Bibliofagia

Los exámenes estaban cerca. Lorenzo no había estudiado en todo el año, ocupado como estaba siempre con el skate y las chiquilinas del barrio. La madre no se cansaba de decirle que agarrara los libros, que los libros no muerden, que no podía perder un año por vago, que todos los amigos iban a pasar de clase y él iba a ser el único repetidor. Qué vergüenza.
Lorenzo fue quedándose solo a medida que se acercaba la fecha; los demás estaban estudiando y no querían salir a la esquina. Las tardes se le hacían muy largas ahora que las chicas no andaban en la calle y los amigos no querían tomar vino hasta que salvaran los exámenes. Pero, con ellos o solo, no estaba dispuesto a tocar un libro por ninguna razón.
Encontró distracciones nuevas, como pasar muchas horas con los amigos de su hermano, mayores, que habían dejado atrás la etapa del vino cortado y las boludeces de niños disfrazados de adulto que son los adolescentes. Ellos salían de noche, hablaban de otra forma, iban a  lugares que él no sospechaba que existían hasta hacía poco y volvían de madrugada con los ojos rojos y casi cerrados, oliendo a algo dulzón que los hacía reír mucho aunque no hubiera motivo.
Estos muchachos eran muy distintos de sus compañeros, cuya transgresión más arriesgada era un cigarro suelto comprado en el kiosco de Felipe y fumado entre todos, más por ritual que por placer. Dejó de verlos y no le importó demasiado; allá ellos si querían pasarse el verano encerrados mientras sucedían tantas cosas interesantes fuera de los libros y los salones aburridos de siempre.
El hermano tampoco estaba de acuerdo con estas salidas; él mismo se había apartado un poco de sus amigos cuando empezó a trabajar y, a pesar de que seguían viéndose los fines de semana, cada vez tenían menos en común. Ahora, cuando él iba dejando ese ambiente, resultaba que Lorenzo, que ni siquiera los conocía, se pasaba las noches con ellos. Le prometió a la madre que iba a hablar con él para que se pusiera a estudiar, y sobre todo con los otros, que no podían ser tan irresponsables de llevarlo a esos lugares sabiendo cómo eran las cosas en su casa.
Un día, antes de irse a trabajar, agarró a Lorenzo en su cuarto y le pidió que se sentara un momento con él en la cama.
– ¿Qué pasa, flaco? ¿No ves el disgusto que le estás dando a la vieja? Dejate de joder, ¿a vos te parece que está bueno pasarte la noche por ahí, con tipos grandes que te miran como un nabo por querer parecerte a ellos? ¿Te parece que sos vivo por eso?
– Son tus amigos…
– Yo soy mayor, pero además, ya ves que casi ni ando con ellos. Dale, ponete media pila y salvá los exámenes; la vieja se va a poner contenta y te va a dejar hacer lo que quieras en vez de ladrarte, ¿si? Aparte, los libros no muerden- dijo con una sonrisa.
– Está bien, tenés razón.
El hermano le aseguró a la madre que esta vez sí era en serio, que no había de qué preocuparse, y le dio un abrazo para tranquilizarla, que ella agradeció sin decir una palabra.
Al otro día, Lorenzo llamó a algunos amigos para comunicarles que iba a preparar los exámenes. La noticia los sorprendió y, después de felicitarlo por la decisión, Cono y Andrés se ofrecieron a ayudarlo y convinieron en encontrarse en la biblioteca para retirar la bibliografía de las distintas materias. Acordaron acompañarlo por las dudas, bromearon, ya que los libros no muerden, pero a vos no te conocen.
Después del almuerzo, Lorenzo estaba jugando en la computadora cuando golpearon la puerta; los pibes lo esperaban, así que agarró la mochila, guardó un buzo en ella, luego manoteó el mp3 de la mesa pero se arrepintió de llevarlo, ese no era el Lorenzo serio que tenía que salir de la casa, y se despidió de la madre con un beso. La mujer apreció el gesto inusual y no pudo dejar de advertir el intruso sobre la mesa:
– ¡Te olvidaste del mp3!
– No, dejalo ahí, no lo preciso- Y se fue.
La madre se sintió orgullosa de él por primera vez en mucho tiempo.
Caminaron hasta la biblioteca, hacía calor y la tarde se prestaba para tomar algo fresco, pero nadie lo sugirió. Siempre era Lorenzo el que proponía un atajo a las horas de estudio, pero en este caso, para asombro de sus compañeros, no lo hizo. Cono y Andrés se quedaron en la puerta mientras Lorenzo recogía los libros; de regreso a la casa comprarían bizcochos y Coca Cola para pasar el resto de la noche en lo suyo.
Pasaron cuarenta y cinco minutos, la biblioteca cerraba a las cinco y no faltaba mucho para esa hora. Los chicos estaban aburridos, gruesos arroyos de transpiración se dibujaban en sus caras debido al calor y querían irse de allí cuanto antes.
– ¿Por qué no vas a buscarlo? Este pajero se debe haber perdido ahí adentro. O está durmiendo- dijo Andrés.
– ¿Por que no vas vos? Al final de cuentas, fue idea tuya ayudarlo- respondió el otro.
– Está bien, voy yo. Ya vengo.
Andrés entró a la biblioteca rumiando una puteada; sólo a él se le ocurría ayudar a Lorenzo a estudiar, Cono tenía razón. Preguntó en el mostrador y se dirigió hacia donde le indicaron, deslizándose como una culebra entre los estantes. Al pie de uno de ellos vio a su amigo agonizando, desangrándose por las heridas producidas por cientos de mordidas de los libros que lo rodeaban.

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2 pensamientos en “Bibliofagia

  1. Buena el final. Ahora en mi época de “reberldía” (si, es con comillas porque ni para eso sirvo) te digo que estudiar no sirve de nada, que es mejor ser joven y vivir la vida mientras se puede. Yo soy joven y lamento no haber hecho muchas cosas. Y me voy a morir este año, imaginate… Desperdicié mucho. A mi no me mordían, me hipnotizaban, me absorbían y me hacían soñar con cosas que no imaginaba.

    Salutes.

  2. Eso es un error: sentís nostalgia por la vida de otros.
    A mí me gustan más los libros que la gente, prefiero pasar un rato leyendo a estar en un boliche, playa, noche de las luces o cualquier concentración de gente a las que la ideología de la juventud dice que tenés que asistir. No me arrepiento de no hacer (o haber hecho) ciertas cosas que se supone tenés que hacer por la edad, porque no me interesan, me aburren, me siento incómodo, en cambio los libros, o las demás cosas que me gustan, me producen placer.
    Me acuerdo (bah, no me acuerdo porque si no la citaría.. jeje) de una frase de “Pan” de Knut Hamsun. Pero busco el libro y la cito, en vez de parafrasear.
    Si lo pasaste bien, no desperdiciaste nada chiquilina. Y si no lo pasaste bien, todavía estás a tiempo de hacerlo.
    Te pego mal el año nuevo.
    Un beso.

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