Gauchokiller

Eustaquio no sólo era un gaucho de los tantos que poblaban la zona de Tatú Retobao, era el resumen de lo que un gaucho de facón y bombacha debe ser: flaco, largo, seco como chirca, barba descuidada y pelos apenas domados por el sombrero viejo, las botas que encerraban como macetas las piernas finas, se lo conocía mejor, incluso en pagos lejanos, por su sobrenombre de Poncho Villa, ya que aún se recordaba su guapeza al frente de un levantamiento que desgraciadamente se estrelló tan pronto como alzó vuelo. Pero Eustaquio siempre estaba dispuesto a encabezar cualquier movimiento criollo en contra del gobierno central, y eso testimoniaba más en favor de su leyenda que las repetidas derrotas a que eran sometidos.
Hacía tiempo, sin embargo, que los gauchos no propiciaban ningún motín, y fue en ese momento cuando aquellos parajes se vieron asolados por el arribo del Gaucho Killer. Nadie conocía su identidad o procedencia, sólo las consecuencias de sus incursiones nocturnas en las que, cual comadreja en gallinero, dejaba el tendal de hombres por donde pasaba. Lo que comenzó como ataques aislados contra individuos solitarios se fue transformando en verdaderas masacres nocturnas que se cobraron la vida de varios compañeros de Eustaquio.
La alarma cundió en el pueblo; no había boliche, estancia o rancho donde no se hablara del desconocido y sus muertes. Paisanos simples, sin otra formación que la ofrecida por la doma, el arreo y la lucha sin sentido, especulaban sobre los móviles del traicionero asesino, tratando de descifrar los motivos que lo habían traído, como junco en arroyo crecido, a esa región. Mas el gaucho sólo puede explicar la complejidad psicológica que desconoce como el científico que atribuye la combustión al flogisto, de modo que el asunto quedó más o menos en las sombras, allá bajo un solitario ombú perdido.
Siendo el gaucho ejemplar, Eustaquio no podía dejar de ser considerado una víctima privilegiada, y, de haber estado a su alcance el reconocimiento de patrones de conducta, habrían podido ver que los crímenes efectivamente conducían en esa dirección. Después de algunas muertes azarosas el círculo había empezado a cerrarse en torno suyo, como el lazo alrededor del cuello del novillo en la yerra (nadie quería pensar en el toro cuyos huevos van a ser mutilados) y no faltaron las voces que aconsejaban que abandonara el pueblo. “No hay Gauchokiller que me achuche, canejo”, se limitó a responder el aludido, que mantuvo las costumbres de siempre como si eso no fuera cosa suya.
Las víctimas, hasta el momento, no habían sido emboscadas en el monte ni en campo abierto, sino que habían sido atacadas en su propia casa mientras dormían. Aunque no era fácil admitir el miedo, no pocos pusieron dispositivos para alertar de la presencia de extraños en las inmediaciones, como la piola con cencerro y el porongo con luminación, que poco si algún resultado dieron. Otros, como repartiendo la cuota de susto que les tocaba, se reunían hasta tarde alargando la rueda de mate, en la que se confundían la cena y el desayuno, como tratando de atajar la noche para que no cayera tan pronto. Cuando por fin la oscuridad, cansada, insistía en recostarse sobre el caserío, irrumpiendo por todos los huecos que dejaban descuidados, alimentaban el fogón como sustituto doméstico de la luz protectora del sol, dejándolo encendido a modo de llamador para cuando aquel se despertara y viniera a abrigarlos nuevamente.
La tapera de Eustaquio no tenía piolas ni porongos que le avisaran de la llegada de un intruso; las sombras la recorrían tranquilamente como cabezudos recortándose contra las estrellas, sin que nadie las molestara en su paseo. Ahí no había luz artificial que prolongara la tarde; cuando ésta se retiraba el dueño de casa no pretendía retenerla, dejando que se marchara a la hora de siempre como un empleado que ha cumplido su tarea. Entonces Eustaquio se metía en el catre y no daba señales de vida hasta la madrugada siguiente, si bien algunos de sus compadres no volvían a darlas nunca desde que el Gauchokiller peinaba su llanura.
Para él, sin embargo, aquello era como el cuento del chupacabras, en el que desde luego no creía, habiendo visto en la batalla atrocidades tales que harían de este un cordero amariconado frente al jabalí salvaje que los devora como galleta al agua. De hecho, esos gauchos maulas, que se parecían bien poco a los que en otros tiempos lo habían seguido a la guerra, le empezaban a caer más pesados que recado de cuero mojado, sobre todo ese Chico Pereira. Pedazo de un maricón. Capaz el Gachokiller ese hasta le estaba haciendo un bien a la campaña, pensó. Por algo no se allega a mi rancho; sabe con quién se mete, sabe que en cueva de mulita también puede hacer nido la crucera. Tenía que llevar una tropa y dejó de pensar en aquellas cosas; si el Gauchokiller quería entrar en tratos con él, ya sabía dónde encontrarlo.
Los otros, cada vez más diezmados, se organizaron para cuidarlo mientras dormía, confiados quizá en que de este modo reconocería el peligro a que estaban expuestos. Esperaban secretamente que una vez más se pusiera a su frente para librarlos de este gringo sotreta que no se hacía ver. En vano esperaban, ya que Eustaquio no tenía pulgas para estos flojos, que ya era hora de que se hicieran hombres solos o se buscaran caudillo nuevo.
Una noche, estando en la puerta de su rancho Agustín y el Manco, lo vieron salir a Eustaquio, que pasó junto a ellos sin saludar, ensilló y arrancó al trote. Al rato, cuando ya las estrellas se estaban arrugando en el horizonte, llegó cabalgando un desconocido, vestido de gaucho pero completamente de negro, que entró y se echó en el catre a dormir. Agustín y el Manco salieron corriendo del julepe rumbo al pueblo, a buscar a Eustaquio y a los demás para avisarles que el Gauchokiller se había metido en lo de Poncho Villa, que allí debía estar, esperándolo en la cama para atravesarlo con su facón homicida, para terminar lo que había venido a hacer en el pueblo.
Hallaron gran revuelo entre los paisanos; mientras se apuraban a decirles que el Gauchokiller se había metido en lo de Eustaquio, que tenían que encontrarlo antes de que aquel lo encontrara a él, los otros les dijeron que había matado al Chico Pereira. Rápidamente se armaron y, sin esperar a dar con Eustaquio, partieron hacia su casa. Eran como quinientos y la madre; se agolparon frente al rancho, llamaron un par de veces y por fin derribaron la puerta. Tendido de costado, flaco, largo, seco como chirca, descansaba Eustaquio sobre el catre.

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4 pensamientos en “Gauchokiller

  1. Me gustó el nombre de “Gauchokiller”. Le da glamour al relato 😉 Esta muy bueno, me gustó el cuento.

    Si me permitís el momento para divagar, me causa gracia como palabras tan nuestras van cambiando su significado. Porongo, cuando le cambiás la última letra por a. Tiendo a pensar más en la segunda que en la primera acepción. Similiar es lo que me ocurre con “turra”, que yo utilizo como sinónimo de bruta muchas veces para referirme a mi misma, pero he debido cambiar por el significado de “ligera de cascos” que se le da en Argentina y a colonizado nuestras tierras.

    Cambiando de tema, gracias por los comentarios. Por aquellos lares también se habló de “El guardián entre el centeno”.

    Besos.

  2. “Gauchokiller” es una leyenda popular contemporánea que he intentado, sin éxito, arraigar en la zona de Nico Pérez. ¿No es hora de actualizar al lobizón y las luces malas?

    Divague cuanto guste. “Porongo” nunca lo escuché en el habla gauchesca (aunque hay un arroyo/pueblo en Flores), así que, quizá, el cambio de significado haya operado en sentido contrario.. ja.. aparte el gaucho es sumamente homosexual, por lo que “succionar el porongo” no suena nada raro.

    El argot porteño es fantástico. “Chongo”, “turra”, “forro”, son muy graciosas.
    “Chango” es la mejor palabra no argentina de todas ellas.

    De nada por los comentarios, bien merecidos los tenés. El último fue más palo que elogio, aunque no era para lel post sino para el protagonista, pero ‘ta..

  3. Sos mala gente cuando querés y te propones a insultar todos mis gustos pedorros. No me importa, igual te comento cosas lindas, porque yo soy re buena gente, y super linda, y todos me quieren y me adoran, y tengo un montón de amigos, y etc, etc. No sé si Yann te va a comentar… Por ahí decide que no estás invitado a nuestro futuro casamiento. Pensalo…

    ¿No es re lindo? ♥ Son cinco minutitos nomás, daaaaleeee. Escuchalo así se hacen amigos.

  4. Nah, no me enojé ni me lo tomé re a la tremenda. Soy de pelearme así y divertirme de esa forma. Es más, me dieron gracia tus comentarios. Yo soy anti El Codigo Da Vinci, así que ta, con eso te resarciste y ahora sos mi amigo, jajaja. Si te cuento de mis gustos salís corriendo. Además, tenés pinta de ser uno de los tantos miles que saben mucho más de música que yo.

    Besos.

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