La tía Julia y el vudú

Las visitas de la tía N son el embole más grande que pueda existir; cuando no trae problemas inconcebibles de vieja hipocondriaca viene con hazañas no menos inverosímiles de su nieto el Cachulo, que con ese apodo la única hazaña que admito como auténtica es que escape a salvo del bullying liceal.
Por eso, cuando viene la tía N a casa yo agarro el skate y salgo con la certeza de que incluso romperme el alma en la patineta es menor mortificación que una tarde junto a la señora infumable y mi propia madre, no menos hábil en dichos menesteres.
Así, la última vez que tuvimos el honor de recibirla saludé muy educadamente sólo para precipitarme cuanto antes escaleras abajo al ritmo de NOFX y de mis huesos rotos, sonidos que a mis oídos resultaban más eufónicos que la voz aguda de la tía N. Mientras caía, pude escuchar cómo Cachulo había sacado un doce esa semana en historia (por chupapija, pensé) después de derrotar a todo el equipo de maratón del colegio con sus ochenta kilos de puro sobrepeso adolescente, sin olvidar que a ella le habían diagnosticado culebritis severa lo que la obligaba a reptar como víbora hasta que los médicos descubrieran el origen de su padecimiento. Para entonces, por suerte, en mi reproductor de mp3 sonaba Linoleum al palo y ya no supe nada más de Cachulo, la culebritis y demás atrocidades de mi detestada pariente.
En la placita estaban los pibes, como todas las tardes, achicando en nuestro rincón y tomando el vino lija de Arturo, el almacenero hijo de puta que pese a que vende semejante basura intomable es el único que nos fía y no le dice nada a nuestros padres sobre aquellos tratos comerciales oscuros. Un crá, Arturo.
Yo llegué pasado de impulso en la curva de circunvalación de la plaza y me pegué un palo tremendo frente a Cecilia, la morocha linda que no me da bola ni siquiera cuando vuelo ágilmente y consigo aterrizar sin romperme la cabeza intentando, sin éxito, impresionarla. Sí tiene efecto sobre Victoria, lo que no podría importarme menos salvo como enlace a quien comerle la cabeza para que me habilite a Cecilia, la morocha linda que no me da bola. Victoria es más punkrock que Cecilia si vamos al caso, y eso es algo que me gusta de ella, pero más me gustan las tetas de la otra y a eso no hay con qué darle. Y eso que yo quiero darle más que nada en el mundo.
Así paso las tardes en que logro sortear, como un obstáculo de la rampa de skate, la presencia de la tía N. No es que no la quiera sino que la odio activamente y ya a esa altura había concebido tantos planes para eliminarla de tantas maneras diferentes y originales que mi lista parecía el catálogo de enfermedades absurdas de la tía; como es bien sabido, la ridiculez forma un círculo y los extremos opuestos se encuentran eventualmente en algún punto. La tía y yo, muy a pesar mío, compartimos la afición por el divague fantástico, el descarrío salvaje de la imaginación, la producción insana de ficciones extravagantes. Con la diferencia sutil que las suyas son inofensivas y las mías involucran su muerte, claro.
Estiré aquella tarde tanto como la ropa interior del Cachulo cuando los abusones le practican el calzón chino, con la pretensión de regresar a casa una vez ella se hubiera marchado, tanto fue así que, yendo contra mis principios más arraigados, habilité unos cobres para pegar otro vino. Y junto con este vino apuré mi desgracia; el pedo azul que me agarré contribuyó, incontrovertiblemente, a mi caída, tanto espiritual como física. Primero paso a referir esta última para luego hacerlo con la primera.
Resulta que, cuando juzgué que ya era seguro volver a casa, el pedo por el que estaba poseído decidió acompañarme en la tabla. Quienes alguna vez hayan intentado llevar un pasajero en esa clase de vehículo sabrán lo difícil, por no decir imposible, que es culminar la tarea sin contratiempos. Cuando ese pasajero es una carga de alcohol montada en el sujeto, las posibilidades se reducen aún más, como es evidente. Eso fue lo que me ocurrió al doblar nuevamente la curvita circunvalatoria que casi se cobra mi vida la primera vez, sólo que en esta oportunidad el “casi” se bajó del skate antes de la catástrofe y me fui de trompa al pavimento; no quiero sugerir que el suceso fuera ajeno a la latitud de probabilidad habitual, sólo que en este caso fue más inoportuno que pedo en ascensor del Conrad. Como pude, me sacudí las piedras que no habían atravesado la piel y extraje las otras con instrumentos más toscos que mondadientes de varilla de ocho. Quedé bastante maltrecho, a decir verdad, pero en peor estado quedaron mis pantalones; para mejor, un perro capturó mis garrones y los hizo rehenes de sus filosos dientes, cobrando a modo de rescate una parte del lompa que no estaba comprometida antes.
La catástrofe definitiva se produjo al entrar a casa: la tía N seguía allí, instalada cómodamente frente a una taza de té con la que bajaba las patrañas sobre Cachulo, que mi madre escuchaba con la misma atención que una exposición de la teoría marxista de la renta de la tierra comparada con la de Ricardo (mi hermano, no el economista clásico)

La vieja reparó en mi pantalón harapiento, destrozado en una contienda perdida con perros hambrientos de tela y veredas igual de voraces con sus fauces de baldosas deshechas.
– Deme que la tía le cose el pantalón, m’hijo- dijo.
– No se preocupe, tía; es viejo (como vos, bruja del infierno, pensé), no vale la pena.
– ¿Sabés cuántas veces le tengo que remendar los pantalones al Cachulo (y sí, si lo pasan cagando a palo)? Es que todos quieren que juegue (ya sé, lo usan de pelota al pancho este) con ellos, por lo bien que juega al fútbol, ¿viste?
– Bueno, dele, tía, arregle si quiere- dije resignado.
Mamá trajo la caja de costura; encima de los carretes de hilo, dedales y demás, había una pequeña muñeca de trapo repleta de agujas. La levanté jugando con el parecido que tenía con la tía.
– ¿Viste mamá? ¡Es igual a la tía!
No se rió, quizá por respeto, quizá porque el parecido era realmente asombroso.
El filamento de mi cerebro de bajo consumo se encendió lenta pero seguramente; mientras la tía daba las primeras puntadas al pantalón, yo hacía lo mismo con la muñeca; un pinchazo en la rodilla hizo que se agachara con un claro gesto de dolor en su despreciable rostro. Mi repentino interés en el vudú siguió creciendo con cada prueba de su eficacia; un pinchazo aquí, otro allá; ahora el codo, después un dedo; la vieja ya no lo soportaba más y se despidió como pudo, recogiendo sus cosas y disculpándose por la imprevista dolencia. “Será la culebritis“, dijo abriendo la puerta apurada y salió arrastrándose con dificultad. Una vez hubo traspuesto la puerta, clavé el último alfiler; en ese momento, no pude dejar de pensar en Cecilia, la morocha linda que no me da bola.

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4 pensamientos en “La tía Julia y el vudú

  1. Me re gustó este cuento. He was a skater boy! Diría Avril Lavigne… ¿Te das cuenta de lo que le puede hacer Radio Disney a una muchacha como yo, no? En fin… Nah, está re bueno el cuento. Me hacés acordar a King, por incluir “música” dentro de tus relatos. Va más allá de que uno conozca o no las bandas o canciones que citás. El recurso me gusta.

    ¡Al fin mis magras clases de economía me sirvieron de algo! Ya ni me acordaba quien era Ricardo, jaja.

    Seguí escribiendo cuentos. Sos el único cuentista que sigo actualmente.

    No seas pesimista con respecto al verano. Ni siquiera empezó y ya lo estás matando al pobre.

    Besotes.

  2. Gracias.
    No deberías preguntar qué puede hacer Radio Disney por vos, sino qué podés hacer vos por Radio Disney.. jaja.. ¿podés cantar con voz de adolescente asexuada mientras masticás chicle? Igual Avril está bien; prefiero sus baladas bobas, pero no me molesta.

    King metió Sheena is a Punk Rocker en Pet Cemetery, o sea que es panroc. ¿¿¡¡¡No conocés a NOFX!!!?? En mi época estaba prohibido subir a un skate/tabla de surf si no los conocías.

    Por lo menos conocés a Ricardo, eso te coloca más acá que el 99% de mis amigos. O sea, somos amigos otra vez, o por primera vez, o desde la primera vez.

    El cuento está mal, está mal ejecutado, la idea era buena. Pero voy a dejar que se publiquen las entradas programadas por 2 razones: 1) Tengo un winner guardado.. jaja.. 2) Todavía espero escribir uno, tan sólo uno, que esté bueno, mi cuento definitivo, para después retirarme. Vamos, no pido demasiado, tan sólo uno con el que quede conforme.

    El verano abrevia mi premisa de que el amor eterno dura 6 meses a unas semanas.. jaja.. es una cagada, le alborota las hormonas a todo el mundo.

    Besos para ti… besos pa’ti, besos patty.. jaja..

  3. Si, puedo cantar! En realidad… canto horrible, pero un día te canto algo si querés como forma de torturarte.

    King puede poner lo que quiera en sus libros, me gustan sus referencias. Ahora, de ahí que las siga, entienda, busque, es otra cosa. Es como con los autos. Me gusta saber que existen diferentes modelos y eso, apenas se qué existen los Ford, Volkswagen, los Fiat… la clasificación se la dejo al maestro en sus cuentos.

    ¡Nunca me subí a un skate! ¿Vos si? Ah, estás entre la gente que admiro. Creo que me daría de cabeza contra el piso. Nunca voy a poder ser como Avril… Jajaja.

    Me dan intriga estas entradas programadas. ¿Estás criticando mi buen gusto? O sea, si a mi me gusta, me gusta. Chau. Si a vos no te gusta lo que vos mismo escribis problema tuyo. Escribilos, pero no los leas, jaja.

    Hace unos minutos corroborré que el amor es una mierda (yo, que no digo ni escribo malas palabras), así que ta… no existe el amor eterno. Existe la tristeza eterna, o el remordimiento eterno, o la estupidez sin límites.

    Besos para vos. (Existía un aviso de televisión “pero si no es pa´ti, entonces es pa´mi…” o algo asi).

  4. …y otra de los Simpson que me hiciste acordar: en un capítulo van a ver una obra de teatro sobre “El planeta de los simios” y hay un humano que no puede hablar, y de repente se para y grita: “I can siiiiing”.. jaja.. es re gracioso.

    ¿Y las referencias literarias en los libros del maestro no son lo más? ¿Leíste “Un saco de huesos”? En una empieza a disertar sobre Bartleby de Melville, genial. Y menciona “La luna y seis peniques” de Somerset Maugham, me mató con esa. “Patético hombrecillo, dijo Strickland”. ¿Te acordás de otras?

    Te tiro un pique: odio los autos.. jaja..

    Caerte del skate es una buena parte de andar en él, por lo que si creés que sos capaz de eso, te aliento a subirte. Además Avril es terrible careta, si anduviera en skate le faltarían algunas teclas (¿viste que sonrisa fea tiene?)

    Ok, no las leo y las publico. El cliente siempre tiene la razón, decía Kant.. jaja

    El amor es como la ista: va y viene. No te quemes: el ciclo “decepción-enamoramiento” está bueno, el amor eterno sería sumamente aburrido si existiera. Arriba, che!

    ¿Aviso de…?

    Besotes

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