El Amanecer de los muertos

Santiago vivía con su padre, Aníbal, viudo tras un extraño accidente con cortadoras de césped y negligencias en la instalación eléctrica. Los compañeros del muchacho habían marchado a la universidad, pero él no lo hizo ya que la salud de su padre estaba muy resentida desde la partida de la madre. El viejo, además, había desarrollado ciertas fobias a la energía y al pasto del fondo, lo que entorpecía el desempeño normal de cualquier labor que las involucrara.
La magra jubilación del anciano, antiguo trabajador de la compañía eléctrica, era insuficiente para mantenerlos a ambos, por lo que Santiago se vio obligado a conseguir trabajo, aunque debido a los cuidados que necesitaba Aníbal le resultaba difícil aceptar los empleos que se le ofrecían. Tratando de conciliar estas dos circunstancias, recordó que algunos de sus amigos estudiaban medicina y requerían materiales frescos para sus prácticas; sin embargo, procurárselos constituía un delito, de modo que el mercado era reducido y los beneficios elevados. Además, obraban a su favor los horarios flexibles y la total independencia propias de las ocupaciones truculentas.
Así, tras algunos acuerdos rápidos y munido de una pala, se dirigió al cementerio por primera vez, desconociendo los obstáculos que podían presentarse. Estaba trabajando en una tumba cuando una luz muy brillante lo encandiló; por poco se queda a vivir en la morada de los difuntos. Un guardia se inclinaba hacia él con la linterna apuntando directamente a sus ojos. Santiago sólo pudo ofrecer una excusa torpe, que estaba visitando a su madre y no recordaba cuál era la sepultura, de manera que tenía que abrirlas hasta dar con ella.
– Sé bien lo que estás haciendo; todos los días viene alguno a probar suerte. Los conozco sólo con verles la cara… bueno, y la pala. En fin, esto se puede arreglar de dos maneras: o llamamos a la policía y les explicás a ellos qué estabas haciendo, o hacés como lo demás y trabajás para mí. Yo te consigo los clientes y me quedo con un porcentaje de la venta, pero laburás tranquilo y tenés un sueldo seguro. Vos ves.
Santiago estaba desconcertado con la propuesta; sonaba igual que otras ofertas de trabajo y con seguridad escondía los mismos engaños, pero estaba atrapado. Lo pensó un instante y aceptó; de todas formas, el ambiente laboral era el mismo que en las demás empresas.
Acondicionó un lugar en su cuarto para depositar a los que estaban en tránsito. Aníbal no entraba a la habitación de su hijo, por lo que tampoco tomó mayores recaudos; además, las entregas, gracias a la participación del vigilante, tardaban poco tiempo, y en ocasiones ni siquiera era necesario darles alojamiento. Antes de salir a trabajar, Santiago le enchufaba al viejo un potente somnífero que lo dejaba en un estado similar al de los inquilinos de su cuarto, así evitaba preocuparse por él mientras hacía su trabajo.
El negocio marchaba bien y el muchacho empezó a ganar dinero. Era un empleado muy competente, tenía mucha cabeza; tenía tantas que se especializó en neurología y los estudiantes de esa materia apreciaban la calidad de su mercancía.
Volvía de madrugada, guardaba los artículos recién extraídos y descansaba unas horas hasta que se despertaba Aníbal. Entonces se levantaba y desayunaban juntos, como de costumbre, para luego ocuparse de las tareas de la casa. Aunque ahora tenían más dinero disponible y se notaba en los cambios que sufría constantemente la vivienda, el viejo no sospechaba nada y era mejor no alentar su curiosidad con explicaciones parciales, que sólo podían conducir a más indagaciones. Santiago hacía lo que tenía que hacer y eso era toda la información que necesitaba Aníbal.
Una noche, el joven llegó al cementerio y comenzó a escarbar como de costumbre, pero el lugar estaba muerto, no había nada. Empezó a desesperarse. Se cruzó con un compañero y comentaron esta contrariedad; según el otro, se acercaban los parciales y la demanda había aumentado considerablemente. Santiago fue en busca del cuidador para averiguar cuántos pedidos tenían y consultar el stock, que había decaído de manera importante las últimas semanas.
Mientras tanto, en su casa, Aníbal deambulaba entredomrido después de levantarse para ir al baño; distraído con tantos problemas, en lugar del somnífero su hijo le había dado un diurético.
En el cementerio crecía la inquietud; los estudiantes se agolpaban a las puertas reclamando la entrega de los materiales que los funebreros no podían proporcionarles, en tanto el guardia procuraba obtenerlos de otras fuentes. Consultó en la morgue, donde tenía ciertos contactos, pero los funcionarios de la misma también tenían dificultades para cumplir sus compromisos. Llamó a varios CTI donde sólo le dieron excusas; la policía, enterada de lo que ocurría, montó un rápido operativo para no quedar fuera del negocio, justificándolo como una redada contra bocas de pasta base. La competencia feroz había agotado las existencias; la lucha por la apropiación de la tierra había consumido las cosechas.
El viejo seguía meando como una catarata en época de crecientes; por último decidió tirarse en la cama de su hijo, ya que el cuarto de Santiago estaba ubicado frente al baño, y se durmió.
El muchacho recordó que tenía algunas piezas de reserva en el depósito para casos como este, pero, enfrentado a la urgencia de obtener más cadáveres, mandó al vigilante a buscarlas mientras él recorría los otros cementerios intentando acopiar ejemplares frescos. Por fin, cerca de amanecer, se reunieron en la necrópolis para cotejar surtidos; ya no había más tiempo, era preciso distribuir todo lo que tenían para conjurar la revuelta de los estudiantes. Terminado el reparto, agotados, comprobaron con júbilo que habían salvado la alarmante situación a último momento con una ganancia extraordinaria.
Santiago regresó a casa a la hora del desayuno. Llamó a su padre, que no respondió. “Me pasé con el somnífero”, pensó mientras iba rumbo al cuarto del viejo; no estaba allí. Tampoco estaba en su habitación ni en ninguna otra estancia de la casa, ya que Aníbal descansaba ahora en la alcoba de algún ignoto estudiante de medicina.

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¿Marky Ramone en Montevideo?

Este no es un blog de música, ni uno que se ocupe de música, pero está allí, rondándola en espera de lo extraordinario, acosándola hasta que de un paso en falso y pueda arrojarse sobre ella para extraerle alguna historia interesante. Esta no lo es. Esta, haciendo honor a esa categoría de allí arriba que reza “Punk”, es la crónica de un toque punk o lo que suponía sería tal. Satisfecha esta formalidad, pasemos a lo que nos ocupa, como diría el propietario de un edificio tomado. Marky Ramone volvió a pisar Uruguay. En este nuevo intento tampoco lo logró, y creo que Marc Bell debería hacerse a la idea de que eso no es posible. Desconozco si ha pisado otros países, pero me resulta bastante improbable, por lo que sería bueno que dejara de intentarlo. Camino al toque la escena siempre se repite: viejas/os que te miran azorados y preguntan quién toca; punkies con la entrada en la mano que preguntan quién toca; tus amigos que, después de disertar eruditamente sobre la influencia de Michael Graves en la música contemporánea, te preguntan quién toca, etc. Afuera, las punkies más accesibles se prestan a una amena charla de la que, con suerte, te podés llevar un teléfono. De este modo, hoy reúno una de las mayores colecciones del mundo de estos aparatos; de minas ni hablemos. El ex Ramone largó con todo; largó el redoblante, el hi-hat, el bombo, todo su equipo a la mierda, quizás frustrado por las condiciones que ofrecía el local, y se quedó sólo con unas marimbas. Seguidamente, descargó un tema de palpable sabor tropical, tanto es así que mi amigo y yo, contagiados por la propuesta, empezamos a repartir piñas. Terminada esta desconcertante introducción, miré a mi amigo con gesto de “fue un chiste de mal gusto, pero es gracioso. Que se haga el punk rock”. No puedo decir si se hizo el punk rock o no, pero lo que siguió a esa indigesta ensalada de frutas fue más de lo mismo: una larga sección de diferentes ritmos latinos interpretados con la maestría percusionil de un inuit con mitones. La concurrencia, conformada evidentemente por chupapijas profesionales, no sólo no desaprobó esta notoria afrenta a esa música surgida del New York de los ’70, sino que pareció disfrutarlo tanto como el energúmeno del peluquín impertérrito (que además se había recortado las puntas) Yo no entendía nada pero exigía venganza, imaginando lo que harían los fans de Cannibal Corpse en una situación análoga. Después de esta tomadura de pelo (o peluquín) el Graves este o su versión petisa y amanerada, que es lo mismo, ejecutó temas acústicos de quién sabe qué mierda, haciendo honor a su apellido, con una tumba-dora. El señor Bell, mientras tanto, siempre haciendo honor a su apellido, acompañaba haciendo de campana. Yo estaba tan indignado que me retiré del lugar para continuar con las ocupaciones arriba mencionadas (asustar viejos y recabar teléfonos) formando de esta manera un perfecto sandwich al que faltó el relleno: el pancroc. Con todo, cuando me estaba retirando tenía la sensación de que algo muy extraño acababa de suceder, y no pude evitar el impulso de cerciorarme de esto. En efecto, al acercarme al afiche que lucía (¿Qué Lucía? No sé, la única Lucía que conozco es la Santa) espléndido en la entrada del recinto, pude leer lo que mis sentidos habían gritado durante el concierto pero mi cerebro se encargó de silenciar: quienes se presentaban allí no eran Marky Ramone y Michael Graves sino el subcomandante Marcos Ramón y el subtropical Maicol Tumba-doras. Me equivoqué de lugar, sí.

Beat on the brat

– Comencemos…
– Bien. Mi problema es el siguiente, no se ría: mi vida es la discografía de los Ramones mismo.
– Veamos si entendí: ¿le gustan mucho los Ramones y se cree uno de ellos?
– Nah, ojalá fuera eso. No me gustan, pero sus canciones determinan mi vida, así de simple.
– ¿Y no preferiría que fueran las de NOFX, por ejemplo? Tienen muchos temas sobre lesbianas.
– Primero, no sé a qué viene eso. Segundo, como le dije, no es decisión mía. Es así, simplemente.
– Bien. ¿Tiene novia?
– Sí.
– ¿Y ella qué dice?
– Sheena is a punk rocker.
– ¿Puedo hablar con ella?
– The KKK Took my baby away.
– ¿Qué piensa de la situación?
– I’m affected
– ¿Desea que los secuestradores mueran?
– Punishment fits the crime
– ¿Qué le diría si pudiera enviarle un mensaje?
– I remember you
– ¿Escuela?
– Sí, Rock’n roll high school
– ¿Trabajo?
– The job that ate my brain.
– Ya veo. ¿Qué clase de dificultades le ha causado ser la discografía de los Ramones?
– I just wanna walk right out of this world ‘cause everybody has a poison heart
– Pero se la banca…
– Sí, soy Too though to die
– Claro. Pero ¿cómo preferiría vivir?
– I wanna be sedated
– ¿Cree que esto tiene solución?
– I believe in miracles
– ¿Tiene idea de cómo comenzó?
– Somebody put something in my drink
– Pero quizás eso sea un elemento secundario. Quizás ud…
– Freak of nature?
– Exacto. Pero vino a buscar ayuda.
– Psycho Therapy
– ¿Cómo se siente en este momento?
– My brain is hangin’ upside down
– ¿Cómo describiría su padecimiento?
– Mental Hell
– ¿Y cómo imagina su futuro?
– I don’t want to grow up
– Es un cover…
– I hate freaks like you
– Bueno, es hora de tomar alguna medida…
– Take the pain away
– ¿Cree que le sirvió de algo esta sesión?
– Journey to the center of my mind
– Otro cover. Peor aún, del disco Acid Eaters, disco de versiones
– Ignorence is bliss
– Se me ocurre algo: tal vez, si los Ramones son el problema, los Ramones sean la solución…
– You sound like you’re sick…
– ¿Quiere que intente algo?
– Gimme gimme shock treatment
– No, mejor aún…
– I won’t let it happen
– Sí, es por su bien.
– I’m against it
– Si no sabe lo que voy a hacer
– Do you wanna dance?
– No. Teenage lobotomy!