El super hombre de masas

“¡Me llevaron las chancletas, el termo, el mate, la bombilla! ¡Nadie hace nada! ¡Quesevayaelministro, que se vayan todos, todos, los tupas, los comunistas, los pichis en el gobierno…!”, gritaba la señora en la puerta de su comercio al micrófono de Channel 4.

El Ministro del Interior, consultado por la prensa, declaró que se estaba llevando a cabo una reforma en el Ministerio y que la policía, con los medios de que se la había dotado, estaba mejorando su gestión. La prensa insistió con el hecho de que la gente no lo percibía de esa manera, y que la situación era claramente catastrófica. La oposición apoyaba esta visión y llamó al Ministro al Parlamento, donde repitió los mismos argumentos y recibió la misma repulsa que se expresaba en la opinión pública.

Días más tarde, después de una rapiña de gallinas (consumada por gallinas, justamente), los cuestionamientos se hicieron más violentos. La sensación de que nadie, pero sobre todo el Ministro (ya que la policía alegaba que tenía las manos atadas por las políticas de las autoridades) hacía nada, y que esta negligencia tenía orígenes ideológicos, se incrementó hasta copar todos los titulares y generar la indignación del público y las audiencias, que pedían mano dura, acción, el cese del robo de championes y las transferencias monetarias, voluntarias e involuntarias, hacia los pichis.

El Ministro cometió la imprudencia de señalar el papel de los medios y de la oposición en la campaña que se proponía destituirlo. La señora a la que le robaron las alpargatas de la cuerda manifestó su deseo de que el “reverendo hijo de puta que se hace llamar ministro” (según sus palabras) fuera víctima de todos los delitos tipificados en el Código Penal, con énfasis en la violencia sexual reiterada. Y le sugirió que hiciera algo de inmediato.

Desde el ejecutivo se difundieron las cifras de delitos, que no mostraban el supuesto incremento escandaloso que la señora advertía; además, se comunicó la incorporación de tecnología represiva de última generación y la voluntad de destinar todo el PBI al combate del delito, la drogadicción y la degradación moral.

Las aguas se calmaron por algún tiempo, pero, como era previsible, los embates, tanto de los detractores como de los propios infractores, no tardaron en reiterarse. El Ministro puso su cargo a disposición, explicando que nada de lo que hacía, podía hacer o estaba dispuesto a hacer de acuerdo a sus convicciones podría cambiar la opinión de quienes pedían que abandonara el cargo. La prensa lo acusó de desertor y la oposición de cobarde, de manera que permaneció en su lugar.

Pocas semanas después de este incidente, los medios daban cuenta de un fenómeno alentador: en el transcurso de un robo de celular con agravantes (también se llevaron el cargador) una especie de superhéroe anónimo, vestido con un ajustado traje verde en el que lucía un escudo sumamente elaborado, cayó desde una azotea sobre el delincuente, le arrebató el celular (el del malhechor, no el de la víctima) y lo ejecutó sin piedad en el piso. Sobre el cuerpo dejó una tarjeta que lo identificaba como “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban”, un nombre que, pese a su claridad indiscutible, dejaba en claro que no se trataba de un genio de la semiótica o la elipsis.

Estalló la polémica; el público ávido de justicia celebró la aparición de un auténtico defensor de sus intereses; la prensa afín acompañó este sentimiento legítimo de la población vulnerada; la prensa crítica vio una peligrosa regresión en el discurso populista que consideraba esto una respuesta adecuada a la situación, pero el fiscal Zubía entendió que no había nada objetable jurídica o éticamente en la administración de estos castigos; el Ministro se encogió de hombros y dijo: “Eso es lo que pedían, allí lo tienen”.

Todos olvidaron la disputa entre el Ministerio del Interior y sus acusadores, obturada por las hipótesis acerca de la identidad del vengador. En los días siguientes se constató la aparición del mismo en más de treinta crímenes, crímenes que, de manera paradójica, tanto evitaba como cometía; jamás dejó indemne a un delincuente, jamás, ni siquiera en las faltas más insignificantes, bajó el listón de agresividad del límite máximo.

Las especulaciones sobre la identidad alcanzaron al senador Bordaberry, quien, preguntado sobre la coincidencia de su discurso con el del vengador, respondió coherentemente que era el mismo de todo uruguayo honesto preocupado por el tema de la seguridad. La policía, a su vez, dijo sentirse avasallada por la actividad incesante del encapuchado y, además, atada de manos por la Justicia, de modo que no podía dar respuesta a este nuevo escenario, de igual forma que en el anterior. El Ministro, una vez más, dijo no saber nada al respecto y recordó sus oportunas advertencias.

Dentro de esta normalidad surgió un elemento que alteró nuevamente el escenario: “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban” intervino en una extracción de garrafa en el patio de una casa pero, cuando se aprestaba a ejecutar al malviviente, otro enmascarado, vestido con un atuendo rojo proletario tardío, se materializó en su presencia tomándolo por sorpresa y reclamó para sí al desdichado, para luego propinarle al héroe una ejemplar golpiza y desaparecer en las sombras de Jardines del Hipódromo.

En las redes sociales (pero también en los medios tradicionales, con Channel 4 a la cabeza) se organizó una campaña en apoyo al “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban”, en la que se llamaba a boicotear al intruso y detenerlo antes de que pusiera fin a la obra del protector de los pueblos libres.

Sin embargo, el sigilo y el anonimato eran comunes a ambos, y nada podía hacerse desde el exterior para modificar la relación de fuerzas que generaba su interacción.  Las batallas arrojaban resultados estables, ninguno de los contrincantes se imponía sobre el otro, y ahora, cuando todas las corrientes sociales se habían alineado detrás de uno u otro de los super héroes, sólo se trataba se esperar el momento en que uno resultara eliminado de la contienda.

Un menor, un pichi, un latero, no tuvo mejor idea que escalar un bolck de apartamentos del complejo América para “ganarse” una camiseta del Werder Bremen que se agitaba en la noche como un Willawaw multicolor. De inmediato y desde ninguna parte surgió  “El Trabajador Honesto de Familia que Paga los Impuestos para alimentar a los Pichis que después lo Roban”, quien le dio la voz de alto. El joven, de bermudas deportivas cortadas, camiseta de los All Blacks y championes de marca le arrojó la prenda a la cara y se lanzó al vacío; antes de que impactara en el pavimento, el otro personaje fantástico lo recogió en sus brazos y le dio una moneda de dos pesos antes de despedirlo. El chiquilín, después de verse involucrado en semejante incidente, se pegó bruto latazo y prometió no volver a estar de cara en su vida.

El salvador trepó por el exterior del edificio y, una vez en el borde de la azotea, recibió una patada terrible del defensor de los honestos, pero logró rodar hacia el piso a considerable distancia de su agresor. Se insultaron brevemente y la emprendieron  a golpes de todo tipo, en una pelea que se extendió por toda la superficie del techo llevada por los ataques mutuos Nunca se habían enfrentado de ese modo, sin objeto por el que disputar, y no tuvieron más salida que combatir hasta el aniquilamiento. El hombre honesto consiguió arrinconar a su oponente contra el pretil y, sin decir palabra, se dispuso a arrojarlo como hiciera antes con el joven; sin embargo, el bolchevique anónimo se aferró con todas sus fuerzas al traje verde y no se dejó empujar. Lucharon un instante en esta posición, en un equilibrio sumamente precario que se rompió cuando ambos cayeron a la calle.

Casi instantáneamente se convocaron vecinos y medios de comunicación, policía y autoridades del gobierno, que retiraron los cuerpos manteniendo el secreto de los superhéroes.

La espera sólo incrementó los rumores. Se llamó a una conferencia de prensa para la jornada siguiente. En ella, sin embargo, el gobierno se limitó a anunciar, en un hecho que en nada respondía a los sucesos recientes, la lamentable pérdida en un trágico accidente de su Ministro del Interior, Eduardo Bonomi, y del Ministro de Desarrollo Social, Daniel Olesker.

Anuncios

Prohibido girar a la izquierda

izquierda

Terminado el Congreso de la Fuerza Política que Gobierna El País (no así al matutino del mismo nombre, bastante ingobernable por cierto) un cronista, curioso, de El Pozo Escéptico, se acercó a uno de los delegados a fin de confirmar el tan polémico “giro a la izquierda” que se habría producido en dicho evento. A continuación la entrevista, en la que se omiten los nombres, apellidos, sectores, lealtades, credos, religiones e inclinaciones sexuales de los involucrados, a modo de preservar la confidencialidad de la relación fuente-medio.

EPE: – Dígame, cont… Dan… Ol..: ¿Qué hay de cierto en la versión que habla de un gir… a la iz… en la elaboración del programa de gobierno?

CDO: – No sé a qué se refiere exactamente con “gir… a la iz…”, pero si por ello se entiende una profundización de los cambios que venimos llevando a cabo, con mayor gasto social y énfasis en la economía colectivista, estatista y neo-chav…, sí, es cierto.

EPE: – ¿Cuál sería la principal oposición a este nuevo rumbo?

CDO: – Hay dos, aunque una de ellas la damos por descontada: la oposición en sí misma, o sea, los sectores sociales y sus representantes políticos que no comparten el proyecto de gasto social, economía col…, est… y neo-ch… Pero dentro de la fuer.. pol… también enfrentamos resistencias, y es allí, en mi opinión, donde hemos logrado nuestra verdadera victoria.

EPE:- Para aquellos lectores telenochizados, fernandovilarizados, que tal vez no comprendan la dinámica a la que nos referimos, elípticamente, pero nos referimos al fin: ¿Cuáles serían esas resistencias internas, a qué sectores obedecen?

CDO: – Supongo que no es necesario aclararlo, pero si de todas maneras desea saberlo, me refiero por supuesto al cont… Dan.. As… en particular y a su sector, el Fre… Líb… Ser…

EPE: – Ah, mirá.

CDO: – Sí.

EPE: – ¿En serio? ¿Y él no era, acaso…?

CDO: – Sí, era él. Pero hace mucho tiempo de eso.

EFE: – ¿Pero él no responde al pres…, que supo ser tup…?

CDO: – Y sí, pero hace una banda de eso.

EPS:- ¿Y cómo pretenden imponer la nueva mayoría? ¿El Fr.. Lí… Ser… lo acepta así como así?

CDA: – Desde luego que no; incluso se retiraron del congreso. Sin embargo, nuestro partido se reconoce como profundamente democrát… y propugna la unidad en la diversidad, de manera que no veo un inconveniente en esto.

ERP: – Pero consideremos un escenario en el cual el Fr… L…S… mantiene su posición, ¿qué harían?

COD:- Suprimir al con… Dan.. As…, sin duda… por medios políticos, claro.

LAL: – Anularlo.

COD:- Por medios democráticos.

EPE: – ¿Existen otros?

LPS:- Yo no conozco.

JAO: – Yo tampoco. Como quien dice, desaparecerlo.

CDA: – De la escena política, sí.

EPF: – Entiendo. ¿Pero cuál sería el mecanismo, específicamente?

DCO: – La emboscada. Que parezca un accidente… de la relación de fuerzas interna.

CFK: – Le harían una encerrona, como quien dice.

HYP: – Electoral.

OUY: – Eso mismo. Electoral. O no…

CDO: – ¿Qué sugiere? Porque eso no es un procedimiento democrático…

PCU: – No sé qué insinúa, cont… Dan… Oles… Nosotros siempre hablamos de democracia, mayorías, votaciones…

CRT: – Yo también, queda claro, ¿verdad?

ORT: – Más que claro. Una emboscada. Una encerrona. La supresión del Co.. Dan.. Ast…

CTA: – Apelando a la herramienta democrática.

OJS: – Meterlo en el cuerto oscuro…

YUJ: – Conducirlo a la urna…

FBI: – Entendí, no se preocupe. Que se cuide entonces el Con.., sería el mensaje.

CDO: – Y sí, que se cuide de las bases y su participación activa en el proceso de la toma…. de decisiones.

PTE: – Que no juegue con fuego, que esto es en serio, en definitiva.

CDO: – Eso mismo.

GTE: – Pasando a otro terreno, ¿es correcto hablar de un ajuste de cuentas?

CDW: – ¿Las cuentas públicas?

EPE:- ¿Acaso hay otras?

CDO: – No sé, ud. parece saber bastante del asunto.

MPP: – Yo no sé nada, sólo pregunto.

HUE:- Y yo le respondo.

EPE:- Hay que tener cuidado, son temas delicados, ese sería su mensaje. Hay que mirar bien a los costados. Estar al alpiste.

CDO: – Eso mismo. No descuidarse. Ser prudentes. Conocer al oponente. Todo eso.

ep:- Ahi va. Bueno, gracias.

CDO: – Y mucho ojito, eh.

EPE:- ¿Ojito con qué? ¿Me estás amenazando?

CDO: – ¿Yo? ¡Por favor! Mire que son suspicaces uds. los periodistas… jaja.. Ojito con lo que está pasando en el congreso, no se vaya a perder nada. Informe como corresponde.

EJE: – Ah, ahora sí. Gracias por su tiempo.

CDO: – Un gusto, me alegro que nos hayamos entendido.

La guerra y la paz

La escasa luz, el humo, el tumulto, no me permiten ver lo que ocurre. En los contornos distingo la silueta del miedo, de la amenaza, y extraigo el arma, que todo este tiempo estuvo esperando agazapada, como yo, este momento de ansiedad y acción diferida. Mis camaradas también presienten la proximidad del combate, un combate para el que estamos preparados desde siempre, para el que nos hemos entrenado en todo tipo de circunstancias. Pero el instante en que va a iniciarse no se parece en nada a las maniobras que hemos practicado con método criminal, con una determinación que jamás pareció necesaria. Hasta ahora, justamente cuando menos útiles parecen aquellos juegos torpes de jóvenes inexpertos, ignorantes del horror de la realidad, del olor concentrado en tantas armas indiferentes unas a las otras, listas también a atacarse entre sí desconociendo incluso las órdenes de sus superiores, o sea nosotros. Y eso no puede menos que provocar una sensación de inquietud que se transmite a las manos, que las hace temblar con la fragilidad de una criatura con sentimientos e ideas propias, que estima la situación de acuerdo a propósitos íntimos. Esto, quizá, sea lo más angustiante, la mayor diferencia con todo cuanto creíamos conocer acerca del tema; ¡ingenuos!

En el tumulto, alguien, acaso un francotirador, hace el primer disparo, ese que atraviesa a amigos y enemigos por igual constatando que ya no hay hacia dónde huir, que no hay regreso al punto de tenso equilibrio en el que estábamos apenas hace un momento. Y a ese disparo que inicia la carrera sigue otro de inmediato, y otro, y los corredores encauzan su instinto competitivo hacia la destrucción mutua. Vuelan partes de objetos irreconocibles, se oyen gritos anónimos, el lugar se transforma, por el efecto de la niebla de pólvora, en una obra de teatro con el telón bajo.

Mi compañero Sebastián me pide que lo cubra, que va intentar avanzar, pero enseguida lo veo caer agarrándose el pecho, y la única forma de cubrirlo que me queda es con diario.

Todo estalla a mi alrededor, incluidos mis amigos y enemigos, los que, dicho sea de paso, son indistinguibles a estas alturas. ¡Es un infierno! Las balas, una vez salidas del útero de las armas que las alojan, no tienen madre, no tienen familia; se cobran cualquier vida a su alcance, como zombies que ya no reconocen a aquellos a quienes pertenecieron y amaron en otros tiempos.

Como tantas otras cosas que se magnifican en este escenario, el fuego, al que creía conocer de tantos encuentros afortunados, se revela ahora como el marido perfecto que se convierte en un golpeador violento de buenas a primeras. ¡Cómo arde esto! El olor a carne cocida es otra novedad, ya que no se parece en nada al del delicioso asado que, según creo, no voy a volver a probar en mi vida. Esta no es una preocupación tan importante como parece a primera vista, puesto que tampoco puedo asegurar, y me inclino a pensar que es la posibilidad más comprometida, que vaya a saborear de nuevo el gusto simple de la vida. ¡Mis amigos están pasados de cocción! No es olor a carne cocida sino chamuscada lo que mi nariz rechaza con tanta indignación, eso a lo que trata, sin éxito, de cerrarle el paso como a una muchedumbre de testigos de Geová que avanzan con determinación hacia la puerta del incauto pecador.

Pecador fui en la vida que estoy a punto de dejar atrás, una lacra convencida de que los logros personales se oponen y son obstruidos por la felicidad general, razón que me permitió adoptar el credo de las armas y seguirlo al extremo de involucrarme en esta masacre absurda sin cuestionar en ningún momento la necesidad que la impulsa. Ahora comprendo que todo lo que asumí como natural era una construcción cómoda de la que me valía para ejercer una violencia injustificada, que sólo eran distintas paladas en la tumba que estaba construyendo para cuando llegara este momento decisivo: La Muerte. La Muerte es una enredadera, una madreselva, un clavel del aire que trepa, se desarrolla, se fortalece a lo largo de La Vida hasta que la absorbe por completo y acaba con ella.

Todo estalla detrás de mí, todo se derrumba, todo se termina. Mis amigos ya no existen; tampoco mis enemigos circunstanciales. El polvo y el humo se disipan, llevándose consigo los restos de esta noche que fue tantas noches. Yo me quedo en la vereda de lo que hasta hace unos minutos era el Inter, y sé que nunca voy a volver a salir a bailar a un boliche tropical después de hoy.

Música de cañerías

Un hombre que se desempañaba como operador en canal 4 en el turno de la madrugada fue detenido luego de que, presuntamente bajo los efectos de estupefacientes, conectara su mp4 a la computadora desde la que trabajaba, sustituyendo la música soporífera por un feroz punk rock inglés de principios de los ’80.

El acusado, fan de GBH, declaró ante el juez que “tenía los huevos llenos con Arjona, Alejandro Sanz, Marc Anthony et al“. Se asumió como culpable y se mostró completamente arrepentido: “Por un momento, me creí Dios. Fue un error”, dijo.

La dirección del canal emitió un comunicado en el que expresa su pesar a todos los afectados, indicando que se aumentarán los controles para que hechos tan lamentables no vuelvan a ocurrir. Canal 4 se responsabiliza por la conducta del empleado desleal, y asegura que se tomarán medidas de seguridad que impidan la conexión de aparatos de uso doméstico en los equipos de la emisora, además de realizar exámenes de alcoholemia, drogas y otras pichicatas a todos los funcionarios.

La doctora María de los Ángeles Beltrán Scheck, soltera, de 46 años y presuntamente virgen, luego de aclarar que hay que matarlos a todos, cuenta que: “Esa noche había tenido una cita (nota del juez: no es cierto) Me acosté cerca de las 2 a.m. Estaba reflexionando sobre mis cuatro décadas con Arjona de fondo; en canal 5 estaba el doctor Gustavo Vaneskahian entrevistando a Gustavo Penadés por enésima vez en lo que va del año. En el 10 repetían un programa de extracción del mal con acento brasileño, y en el 12 estaba el Telechato. En fin, dejé el 4 para conciliar el sueño, luego de tomarme 50 mg. de Clonazepam, 150 de Diazepam, 500 de Alprazolam y un huevo crudo diluido en jugo de limón con azúcar. De repente, cuando ya estaba casi dormida, escucho, y logro entender ya que poseo el El Cambridge ICFE del Anglo entre otros certificados, unos gritos infernales bramando sobre bebés de ciudad atacados por ratas. Me descompensé; apenas tuve tiempo de llamar a Blue Cross para que me asistiera”.

Por su parte, Marcelo Perdomo, de profesión taxista, dijo: “Me encontraba en la cocina, alrededor de las 2 a.m. del domingo. No podía dormir porque mi mujer se había ido de casa con mis hijos, gritándome ‘¡cornudo, hijo de puta, no me vas a ver nunca más!’ y otras cosas por el estilo. Yo estaba tomando whisky, ahogando las penas en alcohol como quien dice, y escuchando a Arjona con el revólver al lado, pensando qué hacer, cuando siento un ruido de la gran puta. Tiré un par de cuetazos por las dudas y enseguida me di cuenta que era el televisor. Me vinieron ganas de irme de putas y drogarme, no sé por qué”.

La doctora María de los Ángeles Beltrán Scheck presentó una demanda por “desequilibrio cognitivo” y “socavamiento de paradigma”. En tanto, Marcelo Perdomo no inició acciones legales, al tiempo que el representante de Ricardo Arjona recurrió a la justicia por considerar que se había afectado su derecho a ser difundido constantemente en el horario referido.

El canal, por su parte, se comprometió a resarcir a los damnificados utilizando la música del cantautor guatemalteco como cortina de Telenoche y de todos los procedimientos policiales que involucren acción sin límite y persecuciones electrizantes.

Alguien piense en los niños

El pequeño Tommy se levantó al sonar el despertador como todas las mañanas. No necesitaba que lo llamaran desde que había empezado la escuela tres años atrás; es más, él se encargaba de despertar a sus padres para que fueran a trabajar. Escuchó a su madre en la cocina preparando el desayuno; sólo tenía que sacar de la cama al padre, por lo que se apuró a ponerse las pantuflas y correr al cuarto contiguo antes de que aquél lo sorprendiera con uno de sus típicos “ataques matutinos”, tapándolo con la frazada después de tirarse un pedo bajo las mantas.

Entró al cuarto corriendo y vio el bulto sobre la cama: perfecto, el padre aún dormía. La habitación estaba oscura, apenas iluminada por unos escasos rayos de sol que más bien parecían esconderse en las sombras. Se tiró sobre él sin pensarlo dos veces, como tantas otras mañanas. El padre estalló. Se desintegró bajo las sábanas. Se hizo polvo.

Tommy, alarmado, bajó la escalera corriendo, incapaz de hablar o gritar, en busca de su madre. Ella lo vio llegar mientras arreglaba la mesa para servir el desayuno, suponiendo que el niño ya había despertado a su esposo y que éste bajaría a continuación. Tommy, sin detener su carrera, trató de aferrarse a la pollera de la mujer, pero cuando hizo contacto con ella, su madre también explotó. Tommy lloró desesperado; sus dos padres acababan de evaporarse frente a él sin explicación y no sabía qué hacer, y en esas circunstancias, razonó con su inteligencia infantil, lo mejor era seguir adelante, ya que la vida no se termina y no hay tragedia que no se arregle con un alfajor y un paseo al parque de diversiones.

Tomó el desayuno, que su madre había tenido la prudencia de dejar listo antes de estallar, se puso la túnica y salió rumbo a la escuela. Además, no podía esperar a contarle a sus amigos lo que acababa de suceder; sin duda, eso haría a Tommy más popular que sus perfectamente normales y biparentales compañeros, una manga de chupapijas inmaduros que no podrían siquiera atarse los cordones si sus padres se desintegraran repentinamente.

Llegó a la parada y se dispuso a esperar el transporte escolar; debido al contratiempo, no tendría que esperar demasiado. No había nadie más que Tommy en la intersección de las calles Norris y Seagal, y era mejor así, ya que no quería verse en la incómoda situación de tener que explicar por qué nadie lo acompañaba ese día, como de costumbre.

El ataúd amarillo con ruedas surgió a lo lejos de la calle, como si brotara de la fosa donde descansa por la noche antes de salir a cumplir su innoble tarea. Tommy le hizo una seña para que se detuviera y subió, sonriente, para encontrarse con sus amigos. Saludó al conductor, un muchacho de gruesas gafas y abundante acné llamado Arnie, simpático hasta ahí nomás, puesto que a veces discutía con el tipo de la tienda de revistas y el malhumor le duraba semanas. Tommy dijo: “¿Qué tal va todo hoy, Arnie? ¿El señor Bronson te trajo tu número de Cretin Man?”, y le dio un golpe en el brazo. Arnie se esfumó. El ómnibus perdió el control y, de no ser porque iba a muy baja velocidad después de la parada, podría haber ocurrido un accidente terrible. No pasó de un brusco choque con el edificio de la escuela, sin consecuencias.

Las maestras salieron a ver qué ocurría. Todos los niños estaban bien aunque algo aturdidos, más por la extraña desaparición del conductor que por la gentil colisión. Sabrina corrió a abrazar a su maestra para alejarse del perverso Tommy, pero no consiguió hacerlo puesto que la señorita, por supuesto, explotó como un globo, tan sólo con tocarla. Los niños se miraron incrédulos pero sin entrar en pánico, y poco a poco, tímidamente al principio, más sueltos después, fueron contando sus experiencias de aquel día; eran pocos los que no habían hecho reventar a algún adulto con sus inocentes manitos, y los pocos que habían escapado a dicha suerte era porque tampoco habían tocado un mayor.

Ignorantes de las consecuencias a largo plazo de tan curioso fenómeno, aprovecharon a deshacerse cuanto antes de los molestos viejos que acaparaban el mundo para sí, prohibiéndoles toda diversión a menos que estuviera supervisada y autorizada por ellos. Reinó una anarquía súbita, demencial, incontrolable; no había tiempo que perder, los adultos tarde o temprano comprenderían la situación y tratarían de remediarla o, en el mejor de los casos, refugiarse y prepararse para el enfrentamiento decisivo. Los niños, con una ventaja circunstancial tan abrumadora, no podían permitir que los tiranos se reagruparan y utilizaran sus recursos superiores para retomar el control. Antes que estos lograran siquiera sospechar lo que sucedía, los niños, con su ingenuidad y ternura, los habían eliminado casi por completo. No necesitaron más que ir por las casas golpeando puertas y repartiendo abrazos para consolidar su dominio.

Una vez asegurada la supresión de los mayores, los niños se entregaron a un frenesí de consumo irracional: golosinas, hamburguesas, juguetes, cosas brillantes, porquerías de colores, conductas desbordadas, fiestas permanentes. Ninguno pensó en la limitación de los recursos, que siempre habían conocido en las tiendas, sin saber de dónde provenían ni de qué forma se producían. Todo parecía inagotable ahora que se lo podía tomar con libertad, y así fue mientras el suministro se mantuvo abundante y los alimentos no se vencieron. Pero, tras varias semanas de este desenfreno incontenible, que las autoridades de los estados vecinos no se atrevieron a interrumpir, ocurrió lo previsible (para un adulto, claro): el abastecimiento empezó a agotarse. De rponto, a los niños ya no les parecían tan divertidos los excesos a que se habían acostumbrado; al pánico siguió la apatía; algunos comenzaron a presentir que necesitaban un líder, alguien maduro capaz de hacer frente a la preocupante situación.

Desorganizados, vagaron sin rumbo varios días, recogiendo las últimas provisiones que encontraban a su paso y consumiéndolas inmediatamente sin ningún plan. Tommy fue el primero en comprender que no podían seguir así, que habían ido demasiado lejos en su exagerada celebración. Reunió a todos los niños y pasó a explicarles, en tono pausado y muy razonable, que era imprescindible poner algún orden a todo aquello si querían sobrevivir. Mientras daba su sensato y bien estudiado discurso, Billy, aburrido, lanzó una bola de barro hacia el estrado, que dio de lleno en la cara de Tommy. Tommy estalló.