La larga marcha

Despierto de repente y no sé dónde estoy ni quiénes son los que me rodean. Estoy acostado, las voces producen sonidos incomprensibles, la luz tenue desciende sobre mí como un sol individual que consuela a un amigo desesperado, el aire inmóvil la ayuda a depositarse con cautela a mi lado. Alguien dice que no me preocupe, que voy a estar bien, que ya pasó todo. Reconozco a parientes y amigos y empiezo a sospechar que sufrí algún tipo de accidente y me encuentro en el hospital. Quisiera decirles que no, que no voy a estar bien, que los veo como a través de un vidrio, me siento aislado en este lecho, lejano, ajeno a ellos. Sus voces me llegan desde alguna otra parte; están allí, a mi alrededor, pero la distancia parece construida de tiempo y esa proximidad es aparente, a pesar de que ellos no lo advierten. Insisten en que todo va a salir bien, aunque mamá llora y las lágrimas golpean con la constancia de un reloj sobre mi cuerpo; solo veo cómo rebotan,  no las siento deslizarse sobre mí. Mi padre la abraza y dice que ya pasó, que no llore más, y yo quisiera preguntarle qué es lo que ya pasó, puesto que yo sigo aquí dentro, alejado de sus palabras y llantos, separado por la capa invisible que me cubre y nadie retira para poder comunicarnos. Ellos siguen allí, consolándome, consolándose, recibiendo a otras personas, dando explicaciones que yo no alcanzo, que se escurren igual que esas sombras que son ellos allá atrás, en ese terreno que no me pertenece aunque lo reconozco y al que quiero regresar. ¡Mi hermano! Él no se va a quedar allí afuera con los demás, sin hablarme, en esa otra habitación que está dentro de esta y cuyas paredes intangibles nadie intenta atravesar. Pero mi hermano también se integra a esa ausencia como algo natural, y yo siento que algo se desvanece persistentemente a mi alrededor, desde donde ellos aseguran que las lágrimas no solucionan nada y que yo estoy bien, pero ¿por qué son ellos quienes están tristes y yo no siento nada? Para mí sólo son figuras que se desplazan en una pantalla, hablando, gimiendo, moviéndose en su tierra con una seguridad que yo no encuentro, y quiero gritarles que hagan algo, que no me dejen así, que todo es tan frágil en este lado si pudieran verlo, que acá no duele ni hace frío ni hay lágrimas, pero tampoco hay nada más y tengo miedo. ¿Tengo miedo? No, eso no es cierto, sólo respondo a sus ceremonias, parece que ellos tuvieran miedo y supongo que en mi lado del espejo debe reflejarse de esa manera. “Hay que ser fuertes, hay que tener esperanza”, dice alguien, y yo quisiera decirle que eso no es necesario, que no sirve de nada. Ya se van a dar cuenta. Los fuertes, los que se abrigan con la esperanza, son exactamente iguales vistos desde acá, y hasta me atrevería a decir que son tan transparentes que su cobardía y debilidad resaltan más que en el resto, por contraste. Si pudiera hacérselos saber quizá dejarían de comportarse de esa forma y se preocuparían, o dejarían de preocuparse, por mí, tan ocupados están en sus pequeños rituales insignificantes tratando de sacudirse y esconder el temor que se les escapa como me les escapé yo para traerlos acá. Y ahora entiendo algo: es posible que no consiga decirles estas cosas desde esta liquidez pasajera en la que me encuentro, pero de alguna manera estar allí, al otro lado de ella, podría dejarlos participar de esto que soy yo en este estado que los aleja y los pone a resguardo de lo que no quieren ser. No quiero ser. Van pulsando las teclas de acuerdo a un orden conocido, pobrecito, ay m’ijo, una lágrima, un abrazo, un beso en la frente, una mano posada como al descuido que para mí son lo mismo, porque no llegan hasta donde yo estoy. No les importa, se lo guardan para sí, lo reparten entre los presentes como un recuerdo de este momento, ¿y qué queda para mí? Pensé que yo era el protagonista.
¿Ese señor que viene allí es el médico? ¡Por fin alguien se ocupa de mí! Acerca su mano desestimando al resto, incorporándose a mi espacio, traspasando la cortina que nos distancia y establece una estructura distinta a la que me vincula con los otros. Se aferra a algo que me circunda, algo de allí afuera; mis familiares lloran con más fuerza que antes y los consuelos cobran volumen a su lado, mientras la mano empieza a bajar la tapa de madera y la oscuridad me cubre lentamente, por última vez.

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3 pensamientos en “La larga marcha

  1. Che, El Pozo Escéptico está inactivo, pero veo que sigue publicando entradas sin mi intervención. Qué loco, ya ni me acuerdo de lo que está programado.
    Volvemos en 2012, después del festival hc/punk para recaudar fondos para la fundación El Pozo Escéptico, que rescata chicos de los Testigos de Jehová, el padre Mateo, etc. y los devuelve a las drogas y el alcohol.
    En breve, más detalles del festival.
    Cordiales saludos.

  2. Me pregunto por qué, además de publicarlas, no escribe las entradas también. Ese es el próximo paso para esta tecnología.
    Está confirmado Bat Religion en el festival.. jaja..

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