puedo prescindir, mas ud. no puede prescindir de su suciedad espiritual. La virtud está en la renuncia.
– “Por último: ¿qué sucedería en caso de que yo impugnara todas sus enseñanzas? ¿me daría un ‘tate quieto, verdad?” Ciertamente, pero la cuestión no se agota allí. Ud. habría fracasado en su aprendizaje, yo habría fracasado como maestro, y reinaría la execración.
– “Una cosa más: la virtud da sentido a la vida, de lo que infiero que sin la virtud…” Sí, nada hay fuera de la virtud. La virtud es el límite de su mundo. Por eso es importante que la acepte. Todo es absurdo al margen de la virtud.
– “Su argumento es sólido”
– Correcto.

El Pozo Escéptico investiga

De acuerdo a lo informado por la prensa en la jornada de ayer, el liceo número 62 de Colón se encuentra de paro a raíz de los reiterados hechos de inseguridad registrados en el centro educativo. Un cronista de El Pozo Escéptico se acercó hasta el lugar y, luego de sustraer un microscopio del descuidado laboratorio, arrebató a los profesores los siguientes testimonios:

Adriana T., docente de historia: “Lo que pasa en este liceo no es nuevo: me recuerda a los hugonotes perseguidos por Luis XIV tras la revocación del Edicto de Nantes. Nosotros seríamos los hugonotes, no Luis XIV, que era como un plancha de la monarquía, y así le fue. Creo que podemos derrotarlos.”

Sandino N., docente de filosofía: “Lo que sucede en el liceo 62 es apenas un síntoma del desplazamiento del sujeto moderno kantiano en dirección del posmodernismo territorial, donde las identidades fundadas en los valores ilustrados, en la norma universalizadora que emana de la Razón, son sustituidas por el vínculo etnográfico primordial del capitalismo tardío: la tribu.” (Fuera de micrófonos, señaló que piensa que hay matarlos a todos)

Richard T.T., docente de química: “Esto no es nada raro en el estudio de fenómenos complejos: ojo, no estoy sugiriendo que la analogía química sea válida en sociología, pero si nos fijamos en el comportamiento del átomo aislado cuando realiza el enlace para formar una molécula, vemos cómo emergen propiedades que no están presentes en el átomo individual. De manera que un plancha te roba los championes, muchos planchas vandalizan el liceo. Hay que fisionar al plancha, pues”.

María Pía (pero no grazna), docente de literatura: “Me da miedo ese chorro, buen recuerdo, señor fuerte, implacable cruel dulzor. Me da miedo. (César Vallejo)”

Mario B., docente de dibujo: “Pintó robar.”

Graciela R., docente de matemáticas: “Hagamos una estadística elemental: en el liceo hay 1800 alumnos, distribuidos en tres turnos; de ellos, el 40% son planchas. El 41% de los estudiantes son chorros. Según el teorema de Bayes, hay una altísima probabilidad de que ud. me haya robado el microscopio.”

Pedro B: “Son una manga de pichis. Hay que matarlos a todos.” Era el portero.

Rezando al Santo Botón

¿Alguna vez se preguntó qué tienen en común Telenoche, los milicos, las razzias de Bonomi y Pedro B. (más allá del fascismo)? Siga leyendo para averiguarlo.

Es mucha la gente que se encomienda a un santo para obtener algo que desea en lugar de esforzarse por ello, por distintas razones: costumbre; debilidad epistémica; debilidad física; imposibilidad lógica o material de la cosa; flojera, etc.

En la mayoría de los casos no se produce el resultado buscado, lo que conduce al hereje pagano (que se encomendó en un primer momento sin convicción, como podría haberlo hecho a Chuck Norris o a Los Magníficos de haberle sido recomendado o de haber sido adoctrinado debidamente) a abjurar de la religión y putear al santo al que acaba de pedir socorro. Yo mismo he sido testigo de escenas de hondo dramatismo, en San Cono por ejemplo, de gente arrojando una camiseta a la cara indiferente de la estatua mientras la culpaba por el descenso de su equipo: “¡nos fuimos a la B, culorroto, acá tenés la camiseta que te prometí para que te la metas en el ojete!”, recuerdo que gritaba un gordo, poco versado en teología a mi juicio, barrabrava de algún equipo menor. O la muchacha divina aquella que lo increpaba porque el novio rico le había metido las guampas: “Santo puto, lo único que te pedí fue que se casara conmigo, ni eso podés hacer, laconchadetuhermana”. Y así tantos otros.

Considero que esto es un error, ya que el fracaso no se debe al desinterés divino sino a la participación del agente menos solidario del santoral: el Santo Botón.

Nacido en 1296 en Padua y muerto posiblemente en 1297 en Padua, el Santo Botón, como su nombre lo indica, ganó su reputación protegiendo a los poderosos e ignorando a los humildes.

Moralmente más abyecto que Pedro Abelardo, sin embargo fue más vivo que éste al buscar el amparo de la autoridad para su vida licenciosa, y de este modo logró hacer la plancha en cuanto a milagros en su fugaz carrera. Ejecutó los estrictamente necesarios para alcanzar la canonización, ni más, ni menos; y todos ellos fueron concedidos a quienes ganaron la subasta previa convocada por el canalla.

Siendo menor, tuvo una navaja, como Guillermo de Occam, pero a diferencia de aquel la utilizó para cometer rapiñas contra los cambistas itinerantes, los Abitab de la Edad Media.
Precursor de la coima política, timbero, probable inventor de la estampita como método de propaganda, aristotélico part time y desdeñoso de la teoría la mayor parte del tiempo, el Santo Botón se consagró delatando a aquellos que pedían milagros tan personales que revelaban algún dato pertinente para la autoridad. Así, muchos de sus devotos, confiando en la reserva que tal relación implica, terminaron en cana sin saber qué había sucedido. Lo peor es que algunos volvían a pedirle auxilio desde el calabozo. De esta forma se convirtió en un valioso colaborador de las fuerzas del orden, que pagaron sus servicios manteniendo reserva sobre la situación, y es por eso que hoy, en lugar de estar cubierto por la calumnia, continúa operando como un santo más a la par del resto.

En la actualidad es posible encontrar, en las oficinas de Fernando Vilar y del Ministro Bonomi, la imagen de este ser abyecto (del santo, no de Vilar, aunque no son excluyentes)

444: The number of the beast

Almendras, informado de que por fin había ocurrido, no pudo ocultar la enorme sonrisa mientras corría al móvil para hacerse a la calle cuanto antes. Dada la situación, o al menos la presunción de estar frente a lo que por tanto tiempo habían esperado, el canal no escatimó la cantidad de cámaras y equipos puestos a disposición del operativo.
Según el anónimo, buena parte del centro ya había sido tomado y estaba bajo control del sujeto social posmoderno más apreciado por canal 4: menores marginales drogados, delincuentes de nuevo tipo, deshecho humano, en resumen. El bigote de Almendras, como el perro de Pavlov, se humedeció producto de la baba que escurría por la comisura de sus labios; sus ojos, funcionando a modo de cámaras, escrutaban el horizonte en busca de una señal de la masa lumpen derramándose por las calles de Montevideo.
La camioneta se desplazaba a toda velocidad hacia el punto indicado, girando velozmente en las esquinas sin tomar ninguna precaución. Vilar, desde estudios, semi desvanecido, apenas era capaz de presentar los crímenes insignificantes que, comparados con la primicia que su imaginación acogía, eran lo que un choque de bicicletas a un desastre múltiple carretero.
Por fin Almendras hizo contacto ocular. La baba rabiosa surgió de la boca contra su voluntad como un volcán en erupción; aquello era mejor de lo que cualquier testimonio podía haber adelantado. El recuerdo fugaz de 2002 lo asaltó como un pichi lleno de pasta base a un autoservicio sin 222: miles de planchas avanzando a los tumbos debido a las drogas destruían y vandalizaban todo a su paso, ¡sobre todo a los transeúntes! El espectáculo de mutilación y sangre era ciertamente lo que canal 4 había estado esperando en vano por años, llenando horas y horas de programación con pequeños robos y arrebatos con la esperanza de que un día sucediera. Ahora estaba sucediendo y era como si la mente creativa de un guionista del canal lo hubiera escrito, pero los detalles superaban cualquier cosa que las noches solitarias de un jefe de informativos salvaje pudiera concebir. Indigentes, miles de ellos, sin ningún motivo (nada que explicar, pues), ejercían la violencia a discreción y ni siquiera se apoderaban de los objetos que en otro momento habrían justificado semejante conducta. Esta era una manifestación de irracionalidad perfecta, síntesis de la belleza aristotélica en la sociedad posindustrial, hecha a la medida de un noticiero neutral cuyo propósito es oficiar de medio entre las imágenes sin editar y el espectador ávido de ellas.
Almendras los contempló desde el móvil pero no pudo resistir el impulso primitivo que anima al periodista a confundirse con la masa bárbara y se entregó a ellos, micrófono en mano, para absorber de primera mano las declaraciones espontáneas de los protagonistas. Ya en la calle, la orgía de sangre nubló su razón dotándola de una felicidad que un triste cronista no suele experimentar; planchas, planchas por todas partes, peinados exóticos de colores brillantes, championes marca Nike y gorras por doquier cubiertas con la sangre de inocentes comerciantes de clase media ofreciéndose en cuadros capturados, como los adolescentes imputables, en alta definición.
Vilar extasiado pedía más planos de niños desmembrados, que por suerte Almendras recogía a cada paso sin olvidar los suvenirs para los compañeros. Mientras tanto, un sociólogo convocado de emergencia encontraba difícil aclarar lo que estaban viendo; su conjetura se basaba en una nueva droga experimental obtendia por accidente, como hiciera Dee Dee Ramone en Rock ‘n roll Highschool; sin embargo, el Ministro del Interior no tenía mayor dificultad para hacerlo, enviando a todos los efectivos bajo su mando a reprimir la revuelta.
Se levantaron barricadas que pronto se descubrieron inútiles para contener la situación. Los policías, héroes del canal, también se convirtieron en víctimas de los desclasados. Un comisario cuya cabeza reposaba gentilmente al final de su macana traducía el estado de emergencia desbordante mejor que ninguna otra cosa (salvo quizá alguno de sus subordinados ajusticiado con igual exceso para satisfacción del embelesado Almendras, quien ya no distinguía entre amigos y enemigos del orden, atrapado como estaba en un sueño largo tiempo acariciado, como el niño que por fin consigue ser escupido por Cacho Bochinche y vuelve a casa con una sonrisa junto al gargajo que se descuelga, cual Tarzán, por su cara)
Los árboles lucían cuerpos destrozados como adornos de una Navidad temprana; los bebés eran los caramelos que servían de postre al festín bestial que se estaba desarrollando; las viejas se disipaban como papel arrugado en el viento; los jóvenes de bien eran el plato más suculento de la bacanal lumpen.
Vilar insistía en categorías que se estaban desplazando tan rápido como la masa por la cuidad, el fracaso del INAU, la falta de valores, la DROGA, así, destacando en el collage pero poco eficaz para abarcar los fenómenos que se posaban ante sus ojos. Como un brote imprevisto de una planta seca en otoño, la explosión del reactor apagado de Fukushima, un Tsunami surgiendo de una bañera sin agua, eso era lo que estaba ocurriendo, algo que ni la ciencia ni el sentido común tenían herramientas para interpretar. Peor aún, o mejor según se lo mirara, este desborde conceptual que había capturado a la audiencia como un secuestrador armado se dirigía hacia Paraguay y Tajes.
Se montó un dispositivo especial de transmisión en medio del holocausto; el satélite se destinó a este solo efecto, se canceló toda la programación (si es que algo quedaba para entonces fuera de los informativos casi permanentes) y cada cámara y micrófono fue asignada a este hecho definitivo. “¿Por qué no escucharon a Pedro cuando se los advirtió, insensatos?”, clamaba Vilar, reportero del apocalipsis, increpando a una audiencia nunca lo suficientemente comprometida con la baja de la edad de imputabilidad y la mano dura. Ahora la mano dura la aplicaban los pichis en represalia por la laxitud de un pueblo de guampudos cuya irresponsabilidad frente al delito los había colocado al borde del abismo, corriendo y con las suelas gastadas.
Todo esfuerzo fue estéril. Ya no quedaban fuerzas leales de ningún tipo en ninguna parte, y tal vez solo Vilar, quien durante años había sido el último baluarte del uruguayo honesto, resistía pese a la adversidad incontenible. Por fin llegaron al canal. Almendras se abrió paso hacia el Centro Montecarlo de Noticias, convertido en refugio de Fernando y su escopeta de caño recortado, parapetado detrás de su escritorio y relatando en vivo la entrada de su colega.
Lamentablemente, aquella muchedumbre informe no procedía de donde siempre la había esperado canal 4, de los asentamientos, ni era un populacho miserable buscando revancha, sino que provenía del cementerio Central y estaba encabezada por el mismísimo Jean Georges Almendras, muerto hacía años en un procedimiento policial en el barrio Borro.