Una historia violenta

Dime, dime, ¿para quién hicieron la carcel?
porque el rico nunca entra y el pobre nunca sale.

La Polla Records

Los delincuentes, fuertemente armados en la jerga de la crónica policial, llegaron en un vehículo y se detuvieron frente a la casa. Adentro, la madre, que estaba cocinando, no oyó la frenada ni los gritos del hijo mayor que, apuntado con una pistola, entraba empujado bruscamente por los malvivientes. Estos comenzaron a destrozar y revolver todo, amenazando y ordenándoles que se quedaran quietos si no querían que alguien saliera lastimado.
Por la mente de la mujer pasaron episodios repetidos interminablemente por la televisión, que por cierto ya debía estar en camino para cubrir el hecho, donde los maleantes copaban sin consideración a personas pobres, tan pobres como ellos, se metían en sus casas, golpeaban a menores y mayores y luego, si todo iba bien, se iban dejando una familia destrozada, presa del miedo. Trató de reprimir estas imágenes y mantener la calma, sobre todo eso, ya que su hijo de trece años parecía muy asustado y eso era mala señal con aquellos hombres armados y temerosos revisando todas las habitaciones.
La angustia distorsionaba la percepción del tiempo, que pasaba con una lentitud tal como si las manecillas se hallaran también bajo amenaza e intentaran resguardarse junto a los moradores. La mujer vio que otro auto esperaba afuera y supo que era inútil pedir ayuda. Escuchó gritos y llantos que venían de la calle y temió que también hubieran entrado a lo de su amiga, según la modalidad criminal de golpes rápidos y simultáneos en varias casas, pero no podía hacer nada más que resignarse y esperar que todo pasara pronto. La vecina tenía hijos chicos, pensó, no podían ser tan crueles, aunque ella misma estaba experimentando el salvajismo en su propia carne y no tenía duda de lo que eran capaces.
Entraron al cuarto de su hijo y éste, agitado, escapó de sus manos y fue tras los maleantes sin pensarlo, ya que allí se encontraba el cachorro mugriento, ese mismo que había traído de la calle y la madre no quería en la casa, ese desdichado al que tanto quería por parecerse a él en muchas cosas. El perro ladró y lo patearon con furia, sin misericordia, y cuando el muchacho gritó de rabia, con lágrimas en los ojos, lanzándose sobre uno de ellos, le dieron un golpe con la culata del revólver, abriéndole un corte sobre la ceja del que enseguida empezó a salir gran cantidad de sangre. La madre, que venía detrás suyo dejando escapar las lágrimas también, recibió un empujón y una feroz patada en el piso, junto a la intimación reiterada a quedarse quieta y controlar al chico.
Mientras, sollozando, limpiaba la herida del hijo y lo calmaba, cruzó por su cabeza una idea que la precipitó en la desesperación y la llenó de un miedo desconocido hasta entonces: en un rato, aunque no podía precisar la hora, debía llegar de la escuela la hija menor, Sofía, y no sabía cómo podía reaccionar frente a la situación. Quizá corriera a buscarla a ella, asustada, o se paralizara antes de entrar, o posiblemente llamara a su hermano que la esperaba todos los días a la salida aunque no fueran más que dos cuadras las que tenía que caminar. Pero lo peor, antes que nada de eso, era que iba a encontrarse con los que cuidaban la puerta, y estos con toda seguridad no iban a permitir que una niña se pusiera a gritar y llamar la atención en plena calle.
Quiso ahogar el llanto doloroso que se apretaba en la garganta convocado por aquel pensamiento; los delincuentes, que notaron los gemidos contenidos, siguieron insultándola y amenazándola para que se quedara callada.
De repente, como si todo lo que había imaginado fuera un recuerdo preciso y no un presagio agobiante, oyó la voz entrecortada de la niña llamándola desde la puerta. Su hijo se incorporó arrancado por los quejidos dolorosos que desdeñaban toda prudencia y salió, una vez más, corriendo hacia la entrada sin atender su llamado penoso, quebrado, cargado de las consecuencias que el corazón había adivinado sin necesidad de razonamientos profundos.
Se escuchó un grito: “¡Quedate quieto, pichi de mierda!”, seguido de un disparo. Fue todo.
Ella ya no estaba en él cuando su cuerpo, pateado y esposado, fue subido a la camioneta de la policía mientras canal 4 transmitía en vivo un nuevo, exitoso operativo de saturación en un barrio marginal.

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