Disciplina partidaria

Así pues, los americanos viven como niños, que se limitan a existir, lejos de todo lo que signifique pensamientos y fines elevados.

Georg Wilhelm Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.

Cuando la discusión sobre el mantenimiento de las tropas uruguayas en Haití se auguraba monótona y acaso interminable, un parlamentario oficialista, cuyo nombre y señas particulares ahorraremos al lector, tomó un curso tan imprevisto como el de la Tercera Internacional después de Lenin, citando la imprescindible obra de su adlátere Bronstein.

Como recordará el lector, ya que de otro modo no estaría interrogando esta nota, a menos que sufra de alguna distorsión cognitiva que le impida la correcta intelección del enunciado, entregándolo a la confusión y el azar, el tema a tratar era la permanencia del contingente militar instalado en la nefanda isla con vaya a saber uno qué propósito. Esto último, se supone, era lo que el debate se proponía dilucidar.

Recordemos que las posiciones en disputa se dividían entre aquellos canallas, serviles, impúdicos instrumentos del imperialismo y el militarismo para quienes la ocupación es necesaria por razones de seguridad y dignidad y la puta que lo parió, y aquellos otros, representantes de la virtud y los principios democráticos que respetan la autodeterminación de los pueblos, incluso tratándose de negros o indios, que consideran ilegítima en toda circunstancia la presencia del efectivo militar en tierras extranjeras.

Luego de algunos cachetazos e insultos propios del viciado clima del régimen parlamentario, donde es inevitable la ocurrencia de estas escaramuzas (pero en defensa del mismo puede argumentarse que, bajo el régimen de partido único, la formación de facciones acaba necesariamente con una de ellas en la cárcel, tal como profetizó Nicolai Bujarin a Vladimir Ilich en plena controversia sobre la paz de Brest) el exaltado a que hicimos mención tomó la palabra (y tomó el cielo por asalto, digamos sin por esto sancionar su conducta) no para escarnecer, aunque también fuera esta su intención, a sus oponentes sino para proponer una innovación tan original como ajena al marco ético que delimitaba la discusión hasta ese instante.

Sin ánimo de elucidar los motivos que se alojaban en alma tan abyecta al momento de la oratoria, que quizá incluyeran la especulación con una cuantiosa oferta por parte de Novick para integrar su partido, o la cándida, mas humana, pretensión de perpetuarse en la memoria sin reparar en los medios, el senadordiputado, merecedor a lo sumo de una nota a pie de página en una eventual memoria de las actuaciones parlamentarias menos atinadas, sugirió no sólo permanecer en Haití sino aumentar el número de efectivos y dotarlos de armas más poderosas a fin de contener el avance de la degeneración racial de forma más efectiva.

No siendo, como es evidente, de recibo su argumento, ensayó la maniobra que sí, en este caso, le asegura la posteridad deseada: se quitó el traje, extrajo de un maletín estratégicamente ubicado un uniforme de fajina y un fusil M4 y se postuló como voluntario para encabezar la segunda cruzada que, esta vez sí, dará la victoria a las fuerzas del orden sobre las oscuras huestes bárbaras. No hace falta agregar que la moción fue aprobada por unanimidad.