Polisemia

Cuando el problema se hizo más grande llamé a un catedrático amigo para consultarlo sobre la posible solución. “¿En el baño dijiste, verdad? Yo te aconsejaría que llames a un plomero.” Y me dio un teléfono. Cortó inmediatamente después, sin darme tiempo a explicarle mis dudas acerca de la pertinencia del profesional, pero conociendo las credenciales de mi fuente, acepté su sugerencia pese a los reparos.
“Ah, sí, no se preocupe, se lo arreglo en un minuto”, dijo el sanitario cuando le planteé el tema. Traté de explicarle, otra vez sin éxito, que de acuerdo a mi experiencia no era algo que pudiera solucionarse ni en un minuto ni en varias horas, incluso se me ocurrió que podía ser imposible de resolver, pero la seguridad de sus palabras junto a la confianza de mi amigo en él desalentaron mi reticencia inicial. No es que estuviera convencido de que fuera capaz de manejarlo, pero me pareció poco sensato discutir el juicio de un profesional, avalado además por el prestigio de un académico notable. Acordamos una cita para el día siguiente; yo estaba ansioso por prevenirlo a propósito del peligro que entrañaba el asunto, pero el plomero, jocoso, descartó de plano mis escrúpulos. “Si quiere usar el baño úselo nomás, no hay problema, pero si tiene miedo espere hasta mañana que va a ver cómo se lo dejo”, dijo dejando escapar una sonrisa. “¿Usar el baño? ¡Ni loco! ¿Usted escuchó lo que le dije?”, respondí. Supuse que alguien habituado a estas cosas lo tomaría como un trabajo de rutina mientras que para mí el inconveniente resultaba monstruoso, pero aún así creía estar frente a un imprudente que no escuchaba un planteo razonable. “En serio, no se preocupe, no es para tanto”, dijo antes de cortar la comunicación. A vos te parece que no es para tanto, yo diría que esto no se vio nunca, pensé. Ojalá no te lleves una sorpresa, destapacaños arrogante; si para vos es normal manejar estas cuestiones, allá vos, pero no me quieras hacer creer el verso de que esto es algo de todos los días porque no te lo compro. Pensé llamar de nuevo a mi amigo para confirmar que había entendido bien lo que me ocurría, pero recordé aquel malentendido a propósito de las “Hojas de Hierba” que terminó con mi detención (yo no me refería a la obra de Walt Whitman como él suponía) y desistí
Al otro día apareció el plomero. Lo hice pasar, le invité un café (que aceptó), miré incrédulo sus herramientas y le solté sin más: “¿Usted piensa trabajar con eso nada más? ¿No trajo otra cosa? Yo tengo un fierro machazo si quiere. No es que dude de sus habilidades, pero vio cómo es… nadie conoce el pomo mejor que Dani Umpi, como dicen por ahí. No lo tome como un atrevimiento, pero… ¿vio?” Él volvió a sonreír. “Hombre, le dije que no se haga problema: yo arreglo varios de estos por día. Traje un pedazo de plastiducto, no necesito un caño; también traje cemento y, hablando de eso, si me permite…” Y se dio un saque. Curiosamente, que aspirara pegamento me pareció más adecuado que otras de sus medidas; por fin parecía estar comprendiendo la naturaleza del contratiempo. Terminó de beber el café. Lo hizo por cortesía ya que era evidente que prefería seguir dándole al pomo de PoxiPolPot y, como también era obvio, no estaba dispuesto a compartir. Mal por mí, bien por ti, decía el Sargento Hartman.

“Muy bien, manos a la obra”, dijo. Le mostré la puerta del baño. Por última vez traté de persuadirlo antes de abandonar el lugar, pero ya no me oía, estaba en otro mundo. Tres mundos en un mismo espacio, separados apenas por una puerta, pensé; fabuloso. Pero el tipo estaba concentrado en su trabajo, y no era mi intención interrumpirlo. Corrí fuera de la casa.
El plomero abrió la puerta del baño. El grifo, mitad águila, mitad león, lo tomó entre sus garras y salió volando por la banderola con su incauta víctima.

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