Papá Sergei

No era fácil organizar el festejo navideño en aquellas condiciones, a pesar de la liberalización ocurrida en los últimos años, que no había llegado al extremo de permitir la conmemoración de fechas religiosas en ninguna circunstancia. Para mí iba a ser la primera reunión clandestina de 25 de diciembre; Boris, Iván y Andrei ya tenían experiencia, aunque esto no resultara mayor respaldo que mi sigilo y prudencia extremos, sobre todo en la selección de los invitados.
Al lado de nuestro apartamento, ubicado en la avenida Nevski número 14, se encontraba una fábrica de tornos industriales abandonada durante el período de las reformas económicas, que concedió cierta independencia a los administradores y basó el pago de las primas en la productividad en detrimento de los volúmenes físicos; para aquella planta productora de pesadas maquinarias soviéticas, esto supuso la ruina. Sus inmensas instalaciones quedaron así libradas a la voluntad del polvo y la degradación; sin embargo, los magníficos salones, cocina y otras comodidades resultaban perfectos para nuestro propósito de celebrar una Navidad tradicional.
Mis padres, naturalmente, se escandalizaron con la idea, ya que años de privaciones espirituales los habían convertido en una suerte de católicos nominales, cuya integridad religiosa era apenas un vestigio privado, como esos engranajes adicionales que se colocaban a los tornos para agregarles peso y que no cumplían ninguna función. Esos eran otros tiempos, tanto para la teología como para la fabricación de bienes de producción, y mis padres eran resabios de ellos. Pronto los convencí, sin embargo, gracias al empeño que desplegué en la tarea y sobre todo, a la esperanza de una provisión interminable de alcohol.
Iván y Boris consiguieron algunos elementos de decoración, inusualmente pesados, en su empresa; allí aún se practicaba el antiguo método de retribución, de manera que todo se construía de acuerdo al patrón del mayor volumen. No era una perspectiva muy estimulante la idea de cargar un árbol artificial de dos toneladas por una de las avenidas principales de Leningrado, en pleno día (tenían que sacarlo en horas de trabajo puesto que la presencia de guardias nocturnos, ellos mismos con peso adicional, hacía imposible cualquier otra solución) pero de todos modos nos las ingeniamos: Andrei se desempeñaba como mecánico en un astillero y amañó una avería que requería el reemplazo de una hélice, y nuestro árbol funcionaba perfectamente como eje de la misma; de hecho, se suministraba indistintamente como abeto ornamental para occidente o eje para barcos de elevado tonelaje.
Una vez instalado, pintamos y colgamos de sus ramas tuercas, tornillos, chavetas, pistones, etc., materiales que se producían en exceso y cuya ausencia no era advertida por los laxos funcionarios que confeccionaban los inventarios. El alcohol lo obtuvimos de forma legal: no hacía falta más que presentar nuestras tarjetas de racionamiento para conseguir el equivalente a nuestros sueldos en bebidas narcotizantes, si bien el resto del mes deparaba penalidades alimenticias diversas. Siempre podíamos contar con algún turista que cambiaba un trozo de pan y unos gramos de manteca por nuestras abundantes máquinas-herramienta.
De cuánta habilidad y suerte debimos valernos, sólo Dios, origen de ambas, lo sabe, lo cierto es que logramos reunir cuanto necesitábamos para dar la bienvenida tardía al hijo de nuestro benefactor. Los regalos serían para nosotros y la devoción para el supremo; un arreglo conveniente para todas las partes.
Mis amigos tenían una lista bastante estrecha de participantes, que apenas variaba de año en año y se basaba en la confianza, en cambio yo, por ser mi primera vez, tenía dudas tan grandes como los motores de nuestros tractores en este terreno. Como dije antes, solucioné esta delicada cuestión con particular sensatez: únicamente invité a mis padres y a Sergei, mi mejor amigo de la universidad y técnico experto en el desarrollo de engranes cada vez más pesados. Cada uno se encargaría de traer a sus invitados, seleccionando la ruta más conveniente en función de la distancia a la fábrica y los obstáculos oficiales a sortear; a mis padres los hice pasar por el túnel cavado a tales efectos debajo de nuestra pieza, que compartíamos con otros 36 camaradas (debí tapiarlo luego de concluida la operación, para que no se colaran a nuestra fiesta) y más tarde fui por Sergei, que vivía en un koljós en las afueras de la ciudad.
Sergei me esperaba con una enorme caja en sus manos.
– Oh, gracias Sergei, no te hubieras molestado- dije practicando un desinterés que no era real.
– No es para tí, inmundo egoísta, es para todos los muchachos- respondió.
Pensé dejarlo en su helado koljós para que apreciara nuestra amabilidad desmedida, el riesgo que corría al invitarlo, pero aún conservaba la ilusión de alzarme con una parte del obsequio, y me resigné solamente a echarle en cara su descortesía hacia el anfitrión. Tuvimos una pelea muy dura, pero al fin el espíritu navideño hizo carne en nosotros y entramos en razones: los demás también llevarían regalos, no podíamos quedarnos en una mezquina disputa que nos privaba de goces mayores, y partimos.
Todo fue alegría desde el momento que traspasamos la puerta lateral semioculta. El baile ya había empezado, las muchachas lucían espléndidas (también los muchachos, a juicio de Sergei) el colorido era fantástico, el alcohol de primera, los camaradas todos unos malditos fiesteros que daban rienda suelta a sentimientos que permanecían burocratizados, compartimentados, clasificados y archivados el resto del año; una auténtica noche de paz (excepto por el incidente del regalo, ya olvidado) y amor en las desoladas tierras del materialismo dialéctico.
Sergei se convirtió en el centro de la velada, atrayendo a la concurrencia con su humor de muzik, sus maneras de bedniak y sus bromas acerca de la Duma semiliberal de 1917.
Por fin, el reloj dio las 12 y llegó la hora de abrir los regalos. Todos dejamos de bailar de inmediato; la atención se centró en la base del árbol. Encendimos las luces; uno a uno fuimos abriendo los paquetes que contenían válvulas monstruosas, bancadas inverosímiles, bombas de gas oil desmesuradas. Para el final, en un rincón de la pieza, quedaba la caja de Sergei. Mi amigo se excusó y se retiró al aseo. Boris rompió con urgencia demoníaca la caja, que prometía un presente distinto del desfile homogéneo de hierro y acero.
El aparato, repleto de luces, desprendió una antena que trepó hasta casi tocar el techo; luego empezó a emitir una serie de sonidos enigmáticos; poco después, los agentes de la KGB irrumpieron derribando las puertas de la decrépita fábrica.

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6 pensamientos en “Papá Sergei

  1. ¡Hola! Esta entrada todavía no la leí, y me falta comentar las anteriores que vi que respondiste. Sólo paso para desearte un feliz año nuevo, ahora que aún tengo tiempo. Es que.. en el 2012 nos morimos todos, así que aprovecho mientras puedo.

    Te mando un beso enorme. Gracias por todo lo que he aprendido desde que te leo.

    Besos.

  2. Muchas gracias, siempre llego tarde para saludarte y acá no tengo la excusa de que no sabía la fecha.. jaja.. feliz año para vos también.
    Si morimos todos juntos no pasa nada, es como en aquel tema de Vandals, no hay a quién extrañar. Aparte la muerte tiene demasiada publicidad para lo poco que se la conoce, al menos no sé de nadie que pueda hablar de ella directamente. En fin..
    Si en algún momento del 2011 discutimos, aprovecho para decirte que es un placer pelearse con alguien que dice que Asimov es dios y no un jugador de fútbol; eso no se ve muy seguido.
    Otro besote para vos. Nos seguimos leyendo hasta que se vaya algo al carajo, el mundo o el blog, lo que venga primero.
    Felicidades!

  3. Perdón, pero no entendí el final del cuento. Este año cursé una materia en la que nombraban las chavetas. Antes no sabía que eran. La materia esa no me va a servir para más nada.

    No es que tenga publicidad la muerte. Nacemos condenados a morir, es inevitable hablar al respecto.

    Asimov me gustaba tanto… Así como muchos cambian sus gustos musicales según su estado anímico, las vivencias que han tenido y demás, a mi me pasa con los libros.

    También te pido disculpas por estos comentarios de 1º de enero. Mis comienzos de año nunca son felices.

  4. Oh, vamos… oh, vamas… Obama.. jaja.. ¿cómo que no lo entendiste? Sergei es agente de la KGB, el regalo es un equipo de comunicaciones que emite una señal y atrae a la policía. Habla de la sordidez humana, de la alienación pos-industrial, de la mezquindad de las máquinas, del fetichismo mercantil y de la pésima calidad de las chavetas rusas (¿te mencionaron eso en la materia?). O no: Sergei es un simple hijo de puta (entonces quizá hable de la relatividad axiológica) Es sabido que no soy Joyce, soy yo, y hago lo que puedo.. jaja..

    La muerte es una farsa. He visto gente morir, pero también he visto, y veo en este momento, mucha gente viva. No creo en la inducción, así que quién te dice.. jaja..

    ¿Eso quiere decir que el 2 de enero sí podría serlo? Te voy a contar un secreto: en el 2012 quiero que muera el punk y aflore lo que siempre quise ser: Dani Umpi.
    ¡Ánimo que vos también podés!

  5. A veces no entiendo, Oscarcito adorado. Yo he visto gente muriendo, gente muerta y gente que ni siquiera sabe que está muerta en vida.

    Los reyes me trajeron/trajieron (es la primera, ¿no?) buena onda y una mejor capacidad para contar el paso de los días. A mi Dani Umpi me gusta. No se jode con esas cosas.

    Besos para vos y lluvia de corazones.

  6. ¿Y gente en estado de semivida, como Glen Runciter? (buscalo.. jaja)
    Oscarcito es como Pulgarcito gay, lo que vendría muy bien para mi nuevo perfil de Dani Umpi. Oscarcito Wild: suena bien.

    No, es la segunda; siempre, cuando tengas dudas, acordate que la academia opta por la proliferación de letras. Es más culto cuanto más letras tenga, ejemplo: sicólogo/psicólogo/ pppppsssssssssicólogo; conciencia/ consciencia/ conscienscia, etc. ¿Ves qué fácil?

    Es mejor que te traigan ropas y libros, de lo otro te encargás vos.

    A mí también me gusta, por eso me llaman puto.

    Que llueva algo, lo que sea, con tal que se vaya la calor.

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