El año que (casi) hicimos contacto

Desde mi graduación había trabajado en el Observatorio de K, ubicado al sur de la antigua ciudad de Psczt, del que llegué a ser encargado. Los primeros años hacíamos tareas de rutina tratando de completar la geografía de galaxias y planetas conocidos, pero con el arribo de un nuevo grupo de investigadores dirigimos la exploración hacia la búsqueda de cuerpos celestes todavía ignorados. Grande fue mi sorpresa cuando, a poco de iniciado este programa, di con un objeto desconocido en una zona relativamente cercana.
El júbilo de mis colegas y su anuncio en la prensa me cubrió de un prestigio inmediato. El astro fue bautizado con mi nombre, como indica la convención a este respecto. Disfruté del logro en su carácter más banal, pero pasada la algarabía pública poco quedó en el recuerdo de la mayoría fuera del grupo a quienes atrae estos fenómenos. Desde entonces me dediqué seriamente a su estudio con una obstinación de la que no me creía capaz. Fue una suerte que pocos mantuvieran el interés en el hallazgo, ya que esto me permitió profundizar en él sorteando el escrutinio permanente y en ocasiones hostil que suele acompañar estos acontecimientos.
Examiné sus cambios y rotación, fijando su órbita y posiciones con la mayor exactitud posible. Llegué a conocer perfectamente todas las facetas de mi pequeña maravilla hasta convertirla en una extensión de mí mismo. Llenaba cuadernos con anotaciones referentes a todos sus aspectos, desde los manifiestos hasta los más arcanos, los detalles triviales y las excepciones a explicar; nada me era ajeno de aquella diminuta bailarina cuya danza guiaba los pasos seguros de sus célebres compañeros. Estaba allí todo el tiempo para mi deleite privado, reservando sus secretos solamente para unos ojos que correspondían a esta fidelidad con la perseverancia del amante. La bolilla giraba en la ruleta infinita como un espejo de mi mundo, y empecé a sentir que algo en ella nos comunicaba y que había en esto una necesidad que yo no lograba desentrañar aún. Persistí en esta idea, aunque a decir verdad era ella la que se imponía a mí, atándome al telescopio (que yo insistía en llamar periscopio contra todas las amenazas de la profesión; quise ver en ello una razón más para mi excentricidad cuando en realidad se trataba de un lamentable error que se remontaba a la época escolar) día y noche, confinándome al papel de humilde testigo de los sucesos en un planeta errabundo y muerto. O eso al menos era lo que pensaba entonces.
Tras muchos meses de un hábito insano del que nada conseguía arrancarme ocurrió lo impensado, lo que yo anhelaba secretamente y protegía en silencio contra el sentido común: registré señales de vida inteligente. Huellas de una organización consciente en comunidades de una especie que había realizado avances tecnológicos.
La evidencia resultaba concluyente, pero me guardé este descubrimiento convencido de una intimidad superior que me vinculaba a aquella gente; tenía tantos elementos para sostener esta conjetura como cualquier otra, y me pareció un procedimiento científico válido reservar esta certeza sólo para mí, el único capaz de comprender de manera profunda la naturaleza de los hechos expuestos.
Ahora sólo enfocaba el periscopio a la zona poblada, indagando en los mucho más intrincados procesos que se daban a este nivel, olvidando por completo los aspectos astronómicos que antes me ocupaban. Así fui agregando datos importantes sobre los habitantes del planeta: mantenían relaciones jerárquicas unos con otros, como lo habíamos hecho nosotros mismos siglos atrás; su conocimiento era bastante rudimentario y se comportaban de forma poco regular, al menos según nuestras convenciones interpretativas; y de una original confianza en mi capacidad de establecer contacto con ellos fui derivando en un desánimo que tampoco podía explicar; por último sus instituciones y normas me resultaron completamente desagradables y desistí de intentar comprenderlos. Nosotros ya habíamos cursado las eras de barbarie con horrores extraordinarios y carecíamos de elementos para estudiarlas con propiedad, pero menos aún contábamos con principios morales que nos permitieran relacionarnos como iguales con seres de esa conformación. En nuestro planeta estas discusiones se habían dado teóricamente; la posibilidad de entrar en contacto con otras razas inteligentes en estadios inferiores o superiores no era ajena a nuestras preocupaciones, pero yo sabía ahora, después de penetrar el enigma, que todo era en vano. Pasé muchos meses alejado del observatorio, que finalmente abandoné tras hacer esta comprobación.
La última mirada al periscopio, consintiendo una curiosidad casi extinguida, confirmó mis presunciones no formuladas: el planeta al que sus nativos llamaban Tierra había sido destruido.

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