Arrebato

Camino en dirección al gimnasio, como todos los días después del trabajo. Está ubicado en la zona del puerto, por eso el viento sopla fuerte y me despeina el cabello que intento acomodar, pero no logro hacerlo. Voy mirando los adoquines grises, humedecidos por la lluvia que cayó esta tarde, quizá también por el agua del río azotado por el constante viento del sur. Me gusta la forma en que reflejan mis movimientos, y aunque en un principio posé la vista en ellos para esquivar los charcos que se forman en los desniveles, ahora no puedo dejar de mirarlos de manera desatenta, casi indiferente.
De pronto golpeo algo con el hombro; es un muchacho alto, corpulento, aunque no del mismo modo que yo, que soy producto del ejercicio practicado con regularidad, más bien posee una rudeza basta, cultivada en los depósitos desvencijados. Sin detener por completo la marcha, pido disculpas y me dispongo a reanudar el paso, pero el flaco no responde según las convenciones aplicables a estos casos; sin decir una palabra, me empuja contra unas cajas apiladas a nuestro lado. Antes de que adopte una posición ventajosa, le doy una trompada que lo lanza hacia atrás, aunque a menor distancia de lo que había previsto; se recupera y me golpea varias veces, utilizando los dos puños, incluso juntos.
La pelea se torna salvaje; algunos curiosos se reúnen a nuestro alrededor y comienzan a gritar pidiendo más; a nadie se le ocurre separarnos o llamar a la policía. Tampoco a mi rival le interesa detener la gresca, y yo, que no quiero continuarla, me veo obligado a hacerlo. Me gusta pegarle en su despreciable cara, empiezo a disfrutarlo, pero sus ataques son más efectivos, y mi nariz y labio superior sangran abundantemente. El dolor es insoportable, y apenas puedo defenderme; me tiro al piso intentando apelar a su compasión y a la de los espectadores, pero esto sólo vuelve más furiosos a uno y a otros; el animal me patea en el suelo sin misericordia, es claro que disfruta peleando en la calle, sin reglas.
Me incorporo como puedo, tambaleando, aprovechando una pausa de mi contendiente, y lo pateo con fuerza, al menos con lo que, desde mi punto de vista, es toda la fuerza que tengo. Resulta insuficiente y sólo me procura una nueva paliza, que, a pesar de la costumbre, no recibo con menos inquietud; presiento que algunas partes de mi cuerpo no conservan la postura ni dureza normales, y la prueba más inmediata de esto reside en las piezas dentales que bailan dentro de mi boca. Entonces decido morderlo, sospechando que quizá sea la última mordida que dé, al menos con el equipamiento original; tampoco surte efecto, y en efecto, quien termina surtido soy yo, una vez más.
Me retuerzo como anguila, inclinando el cuerpo en un inútil intento de contener el sufrimiento, que, incluso si pudiera ser detenido, se vería aumentado muy pronto con nuevos embates de mi verdugo. Ahora trabaja la espalda, descuidada por el gesto de proteger el frente; caigo otra vez en la acera, la misma acera que me devolvía una imagen más saludable de mi cuerpo apenas hace un rato. Me arrastra hasta unos cajones de madera y me azota contra ellos, los rompe como rompe mis huesos, con una determinación que adivino criminal. La calle es insegura, pienso, ¡pero yo venía por la vereda! Rectifico: toda la maldita ciudad es insegura, sin importar cuán entrenado esté uno para evitarse este tipo de situaciones. De hecho, anoche, justamente, me jactaba frente a mis amigos, mientras tomábamos una cerveza en (¿dónde más?) la vereda, que el único problema que supone la inseguridad es carecer del poder suficiente para contrarrestarla. Ahora voy a tener que cambiar el gimnasio por un buen dentista. Eso si la cuento. Y si fuera ese el caso, ¿debería hacer que lo pague mi agresor?
Mientras divago tratando de desviar el padecimiento corporal, mi ejecutor toca con sus puños un ritmo monótono sobre los laterales que tanto esfuerzo me demandó obtener. Es una lucha desigual, hace rato que no meto ninguna mano, ni siquiera estoy seguro de tenerlas adheridas aún a los brazos. Sí, allí están: las está pisando, ¡qué dolor! Eso que crujió no creo que tenga reparación.
Hago números (mi tío Adrián es médico traumatodontorrinolarongólogo, estoy familiarizado con los costos de estos incidentes) y cuando termino la cuenta, bajo una erupción vesúbica de agresiones, decido que no vale la pena arreglar los daños; como el auto que sobrevive al accidente fatal, es mejor comprar nuevo. Y si mi alma recibe una indemnización justa, como estimo merece la violencia a que estoy siendo sometido, no va a tener dificultades para adquirir un cuerpo más resistente que el actual. Además, el alma de mi rico tío Adrián puede otorgarle un préstamo en caso necesario, a saldar en una vida siguiente. Sí, es probable que la mejor opción sea apagarme.
Pero, habiendo dispuesto la sucesión de mis bienes más preciados, me encuentro más animado e incluso consigo pararme. Él está desconcertado, duda, me pega un poco pero ya no es tan efectivo como antes; yo, por mi parte, conecto algunas tímidas caricias y poco a poco recupero la forma, hasta encajarle un sopapo que lo arroja contra los tanques de combustible. La afición se entusiasma, vitorea, me aclama, y yo sigo pegando como si no hubiera estado al borde de la muerte. Lo acorralo, pego más que Poxi-Pol-Pot, todo cambió en un segundo, la victoria es mía, su alma debe estar llamando a Pronto para pedir un préstamo, yo arremeto y devuelvo el castigo que recibí, pateo, escupo, salto, machaco, suministro dolor, miministro calamidad, no reculo ni para tomar impulso, someto, maltrato, humillo, torturo impunemente como milico en dictadura (y democracia) aprieto adelante, abajo, adelante + B y Ryu cae por fin derrotado.

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