Héroes del socialismo real. Hoy: Federico Aguirrezábal, “el bolche”.

En nuestra sociedad hiperconectada, redsocializada, internetizada, no logramos formarnos una idea clara de cómo funcionaban los fenómenos comunicativos antes de la irrupción de estas tecnologías. Sin embargo, es evidente que el predomino de los vínculos personales afectaba profundamente a estos fenómenos, al punto de que los mismos se estructuraban en torno al contacto entre los individuos. Y volvemos, como es habitual en este espacio, a la San Petersburgo de 1917, a los agitados días y meses que van de febrero a octubre de ese año. Hijo de un diplomático uruguayo que desarrollaba su tarea en Rusia, Federico, un oligarca puto con todas las letras, se convirtió en un héroe del bolchevismo por accidente, o, en su desmañado español rioplatense, “de puro pedo”. Federico no se interesaba por las cuestiones políticas que sucedían a su alrededor, aunque, es bueno precisarlo, tampoco su padre lo hacía, ya que su misión en la tierra de los zares consistía, básicamente, en vender carne. La guerra favorecía los tratos comerciales, de modo que nada perturbaba los canales normales por los que transcurre este tipo de negociaciones y, en tanto la mondiola encontrara salida en el ejército de Kerensky, ninguno de los Aguirrezábal se ocupaba del asunto. Kerensky y el gobierno provisional, por su parte, se interesaban aún menos por el emisario subtropical y su vicioso retoño. Pero Federico se aburría mucho en el mundo de los cortes especiales y la entraña con sorpresa, razón que lo impulsaba a las calles para tratar de conseguir un pucho loco luego de agotada su provisión de viaje. Claro que, para un bruto como él, que apenas balbuceaba en su idioma natal, y encima en la variante arrabalera del lunfardo, no resultaba fácil entablar conversación con los rudos obreros locales. Armado con estas precarias armas, comenzó a llamar a los transeúntes de la avenida Nevsky de la manera que le era más natural: “Bo, che…” Estas palabras resonaban en el alma revolucionaria de aquellos toscos hombres, que escuchaban en ellas el llamado a la acción del partido bolchevique, o “bolche” en la jerga coloquial. Pronto corrió el rumor de que la cancillería de un ignoto país sudamericano apoyaba la disolución de la Duma, y que este apoyo había sido transmitido de manera subrepticia por el hijo del embajador, que no se cansaba de repetir la consigna “bo, che” a cada persona que se cruzaba en su camino. Cierto día, el Fede vio una gran aglomeración en la barriada de Vyborg y no dudó en acercarse, ya que, según su experiencia, donde había mucha gente, había sustancias raras. Sobre un estrado improvisado vio al orador que se dirigía a las masas; calvo, de estatura mediana y barba prolijamente recortada, el hombre lograba la atención de los asistentes solamente con la entonación de su metálica voz. “Es éste”, se dijo, pensando que alguien de tal predicamento debía ser el que encanutaba aquello que tanto ansiaba. Y se mandó. No encontró oposición para llegar hasta Lenin y, una vez allí, gritó en el micrófono: “¡Bo, che!”, obteniendo una ovación inmediata. Illich retomó la alocución en su lengua indescifrable, y nadie en la embajada uruguaya se enteró de que el líder bolchevique, y luego Pravda, habían llamado a los obreros, soldados y campesinos bolcheviques a transferir todo el poder a los soviets fundado en la arenga del hijo del embajador. Federico, desconsolado, se dirigió entonces a la Central Teléfonica, cuartel general de los junkers, a la que tenía acceso ilimitado por los contactos de su padre. Levantó un teléfono poseído por el síndrome de abstinencia, y gritó con toda la furia “¡Bo, che…!” para que le habilitaran algo. Todos los que oyeron aquel mensaje interpretaron que la central había caído en manos de los revolucionarios, y procedieron en consecuencia. Este héroe del socialismo real, pues, oligarca puto ligado a los sectores más reaccionarios del latifundio oriental, la Asociación Rural, demostró magistralmente la tesis hegeliana de la astucia histórica de la Razón, al obrar en contra de los intereses de su clase y provocar la caída de ese mismo gobierno provisional al que se padre suministraba corned beef espurio.

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