Rituales

Sentado en medio de la ronda de hombres rudos, de rostros curtidos dibujados por el paso de los años, el niño mira inquieto a unos ojos que no le devuelven la mirada, perdidos dentro de sus propias divagaciones, indiferentes al ritual que cumplen sin necesidad de reparar en los procedimientos, para ellos redundantes. En cambio, el niño sigue con detenimiento cada acción, entre el asombro y el miedo, también cuando llega el turno de su padre, sobre todo cuando llega el turno de su padre, que lo trajo aquí esta noche para que se “haga hombre”. No está seguro de querer serlo, no si implica la brutalidad y la inmundicia que sospecha en los espasmos de los rostros contraídos, en el sudor que recorre las arrugas como ríos anegados, en la suciedad de la bajeza compartida, en la sórdida comunidad de la que está obligado a participar. En su cabeza se agolpan las preguntas sin respuesta: ¿Qué clase de padre impone una conducta tan irracional? ¿Acaso no merece una explicación, al menos? ¿Está su madre de acuerdo? ¿Y a partir de ahora deberá repetir lo que haga esta noche para mantener su condición de hombre? Los otros hombres han de saberlo, ya que todos lo hacen con la naturalidad aprendida que procuran transmitirle. No sabe cómo cuestionar la decisión ajena, puesto que todos han pasado por este momento antes de confluir allí esta noche; se siente abrumado por la carga, incapaz de enfrentar la estatura gigantesca que alcanza la unanimidad que lo rodea. Es un ambiente que no admite miedos, la seguridad hecha carne, el cese de la palabra y el comienzo del acto; es una verdad inexpresada en su contacto primitivo con lo esencial, y entonces sus temores parecen provenir desde fuera, de otra parte, y por esa razón pertenecen a ese lugar. Pero ¿cómo evitar que el calor lo ciegue, que la humedad que presiente en el aire le corte la respiración? ¿Cómo conservar la calma que sus pares demandan, cuando no logra disipar la bruma que su mente proyecta sobre el hecho que está por suceder? ¿Puede, sin negarse a sí mismo, comportarse del mismo modo que los hombres cuya vida ha transcurrido realizando esta tarea para la que él es inocente? Trata de bajar la mirada como el resto, no sentir el peso de sus exigencias, retener los pensamientos antes de que se transformen en agitación visible, pero apenas lo consigue, nuevas inquietudes se abren paso hacia sus miembros y debe reemprender la batalla para contenerlas. No está seguro de su éxito, sólo puede contar con la apatía de los otros para que no adviertan su turbación. Sin embargo, también puede imaginarse, y esto le resulta más probable, que todos saben lo que siente en este instante, por lo que nada de lo que haga es capaz de ocultar sus sentimientos más íntimos. Puede sonar a paradoja, pero está convencido de que esos sentimientos más íntimos son propiedad común esta noche; todos los conocen, todos los comparten aunque no recuerden cómo se siente la primera vez, una marca demasiado lejana en el camino de su experiencia. La ronda avanza y hay pequeños gestos conciliadores a los que se aferra como salvadores, los atrae hacia sí, juega con ellos para sentirse cómplice y luego los deja ir para concentrarse en sus penas. Porque ya es una pena lo que tiene en su pecho en lugar del corazón, que palpita a un ritmo diferente, que bombea dolores a todo el cuerpo, dándole órdenes confusas que lo paralizan como a un soldado enviado a una misión suicida. Y vuelve a meditar sobre las sensaciones que se aproximan, sigilosas, inexorables, cromáticas. Cromáticas, sí, y también sonoras, y táctiles, calientes; un conjunto cerrado que no admite análisis, que disputan con su existencia el sitio del recelo. A su lado, su padre se recuesta satisfecho y él comprende que llegó su turno; es hora de cancelar las prevenciones y obrar con decisión. Entonces uno de los hombres vuelca su cuerpo sobre ella y, vaciando la caldera, entrega al niño su primer y más amargo mate.

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5 pensamientos en “Rituales

  1. Gracias.
    El niño oriental es un zoquete adoctrinado en el culto oliveratómico al balón (“el balón es tu amigo”), al carnaval, al clown desnudista, y por supuesto al mate y a Artigas (recordemos que hasta el portland y la caña se llaman de esta forma).
    Quizá logre renunciar a ellos más tarde, pero el daño es irreparable.
    Este aparato no está diseñado para ser leído sino para mi satisfacción personal, o autosatisfacción, de modo que no te sientas obligado a justificarte.

    P.D: Paul McCartney no come carne, y sin embargo es un pancho, qué paradoja. Además come vegetales “orgánicos”, mientras tú y yo debemos conformarnos con los tomates con Gamexane y DDT. Que se vaya a la puta que lo parió, que se vaya (?)

  2. ¡Está re bueno! Me re enganchó desde el principio, porque quería saber cual era el ritual. Empecé a viajar recordando un documental sobre una iniciación de una tribu en África que era re dolorosa y como se contaba tal cual lo escribís vos, en la que los adultos saben lo que es, aunque no lo recuerdan exactamente. Tremendo final. Así es como me gustan los cuentos.

    Me estoy poniendo al día de a poco. Voy de adelante para atrás, como el cangrejo, que en realidad camina de costado me parece.

    Otros besos.

  3. No lo recuerdan porque se endrogan, como todos los adultos. ¿No habíamos hablado de asquerosidades tribales, documentales y Holocausto Caníbal antes?
    El otro día una serpiente se estaba comiendo una rana en mi propia casa; salvaje, salado. Tengo fotos. ¿Querés que use una de esas en tu cuento? ‘ta, decidido.
    El cangrejo en realidad no camina, sólo se desplaza todo lo que lo rodea, produciendo un efecto narcotizante en los testigos (de Geo-Vac)
    Besos.

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