No huele a espíritu adolescente

Nota: La historia que voy a referir a continuación me fue transmitida por mi buen amigo H.D., cuya honestidad y criterio me eximen de presentar otros testimonios, en especial porque H.D. es un falopero demente completamente inmaduro y alcohólico. Si, como asegura el dicho, cada una de estas virtudes por separado es condición suficiente de veracidad, su afortunada reunión sólo puede producir el máximo de franqueza.
Debo agregar, además, que el relato me fue narrado en circunstancias más que favorables, encontrándose mi estimado H.D. bajo los efectos de todos estos estímulos al mismo tiempo, amén de una tormenta de los mil demonios y una casa desvencijada propensa a la actividad paranormal, por lo que las dudas que puedan suscitarse en el lector son sólo producto de un escepticismo enfermo o de una abstinencia igual de ridícula de las sustancias mencionadas. Gracias.

***

El conde B. nos invitó a una cena en su castillo de R., para la que se procuró especialmente la asistencia de su enemigo local, el marqués de P. Los asuntos que los distanciaban eran de sobra conocidos por todos los lugareños, y quienes estuvimos presentes aquella noche suponíamos que el conde pretendía dar fin a esta situación ofreciendo su hospitalidad al marqués. Este solo gesto era suficiente para saldar la disputa, creíamos nosotros, ya que la marquesa hacía tiempo que también había mancillado el honor de P.
Si en su momento esto no condujo a dirimir las diferencias como caballeros, ya no parecía haber motivo para sostener una inquina superada por los hechos, y los dos hombres eran tenidos por personas razonables capaces de comprender este nuevo escenario.
Quizá para sorpresa del conde, el marqués de P. aceptó la invitación sin poner reparos, enviando con el mensajero una cordial respuesta a la misiva de B. Tras esta noble confirmación, los demás hicimos lo propio dichosos de participar de tan alta gala.
La noche de la velada llegué junto al Doctor S. a la hora convenida, y para nuestro regocijo el marqués se nos había adelantado en varios minutos. Se encontraba sentado frente a la chimenea compartiendo una copa con el anfitrión, y los recién llegados nos apresuramos a servirnos un licor para poder sumarnos rápidamente a tan agradable acontecimiento. Su conversación era animada, de modo que el doctor y yo apenas participamos de la alegre charla, optando por ingerir cuanta bebida estuviera a nuestro alcance mientras nos fuera posible hacerlo. Quien toma ventaja se reserva al menos un deleite, y, si todo transcurre según lo previsto, habrá ganado doblemente, decía mi sabio padre.
Se tocaron temas tan diversos como la filosofía, las bellas letras, las artes y la política, evitando únicamente mencionar las pasadas discrepancias, que no parecían siquiera haber concurrido esa noche. Nuestra impresión inicial acerca del tacto de estos dos hombres generosos quedaba así confirmada, y el doctor y yo dejamos que nuestro parloteo, liberado por el buen cuidado de los elixires previos, se desplegara por la sala con atrevimiento, como una criatura sin educación.
La noche avanzó sin contratiempos sobre los carriles de esta cordialidad, al punto que todos estábamos un poco ebrios antes de servirse la comida , debo confesarlo, lo que nos predispuso de la mejor manera para disfrutar de los exquisitos platos que se habían preparado. El conde sirvió un cognac fabuloso que alimentó nuestros espíritus antes de que nuestros estómagos recibieran el mismo tratamiento, pero por desgracia no me sentó del todo bien. De pronto comencé a sufrir una suerte de alucinaciones violentas, acompañadas de imágenes atroces de hechos ruines del pasado; me disculpé y me dirigí raudo al aseo, donde me desgracié sin pudor alguno. Repuesto, regresé a la mesa como si nada hubiera sucedido.
No podía privarme de los manjares que se hallaban frente a mí, tal como lo hacían los demás comensales, y debí hacerlo con mayor resolución puesto que ellos se habían agendado algunas de las mejores piezas. Esto me indispuso casi tanto como el malestar intestinal del que fuera presa minutos antes, pero luché con éxito y conseguí dominarme. Por el momento. Uno de los platos consistía en pato salvaje salvajemente regado de espinillar ANCAP; mi voluntad se quebró al probarlo, delicia del demonio, tentación de Satán, flor del mal; flor de eructo solté, para asombro de mis camaradas. No fue lo único ni acaso lo más grosero que saldría de mi boca: de inmediato, como surgido de este pozo etílico que era mi gañote, o más bien como arrancado por ese orfebre supremo que es el alcohol, comencé a recordarles al conde y al marqués las ofensas que se habían infligido y la cobardía que mostraron al no resolverlas como corresponde. Su gallardía les permitió atribuir este lamentable incidente al consumo inmoderado de bebidas y otras cosas, pero por desgracia no impidió que fuera socavada por las palabras que continuaban emanando de mi séptico hueco facial.
Pero la calamidad, desgraciadamente, no terminó allí. El marqués, que también sufría las consecuencias de un apetito inmoderado, se dobló sobre la mesa sujetando su estómago, al tiempo que despedía gases feroces por todos los orificios de su cuerpo. El conde reía eufórico ante el espectáculo que ofrecía su detractor, humillado e indefenso, consumido por su desmesura. Este, incapaz de cualquier reacción física, maldijo al conde y lo conde(nó) a padecer sus flatulencias hasta el día de su muerte, con las siguientes palabras: “Así como el Diablo llega precedido por el olor a azufre, yo voy a regresar para atormentarte con mis pedos hasta el último de tus días, miserable. Ojalá en el infierno tengan desodorante de ambiente.”

Acongojados, todos nos retiramos tras el incidente escatológico, con el marqués recordándole a su oponente la promesa sellada con metano.
Nos supimos de nuestro amigo durante mucho tiempo; aquella noche malograda dejó su marca en todos nosotros. Ni siquiera la afinidad que me unía al doctor obró para reparar los estragos de tan sombría jornada; no volvimos a encontrarnos hasta el funeral del conde B. Para entonces yo ya no recordaba el episodio que lo arrojó a la desventura.
El sacerdote hizo una breve reseña de su tragedia, de la adversidad en que vivió sus últimos días, víctima de una calamidad insólita. Por fin, el ataúd descendió lentamente hacia la última morada, donde fue depositado en el lecho de tierra. Me estaba alejando cuando me apresó un poderoso olor, tan penetrante que no pude avanzar un paso más; pedos que danzaban alegres sobre el féretro, que descendían junto a él para descansar eternamente a su lado.

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