Tune 4 for zombies

Soy un zombie nena, un zombie por vos/ Soy un zombie pero voy a hablar con George Romero (The Supersónicos)

“¡Por fin dan algo bueno en los canales abiertos!”, pensé mientras veía la promoción de Day of the Dead en canal 4. Martes, después de Telenoche; tenía que acordarme para no dejarlo pasar, tal la magnitud que asigné al acontecimiento, quizás exagerando un poco la pobre opinión que la sucursal berreta de Crónica me merece.

Tomé el recaudo de pegar una nota en la puerta de la heladera, pero no conforme con esto, pedí a mi buen amigo F., gran erudito en cine zombie, un afiche de la película para poner en lugar de la nota. “Martes a las 21”, escribí sobre el mismo, resaltando la leyenda con marcador amarillo para mejorar su visualización.

Quienes pasaron por casa esa semana no dejaron de preguntar por el desmesurado recordatorio; alguno gritó y se desmayó al encontrarse con los zombies cuando iba a buscar la Coca Cola a la heladera, pero para mí cualquier medida que me permitiera tener presente el hecho tenía sentido, y al que no le gustara que se fuera a su tumba y resucitara después del martes a las 21, qué mierda.

Llegué al viernes como zombie, con la idea fija de la película en mi mente, de modo que decicí quedarme en casa todo el fin de semana para evitar accidentes; sería una tregedia perderme una película que ya había visto un par de veces en cable, una ironía, un absurdo, algo que no podía suceder. Iba y venía de la heladera a cada instante, sólo para estar seguro de que la información era correcta, que no la daban ni sábado ni domingo ni lunes.

Mi amiga C. cayó el sábado con unas cervezas y quiso quedarse a comer unas pizzas; de ninguna manera, no la recibí; en la heladera, que visitaba a cada rato como dije, había cerveza y pizza congelada, buena excusa para ir un par de veces más hasta allí. No tenía con qué coger, es cierto, pero tampoco cogía mucho cuando no había cine de zombies, y no pensaba arruinar mi concentración con una histérica que con seguridad iba a querer quedarse después del sexo. Mejor aguantarse hasta después del martes, si dios y C. quieren (no es que pensara garcharme a dios, malditos insensatos)

El lunes no fui a trabajar; había resignado demasiadas cosas para llegar hasta ahí como para arriesgar una recaída, o que me pidieran hacer horas extras el martes, o que me suspendieran por andar haciéndome el zombie; no, eso ni pensarlo. Tampoco fui el martes, desde luego. Me quedé en casa calentito (calentito porque hacía días que no cogía, según recordé) yendo a la heladera cada vez con más frecuencia, pero ¡me había desabastecido! ¡Faltando tan pocas horas para la emisión! ¡Qué imprudencia! No podía salir pero tampoco permanecer casi un día sin comer. Ni coger. Llamé al super del chino y pedí algunas cosas; por las dudas, como al pasar, pregunté si no tenían una china para mandarme, pero al rato, cuando golpearon la puerta, descubrí decepcionado que sólo venían un oriental enorme y algunas bolsas con víveres. Nada más. No lo inivité a pasar; pasé un billete por debajo de la puerta y él pasó las cosas de la misma forma, valiéndose de algún tipo de técnica oriental desconocida para mí, y se fue.

Me preparé un almuerzo liviano con algunas de esas cosas repugnantes traídas por el chino desde su país de origen, seguramente bajo dudosas condiciones de preservación; la cadena de frío no se había mantenido, a juzgar por la semivida que presentaban mis calamares en salsa de soja. Podía llamar al chino para reclamarle, pero eso con seguridad alteraría las disposiciones de cara a la película y mis relaciones con la comunidad asiática, por lo que desistí. Sentado frente al refrigerador, comí algunas galletas de salvado con humedad y hongos, con la mirada fija en el afiche; producto de los hongos (o la falta de sexo) caí en un estado catatónico que me privó por largo rato de la motricidad en todos los miembros, hasta minutos antes del comienzo del film.

Conseguí recuperarme justo a tiempo para llegar, arrastrándome con dificultad, al sillón del living (dead) ubicado frente al televisor. Lo encendí y una ola de sangre me arrebató de mi estado anterior; la cinta ya estaba en marcha. ¡Qué felicidad! El esfuerzo de los días pasados sin duda había valido la pena. Los zombies, en harapos, tomaban a los incautos a su paso y los vejaban de formas inconcebibles; los humanos, impotentes, disparaban contra ellos pero no lograban hacerles daño. ¡Era la gloria! No me arrepentí de renunciar a todo (al sexo, más que nada) a cambio de esa maravilla sangrienta que ahora ocupaba la pantalla.

Así, pasé horas estupefacto, inmóvil en el asiento; no sé cuántas, a decir verdad, ya que estaba fascinado por las brutales imágenes del holocausto caníbal. De pronto, apareció Georges A. Lmendras para sacarme del embeleso en que me encontraba, y sufrí un colapso cognitivo tratando de explicarme lo inconcebible: ¿Almendras en Day of the Dead? ¿No era George A. Romero? No: todavía no había terminado Telenoche.

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