Educación, educación, educación

La educación, ese gran problema para el que parece no haber una solución a la vista. O, al menos, una solución en la que todos los involucrados puedan ponerse de acuerdo.  Para empezar, hay que reconocer que aquí hay dos posiciones muy marcadas desde las cuales se producen dos diagnósticos totalmente diferentes: para una de ellas, la que suscribe la derecha, la dificultad radica en que una “corporación” que defiende sus privilegios impide cualquier cambio en las estructuras imperantes; para la otra, sostenida por los sindicatos, la tecnocracia neoliberal quiere avanzar en la privatización de la educación y por esa razón se opone a los pretendidos cambios.

Para nosotros, sin embargo, el problema está justamente allí, tan a la vista que todos lo pasan por alto: la dinámica generada por esta confrontación es la que mantiene las cosas en el lugar hediondo en que se encuentran actualmente, con tendencia a hundirse cada vez más en este pantano inmundo de ideologías perimidas y discusiones interminables.

Nosotros proponemos, pues, una salida muy sencilla, que creemos puede ser aceptada por todos los actores, para lo cual, desde luego, deben renunciar a algunas de las premisas erróneas desde las que razonan en el presente. ¿Cuál es el objetivo de la derecha, según sus propios enunciados? Alcanzar los niveles educativos de los países ubicados en los primeros lugares de las pruebas internacionales. Pero, mientras esta es su intención explícita, niegan las consecuencias que se desprenden de su estrategia, ya que, como es bien sabido y ha sido ampliamente probado, Cuba es uno de los países de referencia en este terreno. Buscan modelos hasta en lugares impronunciables, de los que nadie, ellos en primer lugar, sabe nada; citan cifras elaboradas quién sabé con qué métodos espurios; traen expertos que más que técnicos parecen vendedores de celulares con un discurso modernizador que, paradójicamente, procede de la década del ’90. No señores, no se engañen ni nos engañen: si quieren resultados, inversión real, estándares internacionales, eso es lo que ofrece Cuba.

Ahora veamos el sindicalismo, el que se erige como protector de los derechos consagrados a la educación pública, laica, gratuita, el que denuncia todo proyecto de reforma por su carácter privatizador, anti-popular, regurgitado por el consenso de Washington. Y no por el Washington de acá de la esquina, el “Guasinton”, cuyas credenciales académicas son más que discutibles; no, el Washington de allá, la capital del imperio, el centro del Nuevo Orden Mundial. ¿Se pueden oponer los sindicatos a una reforma de este tipo, que imite, profundice, actualice el sistema cubano? Si lo hicieran, se descubrirían como los retrógrados egoístas que señalan sus enemigos.

Llegamos al punto neutro en que todos obtienen lo que, en teoría, pregonan: los que quieren el cambio deben reconocer que el único y verdadero camino es el cubano, mientras que quienes se pronuncian por la institución estatal tienen todas las garantías que presenta el sistema de la isla. Problema resuelto, ¿o no?

No tan rápido, porque si admitimos que la educación es uno de los modos en que se expresa y reproduce la cultura particular de cada pueblo, ese esquivo “ser nacional” que nadie puede precisar de qué se trata, tenemos también que decir muy claro que la práctica cubana está enraizada en unas relaciones sociales que nos son bastante ajenas. Y en esto la derecha parece haber captado algo importante, aunque luego lo distorsione cual radio a válvulas para convertirlo en una despreciable apología de sus propios intereses particulares, esos que no se nombran ya que se asumen como naturales y eternos y la puta que lo parió. Porque la educación de calidad por la que abogan es una que difunda el individualismo exacerbado, la búsqueda del beneficio personal, la preparación para ese mercado laboral que se supone va a absorber al graduado cual viejo al puré de manzana, no un modelo técnicamente eficaz para la transmisión del conocimiento.

Y los sindicatos, que practican un feroz reformismo al que se aferran como borracho a la columna, no se atreven a reconocer que los valores por los que bregan están en contradicción con la sociedad a la que desean aplicarlos. Es como si Mike Tyson quisiera convertirse en portavoz del pacifismo: diría cosas muy lindas pero no sonaría muy convincente, y uno estaría todo el tiempo esperando que le pegue una trompada. Está en su naturaleza, no puede hacer otra cosa.

Este sistema muerde, y en tanto los sindicatos tratan de amaestrarlo por medio de caricias, la oposición lo judea para que se enoje y ataque a su víctima. La única solución es matarlo, y para matarlo hay que usar el bufo.

 

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