Héroes del socialismo real. Hoy: Marito Wittfogel.

Aquellos que no estén al corriente de las controversias que ha suscitado el marxismo desde su nacimiento, como cuando, por ejemplo, Engels objetó el fundamento antropológico de la crítica de Marx a la filosofía del derecho de Hegel y, de paso, señaló la improcedencia del amuleto que emergía bajo la barba de su amigo, quizá harían bien en interrumpir la lectura en este punto. Es más, a pesar de la aparente paradoja, habría resultado más conveniente que lo hicieran al advertir que se trataba de un tema completamente ajeno a sus intereses y preocupaciones intelectuales. Quizá ya sea algo tarde, y mi consejo, si llegó hasta aquí ignorando su natural recelo y mi explícita exhortación, es que continúe e ignore, a su vez, todos los avisos que intentaron disuadirlo de obtener el disfrute que el texto con seguridad va a procurarle. Espero, por otra parte, que esta digresión no del todo coherente lo prevenga contra los prologuistas que hacen vanos esfuerzos por ganarse al lector en las formas más abyectas, invitándolo a gozar de ciertos placeres al tiempo que le niega la posesión de las facultades requeridas, en un cándido reto a que acometa el ejercicio de las mismas.
Sí, además, empieza a sospechar que el prefacio es una exhibición impúdica de ciertas habilidades de prologuismo, si ha alcanzado la conclusión de que se halla ante a un prolegomaníaco, alguien incapaz de iniciar la obra anunciada por mantenerse en el nivel introductorio, regocijándose con ello, paso a demostrarle su error.

Marito Wittfogel, hijo de Mario Wittfogel y nieto del célebre Karl August, nació en una impronunciable ciudad prusiana allá por 1945. De débil constitución comunista, como su abuelo, pero de firmes convicciones filiales, se adentró muy temprano en los debates que habían ocupado a sus eminentes antecesores, estudiando la bibliografía relevante con un profundo compromiso hacia la verdad. Es necesario, pues, hacer un breve resumen de estas ideas, y de una de ellas en particular, antes de exponer los aportes de Marito, el último y más brillante de los Wittfogel.

La categoría de modo de producción es fundamental para la historiografía marxista; de acuerdo con el fundador de esta corriente, un modo de producción está determinado por el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, o sea, los componentes técnico y social que deciden la forma en que las clases se apropian su parte del trabajo colectivo. Por supuesto que hablamos de apropiación en un sentido muy general, ya que las pequeñas “apropiaciones” en que incurren los individuos aislados son más bien producto de su destreza para el rastrillaje que del lugar que ocupan en la división social del trabajo.
Marx sostenía que hasta el advenimiento del capitalismo se habían sucedido tres modos de producción: el primitivo, el esclavista y el feudal. Y el otro. El otro estaba encanutado en un manuscrito que no se conoció hasta la década del treinta del siglo pasado, hecho que obligó a revisar las anteriores concepciones, no sin un debate en que las acusaciones de revisionismo, menchevismo, carencia de caramelos y tantas otras afloraron cual espora en primavera. Allí aparece nuestro personaje, o su antepasado mejor dicho, quien defendió la pertinencia de dicho concepto para la explicación científica del coso.

Este polémico modo de producción consistiría en un estado despótico que financia las obras necesarias (principalmente de riego) para llevar a cabo la producción y, de este modo, limita la acción de las clases al colocarse por encima de ellas y captar el excedente. ¿Le suena familiar, querido lector? Sí, es lo que piensa la oposición del gobierno chavista tardío del Frente Amplio, con la salvedad de que la OSE sería el agente opresor en este caso, pero eso no es lo que nos ocupa en este momento. ¡Renunciá si tenés dignidad, Bonomi, nos gobiernan los tupas y los pichis, nos gobiernan! ¡En el modo de producción asiático se podía salir a la calle tranquilo! ¡Que vuelva el despotismo hidráulico! Perdón, me excedí.

Lo que ocurrió entonces fue que los stalinistas, afiliados a un materialismo mecánico y su consecuente sucesión rígida de las etapas que conducen al socialismo, cuestionaron la operatividad de dicho concepto y desacreditaron a sus partidarios; Karl August se retractó y no paró de retractarse hasta hacerlo del materialismo histórico, del comunismo y de la competencia de Bonomi para detener la devastadora ola de inseguridad que arrasa con toda idea de justicia y derechos humanos, excepto los de los delincuentes.

Allí es donde aparece (por fin, dirán algunos impacientes) nuestro héroe del socialismo real, Marito W. Marito, completamente negado para el rigor que demanda la labor intelectual, se propuso probar la corrección de la tesis (ex)marxista de su abuelo por medios prácticos: cazó a un montón de chinos parcialmente esclavizados, terminó de esclavizarlos, hizo una zanja machaza en el fondo de la casa, cortó el caño del agua del vecino y los puso a plantar papas, papas que luego, al momento de la cosecha, les arrebató (¡mirá bien, Bonomi, mucho viru viru pero te roban las papas en la cara, papá!) y vendió en el mercado a precios de usura, sellando así el histórico debate y reivindicando la memoria de sus antepasados, además de desenmascarar al inepto Ministro del Interior.

Alguien piense en los niños

El pequeño Tommy se levantó al sonar el despertador como todas las mañanas. No necesitaba que lo llamaran desde que había empezado la escuela tres años atrás; es más, él se encargaba de despertar a sus padres para que fueran a trabajar. Escuchó a su madre en la cocina preparando el desayuno; sólo tenía que sacar de la cama al padre, por lo que se apuró a ponerse las pantuflas y correr al cuarto contiguo antes de que aquél lo sorprendiera con uno de sus típicos “ataques matutinos”, tapándolo con la frazada después de tirarse un pedo bajo las mantas.

Entró al cuarto corriendo y vio el bulto sobre la cama: perfecto, el padre aún dormía. La habitación estaba oscura, apenas iluminada por unos escasos rayos de sol que más bien parecían esconderse en las sombras. Se tiró sobre él sin pensarlo dos veces, como tantas otras mañanas. El padre estalló. Se desintegró bajo las sábanas. Se hizo polvo.

Tommy, alarmado, bajó la escalera corriendo, incapaz de hablar o gritar, en busca de su madre. Ella lo vio llegar mientras arreglaba la mesa para servir el desayuno, suponiendo que el niño ya había despertado a su esposo y que éste bajaría a continuación. Tommy, sin detener su carrera, trató de aferrarse a la pollera de la mujer, pero cuando hizo contacto con ella, su madre también explotó. Tommy lloró desesperado; sus dos padres acababan de evaporarse frente a él sin explicación y no sabía qué hacer, y en esas circunstancias, razonó con su inteligencia infantil, lo mejor era seguir adelante, ya que la vida no se termina y no hay tragedia que no se arregle con un alfajor y un paseo al parque de diversiones.

Tomó el desayuno, que su madre había tenido la prudencia de dejar listo antes de estallar, se puso la túnica y salió rumbo a la escuela. Además, no podía esperar a contarle a sus amigos lo que acababa de suceder; sin duda, eso haría a Tommy más popular que sus perfectamente normales y biparentales compañeros, una manga de chupapijas inmaduros que no podrían siquiera atarse los cordones si sus padres se desintegraran repentinamente.

Llegó a la parada y se dispuso a esperar el transporte escolar; debido al contratiempo, no tendría que esperar demasiado. No había nadie más que Tommy en la intersección de las calles Norris y Seagal, y era mejor así, ya que no quería verse en la incómoda situación de tener que explicar por qué nadie lo acompañaba ese día, como de costumbre.

El ataúd amarillo con ruedas surgió a lo lejos de la calle, como si brotara de la fosa donde descansa por la noche antes de salir a cumplir su innoble tarea. Tommy le hizo una seña para que se detuviera y subió, sonriente, para encontrarse con sus amigos. Saludó al conductor, un muchacho de gruesas gafas y abundante acné llamado Arnie, simpático hasta ahí nomás, puesto que a veces discutía con el tipo de la tienda de revistas y el malhumor le duraba semanas. Tommy dijo: “¿Qué tal va todo hoy, Arnie? ¿El señor Bronson te trajo tu número de Cretin Man?”, y le dio un golpe en el brazo. Arnie se esfumó. El ómnibus perdió el control y, de no ser porque iba a muy baja velocidad después de la parada, podría haber ocurrido un accidente terrible. No pasó de un brusco choque con el edificio de la escuela, sin consecuencias.

Las maestras salieron a ver qué ocurría. Todos los niños estaban bien aunque algo aturdidos, más por la extraña desaparición del conductor que por la gentil colisión. Sabrina corrió a abrazar a su maestra para alejarse del perverso Tommy, pero no consiguió hacerlo puesto que la señorita, por supuesto, explotó como un globo, tan sólo con tocarla. Los niños se miraron incrédulos pero sin entrar en pánico, y poco a poco, tímidamente al principio, más sueltos después, fueron contando sus experiencias de aquel día; eran pocos los que no habían hecho reventar a algún adulto con sus inocentes manitos, y los pocos que habían escapado a dicha suerte era porque tampoco habían tocado un mayor.

Ignorantes de las consecuencias a largo plazo de tan curioso fenómeno, aprovecharon a deshacerse cuanto antes de los molestos viejos que acaparaban el mundo para sí, prohibiéndoles toda diversión a menos que estuviera supervisada y autorizada por ellos. Reinó una anarquía súbita, demencial, incontrolable; no había tiempo que perder, los adultos tarde o temprano comprenderían la situación y tratarían de remediarla o, en el mejor de los casos, refugiarse y prepararse para el enfrentamiento decisivo. Los niños, con una ventaja circunstancial tan abrumadora, no podían permitir que los tiranos se reagruparan y utilizaran sus recursos superiores para retomar el control. Antes que estos lograran siquiera sospechar lo que sucedía, los niños, con su ingenuidad y ternura, los habían eliminado casi por completo. No necesitaron más que ir por las casas golpeando puertas y repartiendo abrazos para consolidar su dominio.

Una vez asegurada la supresión de los mayores, los niños se entregaron a un frenesí de consumo irracional: golosinas, hamburguesas, juguetes, cosas brillantes, porquerías de colores, conductas desbordadas, fiestas permanentes. Ninguno pensó en la limitación de los recursos, que siempre habían conocido en las tiendas, sin saber de dónde provenían ni de qué forma se producían. Todo parecía inagotable ahora que se lo podía tomar con libertad, y así fue mientras el suministro se mantuvo abundante y los alimentos no se vencieron. Pero, tras varias semanas de este desenfreno incontenible, que las autoridades de los estados vecinos no se atrevieron a interrumpir, ocurrió lo previsible (para un adulto, claro): el abastecimiento empezó a agotarse. De rponto, a los niños ya no les parecían tan divertidos los excesos a que se habían acostumbrado; al pánico siguió la apatía; algunos comenzaron a presentir que necesitaban un líder, alguien maduro capaz de hacer frente a la preocupante situación.

Desorganizados, vagaron sin rumbo varios días, recogiendo las últimas provisiones que encontraban a su paso y consumiéndolas inmediatamente sin ningún plan. Tommy fue el primero en comprender que no podían seguir así, que habían ido demasiado lejos en su exagerada celebración. Reunió a todos los niños y pasó a explicarles, en tono pausado y muy razonable, que era imprescindible poner algún orden a todo aquello si querían sobrevivir. Mientras daba su sensato y bien estudiado discurso, Billy, aburrido, lanzó una bola de barro hacia el estrado, que dio de lleno en la cara de Tommy. Tommy estalló.

Bibliofilia

El Quique estaba jugando con su arma descargada, haciendo malabares ante la mirada indiferente del Bocha, quien, recostando la espalda contra la pared, sostenía las piernas extendidas para apoyarlas en el marco de la ventana. Yo me mantenía a cierta distancia, callado, preocupado sin saber exactamente por qué, viendo cómo mis compañeros desplegaban sus rutinas con una seguridad inútil.
No recuerdo el momento en que decidimos hacerlo, sí que pareció una idea anónima que hubiera surgido de los tres al mismo tiempo, y nadie presentó objeciones cuando la discutimos. Fue como si hubiéramos estado de acuerdo previamente, en secreto, y la enunciación trajera consigo la unanimidad inmediata. Sé que fue Quique el que demostró más interés en los detalles; quizá en su intimidad ya tuviera elaborado el plan que comenzó a contarnos, asignándonos las tareas que él tenía definidas desde siempre; él se reservó la obtención de las armas, los equipos de comunicación y el vehículo; el Bocha los disfraces y las capuchas; yo, por último, debía estudiar el recorrido del camión, marcar los puntos donde se detenía y señalar el lugar más adecuado para llevar a cabo el atraco.
Nos reuníamos en el sótano de un edificio abandonado, a fin de no dejar rastros sobre nuestros movimientos en los lugares habituales; nuestras familias sólo conocerían el hecho una vez consumado, con éxito, ya que, de este modo, evitaríamos implicarlos en caso de que fracasáramos. Nadie podría vincular a alguien más con nuestras actividades, todo tendría lugar en la más estricta reserva; eso también fue parte del consenso que asumimos desde el primer momento.
Quique tenía algún contacto marginal con el mundo del delito, según creo. No puedo afirmarlo con certeza, pero la rapidez con que se hizo con las tres pistolas (a mí me correspondió una Luger) me inclina a esa conclusión. Además, en todo momento mostraba una serenidad imposible en un novato, como el Bocha y yo nos encargamos de demostrar.
Yo tuve algunas dificultades para realizar mi cometido; al inicio me costó identificar el camión, que no portaba marcas de ningún tipo; luego me resultó difícil seguirlo sin que mi presencia fuera advertida, pero al cabo de algunos días logré la práctica suficiente, y por fin conseguí trazar su ruta con toda precisión. Marqué en el mapa los lugares más importantes del itinerario, indicando con claridad dónde debíamos interceptarlo para lograr nuestro propósito. Quique me felicitó por este resultado; a pesar de que me lo había ocultado, era una de sus mayores inquietudes.
El Bocha hizo su trabajo con igual destreza, procurando que los disfraces no fueran particularmente singulares; en esto reveló un tacto y un conocimiento perfectos, cuya ausencia ha precipitado en la decepción a los proyectos mejor concebidos. Con la suma de todos los elementos, el nuestro era ciertamente uno de ellos.
La noche anterior al asalto nos encontramos en el sótano, donde permaneceríamos hasta ejecutar la acción; el auto quedó estacionado a algunas cuadras, de forma que no levantara sospechas. No encendimos luces, ni hablamos, para no ser localizados; unos colchones distribuidos en el piso hicieron las veces de camas improvisadas, que quemaríamos antes de la operación. Yo no pude conciliar el sueño; las imágenes se agolpaban en mi mente, tumultuosas, desordenadas, perturbadores; creí ver al Bocha paseándose nervioso por la estancia, o lo imaginé, quién sabe. Sólo Quique descansaba sin sobresaltos, protegido por su firmeza implacable, quizá contemplando con calma la exuberancia del botín prometido.
Me desperté con el reflejo de la luz que penetraba por los párpados alertas; era la pistola de Quique, sentado en su rincón, iluminado por un rayo de sol cómplice que le confería un aspecto severo, casi inhumano. El Bocha intentaba imitarlo, sin éxito; en él, aquella actitud determinada parecía ajena y se disolvía en un gesto apático, de resignada obediencia. Ignoro cuál era mi temperamento a sus ojos, aunque estoy convencido de que no era resuelto; no importó decidirlo ya que había llegado la hora. Encendimos las escasas evidencias y nos pusimos en marcha.
Detuvimos el auto en la esquina anterior al punto establecido en el mapa. Apagamos el motor; Quique miró su reloj, dijo que aún era temprano y salió a fumar un cigarrillo. Yo tenía la mano temblorosa todo el tiempo sobre el arma, reconociéndola una y otra vez, infinitamente. El Bocha estaba callado, con los brazos cruzados, inmóvil. De pronto vimos pasar el camión a toda velocidad; Quique tiró el pucho y subió al auto insultando, arrojando el reloj al piso antes de empezar la persecución. De todas formas, nuestro vehículo era más veloz y rápidamente le dimos alcance; yo saqué mi pistola y vi cómo el Bocha hacía lo mismo mientras se colocaba la capucha con la otra mano. Quique hizo una serie de maniobras y logró colocarnos delante del camión, luego frenó atravesando el auto frente al mismo. Bajamos apuntando a los ocupantes; teníamos exactamente cinco minutos antes de que la policía llegara al lugar.
Todo salió a la perfección. Huimos por las calles laterales y nos dirigimos a un baldío en la periferia de la ciudad, donde habíamos dispuesto unos baúles para alojar lo robado. Mientras revisábamos el contenido del bibliomóvil, no pudimos contener la euforia: todo estaba allí, todo lo que siempre habíamos deseado tener: Kafka, Beckett, Joyce, Dostoievski, T.S. Eliot…

Reflexiones sobre la publicidad estatal, la inseguridad y los medios de comunicación

Siendo esta una preocupación legítima del presidente, a la que me adhiero como abrojo a la lana, me permito discrepar en todo lo demás con el abuelo pitufo que dirige esta Pitufolandia creada por Gran Bretaña. O sea, en mi opinión, le volvió a errar al bizcochazo.
El anciano razonó de la siguiente manera: la publicidad de las empresas públicas se dirige a los medios de mayor audiencia; los medios de mayor audiencia promueven la teletubización del público a través de una presentación sesgada de la información policial, volviéndolos votantes de Pedro; la publicidad estatal tiene el paradójico resultado de atentar contra el Gobierno. Es un razonamiento lineal, cuya consecuencia sería el recorte de la publicidad estatal en esos medios. Muy simple.
Pero los medios de comunicación de mayor audiencia también venden celulares gracias a la teletubización del público, un resultado muy deseable ya que la empresa telefónica pública compite con los operadores privados en esa área. ¿Entonces? Si cedemos el espacio a los operadores privados, piratas transnacionales, sus celulares terminarán por desplazar a los nuestros, patrióticos y orientales instrumentos de comunicación y liberación nacional. El chancho o los 5 riales. ¿”Riales” dijo? ¡Allí está la solución!
El problema radica en que la publicidad oficial no sigue la ley fundamental del marketing: orientarse hacia sus potenciales consumidores. Un celular de Ancel junto al rapiñero del Abitab suena tan mal como un ringtone de Napalm Death, de modo que el cliente potencial es indiferente al mensaje. Mi propuesta es tan simple como la del abuelo pitufo, pero apuntada, cual escopeta de caño recortado de un menor fugado del INAU, al lugar adecuado: la seguridad.
La idea es diametralmente opuesta a la del presidente: en lugar de retirar la publicidad oficial, dirigirla en el sentido de la corriente; en lugar de promocionar el telefonito, la pavadita, vender servicios necrológicos, con los que el Estado ya cuenta: lugares privilegiados en cementerios municipales para víctimas de la inseguridad, coches fúnebres especiales (¿por qué no una carroza fúnebre azul y blanca con sirena, para reclamar justicia junto con la procesión?), etc. (descarto la venta del gas militar que revive a los muertos en Return of the living dead, ya que incluso si el ejército dispusiera de él, no creo prudente su uso por razones de holocausto zombie, entre otras)
Pero alguno objetará: “sí, eso está muy bien, el Estado tiene servicios de seguridad que vender, pero ¿y los celulares? ¿Quedan a cargo de los piratas transnacionales?” No, en absoluto; por ejemplo, podría privilegiarse a sus usuarios ofreciendo un número especial para emergencias: a diferencia del poco práctico 999 (“London is burning, dial 999!” cantaban proféticamente los Clash… nada, una digresión) los clientes de Ancel podrían acceder a la cana con sólo discar el 9. ¿Quién se opondría? Al pirata transnacional lo asaltarían ferozmente mientras disca todos esos números, sin embargo, ud., cliente preferencial, con sólo digitar un número, tendría al Ministro Bonomi, una cámara de Telenoche, dos helicópteros y un pterodáctilo (o peterodáctilo) policiales, además de 27 efectivos del grupo GEO al instante.
¿Y los canales privados, por fin? ¿Recuerda cuando hablé de Rial más arriba? Bien, los informativos terminarían el proceso que ya han comenzado, fusionándose con los programas de chimentos; en este nuevo formato, las estrellas de la inseguridad serían las figuras mediáticas.
Telenoche, siempre pionero en estos temas, ya ha aplicado con éxito la nueva modalidad en sus últimas ediciones, donde se pudo ver a Cris Namús, la senadora Alonso y García Pintos (este en realidad agredió a un menor, a la inversa de los otros; no sé si cuenta o más bien se trata de un caso de “hombre muerde perro”) exhibiendo los resultados de la política tupamara de amparo al pichaje.
Un juego en el que todos ganan.
Los interesados, contactar con el Departamento de Relaciones Públicas del Pozo Escéptico, sito en Pasaje 22 metros 15 centímetros, barrio Forty weeks, de 2 a 5 A.M.

El Pozo Escéptico investiga

De acuerdo a lo informado por la prensa en la jornada de ayer, el liceo número 62 de Colón se encuentra de paro a raíz de los reiterados hechos de inseguridad registrados en el centro educativo. Un cronista de El Pozo Escéptico se acercó hasta el lugar y, luego de sustraer un microscopio del descuidado laboratorio, arrebató a los profesores los siguientes testimonios:

Adriana T., docente de historia: “Lo que pasa en este liceo no es nuevo: me recuerda a los hugonotes perseguidos por Luis XIV tras la revocación del Edicto de Nantes. Nosotros seríamos los hugonotes, no Luis XIV, que era como un plancha de la monarquía, y así le fue. Creo que podemos derrotarlos.”

Sandino N., docente de filosofía: “Lo que sucede en el liceo 62 es apenas un síntoma del desplazamiento del sujeto moderno kantiano en dirección del posmodernismo territorial, donde las identidades fundadas en los valores ilustrados, en la norma universalizadora que emana de la Razón, son sustituidas por el vínculo etnográfico primordial del capitalismo tardío: la tribu.” (Fuera de micrófonos, señaló que piensa que hay matarlos a todos)

Richard T.T., docente de química: “Esto no es nada raro en el estudio de fenómenos complejos: ojo, no estoy sugiriendo que la analogía química sea válida en sociología, pero si nos fijamos en el comportamiento del átomo aislado cuando realiza el enlace para formar una molécula, vemos cómo emergen propiedades que no están presentes en el átomo individual. De manera que un plancha te roba los championes, muchos planchas vandalizan el liceo. Hay que fisionar al plancha, pues”.

María Pía (pero no grazna), docente de literatura: “Me da miedo ese chorro, buen recuerdo, señor fuerte, implacable cruel dulzor. Me da miedo. (César Vallejo)”

Mario B., docente de dibujo: “Pintó robar.”

Graciela R., docente de matemáticas: “Hagamos una estadística elemental: en el liceo hay 1800 alumnos, distribuidos en tres turnos; de ellos, el 40% son planchas. El 41% de los estudiantes son chorros. Según el teorema de Bayes, hay una altísima probabilidad de que ud. me haya robado el microscopio.”

Pedro B: “Son una manga de pichis. Hay que matarlos a todos.” Era el portero.

Curso elemental de lógica para medios de comunicación

Ocurre un atentado en Oslo, con alrededor de 100 muertos; los medios informan que un grupo islámico se atribuye la autoría; poco después, los autores son “terroristas antisistema”; por último, un poco más tarde, se conoce la versión definitiva: un untraderechista local indignado por la política de boicot a Israel del gobierno socialdemócrata. ¿Cómo es posible? ¿Qué les están enseñando a nuestros niños en esas escuelas de Comunicación Social que ni siquiera son capaces de sostener la versión islámica hasta el día siguiente? Su paradigma posmoderno no les permite vincular hechos entre sí, esa es mi opinión. Es hora de terminar con esta situación.

Hagamos lo siguiente: tomemos algunos elementos al azar, por ejemplo: el neonazi de Oslo; la muerte de Amy Winehouse; Pedro B; el robo de un Abitab cometido por un menor. Ahora sumemos: armas; droga; fascismo. Nombramos las variables: NO (Nacionalsocialista de Oslo); AW (Amy Winehouse); P (Pedro); MRA (Menor Roba Abitab); (x) armas; (y) droga; (z) fascismo. ¿Entendido? Bien. Con seguridad, en la escuela le enseñaron a definir todos los operadores lógicos partiendo de dos de ellos, ¿verdad? Entonces, partamos de las operaciones identidad y transitividad para demostrar, por ejemplo, que Pedro es Amy Winehouse, entre otras cosas. Veamos:

Nacionalsocialista de Oslo (NO) = fascismo (z), que escribimos NO (z). Una tautología. Pero tenemos que Pedro (P) = fascismo (z), que escribiremos, obviamente, P (z). Y (z) = (z) desde luego. Operando P (z) ==> NO (z). Pedro y el Nacionalsocialista de Oslo son fascistas. Nada nuevo.

Prosigamos. Si NO (z) y (z).(x) entonces NO (x) (El Nacionalsocialista de Oslo posee armas ya que las armas son consustanciales al fascismo, según el teorema) Pero MRA (x). De modo que: NO (x) . MRA (x) ==> NO (x) = MRA (x). El Nacionalsocialista y El Menor que Roba Abitad son lo mismo.

Ahora tenemos: AW (y) . MRA (y), o sea, Amy Winehouse usaba muchas drogas y el Menor Roba Abitab también.

Por último, repasando el camino que nos trajo hasta aquí: (P (z) ==> NO (z)) . NO (x) . MRA (x) ==> NO (x) = MRA (x) . (AW (y) . MRA (y)) lo que evidentemente quiere decir que Pedro es Amy Winehouse o que Amy Winehouse podría robar un Abitab. Ahora cambie al menor, a Amy y a Pedro por Al Qaeda y demuestre que el atentado fue obra del Islam.

Rezando al Santo Botón

¿Alguna vez se preguntó qué tienen en común Telenoche, los milicos, las razzias de Bonomi y Pedro B. (más allá del fascismo)? Siga leyendo para averiguarlo.

Es mucha la gente que se encomienda a un santo para obtener algo que desea en lugar de esforzarse por ello, por distintas razones: costumbre; debilidad epistémica; debilidad física; imposibilidad lógica o material de la cosa; flojera, etc.

En la mayoría de los casos no se produce el resultado buscado, lo que conduce al hereje pagano (que se encomendó en un primer momento sin convicción, como podría haberlo hecho a Chuck Norris o a Los Magníficos de haberle sido recomendado o de haber sido adoctrinado debidamente) a abjurar de la religión y putear al santo al que acaba de pedir socorro. Yo mismo he sido testigo de escenas de hondo dramatismo, en San Cono por ejemplo, de gente arrojando una camiseta a la cara indiferente de la estatua mientras la culpaba por el descenso de su equipo: “¡nos fuimos a la B, culorroto, acá tenés la camiseta que te prometí para que te la metas en el ojete!”, recuerdo que gritaba un gordo, poco versado en teología a mi juicio, barrabrava de algún equipo menor. O la muchacha divina aquella que lo increpaba porque el novio rico le había metido las guampas: “Santo puto, lo único que te pedí fue que se casara conmigo, ni eso podés hacer, laconchadetuhermana”. Y así tantos otros.

Considero que esto es un error, ya que el fracaso no se debe al desinterés divino sino a la participación del agente menos solidario del santoral: el Santo Botón.

Nacido en 1296 en Padua y muerto posiblemente en 1297 en Padua, el Santo Botón, como su nombre lo indica, ganó su reputación protegiendo a los poderosos e ignorando a los humildes.

Moralmente más abyecto que Pedro Abelardo, sin embargo fue más vivo que éste al buscar el amparo de la autoridad para su vida licenciosa, y de este modo logró hacer la plancha en cuanto a milagros en su fugaz carrera. Ejecutó los estrictamente necesarios para alcanzar la canonización, ni más, ni menos; y todos ellos fueron concedidos a quienes ganaron la subasta previa convocada por el canalla.

Siendo menor, tuvo una navaja, como Guillermo de Occam, pero a diferencia de aquel la utilizó para cometer rapiñas contra los cambistas itinerantes, los Abitab de la Edad Media.
Precursor de la coima política, timbero, probable inventor de la estampita como método de propaganda, aristotélico part time y desdeñoso de la teoría la mayor parte del tiempo, el Santo Botón se consagró delatando a aquellos que pedían milagros tan personales que revelaban algún dato pertinente para la autoridad. Así, muchos de sus devotos, confiando en la reserva que tal relación implica, terminaron en cana sin saber qué había sucedido. Lo peor es que algunos volvían a pedirle auxilio desde el calabozo. De esta forma se convirtió en un valioso colaborador de las fuerzas del orden, que pagaron sus servicios manteniendo reserva sobre la situación, y es por eso que hoy, en lugar de estar cubierto por la calumnia, continúa operando como un santo más a la par del resto.

En la actualidad es posible encontrar, en las oficinas de Fernando Vilar y del Ministro Bonomi, la imagen de este ser abyecto (del santo, no de Vilar, aunque no son excluyentes)

Una historia violenta

Dime, dime, ¿para quién hicieron la carcel?
porque el rico nunca entra y el pobre nunca sale.

La Polla Records

Los delincuentes, fuertemente armados en la jerga de la crónica policial, llegaron en un vehículo y se detuvieron frente a la casa. Adentro, la madre, que estaba cocinando, no oyó la frenada ni los gritos del hijo mayor que, apuntado con una pistola, entraba empujado bruscamente por los malvivientes. Estos comenzaron a destrozar y revolver todo, amenazando y ordenándoles que se quedaran quietos si no querían que alguien saliera lastimado.
Por la mente de la mujer pasaron episodios repetidos interminablemente por la televisión, que por cierto ya debía estar en camino para cubrir el hecho, donde los maleantes copaban sin consideración a personas pobres, tan pobres como ellos, se metían en sus casas, golpeaban a menores y mayores y luego, si todo iba bien, se iban dejando una familia destrozada, presa del miedo. Trató de reprimir estas imágenes y mantener la calma, sobre todo eso, ya que su hijo de trece años parecía muy asustado y eso era mala señal con aquellos hombres armados y temerosos revisando todas las habitaciones.
La angustia distorsionaba la percepción del tiempo, que pasaba con una lentitud tal como si las manecillas se hallaran también bajo amenaza e intentaran resguardarse junto a los moradores. La mujer vio que otro auto esperaba afuera y supo que era inútil pedir ayuda. Escuchó gritos y llantos que venían de la calle y temió que también hubieran entrado a lo de su amiga, según la modalidad criminal de golpes rápidos y simultáneos en varias casas, pero no podía hacer nada más que resignarse y esperar que todo pasara pronto. La vecina tenía hijos chicos, pensó, no podían ser tan crueles, aunque ella misma estaba experimentando el salvajismo en su propia carne y no tenía duda de lo que eran capaces.
Entraron al cuarto de su hijo y éste, agitado, escapó de sus manos y fue tras los maleantes sin pensarlo, ya que allí se encontraba el cachorro mugriento, ese mismo que había traído de la calle y la madre no quería en la casa, ese desdichado al que tanto quería por parecerse a él en muchas cosas. El perro ladró y lo patearon con furia, sin misericordia, y cuando el muchacho gritó de rabia, con lágrimas en los ojos, lanzándose sobre uno de ellos, le dieron un golpe con la culata del revólver, abriéndole un corte sobre la ceja del que enseguida empezó a salir gran cantidad de sangre. La madre, que venía detrás suyo dejando escapar las lágrimas también, recibió un empujón y una feroz patada en el piso, junto a la intimación reiterada a quedarse quieta y controlar al chico.
Mientras, sollozando, limpiaba la herida del hijo y lo calmaba, cruzó por su cabeza una idea que la precipitó en la desesperación y la llenó de un miedo desconocido hasta entonces: en un rato, aunque no podía precisar la hora, debía llegar de la escuela la hija menor, Sofía, y no sabía cómo podía reaccionar frente a la situación. Quizá corriera a buscarla a ella, asustada, o se paralizara antes de entrar, o posiblemente llamara a su hermano que la esperaba todos los días a la salida aunque no fueran más que dos cuadras las que tenía que caminar. Pero lo peor, antes que nada de eso, era que iba a encontrarse con los que cuidaban la puerta, y estos con toda seguridad no iban a permitir que una niña se pusiera a gritar y llamar la atención en plena calle.
Quiso ahogar el llanto doloroso que se apretaba en la garganta convocado por aquel pensamiento; los delincuentes, que notaron los gemidos contenidos, siguieron insultándola y amenazándola para que se quedara callada.
De repente, como si todo lo que había imaginado fuera un recuerdo preciso y no un presagio agobiante, oyó la voz entrecortada de la niña llamándola desde la puerta. Su hijo se incorporó arrancado por los quejidos dolorosos que desdeñaban toda prudencia y salió, una vez más, corriendo hacia la entrada sin atender su llamado penoso, quebrado, cargado de las consecuencias que el corazón había adivinado sin necesidad de razonamientos profundos.
Se escuchó un grito: “¡Quedate quieto, pichi de mierda!”, seguido de un disparo. Fue todo.
Ella ya no estaba en él cuando su cuerpo, pateado y esposado, fue subido a la camioneta de la policía mientras canal 4 transmitía en vivo un nuevo, exitoso operativo de saturación en un barrio marginal.

444: The number of the beast

Almendras, informado de que por fin había ocurrido, no pudo ocultar la enorme sonrisa mientras corría al móvil para hacerse a la calle cuanto antes. Dada la situación, o al menos la presunción de estar frente a lo que por tanto tiempo habían esperado, el canal no escatimó la cantidad de cámaras y equipos puestos a disposición del operativo.
Según el anónimo, buena parte del centro ya había sido tomado y estaba bajo control del sujeto social posmoderno más apreciado por canal 4: menores marginales drogados, delincuentes de nuevo tipo, deshecho humano, en resumen. El bigote de Almendras, como el perro de Pavlov, se humedeció producto de la baba que escurría por la comisura de sus labios; sus ojos, funcionando a modo de cámaras, escrutaban el horizonte en busca de una señal de la masa lumpen derramándose por las calles de Montevideo.
La camioneta se desplazaba a toda velocidad hacia el punto indicado, girando velozmente en las esquinas sin tomar ninguna precaución. Vilar, desde estudios, semi desvanecido, apenas era capaz de presentar los crímenes insignificantes que, comparados con la primicia que su imaginación acogía, eran lo que un choque de bicicletas a un desastre múltiple carretero.
Por fin Almendras hizo contacto ocular. La baba rabiosa surgió de la boca contra su voluntad como un volcán en erupción; aquello era mejor de lo que cualquier testimonio podía haber adelantado. El recuerdo fugaz de 2002 lo asaltó como un pichi lleno de pasta base a un autoservicio sin 222: miles de planchas avanzando a los tumbos debido a las drogas destruían y vandalizaban todo a su paso, ¡sobre todo a los transeúntes! El espectáculo de mutilación y sangre era ciertamente lo que canal 4 había estado esperando en vano por años, llenando horas y horas de programación con pequeños robos y arrebatos con la esperanza de que un día sucediera. Ahora estaba sucediendo y era como si la mente creativa de un guionista del canal lo hubiera escrito, pero los detalles superaban cualquier cosa que las noches solitarias de un jefe de informativos salvaje pudiera concebir. Indigentes, miles de ellos, sin ningún motivo (nada que explicar, pues), ejercían la violencia a discreción y ni siquiera se apoderaban de los objetos que en otro momento habrían justificado semejante conducta. Esta era una manifestación de irracionalidad perfecta, síntesis de la belleza aristotélica en la sociedad posindustrial, hecha a la medida de un noticiero neutral cuyo propósito es oficiar de medio entre las imágenes sin editar y el espectador ávido de ellas.
Almendras los contempló desde el móvil pero no pudo resistir el impulso primitivo que anima al periodista a confundirse con la masa bárbara y se entregó a ellos, micrófono en mano, para absorber de primera mano las declaraciones espontáneas de los protagonistas. Ya en la calle, la orgía de sangre nubló su razón dotándola de una felicidad que un triste cronista no suele experimentar; planchas, planchas por todas partes, peinados exóticos de colores brillantes, championes marca Nike y gorras por doquier cubiertas con la sangre de inocentes comerciantes de clase media ofreciéndose en cuadros capturados, como los adolescentes imputables, en alta definición.
Vilar extasiado pedía más planos de niños desmembrados, que por suerte Almendras recogía a cada paso sin olvidar los suvenirs para los compañeros. Mientras tanto, un sociólogo convocado de emergencia encontraba difícil aclarar lo que estaban viendo; su conjetura se basaba en una nueva droga experimental obtendia por accidente, como hiciera Dee Dee Ramone en Rock ‘n roll Highschool; sin embargo, el Ministro del Interior no tenía mayor dificultad para hacerlo, enviando a todos los efectivos bajo su mando a reprimir la revuelta.
Se levantaron barricadas que pronto se descubrieron inútiles para contener la situación. Los policías, héroes del canal, también se convirtieron en víctimas de los desclasados. Un comisario cuya cabeza reposaba gentilmente al final de su macana traducía el estado de emergencia desbordante mejor que ninguna otra cosa (salvo quizá alguno de sus subordinados ajusticiado con igual exceso para satisfacción del embelesado Almendras, quien ya no distinguía entre amigos y enemigos del orden, atrapado como estaba en un sueño largo tiempo acariciado, como el niño que por fin consigue ser escupido por Cacho Bochinche y vuelve a casa con una sonrisa junto al gargajo que se descuelga, cual Tarzán, por su cara)
Los árboles lucían cuerpos destrozados como adornos de una Navidad temprana; los bebés eran los caramelos que servían de postre al festín bestial que se estaba desarrollando; las viejas se disipaban como papel arrugado en el viento; los jóvenes de bien eran el plato más suculento de la bacanal lumpen.
Vilar insistía en categorías que se estaban desplazando tan rápido como la masa por la cuidad, el fracaso del INAU, la falta de valores, la DROGA, así, destacando en el collage pero poco eficaz para abarcar los fenómenos que se posaban ante sus ojos. Como un brote imprevisto de una planta seca en otoño, la explosión del reactor apagado de Fukushima, un Tsunami surgiendo de una bañera sin agua, eso era lo que estaba ocurriendo, algo que ni la ciencia ni el sentido común tenían herramientas para interpretar. Peor aún, o mejor según se lo mirara, este desborde conceptual que había capturado a la audiencia como un secuestrador armado se dirigía hacia Paraguay y Tajes.
Se montó un dispositivo especial de transmisión en medio del holocausto; el satélite se destinó a este solo efecto, se canceló toda la programación (si es que algo quedaba para entonces fuera de los informativos casi permanentes) y cada cámara y micrófono fue asignada a este hecho definitivo. “¿Por qué no escucharon a Pedro cuando se los advirtió, insensatos?”, clamaba Vilar, reportero del apocalipsis, increpando a una audiencia nunca lo suficientemente comprometida con la baja de la edad de imputabilidad y la mano dura. Ahora la mano dura la aplicaban los pichis en represalia por la laxitud de un pueblo de guampudos cuya irresponsabilidad frente al delito los había colocado al borde del abismo, corriendo y con las suelas gastadas.
Todo esfuerzo fue estéril. Ya no quedaban fuerzas leales de ningún tipo en ninguna parte, y tal vez solo Vilar, quien durante años había sido el último baluarte del uruguayo honesto, resistía pese a la adversidad incontenible. Por fin llegaron al canal. Almendras se abrió paso hacia el Centro Montecarlo de Noticias, convertido en refugio de Fernando y su escopeta de caño recortado, parapetado detrás de su escritorio y relatando en vivo la entrada de su colega.
Lamentablemente, aquella muchedumbre informe no procedía de donde siempre la había esperado canal 4, de los asentamientos, ni era un populacho miserable buscando revancha, sino que provenía del cementerio Central y estaba encabezada por el mismísimo Jean Georges Almendras, muerto hacía años en un procedimiento policial en el barrio Borro.

José Pedro (B)arela

Pero si las escuelas son el lugar inapropiado para aprender una destreza, son lugares aún peores para adquirir una educación.

Ivan Illich

Algunos encuentran difícil reconocer algún mérito a la derecha, al fin y al cabo, son un montón de fachos de mierda. Sin embargo, quienes opinan que la derecha sólo piensa en reprimir y dar golpes de estado y ve todos los problemas a través de la mira de su fusil, no recuerdan el prodigio realizado por Pedro Bordaberry allá por el 2012.
Pedro Sin Apellido estaba preocupado por una cuestión fundamental: los jóvenes y su tendencia natural al delito y la drogadicción. Le daba vueltas al problema como si de un cubo Kubrick se tratara, intentando que encajaran sus convicciones antidemocráticas con una legislación que al menos permitiera a los hijos de las clase acaudalada salir a Lacalle sin ser arrestados de inmediato. Fue en ese momento cuando la sinapsis represora se produjo, vinculando, para sorpresa de quienes piensan que eso no es posible, dos problemas distintos bajo la misma óptica: la inseguridad en los centros educativos y la causa de la misma, los adolescentes pobres. No, no sugirió integrar a estos últimos a los primeros, sino que ocurrió la más original de las combinaciones reaccionarias, hacer que unos se enfrenten a los otros (‘ta bien, no es lo más novedoso del mundo, pero hay que darle crédito igual)
El proyecto preveía que los delincuentes faloperos se encargaran de la seguridad de los liceos, con el consecuente resultado positivo múltiple: unos tendrían trabajo pero no educación, y los otros tendrían educación pero bajo el estricto control de sus pares menos favorecidos y, por ello, más propensos al resentimiento marginal.

La ley se votó por unanimidad e incluso contó con la proposición de Jorge Saravia de entrenarlos a todos en el manejo de las armas, que lamentablemente no prosperó, no por falta de voluntad política sino de armas suficientes. Pero bueno, se obtuvo lo más importante, la posibilidad de que unos castigaran a otros de igual a igual sin la molesta intromisión de las leyes obtusas que impiden a la policía dar palo y palo (gracias García Pintos) a chiquilines de 13 años.
La aplicación de la misma resultó tan satisfactoria que Pedro empezó a carburar diferentes alternativas para los conflictos sindicales, salariales, comunales, raciales y hasta existenciales, mas su marchita mollera no logró ensamblarlas debidamente y se desperdició un enorme talento. No por esto su figura declinó en años posteriores, todo lo contrario, pudo dar un golpe y alcanzar la presidencia como manda la tradición familiar, pero esto no se tradujo en mejoras sustantivas del código penal, excepto por la Ley de Caducidad Eterna que aprobó antes de abandonar el cargo. El legado más importante del período fue la recuperación de su apellido, que su hijo debió suprimir tiempo después reeditando el ciclo B. Pero estos son detalles que no interesan a nuestra historia.
Los liceales ya no tenían que preocuparse por los robos y las agresiones puesto que eran custodiados por sus propios agresores, a los que podían desafiar legítimamente a pelear en la azotea, cual Bruce Lee en su Hong Kong natal. Esto tuvo como resultado, además, la liberación de policías al pedo para enfrentarse a sus correspondientes hostigadores, pero en esta área el efecto no fue tan positivo como se esperaba debido al poder superior de los delincuentes, en mejor forma física que los sedentarios guardianes del orden. En cambio, entre los jóvenes el desarrollo físico suele ser similar a esa edad, pero incluso cuando no es así, el uso de tretas descalificadoras está mejor visto que en el caso de los adultos, que enseguida piden refuerzos o sacan el bufo, desvirtuando el combate.
Tan exitosa resultó esta disposición que, por recomendación de las autoridades de primaria, se extendió también a las escuelas, donde pronto pudo verse luchas casi tan emocionantes como las que ofrecían los mayores. Germán Rama aplaudió la disciplina que sus métodos no habían conseguido imponer, a pesar de la semejanza que esta reforma mantenía con la suya. Los padres se adaptaron a la nueva situación con cierto recelo en un principio, pero luego de ser retados a medir fuerzas por sus hijos (ahora mucho mejor preparados que ellos) se dejaron de romper las bolas. En todo caso debieron reconocer que la lucha callejera los capacitaba mejor para el futuro de miseria y desigualdad que los esperaba que las viejas competencias académicas.
Pero una excelente idea puede degenerar en muchas formas, y esto fue lo que sucedió con la efectiva reforma de Pedro. Para empezar, la riña es un fenómeno bastante azaroso, que con frecuencia deriva en resultados imprevistos para sus practicantes e instigadores. Además, acostumbra ocupar todo el tiempo disponible del adolescente, restando importancia a los estudios, motivo original de esta norma, al menos formalmente. Por otra parte, no es raro que los contendientes sufran la pérdida de valiosos componentes tales como un finger (o varios) piezas dentales y, Dios no permita, una vista, costosos de reparar y cuyo peso recae sobre las cuentas públicas.
Pero lo que en realidad condujo al abandono de este sistema fue la simple corrupción del mismo, al entrar en juego fuerzas completamente ajenas a los propósitos iniciales. Tenfield, siempre atento a las manifestaciones masivas del ávido público, compró los derechos de transmisión de los combates juveniles, que vendió a canal 4, uno de los mayores impulsores de las causas de Pedro. Paco Casal, propietario de los derechos del fútbol, básquetbol, carnaval, quilombos, trata de blancas (y negras eventualmente) y venta de choripanes, propuso algunos cambios para transformar en algo redituable el incipiente negocio: las azoteas de los liceos debían ser cercadas; se suministrarían árbitros profesionales de nivel internacional, como los que juzgan a Chris Namús; se instalaría un quilombo en el primer piso, con las profesoras ejerciendo la prostitución (sí, esto no era una novedad, ya sé) y se colocarían puestos de choripanes atendidos por Francescoli y Gutiérrez, armados con sendas pistolas para evitar la presencia de Gabito.
Llegado a este punto, el proceso se había acercado tanto a un liceo pre-reformado que se juzgó inútil profundizar la experiencia.