Sordidez y sentimiento

Estaba sobre ella con mi boca a escasos centímetros de la suya, sintiendo la respiración entrecortada que dejaba escapar a intervalos cada vez más cortos, las gotas de sudor se apoderaban de su rostro como oleadas de agua, recorriéndolo con lentitud hacia las cavidades en las que se depositaban indiferentes; yo tenía la mirada fija en sus ojos cerrados que se convulsionaban al ritmo de nuestro movimiento; su  pelo caía con la torpeza natural de un arbusto salvaje, cubriendo zonas sin ninguna regularidad hasta extenderse sobre la cama. Sus manos se adherían a mi espalda con fuerza y dibujaban en ella figuras que se desintegrarían sin dejar huella. Como nosotros, como ese acto de sabor prohibido del que nada quedaría una vez concluido, hasta que se iniciara una vez más.
De pronto, un ruido procedente del exterior interrumpió nuestra estadía fuera del tiempo, devolviéndonos de un salto a la superficie. Alguien se aproximaba. El sonido de una puerta violada por la llave, la negociación llevada a cabo dentro de la cerradura, el permiso otorgado y los pasos firmes que emprendieron la ascensión arremetiendo la escalera con una seguridad condenatoria. Ella me apartó con el brazo, empezó a vestirse con la misma urgencia con que antes se había entregado a mis caricias y comenzó a recoger al mismo tiempo mis prendas, borrando en un instante lo que habíamos construido pacientemente hasta ese momento. Tiró mis cosas dentro de un armario desordenado mientras me suplicaba que me escondiera cuanto antes, acosados por los pasos cada vez más cercanos que no reparaban en el efecto que producían dentro de la habitación. Otra vez ruidos metálicos venciendo los obstáculos que le impedían avanzar, otra puerta abierta, la última, y una voz apenas audible gritando palabras que se podían adivinar sin necesidad de comprenderlas. Ella me empujó hacia el armario y yo resignado me interné en él, aceptando que todo estaba terminado y que era hora de volver a la clandestinidad, a la clandestinidad solitaria y peligrosa de un mueble oscuro y húmedo como oscura y húmeda era la libertad fuera de él.
La voz ronca irrumpió en el cuarto. La luz estaba apagada, ella había salido justo a tiempo y él, después de mirar desatento por todos los rincones, también se alejó. Oí cómo gritaba nombres y lugares; oí también la voz de ella calmándolo y asegurándole que todo era culpa de sus malditos celos, siempre sus malditos celos que no les permitían tener una relación normal. Luego se oyó el ruido del vidrio chocando contra sí mismo; alguien había sacado vasos de algún estante, y ahora dejaba caer hielo en ellos. Pude descifrar que habían arrastrado sillas hasta la cocina (debía ser la cocina ya que era la habitación más lejana) y ahora el tono de las voces sonaba más bajo. Yo tenía que salir de allí cuanto antes, mientras ella conversaba tranquilamente con él y le explicaba quién sabe qué confusos motivos, la falta de confianza que la ahogaba y la vigilancia constante que cada vez la tenía más cansada. Qué comediante, qué artista, pensaba yo dejando escapar una risa imprudentemente sonora dentro de mi prisión sin rejas.
Empecé a vestirme ayudado por la escasa luz que llegaba desde lugar donde se encontraban ellos; debía tener la precaución de no ponerme los zapatos pero sí las medias para amortiguar el ruido de los pies descalzos sobre el parqué; con suerte el pelotudo habría dejado las llaves en la puerta y yo saldría sin que nadie sospechara nada. Bah, sospechar lo sospechaba, en todo caso no le ofrecería la prueba que buscaba. Con todo el apuro de que era capaz me puse el boxer, los pantalones, la camisa, las medias (recordé el detalle) tratando de adivinar dónde estaban y de asegurarme que ella lo mantendría alejado del cuarto. Me estaba escabullendo nerviosamente cuando oí la voz del hombre que volvía a gritar, ahora más feroz y convencido que nunca, mientras ella mezclaba palabras incoherentes en su discurso, que no se interrumpía por esto. Volví a meterme en el armario, intentando con todos mis sentidos comprender lo que sucedía afuera, a pesar de que no había nada que comprender, sólo debía procurar mantenerme quieto y callado en mi sitio.
Los gritos surgían cada vez más cerca del cuarto; me pareció que forcejeaban también, aunque desde mi lugar era difícil asegurar qué ocurría con exactitud.
– ¡Dónde está, decime dónde está, atorranta!
– No hay nadie, ya te dije…
– ¡No me mientas que vas a cobrar vos también!- decía la voz del hombre.
Era evidente que peleaban en la puerta de mi escondite, y que si ella no conseguía atenuar su ira, yo estaba perdido. Opté por permanecer inmóvil, observando el desarrollo de los acontecimientos en espera de que ella impidiera que alcanzara la puerta que me protegía.
Ella lloraba, supongo que más bien como herramienta que con sinceridad, pero él seguía adelante sin que esto le importara. Ella se aferraba a él y lo seguía manteniéndose apenas en pie, suplicando que le creyera, algo que ni siquiera yo podía hacer ahora. Creo que sentí pena por el desgraciado también, pero más pena sentí por mí puesto que era yo quien iba a ser molido a palos. Revisó minuciosamente la casa, cada rincón, con ella a remolque, amenazándola en todo momento con castigos infinitos (como los que se disponía a descargar sobre mí) si se negaba a confesar. Ella mantenía la farsa con dificultad pero con el aplomo que sólo las mujeres habituadas al engaño pueden desplegar. No resultó; llegaron al dormitorio.
El tipo pateaba con violencia todo lo que se interponía a su paso, y yo estaba a punto de llorar al saberme indefenso frente a semejante monstruo. Se deshizo de la ropa de cama, dio vuelta el colchón y por fin se dirigió hacia donde yo me ocultaba. Me arrinconé cuanto pude, cubriéndome la cara con las manos, tratando de confundirme con los trajes y camisas colgados en las perchas que me rodeaban.
Ella gritó: “¡No!” y, de un golpe, el amante de mi esposa abrió por fin la puerta del armario.

Anuncios

2 pensamientos en “Sordidez y sentimiento

  1. ¡Buena, Oscar! ¿Este es de los cuentos que tenías programado escribir o es nuevo? No se parece a los anteriores. Me gustó porque no tiene nombres referidos a personajes o personas yankees o que hacen referencias a cosas que no son propias del cuento y a veces me distraen. Me encantó porque está re bien escrito. Saboreaba las palabras y devoraba las frases mientras lo leía. ¿Te das cuenta que elogio este relato criticando al resto? Me re gustó el final además, es super efectivo. Me imaginaba la escena en mi mente. Está buenísimo.

    Es un placer volver a leerte.

  2. Gracias. Esto es así: los hay que son como el pop que acompaña la película, y los que son como un almuerzo liviano que te satisface por un poco más de tiempo. Menú completo no ofrecemos; no está bien escrito, por ahí sí formalmente, pero el estilo es artificial, falso, ganador de concurso literario barato.. jeje..
    La historia debe ser real. Hasta puedo ver al protagonista y todo.. ja!
    Aprecio tus cmentarios y, como verás, te gano de mano con las críticas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s