Alguien piense en los niños

El pequeño Tommy se levantó al sonar el despertador como todas las mañanas. No necesitaba que lo llamaran desde que había empezado la escuela tres años atrás; es más, él se encargaba de despertar a sus padres para que fueran a trabajar. Escuchó a su madre en la cocina preparando el desayuno; sólo tenía que sacar de la cama al padre, por lo que se apuró a ponerse las pantuflas y correr al cuarto contiguo antes de que aquél lo sorprendiera con uno de sus típicos “ataques matutinos”, tapándolo con la frazada después de tirarse un pedo bajo las mantas.

Entró al cuarto corriendo y vio el bulto sobre la cama: perfecto, el padre aún dormía. La habitación estaba oscura, apenas iluminada por unos escasos rayos de sol que más bien parecían esconderse en las sombras. Se tiró sobre él sin pensarlo dos veces, como tantas otras mañanas. El padre estalló. Se desintegró bajo las sábanas. Se hizo polvo.

Tommy, alarmado, bajó la escalera corriendo, incapaz de hablar o gritar, en busca de su madre. Ella lo vio llegar mientras arreglaba la mesa para servir el desayuno, suponiendo que el niño ya había despertado a su esposo y que éste bajaría a continuación. Tommy, sin detener su carrera, trató de aferrarse a la pollera de la mujer, pero cuando hizo contacto con ella, su madre también explotó. Tommy lloró desesperado; sus dos padres acababan de evaporarse frente a él sin explicación y no sabía qué hacer, y en esas circunstancias, razonó con su inteligencia infantil, lo mejor era seguir adelante, ya que la vida no se termina y no hay tragedia que no se arregle con un alfajor y un paseo al parque de diversiones.

Tomó el desayuno, que su madre había tenido la prudencia de dejar listo antes de estallar, se puso la túnica y salió rumbo a la escuela. Además, no podía esperar a contarle a sus amigos lo que acababa de suceder; sin duda, eso haría a Tommy más popular que sus perfectamente normales y biparentales compañeros, una manga de chupapijas inmaduros que no podrían siquiera atarse los cordones si sus padres se desintegraran repentinamente.

Llegó a la parada y se dispuso a esperar el transporte escolar; debido al contratiempo, no tendría que esperar demasiado. No había nadie más que Tommy en la intersección de las calles Norris y Seagal, y era mejor así, ya que no quería verse en la incómoda situación de tener que explicar por qué nadie lo acompañaba ese día, como de costumbre.

El ataúd amarillo con ruedas surgió a lo lejos de la calle, como si brotara de la fosa donde descansa por la noche antes de salir a cumplir su innoble tarea. Tommy le hizo una seña para que se detuviera y subió, sonriente, para encontrarse con sus amigos. Saludó al conductor, un muchacho de gruesas gafas y abundante acné llamado Arnie, simpático hasta ahí nomás, puesto que a veces discutía con el tipo de la tienda de revistas y el malhumor le duraba semanas. Tommy dijo: “¿Qué tal va todo hoy, Arnie? ¿El señor Bronson te trajo tu número de Cretin Man?”, y le dio un golpe en el brazo. Arnie se esfumó. El ómnibus perdió el control y, de no ser porque iba a muy baja velocidad después de la parada, podría haber ocurrido un accidente terrible. No pasó de un brusco choque con el edificio de la escuela, sin consecuencias.

Las maestras salieron a ver qué ocurría. Todos los niños estaban bien aunque algo aturdidos, más por la extraña desaparición del conductor que por la gentil colisión. Sabrina corrió a abrazar a su maestra para alejarse del perverso Tommy, pero no consiguió hacerlo puesto que la señorita, por supuesto, explotó como un globo, tan sólo con tocarla. Los niños se miraron incrédulos pero sin entrar en pánico, y poco a poco, tímidamente al principio, más sueltos después, fueron contando sus experiencias de aquel día; eran pocos los que no habían hecho reventar a algún adulto con sus inocentes manitos, y los pocos que habían escapado a dicha suerte era porque tampoco habían tocado un mayor.

Ignorantes de las consecuencias a largo plazo de tan curioso fenómeno, aprovecharon a deshacerse cuanto antes de los molestos viejos que acaparaban el mundo para sí, prohibiéndoles toda diversión a menos que estuviera supervisada y autorizada por ellos. Reinó una anarquía súbita, demencial, incontrolable; no había tiempo que perder, los adultos tarde o temprano comprenderían la situación y tratarían de remediarla o, en el mejor de los casos, refugiarse y prepararse para el enfrentamiento decisivo. Los niños, con una ventaja circunstancial tan abrumadora, no podían permitir que los tiranos se reagruparan y utilizaran sus recursos superiores para retomar el control. Antes que estos lograran siquiera sospechar lo que sucedía, los niños, con su ingenuidad y ternura, los habían eliminado casi por completo. No necesitaron más que ir por las casas golpeando puertas y repartiendo abrazos para consolidar su dominio.

Una vez asegurada la supresión de los mayores, los niños se entregaron a un frenesí de consumo irracional: golosinas, hamburguesas, juguetes, cosas brillantes, porquerías de colores, conductas desbordadas, fiestas permanentes. Ninguno pensó en la limitación de los recursos, que siempre habían conocido en las tiendas, sin saber de dónde provenían ni de qué forma se producían. Todo parecía inagotable ahora que se lo podía tomar con libertad, y así fue mientras el suministro se mantuvo abundante y los alimentos no se vencieron. Pero, tras varias semanas de este desenfreno incontenible, que las autoridades de los estados vecinos no se atrevieron a interrumpir, ocurrió lo previsible (para un adulto, claro): el abastecimiento empezó a agotarse. De rponto, a los niños ya no les parecían tan divertidos los excesos a que se habían acostumbrado; al pánico siguió la apatía; algunos comenzaron a presentir que necesitaban un líder, alguien maduro capaz de hacer frente a la preocupante situación.

Desorganizados, vagaron sin rumbo varios días, recogiendo las últimas provisiones que encontraban a su paso y consumiéndolas inmediatamente sin ningún plan. Tommy fue el primero en comprender que no podían seguir así, que habían ido demasiado lejos en su exagerada celebración. Reunió a todos los niños y pasó a explicarles, en tono pausado y muy razonable, que era imprescindible poner algún orden a todo aquello si querían sobrevivir. Mientras daba su sensato y bien estudiado discurso, Billy, aburrido, lanzó una bola de barro hacia el estrado, que dio de lleno en la cara de Tommy. Tommy estalló.

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8 pensamientos en “Alguien piense en los niños

  1. Pobre Tommy… Ahí no había lugar para los adultos. Me hiciste recordar un cuento de Pirandello: “El soplo”. Un grande el Luigi.

    ¿Entendí mal o me vas a regalar un libro de Slinger? 😛 Jajaja.

    Besos.

  2. Nunca, jamás, en mi puta vida, tuve contacto con nada de Pirandello. Soy una desgracia.
    Ya te respondí, pero por las dudas: no, no entendiste mal… ¡no entendiste nada! jaja.. como dijo el nazi de la sopa: “no hay sopa para ti” Pa-tty.

  3. ¡Andá a leer “Seis personajes en busca de un autor”! YA. El cuento ese que te nombré es cortito y está bueno. Es muy parecido a lo que hiciste, pero escrito de otra forma. Por eso nadie me entiende cuando hago un chiste referido a un gesto que aparece en ese cuento… Ok. Es un regalo sorpresa, eh… Je, je. Mejor de lo que esperaba. 😛 Jajaja.

    • Vamos, lo recuerdo vagamente del liceo, nada más. No puedo leer teatro, lo siento. Disfruto presenciarlo, sin embargo. No encontré el cuento. ¿Lo tenés? Pasamelo.
      Nadie entiende cuando uno hace chistes de nerd, es sabido. Por eso son los mejores.

  4. No di Pirandello en el liceo. Di cada truchada… dejá, mejor ni me acuerdo. mi profe de 3º encaraba, eso si. Silvia S., si estás por acá, te banco locaaaa!!!

    Eso y alguna otra cosa es lo único de teatro que leí. No lo sientas, “a mi me pasa, lo mismo que a usted”, diría una canción. El cuento no lo encontré 😦 Compré un libro en la feria de tristán narvaja con cuatro cuentos de Luigi por 20 pei. Después decime pichi.

  5. Hmm.. yo tuve una Sully Silva. Encaraba. No debe ser la misma persona. Aparte los profesores del liceo 24 eran tan anormales como los estudiantes.

    Bueno, vos no lo sientas como “es la primera vez que me pasa, te juro”.. jaja.. yo no leo teatro. Punto. ¡¿Por qué nunca veo esos libros!? Yo compro los lindos, los de colores, no me importa mucho de quién sean. Me vas a tener que enseñar a comprar libros. Tendría más libroteca por menos dinero.

  6. Mi biblioteca tiene muchos libros usados, es algo que me dejó la biblioteca pública: el amor por los libros viejos. Cuantos más raros, mejor. Ojo, mis libros son bonitos y no están destrozados. El otro día me dejaste pensando. ¿Sabés por qué soy pichi? Porque yo me compro libros desde que soy niña (ponele desde los ocho años), entonces tenía que hacer rendir la plata, ¿entendés? Tampoco me compré muuuchos libros, pero si, con la poca plata que me daban, intentaba no gastarla toda.

    Lo mio nunca fue la música, viste.

  7. Yo de chico iba a la biblioteca de Santiago Vázquez. Después a la de la calle Misiones que cerraron (¿porque me robaba los libros?)
    Me parece además que vos sos de los compradores aleatorios y esos encuentran más ofertas; yo casi siempre voy buscando algo, aunque termine comprando otra cosa.
    Pero la explicación de tu pichaje es válida. Tristán Narvaja siempre va a ser el mejor lugar para comprar libros.
    Niña que compra libros. Encara.
    Beso!

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