La guerra y la paz

La escasa luz, el humo, el tumulto, no me permiten ver lo que ocurre. En los contornos distingo la silueta del miedo, de la amenaza, y extraigo el arma, que todo este tiempo estuvo esperando agazapada, como yo, este momento de ansiedad y acción diferida. Mis camaradas también presienten la proximidad del combate, un combate para el que estamos preparados desde siempre, para el que nos hemos entrenado en todo tipo de circunstancias. Pero el instante en que va a iniciarse no se parece en nada a las maniobras que hemos practicado con método criminal, con una determinación que jamás pareció necesaria. Hasta ahora, justamente cuando menos útiles parecen aquellos juegos torpes de jóvenes inexpertos, ignorantes del horror de la realidad, del olor concentrado en tantas armas indiferentes unas a las otras, listas también a atacarse entre sí desconociendo incluso las órdenes de sus superiores, o sea nosotros. Y eso no puede menos que provocar una sensación de inquietud que se transmite a las manos, que las hace temblar con la fragilidad de una criatura con sentimientos e ideas propias, que estima la situación de acuerdo a propósitos íntimos. Esto, quizá, sea lo más angustiante, la mayor diferencia con todo cuanto creíamos conocer acerca del tema; ¡ingenuos!

En el tumulto, alguien, acaso un francotirador, hace el primer disparo, ese que atraviesa a amigos y enemigos por igual constatando que ya no hay hacia dónde huir, que no hay regreso al punto de tenso equilibrio en el que estábamos apenas hace un momento. Y a ese disparo que inicia la carrera sigue otro de inmediato, y otro, y los corredores encauzan su instinto competitivo hacia la destrucción mutua. Vuelan partes de objetos irreconocibles, se oyen gritos anónimos, el lugar se transforma, por el efecto de la niebla de pólvora, en una obra de teatro con el telón bajo.

Mi compañero Sebastián me pide que lo cubra, que va intentar avanzar, pero enseguida lo veo caer agarrándose el pecho, y la única forma de cubrirlo que me queda es con diario.

Todo estalla a mi alrededor, incluidos mis amigos y enemigos, los que, dicho sea de paso, son indistinguibles a estas alturas. ¡Es un infierno! Las balas, una vez salidas del útero de las armas que las alojan, no tienen madre, no tienen familia; se cobran cualquier vida a su alcance, como zombies que ya no reconocen a aquellos a quienes pertenecieron y amaron en otros tiempos.

Como tantas otras cosas que se magnifican en este escenario, el fuego, al que creía conocer de tantos encuentros afortunados, se revela ahora como el marido perfecto que se convierte en un golpeador violento de buenas a primeras. ¡Cómo arde esto! El olor a carne cocida es otra novedad, ya que no se parece en nada al del delicioso asado que, según creo, no voy a volver a probar en mi vida. Esta no es una preocupación tan importante como parece a primera vista, puesto que tampoco puedo asegurar, y me inclino a pensar que es la posibilidad más comprometida, que vaya a saborear de nuevo el gusto simple de la vida. ¡Mis amigos están pasados de cocción! No es olor a carne cocida sino chamuscada lo que mi nariz rechaza con tanta indignación, eso a lo que trata, sin éxito, de cerrarle el paso como a una muchedumbre de testigos de Geová que avanzan con determinación hacia la puerta del incauto pecador.

Pecador fui en la vida que estoy a punto de dejar atrás, una lacra convencida de que los logros personales se oponen y son obstruidos por la felicidad general, razón que me permitió adoptar el credo de las armas y seguirlo al extremo de involucrarme en esta masacre absurda sin cuestionar en ningún momento la necesidad que la impulsa. Ahora comprendo que todo lo que asumí como natural era una construcción cómoda de la que me valía para ejercer una violencia injustificada, que sólo eran distintas paladas en la tumba que estaba construyendo para cuando llegara este momento decisivo: La Muerte. La Muerte es una enredadera, una madreselva, un clavel del aire que trepa, se desarrolla, se fortalece a lo largo de La Vida hasta que la absorbe por completo y acaba con ella.

Todo estalla detrás de mí, todo se derrumba, todo se termina. Mis amigos ya no existen; tampoco mis enemigos circunstanciales. El polvo y el humo se disipan, llevándose consigo los restos de esta noche que fue tantas noches. Yo me quedo en la vereda de lo que hasta hace unos minutos era el Inter, y sé que nunca voy a volver a salir a bailar a un boliche tropical después de hoy.

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