La democracia en tiempos de Riogas*

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Decía Quintiliano que la mano tiene su propia velocidad, menor que la del pensamiento, y por esta razón aconsejaba escribir y no dictar, ya que esto permite una reflexión más aguda antes de pasar al acto. Recomendación prudente si lo que se pretende es alcanzar un resultado empleando los medios más eficaces que conduzcan a él, pero arrojar una garrafa al prójimo difícilmente derive de un proceso de deliberación sobre medios y fines, y esté más próximo al acto puro del que habla ese otro libro que dice, justamente, “en el principio era la Acción.” Principio y fin se unen de esta manera para lograr un resultado en el que la razón no interviene para nada, ni siquiera para alertar al perpetrador que su conducta podría acarrearle consecuencias fatales, desencadenar una serie de hechos (¿pero cómo un neo-humeano como el energúmeno en cuestión podría tener en cuenta la ley de causalidad al momento de actuar?) que, sin ánimo de ser alarmista, pero como señalaba T.S.Eliot en “The idea of a christian society”, podrían conducir al totalitarismo, resultado natural de una democracia que sólo contempla las demandas individuales en detrimento del bienestar común.

Y es aquí donde radica el dilema que se mastica a la democracia desde dentro, que la fagocita desde las entrañas y la inmoviliza tal como el cuestionamiento del inconsciente paraliza al sujeto: el permanente desequilibrio entre libertad y orden.

Con los milicos estas cosas no pasaban, dirá alguno; en la Grecia clásica tampoco, respondo, más allá de que podían comerse a sus hijos o disputar por el cadáver insepulto de un hermano que arremetía contra su ciudad en calidad de enemigo. O tirarle una garrafa a Sócrates por desobedecer el mandato de la colectividad, y ese es precisamente el asunto que debería ser central en la discusión: Sócrates antepone el bien de la ciudad, la justicia, a su suerte personal, sin renunciar a la espisteme que, considera, no debe someterse a la mera doxa de la mayoría.

Lo público y lo privado en la democracia mediática son indistinguibles y, por eso mismo, las conductas individuales no se inscriben en una gramática universal que apela a una justicia superior; espisteme y doxa no entran en conflicto porque, sencillamente, ya no hay una instancia en que dicho conflicto pueda dirimirse.

Invertida esta relación, es triste y sintomático pensar que, en nuestro tiempo, Sócrates se haría acreedor al ataque del garraficida neonietzscheano (neologismo intenso) no por cuestionar las creencias mayoritarias sino, más prosaicamente, por portar las marcas distintivas del Club Nacional de Atenas (el decano ático, a decir de Jenofonte).

Apéndice A

Transcripción del audio de los barras de Peñarol planeando el ataque a la comisión de seguridad:  The fall (bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonner-ronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthur — nuk!) of a once wallstrait oldparr is retaled early in bed and later on life down through all christian minstrelsy. The great fall of the offwall entailed at such short notice the pftjschute of Finnegan, erse solid man.

Apéndice B

Transcripción del tercer párrafo del Finnegans Wake de James Joyce: lo que pasa es que hay que ir ahora a la puerta de cada uno, ¿sacás ñeri? Bueno, Comisión de Seguridad, fulano, mengano y zutano. Ta. Vamo hasta la casita ahí, dirección, pim, pum, pam y sin decirle nada. ¿Sacás? Pasás y rrrrr

*Publicado originalmente en La Oclusión de la razón y la Razón de la Oclusión: Ensayos de Marxismo Aristotélico. Editorial El Gaucho Rojo, Nico Pérez, c. 1987.

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