La tragedia de Hesperus

Now when I am older I know that it was wrong
to deal with girls in the first place, cause a broken heart is now the case
I’m broken hearted in disgrace. (Boring Planet, Millencolin)

Aníbal acomodó las flores, recién cortadas, en un florero de vidrio que colocó en la mesita arrinconada, como un animal asustado, en el comedor. Dispuso las velas en un candelabro tan viejo como él pero mejor conservado, cerca de la ventana, en cuyo vidrio se reflejaría la tenue luz emitida por ellas. Preparó la cita con un esmero directamente proporcional al tiempo que llevaba solo, con esa parsimonia que otorga la soledad involuntaria después de asentarse cómodamente en su morador.
El viejo había quedado viudo quince años atrás, después de un matrimonio de otros tantos con Ana, vecina del barrio Los Alcauciles Muertos a quien conoció a través de su hermano, con quien frecuentaba los bares de la zona. Su vida hasta entonces había sido feliz, alternando un trabajo estable como piloto de aviones fumigadores y las ocupaciones eventuales que le permitían vivir cuando la plaga retrocedía. A diferencia de muchos de sus colegas en la profesión, nunca cedió a la tentación de propagar plagas artificiales para mantener el trabajo en un nivel constante. Lo habían educado para ser honesto y, excepto por aquel episodio en que él y sus cómplices vaciaron un banco, no había incurrido en mayores faltas en ese sentido. Gracias al dinero que le procuró dicha aventura, se había permitido una vida sin sobresaltos junto a Ana y sus tres hijos, a cuál más atorrante.
Sin embargo, desde la muerte de su esposa y la fuga de sus hijos (con el botín), aquella tranquilidad de lago de parque se había transformado en un monótono paseo por el cementerio de sus recuerdos. Era una falsa apariencia de invariabilidad, que colgaba de una rutina apenas sostenida por el clavo del pasado dichoso. La melancolía era un intermediario tangible en sus relaciones con el mundo, y el anciano entendía esto cada vez que tomaba los objetos cotidianos, convertidos en un mapa que recorría su vida hacia atrás, por los mismos senderos que había transitado antes pero con las casas en ruinas y sin habitantes.
Aníbal sentía la fatiga de quince años a la deriva, en punto muerto. Por primera vez en mucho tiempo se sentía entusiasmado por los detalles relativos a una cita. Las flores, de su propio jardín, lucían espléndidas, testimonio de una primavera que hacía mucho no traspasaba la puerta de su casa. Estaba satisfecho con los arreglos de las habitaciones. Buscó el mejor traje que le quedaba, una camisa impecable sin estrenar y una corbata fina, pero decidió comprar un traje a medida para la velada, dejando las prendas antedichas a cargo de la nostalgia, material con el que habían sido fabricadas.
Se bañó cumpliendo el ritual apropiado a las ocasiones especiales, usando brebajes, cremas, y lociones  en abundancia, acicalándose meticulosamente como en los mejores días. Se peinó con gel remedando una foto que tenía, al menos, 20 años de antigüedad. Los años habían pasado y eso era innegable, pero aún podía ofrecer un envoltorio exquisito cuando se lo proponía, y se sentía orgulloso de ello. Lustró los zapatos impecables, que hacían un conjunto perfecto con el atuendo escogido, completado por los gemelos de oro comprados con el dinero.. bah, qué importaba ahora.
Miró la hora, impaciente. Era temprano. Se miró una vez más en el espejo, comprobando simetrías, ajustando detalles, constatando que el conjunto prolongara el sentimiento recuperado de serenidad, llegado con la exactitud de esta velada tan ansiada. Por fin sonó el timbre. Aníbal había tomado la precaución de dejar la puerta sin llave, de manera que logró una prórroga para encender las velas, pasarse el peine por enésima vez y sentarse en su sillón favorito antes de hacer pasar a su invitada. “Adelante”, dijo, y la Muerte entró puntual a la cita que Aníbal había esperado durante quince años.

Nota: Este cuento, que me gusta bastante, ya había sido publicado en el blog; sin embargo, pretendía reescribirlo para la ocasión, eliminando los chistes bobos y los juegos de palabras. No lo conseguí más que parcialmente, como podrán advertir. Qué flojera. Prometo volver a trabajar en él alguna vez. Tómese ésta, pues, como una versión preliminar (!), y luego tómese esta nota como la versión preliminar de la nota que acompañará, eventualmente, a esa versión, etc.

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6 pensamientos en “La tragedia de Hesperus

  1. No creo haberlo leído. Está RE BUENO. Me re gustó este cuento. No pongo nada para no arruinar ni el final, ni la seriedad que debería acompañar las buenas obras. (Se peinó con Glostora, lo sé).

    Cambiando de tema, te dejo un link que quizá sea de tu interés. Los relojes esos SI son de maquinista. Me gustan hace años, y me muero por tener uno. Vi unos chiquitos re truchos que venden ahora en las tiendas de bijoutería que quizá posea… aunque me gustan más los originales.

    http://www.maquinasantiguas.com/reloj-ferroviario.html

    ¿Por qué a vos te van a dar un reloj y a mi no, eh? Ya me enojé…

    Decile al de los relojes que te prometió uno a vos, que le mando un beso y que si no quiere ser mi amigo y que me gustan los relojes esos y que si, claro, acepto que me regale uno.

    Otro beso para vos.

  2. Se abre un concurso: el segundo párrafo está a disposición de quien desee mejorarlo. No hay premio. No apremio.

    ¿Glostora? Eso sólo puede venir de las viejas Selecciones. Las de la década del ’50son sublimes. ¿Me equivoco?.. jeje..

    Relee el comentario en tu blog: dije que acá los maquinistas no usaban relojes de la empresa. Esos son lindos.

    No sé, se me ocurre que puede ser por andar hace años con ellos, o por haber cargado una barra de enganche por entre los pastizales de la zona de Arteaga para reparar un desperfecto, algo de eso.

    ¡Y no son esos relojes, chiquilina! Es un reloj pulsera común, con el nombre del funcionario, nada más.

    Besos y abrazos.

  3. Mmm… dejame pensar lo del concurso. Para mi está bien así como lo escribió el autor.

    ¡SI! Sos groso, sabelo. Es de las Selecciones. Esas mismas, de esa epoca. Un tiempo estuve medio fisuradita con ellas y las adoraba. Hace tiempo no toco ninguna. Son geniales.

    ¿Arteaga es en Uruguay? Llega una hora del día en la cual no sé ni como me llamo. Es esta.

    Fuck! Perdón por el insulto, pero pensé que eran esos relojitos divinos. Me lo voy a tener que comprar yo entonces…

    Besos para vos, Mr Salvaje. (Ay, me hice acordar de “Un mundo feliz” de Huxley. Lo de salvaje lo puse por Wild)

  4. Demonios, veo que voy a tener que ocuparme personalmente del asunto. Acaba de cerrarse el concurso, declarándose desierto el premio.

    ¡Bien! Apruebo tu fisura. ¿Las Selecciones estaban en tu casa o las comprbas vos? Ahí fue donde leí por primera vez un cuento de O.Henry, entre otras cosas.

    Arteaga, km. 177 de la línea a Río Branco: http://www.panoramio.com/photo/57574924 (favor reparar en el autor de la foto.. jeje)

    Ah, un consejo: no compres nada de lo que circula como antigüedades ferroviarias por ahí. El 99% son truchas, y las restantes no son antigüedades (opa, tipeé la diéresis las 2 veces)

    “Mr. Salvaje”, sí, me gusta, suena bien. Compro. Me gustan tus gustos, ¿viste que era cuestión de pelearse un poco hasta ponernos de acuerdo?
    Un beso.

  5. Algunas estaban en mi casa, otras las sacaba de la biblioteca, y otras las compraba. Leí unas cuantas. Yo tengo un libro de O´Henry con cuentos en inglés que es un joya. Tiene más años que vos y yo juntos ese librito.

    Vi todas las fotos de las estaciones. Son hermosas.

    Serpentina es un poema de Delmira Agustini. De seguro no te gusta la mina, pero ta, me acordé de la mujer, que le voy a hacer.

    “Reclamo el derecho a ser desgraciado”, repito dos por tres y me siento super culta. Ahora Laura lo desvirtuó todo, gritando “¡que pase el desgraciado!” Cosas de la vida.

    Otro beso. Ojo, se gastan.

  6. ¿En qué biblioteca tienen Selecciones, por diosanto? Qué cosa más loca. De O’Henry sólo tengo una antología publicada por Banda Oriental con un criterio muy simple: son sus peores cuentos (50 pesos en la feria) ¡Así que cuidá ese libro!

    Una sola era mía, pero debidamente acreditada, no tengo nada que decir. Son lindas, pero ya ninguna está en el estado en que se las ve allí. Ni yo las conocí en esas condiciones.

    No soy un gran lector de poesía, y nunca leí a Delmira Agustini. Así que ‘ta. Me gusta Emily Dickinson.. jaja.. ya vi que Serpentina en un comentario, ahora lo leo. “Loleo” es una linda palabra.

    Sí, es como si los planchas anduvieran recitando “If I can stop one heart from breaking,
    I shall not live in vain”. Una barbaridad.

    Entonces usémoslos con cautela y busquemos otro saludo más sólido.
    B…

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