Perséfone

Así como los vasos tienen un artefacto de diseño especial para ser apoyados, convenientemente llamado “posavasos”, yo era para esta mujer un “posacuernos”, un dispositivo para alojar humillaciones e indignidades varias cometidas contra mi hombría.
Es verdad que estaba decidido a dejarla cuando se precipitó sobre mí la desgracia, o la última de ellas, pero los hombres como yo siempre llegamos tarde y eso no es excusa sino la constatación de un defecto de origen.
Estaba con ella sólo para demostrarle a mi padre que no soy un nabo, como él insiste en recordar en cada ocasión que puede. Lo hace en privado, en reuniones familiares o sociales indistintamente, ignorando el contexto. Claro, él es un ganador y yo su única derrota, la ficha desperdiciada en el tragamonedas genético que también produjo a mi hermano el arquitecto, el que se gana todas las minas y es su propio jefe, el que cuando aparecemos juntos en una fiesta me relega al lugar de un mozo free lance para él y sus amigos.
Así fue como me levanté a la atorranta de la que hablé antes, para probar que también tengo calle, aunque yo no me engañaba y era consciente de la farsa (pero no de los cuernos, lo que supe cuando ya mi padre y hermano habían cancelado el escaso crédito de que gocé brevemente)
Entonces la turra de mi novia, un pronombre posesivo que llama a engaño obviamente, me comunicó la nefasta noticia: estaba embarazada.
– ¿De mí?- pregunté.
– Claro, mi amor, ¿de quién más?
– ¿Estás segura?
– ¡Si sabés que te amo, tonto! ¿Vas a tener un hijo y reaccionás así, ingrato?
Yo no estaba seguro, no por una convicción propia que todavía era incapaz de formular sino por las risas crueles que esto provocó en mis familiares. Hasta ahí llegó mi época de gloria (Gloria se llamaba ella, sí)
Disfruté de saberme un triunfador por algún tiempo, pero supongo que experimenté el alivio que siente el estafador cuando admite su falta y se redime ante la humanidad; volví a ser confiable a los ojos de quienes me consideran, con justicia, un gil.
Aconsejado por mi hábil progenitor, impuse mis condiciones antes de aceptar la situación que me veía obligado a reconocer: dado que yo soy bizco, sólo daría por mío al bastardo si éste presentaba dicha condición. Y no estaba dispuesto a renunciar a esta cláusula.
Pasaron los primeros meses, durante los cuales ella mostró una cara completamente desconocida para mí: solícita, atenta, cariñosa, maternal; hubiera querido que siempre fuera así para entregarme sin condiciones a nuestro amor, pero tenía presentes las ofensas y, cuando conseguía olvidarlas transitoriamente, allí estaba mi padre para recordármelas y darme ánimo para sostener la hostilidad a un nivel adecuado. Sí, la sometía a un hostigamiento constante a fin de prepararla, siempre según la receta paterna, para el seguro abandono que sucedería al nacimiento del pequeño ojos simétricos.
Sin embargo, con el correr del tiempo y la distancia que tomó mi viejo tras asegurarse de que yo procedía de acuerdo al plan, comencé a sentir cierta culpa por mi comportamiento. Creí que estaba siendo demasiado severo sin que ella me diera motivos, teniendo en cuenta que apenas salía (claro que no tenía necesidad de hacerlo ahora que yo empollaba el huevo de otro ave) y no mantenía contacto con ninguno de sus amigos de la vida anterior. Entonces bajé paulatinamente la guardia; un día fue un helado, respondiendo a un antojo, otro un ramo de rosas, respondiendo a mi boludez natural, y al siguiente un anillo de oro valuado en cuatro mil dólares, y que según mis cálculos, debería pagar con mi sueldo completo por unos trece años. Pero la quería y ella avivaba mi afecto con gestos inusualmente dulces, que ningún hombre que no fuera un auténtico miserable habría rechazado.
Cuando estaba cercana a cumplir los nueve meses, en medio de este clima meloso que nos había contagiado a ambos, asegurándome que todo saldría bien, contemplé una vez más la felicidad perdida en el monte de cuernos que aún se divisaba en la distancia. Quizá estuviera equivocado, quizá incluso mi infalible padre hubiera errado en este caso; quizá, por último, yo no fuera tan pelotudo al final de cuentas. Todo parecía estar en su lugar nuevamente.
Por fin llegó el día. Ella tenía dolores y me pidió que la llevara al hospital; en el viaje me apresuré a recordarle nuestro trato, no fuera cosa que tanta sensibilidad terminara conmigo haciéndome cargo de un ojos proporcionados que sin duda no era mío; tuvimos una discusión bastante violenta pero nos arreglamos al llegar a la sala de partos y ella entró tranquila, mientras yo esperaba afuera comiendo cigarrillos y soportando los alaridos… de mi padre, al otro extremo de la línea telefónica.
Un rato más tarde el médico me comunicó que ya podía entrar, que todo había salido perfecto y que era un bebé hermoso, muy parecido a mí.
– ¿También los ojos?- pregunté.
El doctor me miró confundido, luego respondió:
– Seguro, es un niño completamente sano.
Entré furioso y sin decir una palabra tomé al niño por los brazos y lo puse enfrente de mis ojos: ¡era verdad, tenía un estrabismo notable! Abracé a mi pareja, al médico, a las enfermeras; después saqué el celular y llamé a mi padre para insultarlo. Corté y nos fuimos, abrazados, con mi pecho inflamado de orgullo: yo era todo un hombre y nadie podía discutirlo. Para asombro de mi familia, salí de allí llevándome el mundo por delante, como correspondía a un macho de mi talla, qué tanto.
Llegamos a casa; en la puerta esperaba el diariero, el muchacho que nos traía el periódico desde hacía unos años. Jamás había reparado en ese ser insignificante, pero ahora sentí la necesidad de refregarle mi victoria en plena cara, seguro de que él también conocía los chistes que corrían en el barrio sobre mí. Sostuve a mi hijo y lo puse frente a sus ojos, esos globos marrones y bizcos en los que nunca antes me había detenido.

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Un pensamiento en “Perséfone

  1. ¡Pero que casualidad que ambos tuviesen la misma característica! Si será chiquito el mundo, que lo peló.

    Las mujeres son todas unas turras. Es inherente a su condición de mujer. Opa, me salió el machismo de adentro.

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