Bibliofilia

El Quique estaba jugando con su arma descargada, haciendo malabares ante la mirada indiferente del Bocha, quien, recostando la espalda contra la pared, sostenía las piernas extendidas para apoyarlas en el marco de la ventana. Yo me mantenía a cierta distancia, callado, preocupado sin saber exactamente por qué, viendo cómo mis compañeros desplegaban sus rutinas con una seguridad inútil.
No recuerdo el momento en que decidimos hacerlo, sí que pareció una idea anónima que hubiera surgido de los tres al mismo tiempo, y nadie presentó objeciones cuando la discutimos. Fue como si hubiéramos estado de acuerdo previamente, en secreto, y la enunciación trajera consigo la unanimidad inmediata. Sé que fue Quique el que demostró más interés en los detalles; quizá en su intimidad ya tuviera elaborado el plan que comenzó a contarnos, asignándonos las tareas que él tenía definidas desde siempre; él se reservó la obtención de las armas, los equipos de comunicación y el vehículo; el Bocha los disfraces y las capuchas; yo, por último, debía estudiar el recorrido del camión, marcar los puntos donde se detenía y señalar el lugar más adecuado para llevar a cabo el atraco.
Nos reuníamos en el sótano de un edificio abandonado, a fin de no dejar rastros sobre nuestros movimientos en los lugares habituales; nuestras familias sólo conocerían el hecho una vez consumado, con éxito, ya que, de este modo, evitaríamos implicarlos en caso de que fracasáramos. Nadie podría vincular a alguien más con nuestras actividades, todo tendría lugar en la más estricta reserva; eso también fue parte del consenso que asumimos desde el primer momento.
Quique tenía algún contacto marginal con el mundo del delito, según creo. No puedo afirmarlo con certeza, pero la rapidez con que se hizo con las tres pistolas (a mí me correspondió una Luger) me inclina a esa conclusión. Además, en todo momento mostraba una serenidad imposible en un novato, como el Bocha y yo nos encargamos de demostrar.
Yo tuve algunas dificultades para realizar mi cometido; al inicio me costó identificar el camión, que no portaba marcas de ningún tipo; luego me resultó difícil seguirlo sin que mi presencia fuera advertida, pero al cabo de algunos días logré la práctica suficiente, y por fin conseguí trazar su ruta con toda precisión. Marqué en el mapa los lugares más importantes del itinerario, indicando con claridad dónde debíamos interceptarlo para lograr nuestro propósito. Quique me felicitó por este resultado; a pesar de que me lo había ocultado, era una de sus mayores inquietudes.
El Bocha hizo su trabajo con igual destreza, procurando que los disfraces no fueran particularmente singulares; en esto reveló un tacto y un conocimiento perfectos, cuya ausencia ha precipitado en la decepción a los proyectos mejor concebidos. Con la suma de todos los elementos, el nuestro era ciertamente uno de ellos.
La noche anterior al asalto nos encontramos en el sótano, donde permaneceríamos hasta ejecutar la acción; el auto quedó estacionado a algunas cuadras, de forma que no levantara sospechas. No encendimos luces, ni hablamos, para no ser localizados; unos colchones distribuidos en el piso hicieron las veces de camas improvisadas, que quemaríamos antes de la operación. Yo no pude conciliar el sueño; las imágenes se agolpaban en mi mente, tumultuosas, desordenadas, perturbadores; creí ver al Bocha paseándose nervioso por la estancia, o lo imaginé, quién sabe. Sólo Quique descansaba sin sobresaltos, protegido por su firmeza implacable, quizá contemplando con calma la exuberancia del botín prometido.
Me desperté con el reflejo de la luz que penetraba por los párpados alertas; era la pistola de Quique, sentado en su rincón, iluminado por un rayo de sol cómplice que le confería un aspecto severo, casi inhumano. El Bocha intentaba imitarlo, sin éxito; en él, aquella actitud determinada parecía ajena y se disolvía en un gesto apático, de resignada obediencia. Ignoro cuál era mi temperamento a sus ojos, aunque estoy convencido de que no era resuelto; no importó decidirlo ya que había llegado la hora. Encendimos las escasas evidencias y nos pusimos en marcha.
Detuvimos el auto en la esquina anterior al punto establecido en el mapa. Apagamos el motor; Quique miró su reloj, dijo que aún era temprano y salió a fumar un cigarrillo. Yo tenía la mano temblorosa todo el tiempo sobre el arma, reconociéndola una y otra vez, infinitamente. El Bocha estaba callado, con los brazos cruzados, inmóvil. De pronto vimos pasar el camión a toda velocidad; Quique tiró el pucho y subió al auto insultando, arrojando el reloj al piso antes de empezar la persecución. De todas formas, nuestro vehículo era más veloz y rápidamente le dimos alcance; yo saqué mi pistola y vi cómo el Bocha hacía lo mismo mientras se colocaba la capucha con la otra mano. Quique hizo una serie de maniobras y logró colocarnos delante del camión, luego frenó atravesando el auto frente al mismo. Bajamos apuntando a los ocupantes; teníamos exactamente cinco minutos antes de que la policía llegara al lugar.
Todo salió a la perfección. Huimos por las calles laterales y nos dirigimos a un baldío en la periferia de la ciudad, donde habíamos dispuesto unos baúles para alojar lo robado. Mientras revisábamos el contenido del bibliomóvil, no pudimos contener la euforia: todo estaba allí, todo lo que siempre habíamos deseado tener: Kafka, Beckett, Joyce, Dostoievski, T.S. Eliot…

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2 pensamientos en “Bibliofilia

  1. Yo sería el bocha… La de los disfraces.

    Mi sueño es tener una librería. Me encantaría. Ser la vendedora es mi segunda opción. Así que tu cuento, que no niego que está bien escrito y atrapa (aunque intuí que el robo sería de libros) no me gusta del todo. Si me los robaran, me muero. ¿Te imaginás que entre a tu casa y te roben tus libros? Ah, no. Me muero muerta, como decía una amiga.

    Besotes.

  2. Fuá, qué de más una librería, o trabajar en ella. Pero para sostenerla tendrías que vender a Dan Brown y Benedetti, así que no; mejor la biblioteca, ése trabajo está mejor.
    O sos muy suspicaz, lo que no dudo, o el título es muy explícito, lo que tampoco descarto.. jaja..
    Seamos honestos: lo único que no te roban en estos días es libros, es la posesión más segura. Aunque de sólo imaginarlo..
    Besos.

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