Te como en un pan chico

Y, qué podía hacer; tenderme allí, que mi madre no viese, que me pasara, otra vez, aquello horrible y raro.

Marosa di Giorgio

La Metamorfosis no me impresionó para nada, de hecho me pareció un poco carente de imaginación, sobre todo después de haber sufrido una experiencia similar tiempo antes de leerlo. Claro que despertar convertido en un chorizo parrillero puede parecer a los cínicos, al lado del relato de Kafka, tan ordinario como que un cornudo cualquiera se quiera equiparar a Leopold Bloom. Lo siento por ellos, pero esto que cuento es real y ni siquiera me atrevo a decir que ya no soy un embutido; pobre de aquellos que no pueden ver un cascarudo frente a sí a menos que se los señale un genio de la literatura.
Por aquel tiempo empecé a tener algunos problemas de colesterol. El médico me aconsejó que evitara las grasas, y por dios que lo hice, dejé de ir al Inter a levantar minas, pero no dio resultado y el galeno me prohibió el consumo de embutidos y carne. Si no lo hacía podía estallar en la calle, o en el trabajo, o incluso en el consultorio del profesional y enchastrarle todo el lugar; siendo esta, comprensiblemente, su mayor preocupación, me ordenó abandonar de inmediato mis perjudiciales hábitos alimenticios (y su consultorio) y cambiar a algo más saludable, como la carne humana magra. Compré el recetario de Canessa y Parrado e intenté seguirlo meticulosamente, aunque resultaba difícil.
Hice lo que pude: dejé por completo la carne vacuna, ovina, felina, submarina; los huevos fritos, las tortas (debí rechazar una orgía lésbica para conseguirlo) y fiambres (la necrofagia jamás había sido una parte importante de mi dieta, de todas maneras, aunque un gustito cada tanto me daba) pero dejar el chori y la morcilla se me hacía imposible, y sucumbí. Cuando volví a hacerme los exámenes el colesterol seguía en el mismo nivel, al punto que el doctor al verlos corrió a parapetarse detrás de un biombo, por temor a un estallido. Y allí mismo suprimió el chori de mi vida para siempre.
Esa fue la condena. Mi vida no volvió a ser la misma a partir de entonces; sentía su ausencia como si me hubieran extirpado un órgano cilíndrico y grasoso del cuerpo, delicia colorada (como Bordaberry pero apetitoso), crocante y sabrosa granada lípida, feto del mal cardíaco, tentación mortal. No lo probé en meses pero la abstinencia no remitió, todo lo contrario, la necesidad crecía como un Sarubi de caballo acostado sobre una cama de brasas, faquir de los embutidos; lo deseaba más que a Nicole Kidman y sus rojos cabellos reminiscentes del asesino de hígados más buscado por la justicia. Él era un prófugo para mí, y yo un agente secreto que procuraba descubrirlo en cada falsa galleta de arroz que se me ofrecía. Lo imaginaba en todas las formas de corrupción, ocultándose de mí cada vez que presentía mi presencia e intenciones, resguardando su elixir fatal para los comensales del Mercado del Puerto; podía verlo gimiendo sobre la parrilla como una perra alzada, llamándome para satisfacer nuestros más bajos instintos de lujuriosas mordidas envueltas en jugosos fluidos que chorreaban en todas direcciones.
Empecé a tener sueños recurrentes donde soberbios ejemplares de Cattivelli se entregaban abiertos como hembras ardientes, despidiendo un humo fragante que vencía mis inútiles intentos por resistirlo. El psiquiatra, profesor S. Freudstein, padre del psychoanálisis y la terapia de regeneración celular, juzgó que padecía un profundo vacío producto de una separación abrupta que me había dejado huérfano; el farsante no entendía que el problema no era el vació o el pulpón sino el chorizo, y lo abandoné a sus especulaciones falaces que nada tenían que ver con mi problema.
Una mañana desperté de uno de estos sueños sintiendo un fuerte olor a chorizo. Ya era intolerable; las alucinaciones, por más perturbadoras que fueran, se desvanecían con relativa facilidad una vez cumplido su propósito, pero una manifestación física como aquella era un atentado liminar para el que no tenía defensa. Investigué el origen del aroma pero, como suponía, no provenía de ningún artefacto recubierto de tripa y relleno de cosas que nadie puede precisar; surgía de mi propio cuerpo depositado en la cama y con seguridad a medio cocer. Tenía que darme vuelta y seguir durmiendo, o seguir cocinándome, no lo sabía, pero enseguida caí en lo absurdo de todo aquello y me levanté para ir a trabajar. Me dirigí al baño, oriné con normalidad, me lavé la cara y al mirame en el espejo, comprobé que nada de lo anterior había sido un sueño: yo era un chorizo parrillero. Pero se me hacía tarde y, chorizo o no, tenía obligaciones que cumplir y nadie iba a aceptar aquello como excusa, mucho menos mi implacable patrón quien ya una vez había echado a un compañero por transformarse en portátil de escritorio parlante.
La gente en la calle no parecía más buena y nada era diferente gracias a la conversión; de hecho, nadie pareció fijarse en mi inusual aspecto en la parada de ómnibus. Yo, que había previsto las naturales reacciones de asombro y pánico, me sentí indignado por este comportamiento hipócrita o canalla; uno genera herramientas para desafiar la discriminación cuando es diferente y esto es compartido, aunque sea con hostilidad, por todos, pero no está preparado para una aceptación automática que ni siquiera asume la diferencia. Qué descaro. No podía permitirlo. Paré a uno de estos fascistas integradores para increparlo:
-Flaco, soy un chorizo, ¿no tenés nada que decir? Dale, sé que te morís por decir alguna estupidez, no te hagas el boludo. Hablá de una vez así te rompo la cabeza sin culpa
-Disculpá, no sé de qué hablás. Permiso- Dijo el guampudo y se fue como si nada. ¡Se fue después de hablar con un chorizo, sí!
Me bajé del ómnibus y seguí a pie, observando a la gente con que me cruzaba con intención de meterle el gaucho a alguno. Nada me llamaba la atención como antes; las minas lindas, las publicidades de ropa interior, las veteranas que se parten como ladrillo golpeado por Chuck Norris, todo era lo mismo, hasta que me topé con un carro de chorizos donde se exhibían fotos sensuales que, debo reconocerlo, despertaron mi extinta libido. “¡Dejame bañarte con mi mayonesa, nena!” pensé, entre otras groserías propias de mi condición. Ahora me sentía totalmente chorizo; pensaba como chorizo, actuaba como chorizo (me tiré una siestita en el medio tanque del Cacho y salí como Julio Ríos tras pasar por la cama solar) y hablaba como chorizo. Solo necesitaba el reconocimiento público para adoptar la nueva identidad, pero todos insistían en tratarme como un tipo común y corriente más, y este era el mayor obstáculo que se me presentaba ahora para alcanzar la transición completa al estado chorizo. Tuve una fuerte discusión con una señora muy amable pero obstinada, que se negaba a admitir la evidencia a pesar de mi empeño. Al final accedió a llevarme con un médico. Aguardamos en la sala de espera rodeados de la indiferencia de los demás pacientes. “¿Ve que nadie lo mira como chorizo?”, susurró la señora. “Quédese tranquilo”, agregó. Por fin llegó nuestro turno. El doctor me examinó minuciosamente, escuchando con atención mi testimonio y su refutación por parte de la señora. Pidió permiso y salió del consultorio; volvió después de un tiempo que se me hizo bastante largo y se lo señalé, recordándole que casi me paso. Me miró un instante y yo, impaciente, le pedí su diagnóstico. “Enfermera”, dijo, “tráigame urgente un porteño y la picantina”, sentenció.

“La Metamorfosis” no me impresionó para nada, de hecho me pareció un poco carente de imaginación, sobre todo después de haber sufrido una experiencia similar tiempo antes de leerlo. Claro que despertar convertido en un chorizo parrillero puede parecer a los cínicos, al lado del relato de Kafka, tan ordinario como que un cornudo cualquiera se pueda equiparar a Leopold Bloom. Lo siento por ellos, pero esto que cuento es real y ni siquiera me atrevo a decir que ya no soy un embutido; pobre de aquellos que no pueden ver un cascarudo frente a sí a menos que se los señale un genio de la literatura.

Por aquel tiempo tenía algunos problemas de colesterol. El médico me aconsejó que evitara las grasas, y por dios que lo hice, dejé de ir al Inter a levantar minas, pero no dio resultado y el galeno me prohibió el consumo de embutidos y carne. Si no lo hacía podía estallar en la calle, o en el trabajo, o incluso en el consultorio del profesional y enchastrarle todo el lugar; siendo esta, comprensiblemente, su preocupación principal, me ordenó abandonar de inmediato mis perjudiciales hábitos alimenticios y cambiar a algo más saludable, como la carne humana magra. Compré el recetario de Canessa y Parrado e intenté seguirlo meticulosamente, aunque resultaba difícil.

Hice lo que pude: dejé por completo la carne vacuna, ovina, felina, submarina; los huevos fritos, las tortas (debí rechazar una orgía lésbica para conseguirlo) y fiambres (la necrofagia jamás había sido una parte importante de mi dieta, de todas maneras, aunque un gustito cada tanto me daba) pero dejar el chori y la morcilla se me hacía imposible, y sucumbí. Cuando volví a hacerme los exámenes el colesterol seguía en el mismo nivel, al punto que el doctor al verlos corrió a parapetarse detrás de un biombo, por temor a un estallido. Y allí mismo suprimió el chori de mi vida para siempre.

Esa fue la condena. Mi vida no volvió a ser la misma a partir de entonces; sentía su ausencia como si me hubieran extirpado un órgano cilíndrico y grasoso del cuerpo, delicia colorada (como Bordaberry pero apetitoso), crocante y sabrosa granada lípida, feto del mal cardíaco, tentación mortal. No lo probé en meses pero la abstinencia no remitió, todo lo contrario, la necesidad crecía como un Sarubi de caballo acostado sobre una cama de brasas, faquir de los embutidos; lo deseaba más que a Nicole Kidman y sus rojos cabellos reminiscentes del asesino de hígados más buscado por la justicia. Él era un prófugo para mí, y yo un agente secreto que procuraba descubrirlo en cada falsa galleta de arroz que se me ofrecía. Lo imaginaba en todas las formas de corrupción, ocultándose de mí cada vez que presentía mi presencia e intenciones, resguardando su elixir fatal para los comensales del Mercado del Puerto; podía verlo gimiendo sobre la parrilla como una perra alzada, llamándome para satisfacer nuestros más bajos instintos de lujuriosas mordidas envueltas en jugosos fluidos que chorreaban en todas direcciones.

Empecé a tener sueños recurrentes donde soberbios ejemplares de Cattivelli se entregaban abiertos como hembras ardientes, despidiendo un humo fragante que vencía mis inútiles intentos por resistirlo. El psiquiatra, profesor S. Freudstein, padre del psychoanálisis y la terapia de regeneración celular, juzgó que padecía un profundo vacío producto de una separación abrupta que me había dejado huérfano; el farsante no entendía que el problema no era el vació o el pulpón sino el chorizo, y lo abandoné a sus especulaciones falaces que nada tenían que ver con mi problema.

Una mañana desperté de uno de estos sueños sintiendo un fuerte olor a chorizo. Ya era intolerable; las alucinaciones, por más perturbadoras que fueran, se desvanecían con relativa facilidad una vez cumplido su propósito, pero una manifestación física como aquella era un atentado liminar para el que no tenía defensa. Investigué el origen del aroma pero, como suponía, no provenía de ningún artefacto recubierto de tripa y relleno de cosas que nadie puede precisar; surgía de mi propio cuerpo depositado en la cama y con seguridad a medio cocer. Tenía que darme vuelta y seguir durmiendo, o seguir cocinándome, no lo sabía, pero enseguida caí en lo absurdo de todo aquello y me levanté para ir a trabajar. Me dirigí al baño, oriné con normalidad, me lavé la cara y al mirame en el espejo, comprobé que nada de lo anterior había sido un sueño: yo era un chorizo parrillero. Pero se me hacía tarde y, chorizo o no, tenía obligaciones que cumplir y nadie iba a aceptar aquello como excusa, mucho menos mi implacable patrón quien ya una vez había echado a un compañero por transformarse en portátil de escritorio parlante.

La gente en la calle no parecía más buena y nada era diferente gracias a la conversión; de hecho, nadie pareció fijarse en mi inusual aspecto en la parada de ómnibus. Yo, que había previsto las naturales reacciones de asombro y pánico, me sentí indignado por este comportamiento hipócrita o canalla; uno genera herramientas para desafiar la discriminación cuando es diferente y esto es compartido, aunque sea con hostilidad, por todos, pero no está preparado para una aceptación automática que ni siquiera asume la diferencia. Qué descaro. No podía permitirlo. Paré a uno de estos fascistas integradores para increparlo:

-Flaco, soy un chorizo, ¿no tenés nada que decir? Dale, sé que te morís por decir alguna estupidez, no te hagas el boludo. Hablá de una vez así te rompo la cabeza sin culpa

-Disculpá, no sé de qué hablás. Permiso- Dijo el guampudo y se fue como si nada. ¡Se fue después de hablar con un chorizo, sí!

Me bajé del ómnibus y seguí a pie, observando a la gente con que me cruzaba con intención de meterle el gaucho a alguno. Nada me llamaba la atención como antes; las minas lindas, las publicidades de ropa interior, las veteranas que se parten como ladrillo golpeado por Chuck Norris, todo era lo mismo, hasta que me topé con un carro de chorizos donde se exhibían fotos sensuales que, debo reconocerlo, despertaron mi extinta libido. “¡Dejame bañarte con mi mayonesa, nena!” pensé, entre otras groserías propias de mi condición. Ahora me sentía totalmente chorizo; pensaba como chorizo, actuaba como chorizo (me tiré una siestita en el medio tanque del Cacho y salí como Julio Ríos tras pasar por la cama solar) y hablaba como chorizo. Solo necesitaba el reconocimiento público para adoptar la nueva identidad, pero todos insistían en tratarme como un tipo común y corriente más, y este era el mayor obstáculo que se me presentaba ahora para alcanzar la transición completa al estado chorizo. Tuve una fuerte discusión con una señora muy amable pero obstinada, que se negaba a admitir la evidencia a pesar de mi empeño. Al final accedió a llevarme con un médico. Aguardamos en la sala de espera rodeados de la indiferencia de los demás pacientes. “¿Ve que nadie lo mira como chorizo?”, susurró la señora. “Quédese tranquilo”, agregó. Por fin llegó nuestro turno. El doctor me examinó minuciosamente, escuchando con atención mi testimonio y su refutación por parte de la señora. Pidió permiso y salió del consultorio; volvió después de un tiempo que se me hizo bastante largo y se lo señalé, recordándole que casi me paso. Me miró un instante y yo, impaciente, le pedí su diagnóstico. “Enfermera”, dijo, “tráigame urgente un porteño y la picantina”, sentenció.

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